15 de octubre 2021. Suplemento Cultural

9 de octubre 2021. Suplemento Cultural

La narrativa de los impostores

Fotos de stock gratuitas de adulto, arrugas, blanco

Si es cierto que todos nos contamos una historia, confeccionada según nuestras necesidades para darle sentido a la vida, para justificarnos y ser indulgentes con nosotros mismos, me imagino la ficción creada por los políticos, empresarios y los del hampa en general.  Cervantes, Dante y Shakespeare, los tres más grandes clásicos de la historia son chicos de pecho frente a los que se auto timan.

Porque debe ser una tarea colosal rescatarse del mierdero en el que viven. Ya sabe, robando, mintiendo, privando de oportunidades a la sociedad y algunos hasta matando (literal y figuradamente).  Solo eso puede darles la audacia de llegar a sus hogares y besar a sus hijos, sentir que aman y hasta experimentar algún anhelo religioso.

No se comen las uñas porque son diferentes a usted, son “anormales”.  Pertenecen a un grupo cuya callosidad es soberbia, ni el discurso moral es para ellos ni la sensibilidad por los demás les quita el sueño.  Son una especie de fenómeno, abortos de una naturaleza que eventualmente gesta el espanto.  Así, con esas limitaciones profundas, no pueden sino ponerse máscaras porque en el fondo (sí, muy en el interior de sí mismos) sienten vergüenza.

La careta es para disimular su fealdad.  Su narrativa mendaz, como le decía, cumple ese propósito: pasar inadvertidos.  Mostrar una valía inexistente frente a los otros y a sí mismos.  Sin embargo, no es la pasión por la sociedad la que les mueve, sino el egoísmo, la avaricia y el prurito congénito a contaminarlo todo.

En esto son maestros, genios y virtuosos.  No hay ninguna idea ausente de contenido fecal.  Es como en el sistema financiero, no hay un solo proyecto privado de ganancias desproporcionadas para ver hundidos a los cuentahabientes.  Eso que llaman “servicios bancarios”, por ejemplo, es un eufemismo gastado con propósitos de expolio.  A los gerentes y altos directivos, les vale madre sus clientes. 

Y así en general el argumento es extensible a los políticos.  No faltará, sin embargo, quién me diga que generalizo, que la caca no alcanza a algunos.  Quizá, pero el número es nimio y fantasmal.  La casi totalidad son espíritus retorcidos (basta pensar en las autoridades del ejecutivo, el legislativo y en la que rige el Ministerio Público, para probar la patología referida). 

Esa miseria es insoportable e inasumible.  De ahí el argumento del texto: la degeneración tiene que encubrirse.  Se realiza mediante un timo narrativo, sin duda de baja catadura literaria, en el que se inventan razones para explicar la maldad y evitar la culpa.  Algo así como, “robo, pero no soy el único”, “tengo que demostrar que soy más listo que los demás”, “mis hijos sabrán aprovechar el sacrificio”, “por algo Dios me puso en este lugar”, “tarde o temprano ‘la historia me absolverá’”, “comparto mis ganancias con la iglesia”, “Dios sabe que no soy tan malo” …

En realidad son también subnormales, creen que su mala literatura persuadirá al dios de su imaginación.  Y vaya que también van por Él, en su fuero interno aspiran a su manipulación.  El buen Dios debe ser un tarado para dejarse timar con ese ingenio sin sutileza y, sobre todo, demasiado mundano.

El hábito no hace al monje

El hábito no hace al monje. – La Verdad nos hace libres y da sentido a la  vida

La mejor prueba de que el hábito no hace al monje quizá lo constituyan los intelectuales.  Digo, leer mucho no los convierte inmediatamente en sujetos de conducta ejemplar.  En eruditos sí, pero nada más.  De modo que la convicción platónica del virtuosismo de los filósofos es una ilusión del más alto nivel del fantasioso ateniense.

Él mismo lo demostró de sobra (me refiero a Platón).  De hecho todo apunta a que el tal “Aristocles”, que era como se llamaba, era intolerante y fanático.  Lo primero, porque en su Estado ideal excluía obras y autores que juzgaba peligrosos para la salud moral de su “platonópolis”.  Lo segundo, porque rechazaba la impiedad y la disidencia religiosa.  Platón, según lo afirmó muchos siglos después Popper, era un totalitario de la peor calaña.

Igual discurso es aplicable a los gremios de intelectuales constituidos por sujetos con presunto pedigrí pensante.   La experiencia es palmaria: no hay equivalencia entre saber y ser.  No hace falta ser demasiado perspicaz para enterarse de los celos entre, por ejemplo, los artistas, escritores y creadores en general.  En esto el enanismo moral es inocultable.

Aunque es cierto que a veces hacen equilibrismos conceptuales para justificarlo.  Ya sabe, la razón al servicio de la vida.  La propensión a la racionalización.  La convicción de que se puede construir un relato que disimule nuestra perversión.  El timo de que solo es cuestión de perspectiva.  O sea, como diría Bergson, nuestra manía fabuladora.

No se equivalen ciencia y bondad.  El conocimiento más bien sofistica la maledicencia.  Quiero decir, los intelectuales son unos “ilustrados de la maldad”, con el agravante arquitectónico del disimulo.  Heidegger quizá sea el mejor ejemplo del inmoral profesional.  El clásico predicador que no se convierte por la inclinación malsana al poder.  El peor amigo posible, el menos capacitado en el dominio de sí mismo.  El Judas contemporáneo, incapaz de ahorcarse por su autoengaño benevolente.

Lo mismo hacen los mercenarios de la pluma, los asociados a quienes manejan el poder por interés.  Son los creadores de artificios al servicio del mercado.  Ha habido tantos a lo largo de la historia.  Basta llevarlos a las cortes, a la escuela palatina, adularlos y alimentarlos (los mecenas tienen la medida), para que las ranas se inflen y hagan aparecer la impostura.

Ya le digo, el hábito no hace al monje. Los vicios solo adquieren un cariz singular cuando son los ilustrados, los espíritus más sofisticados, quienes se acreditan como los peores.  Parece obvio que la racionalidad y el talento pertenecen a otra esfera, esa que más bien estorba y obstaculiza el bien.  Sí, la bondad atañe a una dimensión ajena.  Eso está plenamente demostrado.

1 de octubre 2021. Suplemento Cultural

Corresponsables

Empleados Responsables: 7 formas de estimular un mejor desempeño y  compromiso, por Daniel Colombo

Contrario a lo que algunos piensan, creo que la sociedad civil tiene alguna responsabilidad de lo que nos acontece en el país.  Sí, hay niveles de culpa, pero no significa que no seamos parte del conjunto degradante por acción u omisión.  Afirmar lo contrario significa no asumir lo propio y nos condena a seguir con la actitud pasiva mostrada hasta hoy. 

Es cierto que hemos sido presa fácil de quienes manejan el cotarro.  Nos han dado gato por liebre, hemos estado manipulados, se nos ha timado.  Esto es tan real como que también nos hemos desentendido de la cosa pública.  No podemos negar que nos hemos acomodado y disfrutado la vida loca distrayéndonos en el consumismo (cuando hemos podido).  En el mejor de los casos, nos hemos ocupado en la sobrevivencia, el trabajo y las ocupaciones propias de nuestras responsabilidades.

Ya me dirá que las ideologías nos han hecho creer que la política es sucia y que ha sido mejor abandonar el pantano y la inmundicia del estercolero.  Por supuesto, sin embargo reconozcamos que actuamos como acarreados, al mejor estilo de analfabetos funcionales, yendo a votar cada cuatro años eligiendo al más pérfido de los candidatos.  El borreguismo ha sido lo nuestro cuando seguimos los dictados del sistema.

Ni qué decir de ese prurito por estar del lado de los vencedores.  El ánimo por asentir a los dictados de los que nos parecen simpáticos, atractivos y seductores.  La manía por sentirnos parte de una clase a la que no pertenecemos.  La actitud de perritos falderos que nos inclina hacia la blancura o ese imaginario retorcido para sentirnos “cool”.  Entiendo, no es fácil ir contra la corriente.

No neguemos que hemos sido tontuelos.  Un ejemplo de ello, para citar solo un caso, es considerar comunistas a quienes piden justicia y critican la impostura del sistema que permite las desigualdades sociales.  Ni qué decir de los conservadores que se asocian con los delincuentes solo porque estos se convierten (de mentiritas) en paladines defensores de los valores sagrados de “la familia”, “las buenas costumbres” y “la vida”.

Ni los obispos se han librado a veces de la corrupción.  De hecho el país tiene una larga tradición de arzobispos asociados (o a veces solo consentidores) de las mafias organizadas para el latrocinio y el despojo.  El profetismo en los jerarcas (que no regularmente en el clero más combativo y crítico) ha brillado por su ausencia.  En esto hay consenso y debería hacer palidecer a quienes tienen el deber de la audacia cuando lideran a sus comunidades.

Decir que tenemos responsabilidad en la debacle no busca el sentido de culpa.  Sirve el reconocimiento para cambiar la conducta en afanes que nos rescaten de la mediocridad de nuestros días.  Por si acaso, un “mea culpa”, los periodistas no hemos sido mejores.  La degeneración moral nos ha alcanzado y en esto hemos traicionado la misión valiente que se esperaba.  Insisto, debemos asumir lo que nos corresponde en la tarea por construir un país superior.

25 de septiembre 2021. Suplemento Cultural

La poesía, ese lugar privilegiado de comprensión y justificación

Tú justificas mi existencia:

si no te conozco, no he vivido;

si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Luis Cernuda

La imposibilidad de comunicarnos es un hecho palmario para algunos filósofos que abrazan el escepticismo en su versión radical.  Comprendernos es imposible.  Una de esas esferas la constituye la elección, por ejemplo, de una opción profesional.  Así, para los padres quedará en el misterio las decisiones de sus hijos, en este caso particular, la preferencia de una carrera sobre otra.

Eso no quiere decir que para los propios sujetos la decisión sea fácil.  Ojalá así lo fuera.  La realidad es que las oscilaciones son por lo general la regla en un universo de posibilidades casi infinitas.  Todo esto viene a cuento en un esfuerzo de introspección en el que aún hoy asimilo lo que he sido (a nivel profesional) en busca de dar nuevo sentido a mi trabajo.

Porque hay días de desazón, no se puede negar.  Momentos en los que quizá la frustración se apodera del ánimo y la depresión cobra fuerza.  Tiene que ver, supongo, no solo con las condiciones económicas, sino con lo que pueda significar la labor docente (que es lo mío para los que no me conocen).  Quiero decir, el sentimiento de la insignificancia en una sociedad que aprecia poco el magisterio.

No es el caso, por fortuna, del reconocimiento de los alumnos.  Ellos son más bien el motor y el estímulo que legitiman la vocación de enseñante.  Para ser justos, el trabajo con los jóvenes es un espacio privilegiado que permite el acceso espiritual en un momento de definiciones.  Ser parte de esa arquitectura es una dicha que pocos tienen.  Es todo un lujo.

Hay experiencias diferentes en este ámbito de formación de las conciencias.  Me gusta recordar, por ejemplo, los episodios iniciáticos en la estética literaria.  Como cuando al leer poesía los estudiantes descubren dimensiones desconocidas y asumen no solo el cuidado de las palabras, sino la conducta que los eleva por encima de la vulgaridad de lo ordinario.

Así, la poesía que revela el misterio y gesta lo noble, es también el suelo común que comunica y justifica.  Hace falta quizá esa vía amable y transparente, suave y segura, inocente y atrevida, para vincularnos con lazos respetuosos.  El lugar propicio donde la palabra deviene y tiene un carácter fecundo.

11 de septiembre 2021. Suplemento Cultural

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