Pandemia, improvisación y finitud

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Me conecto a una sesión de actualización pedagógica, esas a veces de moda como reacción a la pandemia que nos afecta, y alguno comenta que la enseñanza de las herramientas digitales debió hacerse con anticipación.  Se lamenta en lo personal que, desprovisto de las habilidades para la enseñanza a distancia, deba aprender con premura para estar a la altura de las circunstancias.

Luego de ello, en un episodio que veo en YouTube sobre manejo de dinero y finanzas personales, el experto aconseja conducirse con prudencia porque, “este es un período que puede conducirnos a la recesión”.  Y agrega: “ahora es tarde para los que no han ahorrado. Mi consejo habitual es tener una reserva para poderse mantener por al menos seis meses en casos de emergencia”.

En los dos casos anteriores, parece que los acontecimientos sorpresivos de nuestra vida nos sobrepasan.  Como que no hemos sido formados para la prevención lo que explica, el aturdimiento, la improvisación y el nerviosismo en nuestras respuestas.  Da la impresión de que vivimos como mozalbetes entretenidos en un presente que no sabemos administrar a causa de una montaña de distractores.

Esa situación permanente en la que alguien nos ayuda a “sacar las castañas del fuego” por nuestros descuidos no solo se reduce al mundo externo.  La anarquía en el gobierno de las emociones es la prueba reina de que no cultivamos un estado mental que nos prepararía para acontecimientos de última hora.  Por eso, frente a una pandemia global como la que vivimos en nuestros días, somos presa fácil del miedo, las noticias falsas y la depresión.

Esto ha quedado patente en las distintas conductas expresadas desde que apareció la enfermedad referida.  Primero, por ejemplo, en la compra desesperada y desproporcionada de papel higiénico, desinfectantes y medicamentos.  Y, segundo, en el crédito fácil dado a las distintas teorías conspirativas aparecidas en la red.  Todo ello atestigua nuestra vulnerabilidad emocional tan oscilante, desequilibrada y volátil.

Algunos disimulan esa insanidad mental a través del recurso siempre efectivo de la religión.  Nos enteramos de esas sutilezas a través de las redes sociales, cuando esos adultos en estado de infancia espiritual inundan las redes con “cadenas”, oraciones y abundantes jaculatorias que nos hacen recordar el medioevo dantesco del siglo XIII. 

Ojalá la crisis ayude a cambiar nuestro modo vida.  Quizá nos convenga una actitud milenarista en donde, a sabiendas de que el fin se acerca, asumiéramos una conducta del “ya, pero todavía no”.  Eso ayudaría a llevar en orden nuestras finanzas, a amar sin límites y a vivir cada día.  Quiero decir, todos situados en el horizonte de la finitud, conscientes de eso que lo romanos llamaban, el “memento mori”.

El coronavirus y nuestra condición de caídos

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Suelo escuchar podcasts de tecnología, la mayor parte publicados por españoles, y debo decir que hasta no hace muchos días se tomaban a coña el tema del coronavirus.  Lo minimizaban y hasta se reían de los “exagerados” que propalaban el miedo.  Desafortunadamente, el ahora famoso Covid-19 ha demostrado con tantas muertes que no era una fábula y que había que tomarla en serio.

¿Por qué esa tendencia muy nuestra a minimizar los problemas?  Quizá, me aventuro, como resultado del deseo de atenuar sentimientos incómodos. Puro mecanismo de defensa.  Quizá el cerebro active estados de felicidad fundados en la fantasía, paraísos inexistentes, útiles para escapar de la amenaza en ciernes.

Y como lo nuestro es transitar en automático, rara vez cavilamos en lo que nos sucede.  Apresurados, o quizá a veces por pereza, optamos por nuestros propios instrumentos reptilianos de navegación.  Así, muy sofisticados, con “smartphones” llenos de aplicaciones, en realidad no dejamos los hábitos primitivos que son en verdad la clave de nuestras infortunadas conductas.

Eso sí, muy prestos, por esa predisposición a la descalificación, hacemos guasa de “lo que no conocemos y apenas sospechamos”, como dice el poeta.  Nos reímos como enfermos mentales a veces sin sospechar el grado de estupidez no obstante el pedigrí intelectual ostentado.  La oligofrenia no es un hecho raro entre los sapiens (convenzámonos que es un mito el paso “De animales a dioses”, según nos ha dicho Yuval Noah Harari).

Vamos, el caso de los “podcasters” es solo un ejemplo de nuestra condición.  No pretendo satanizarlos.  Solo representan ese estado de caídos, que desde la perspectiva del buen Heidegger, participamos todos los seres humanos.  Se trataría, en consecuencia, de superar esas irregularidades de carácter en virtud de la ramplonería tan común en la contemporaneidad.

Estamos frente a una pandemia global que amenaza todavía muchas pérdidas humanas.  Debemos asumir acciones positivas no solo para defender nuestra propia vida, sino para proteger a la comunidad (familia, amigos y sociedad en general).  Eso solo ocurrirá si, al tiempo que nos reímos para desestresarnos, encarnamos una ética ejemplar que sirva de apoyo en este período de crisis.  Hagamos que prive la sensatez en medio de nuestras manías y tendencias tan peculiares.

De niñatos y poshumanos

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En una sociedad donde priva lo inmediato y no soporta postergar, sacrificios tales como quedarse en casa pareciera una hombrada de dimensiones cósmicas.  Como que semejante acto titánico debiera valorarse porque “¿dónde se ha visto una cuarentena de tal magnitud?”.  Así, diminutos, con una moral de niños de pecho, pretendemos premios por la obligación de quedarnos bajo techo por dos semanas.

Eso habría hecho reír a esos hombres y mujeres que en la antigüedad practicaban el estoicismo y valoraban la lucha cotidiana como expresión de un carácter superior.  No me refiero a los conventuales encerrados en una cartuja o a los hijos de san Benito en esos conventos medievales empeñados en su “ora et labora”, escribo de los obreros y campesinos afanados en sus trabajos para cumplir la misión que creían imperativa para transformar el mundo.

El progreso, sin embargo, no ha sido parejo.  Así, mientras hemos desarrollado la ciencia y la técnica, cuando vemos con desdén a los primitivos y los juzgamos bárbaros, hemos empequeñecido no solo nuestro espíritu sintiéndonos singulares, sino la humanidad que exponemos desvergonzadamente como pigmeos.  No nos hemos convertido en nada, nuestro drama más bien es habernos quedado exiguos.

En eso consiste nuestra incapacidad de trabajar juntos por un ideal común y el sufrido lloriqueo por ignorar qué hacer en casa.  Es que somos niñatos que no sabemos ni siquiera amar.  Erotizados y pansexualizados vivimos para los micro orgasmos cotidianos, siendo felices con poco, muy urgidos de atención. Existiendo con la irresponsabilidad del eterno adolescente sin compromiso ni propósito.

No sé si me doy a entender.  No hago apología del masoquismo.  Creo en la vida buena y el disfrute de los bienes a nuestro alcance.  Lejos de mí la vida flagelada de esos religiosos que se azotaban -o aún se azotan- con perversidad.  Es más bien un llamado de atención a superar esas conductas que nos impiden estar a la altura de los tiempos para asumir la vida virtuosa.  Digamos que quiero aprovechar las circunstancias actuales para sacudir las conciencias (en primer lugar la mía, evidentemente) y despojar los corazones aherrumbrados de quienes ocasionalmente me leen.

Tengo claro que, al igual que una golondrina no hace verano, un artículo menor como este no cambiará la moral social que priva en nuestros días.  Sin embargo, cabe el ensueño, la ilusión quizá justificada en el cálculo de probabilidades, de que algún lector díscolo o, mejor, una buena conciencia, tome nota y haga renacer ese hombre o mujer nuevos que tanto necesita la contemporaneidad.  En ese caso, ahora sí, podríamos hablar del surgimiento de lo “poshumano”. 

Lo mejor está por venir

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Vivimos días delicados en los que, por su propia naturaleza, debemos tomar con la serenidad exigida por las circunstancias.  Lo natural es la excitación y el miedo, el pábulo y los extremos, el desequilibrio.  Lo sobredimensionado no hace bien a ninguno, llevándonos a situaciones peores a los que la realidad nos impone.

Ya me dirán que es fácil decirlo.  Sí, es cierto, pero hay que recordarlo y tratar de vivirlo.  Para ello, quizá es bueno recurrir a diversas estrategias existenciales que nos acerquen a una vida más sensata. Sin ánimo de fingir maestría en el arte, puedo recomendar (eso es válido particularmente para mí) algunas ideas que puedan ayudarlo a vivir estos días con mayor provecho.

Lo primero, probablemente, sea recurrir a la meditación.  No importa si es religioso o no, quizá convenga encerrarse en su estudio o habitación para, cerrando los ojos y controlando la respiración, oxigenar el espíritu.  Esto no tiene que ver con ser miembro Rosacruz o afiliado a la masonería, es un ejercicio generador de paz cuyo efecto inmediato es librarnos de las tensiones.  Pruébelo.

En estos días puede practicar el ayuno.  No me refiero a abstenerse de los alimentos, sino a la privación del mundo digital.  Le hará bien distanciarse de las redes sociales.  Twitter y Facebook son nefastos para la propagación de las noticias falsas en materia pandémica.  No las frecuente, huya despavorido e intente volver a lo básico: caminar, tocar la guitarra, leer o ejercitarse en el arte culinario.

¿Qué tal si se concentra en pendientes?  Sí, puede trabajar (es más, quizá “debe trabajar” desde casa), ordenar la oficina, la librera, lavar el carro, arreglar el baño y hasta hacer pinitos de jardinero.  Quién sabe si redescubre esa abandonada vocación de técnico multiusos –factótum, les llamaban antiguamente-.  Eso ocupará su mente y de paso, con toda certeza, lo hará feliz.

Por último, pero no por eso menos importante, debe volver al universo espiritual.  No me juzgue con premura, lejos de mí invitarlo a la oración (conozco la calidad profana de la mayoría de mis lectores).  Es una invitación a la lectura. Si ya antes le recomendaba oficios, labores y distracciones manuales, ahora le sugiero una vuelta a los libros.  No les tenga miedo, anímese a unas cuantas páginas por día, eso ejercitará su memoria y le habilitará a ver el mundo desde puntos de vistas alternos.

Una cosa más, esfuércese en tomar distancia de los sentimientos apocalípticos.  Sí, la situación es delicada, pero no es el final de los tiempos.  El problema es que por naturaleza somos dramáticos y encontramos signos de apocatástasis en cada acontecimiento.  Eso, aderezado con nuestras inseguridades y miedos, son la ruina del carácter y la vida beata.  Saldremos de esto, pongamos lo mejor de cada uno y sonriamos porque, de verdad, lo mejor está por venir.

La tremebunda vocación docente

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Ocasionalmente, medio en broma y en serio, me lamento con mis estudiantes de mi vocación docente: “no sé qué pensaba cuando decidí dedicarme a la docencia”.  Alguno siente lástima por mí, pero no creo que se interese profundamente de mis sentimientos.  Claro está que no se los digo de verdad, uso esas expresiones dramáticas como recurso pedagógico para volver a captar su atención, imbuidos en la mar de preocupaciones existenciales en que navegan.

Por otro lado, sé que el impacto con los estudiantes es un poco aleatorio. A veces la semilla encuentra terreno fértil, en otras el suelo es absolutamente yermo.  Pero los profesores solemos tener esperanza.  Es como cuando de casualidad les suelto un latinajo como aquello de “jóvenes, ‘tempus fugit’”.  Y ya les explico que lo nuestro es la finitud, la fecha de caducidad y lo efímero con la ilusión de verlos comprometidos en su propia vida.

¿Cree usted que les cala?  Vaya usted a saber.  Tampoco me ilusiono. A los 22 años más bien hay conciencia de invencibilidad, estamos frente a los übermenschen nietzscheanos incapaces a la sumisión de dioses y… menos aún a la observancia de sentencias escritas en latín por zaratustras posmodernos (¿cabe tal posibilidad?).  En fin, que el drama si se piensa bien, es de proporciones.

Con todo, fantaseo.  Imagino que hay algún despistado que toma en serio mis “carpe diem”.  Ya sabe, soñar es fácil, más aún cuando al final de la clase alguno me cuenta sus proyectos humanísticos.  Como aquel que me dijo que aspiraba ser escritor o la chica que me confesó que leía poesía.  Esas ovejas descarriadas habrían convencido hasta al más bravucón dios hebreo en no hacer llover fuego sobre Sodoma.  Y ya ve, a mi me tocan el alma.

Aunque, si le soy sincero, a veces experimento también sentimientos de culpa.  Los veo como en una cinta de cine dando clases, con uno o dos hijos, angustiados por el pago de colegios, la casa, los alimentos y pequeños caprichos personales.  Sí, más o menos contentos (como yo probablemente), pero fracasados económicamente -bueno, al menos según los cánones impuesto por la doctrina neoliberal-, endeudados, con poco reconocimiento social. Dando un poco de lástima por todas partes.  (No diga que no es medio trágico esto de la docencia).

Ya. No vaya a creer que es para el suicidio.  Hay espacio para la felicidad.  Ser profesor tiene su recompensa.  Podemos tomarnos en broma nuestra profesión, disfrutar el trato amable de los estudiantes, experimentar el gozo de ser testigos del desarrollo intelectual y moral de los adolescentes, leer poesía, ser crítico de cine… y a veces hasta ser un poco interesantes, enigmáticos y hasta raros.  Al final para algo deben servir las menospreciadas humanidades, aún en nuestros tiempos.