El impostor de las redes sociales

Mark Zuckerberg confirma la regla según la cual no nos debemos fiar de las apariencias personales. El muchacho, que ya no lo es tanto porque tiene 36 años, luce como seminarista gringo: calmado, sereno, tímido. Si fuera monje, diría que es hasta reprimido, tieso y estreñido. La verdad es que es raro, pero jamás tonto.