Resistir

Resistiré | Dale Una Vuelta

Resistir es una palabra que en el círculo en el que me muevo se repite con mayor insistencia.  Pero no es un vocablo nuevo porque ya los antiguos estoicos en el siglo IV antes de Cristo la proponían como ideal virtuoso de vida.  Abstine et sustine recomendaba Epicteto a sus seguidores, aguanta (resiste) y abstente.  Para el estoico no hay otra forma de conseguir la felicidad.

Más allá de lo filosófico, me parece que es una máxima del todo aconsejable en estos tiempos de la era de la frivolidad.  Especialmente cuando hay todo un sistema que por la vía del consumo y el espectáculo nos invade con sus propuestas para dilatarnos en un estado de absoluta inutilidad pensante y protagonismos que opere cambios.

Resistir a la superficialidad de las redes en todas sus esferas.  Evitar las largas horas de exposición digital por pura voluntad lúdica.  Reorientar nuestra actividad diaria dando prioridad a las relaciones personales que nos permitan vínculos duraderos y crecimiento auténtico.  Es una tarea contra corriente, pero que reditúa en humanidad y conductas de superior valor social.

Asumir la sustine exige oponernos a lo fácil. Ya sabe, la filosofía que nos dispone a los atajos y la felicidad por la vía de lo sensible.  La inagotable búsqueda del placer generada por el consumo constante de los bienes que nos ofrece el mercado.  Resistirnos a la pereza con un comportamiento que no le teme al sacrificio ni al esfuerzo.  Revalorar el sudor que conquista metas con la tarea constante.

Sí, también la abstinencia, privarnos eventualmente de cosas.  Por ejemplo, del vagabundeo electrónico, de las largas horas de juego, videos y conversaciones superficiales en el chat.  No, no es fácil.  Reconozcamos que somos víctimas de los gurús de las redes, los psicólogos y especialistas del timo contratados por las grandes empresas del entretenimiento.  Resistamos.

Luchemos cuerpo a cuerpo contra las fake news.  No demos pábulo a los bulos ni reenviemos las noticias falsas.  Dejemos de participar en los linchamientos públicos, vamos, seamos generosos, que brille en nosotros la benevolencia.  Evitemos la candidez en la lectura de noticias en Twitter, Facebook, Instagram y en cuantas redes usted tenga acceso.  La mentira se propala con facilidad y usted debe activar su sentido crítico, la bondad, la indulgencia, la empatía.  La perversidad debe estar fuera de nuestra conducta.

En fin, resistir es el imperativo ético de nuestros tiempos.  Disciplinarnos en la crítica, aplicar la duda (casi como deporte), recuperar la suspicacia y ser militantes antisistema.  Es urgente que no se acomode, rebélese contra la conformación de su inteligencia según la voluntad perversa de los que manejan las redes.  Abstine et sustine.  El dolor provocado por esa altanería conforme los patrones de los que predican lo mismo, redituarán en una vida más feliz, sana, pero sobre todo, más provechosa para el bienestar de la humanidad.

Canallas desilustrados

Today in Disney History, 2003: "Destino" Was Finally Released

No siempre los dictadores desarrollan su conducta siguiendo una propia cartografía.  Estoy seguro que la mayoría alcanza ese estado sin apenas advertirlo, arrastrados por circunstancias que confabulan puntualmente cuando la naturaleza personal hace su parte.  Ese es el caso de, por ejemplo, Daniel Ortega, Nicolás Maduro y, a futuro, Nayib Bukele.

¿Cómo fue que llegué hasta aquí?”, se preguntan a veces los aferrados al poder.  Repasan y reconocen su fortuna, el destino cuasi milagroso del alineamiento de los astros.  En lo secreto, a veces ignorándolo, se muestran humildes, aceptan lo inexplicable.  Comprenden que la superación de muchos obstáculos tiene un carácter irracional, inentendible y fuera de toda lógica.

Ese desconocimiento que pocas veces consideran, por carácter (suelen ser pragmáticos, no teóricos), ánimo (ejercitan la poltronería intelectual) o disposición (participan de un tipo de imbecilidad existencial y moral), es el catalizador de la perversidad que abrazan a lo largo de su vida.

No son los únicos que ignoran su marcha triunfal hacia el paraíso fecal, también hay palaciegos, plebeyos e intelectuales, que, por candidez o gansterismo, convencidos, aúpan al perverso.  Son parte todos ellos, con voluntad o sin ella, de la casualidad que los encumbra.  Las piezas coinciden con precisión de relojería, el malvado llega puntual al sitial nunca imaginado.

La clarividencia, sin embargo, aunque escasa, siempre es revelada.  Primero a los suspicaces, luego a los rebeldes e inconformes, por último, a los ciudadanos despiertos.  No me mal interprete, reconocer la vocación autoritaria de los nombrados, como ejemplo, no es cosa de ingenio, sexto sentido o iluminación espiritual, es solo apercibimiento.  La comprensión de los hechos y el ánimo retorcido de sus protagonistas.

Ya me dirán que exagero y que muchos se sienten (nos sentimos) especiales.  Que está claro que lo nuestro es la fantasía, las elucubraciones y la conspiranoia.  Sí, por supuesto, estamos medios enfermos, pero aun con alucinaciones (o quizá por ellas) la certidumbre de que algunos políticos acabarán mal (sin que ahora ellos mismos lo sepan) es apodíctica.  Anótelo, verá que el tiempo nos dará la razón.

El reino de la impunidad y la corrupción

Decir que vivimos en el reino de la impunidad no es casual.  Deriva, según su concepción, de las características propias de un estado que se nos sugiere no podemos cambiar.  Aunque sea involuntariamente nos hace creer que el sistema es así y que es inapropiado querer modificarlo sin desentonar y aparecer raros.

Como reino cuenta con un rey, un sátrapa o tirano que, en nuestro caso, el presidente, gobierna con desparpajo para saquear las arcas.  Es “Il capo dei capi”, o así le correspondería según el libreto, porque al ser legión, la banda de ladrones tiene que compartir la riqueza obtenida al margen de la ley.  Sí, no está solo, hay una banda de aventureros que le acompañan.

Los he llamado aventureros, pero son menos que eso, delincuentes, carteristas… viciosos de lo mal habido.  Se ubican a lo largo y ancho de los poderes del Estado.  La cueva mayor quizá sea el Congreso.  Su presidente es la cabeza visible, pero hay muchos cuya estrategia es pasar desapercibidos para cumplir con su vocación carroñera.  Cada uno de la mayoría de ellos apesta porque el lugar es pútrido, fecal, un vertedero tóxico nacional.

El reino tiene sus ministros, algunos quizá con buena voluntad, uno que otro tonto útil, todos saben del estercolero nauseabundo de sus oficinas.  La corrupción campea con libertad en cada rincón de los espacios públicos, pero no todos son abusivos, hay excepciones cuyo único pecado es hacerse de la vista gorda porque, seamos justos, de algo hay que vivir.  La caca es inocultable… dicen que hasta clama al cielo.

La perdurabilidad del reino es posible gracias a una clase media tolerante. Profesionales mediatizados incapaces de crítica y asunción de posturas beligerantes.  El pugilato ha quedado aplacado por razones religiosas, ya sabe usted, el opio referido por el perverso economista alemán.  Además, al ser una cultura de inspiración individualista, el prójimo, los hambrientos y excluidos, “valen madres”.

Vale la pena activar la rebeldía en el reino de la perversión para recordarles a sus protagonistas que no nos olvidamos de sus tropelías.  Que conocemos su voracidad y sus vicios, la corrupción, la maledicencia y su hipocresía.  Avisarles que su doble discurso no nos cala porque nos basamos en los muchos hechos torcidos que ejecutan primorosamente.  Que su enanismo ético aderezado con sus míseras invocaciones religiosas nos repele y nos vuelven ateos de su religión a Mammón.

En fin, el discurso nos sirve para afianzar la esperanza y operar con paso firme y constante un nuevo advenimiento.  Que no hay mal que dure cien años.  Ya veremos rodar cabezas y emborracharnos de júbilo para celebrar la derrota de los corruptos.  No es imaginación, es el cumplimiento de algo que parece una ley y ha sido la regla en la historia de la humanidad.

Sobre la privacidad de nuestros datos

Cámara Cctv Blanca 2 Montada En Poste Negro Bajo Un Cielo Azul Claro

Hace ya bastante tiempo tuve un amigo que regularmente me contaba, más aún si mediaban experiencias etílicas, las conflictivas relaciones que tenía con su esposa, siempre celosa por lo que consideraba su propiedad.  Como mi paciencia era, cada vez menos, bíblica, lo escuchaba mientras consumíamos como jovenzuelos irresponsables lo que nos traía el mesero sin ordenárselo. 

De todas sus desventuras recuerdo la que me refirió sobre la furia de su cónyuge al quedar en paños menores con la ventana abierta.  “¿Quieres que te vea nuestra vecina?”, le reclamó.  Razón suficiente para que se librara una batalla (otra) a las que nunca pudo acostumbrarse. Así, partió de su casa un día sin que, hasta ahora, que yo sepa, haya regresado.

Cuento la historia, no por razones chismográficas, sino para establecer el celo a la privacidad que demostramos a veces circunstancialmente.  Las del vecino quisquilloso que no permite el estacionamiento frente a su casa o la de los cascarrabias que se molestan por los presuntos daños a su jardín por la cagada de un perro, por ejemplo.  Aceptémoslo: somos medio dementes cuando se trata de afirmar lo propio.

Lástima que no siempre.  En materia de navegación por las redes somos tolerantes “in extremis”.  Sabemos, claro que sí, que Facebook, Instagram, WhatsApp y Google (toda la compañía Alphabet en general: YouTube, Android, Nest… et al.) saquean nuestro datos para comercializarlos, sin embargo, lo ignoramos porque, según nuestra sabiduría de tontuelos, “no tenemos nada que ocultar”. 

Si fuéramos consecuentes con ese celo por lo que nos pertenece, ni siquiera usáramos celulares con sistema operativo Android, borraríamos el buscador de Google, pondríamos restricciones a nuestra navegación y hasta demandaríamos a Mark Zuckerberg.  No más cagadas de perro en nuestro jardín ni carros invadiendo la propiedad frente a nuestro hogar.  Pero no sucede así por un doble rasero extraño que marca nuestro carácter.

Nos revienta el extraño del semáforo que limpia nuestro carro sucio, pero somos indulgentes por daños que no percibimos.  Imaginamos que no somos blanco de vigilancia y si lo somos nada nos va a pasar.  Abrigamos sentimientos mágicos creyendo que la providencia nos cuida de los algoritmos malévolos de las redes sociales.  Dios es el antivirus que necesitamos contra los malos informáticos.

Ya es tiempo que seamos serios y despertemos de la fantasía.  Cuidemos nuestra información, no permitamos que la usen con fines de lucro o con intenciones de manipulación y control.  Sí, no seamos impúdicos en nuestro afán exhibicionista con los vecinos, pero, sobre todo, tengamos control sobre los datos que pueden usar las compañías o los gobiernos a veces para hacernos daño… también a nuestros hijos.

Un frente común contra la delincuencia de cuello blanco

Delitos de cuello blanco requieren investigadores de cuello blanco |  www.inmediaciones.org

Los delincuentes que quieren incrustarse en la estructura del Estado son bribones que no pueden medirse según los parámetros de una persona media.  En primer lugar, por la falta de escrúpulos, la avaricia ilimitada y el disfrute de la adrenalina cuando es expuesto y perseguido, pero sobre todo por la audacia que lo lleva a un estilo de vida siempre en la cuerda floja.  El hombre vulgar (porque suele tener poca exquisitez y desarrollo intelectual del buen vivir) a la postre se pierde en la miseria de sus propensiones insanas.

Su ruina es un peregrinaje seguro, apodíctico y certero, pero no piensa en ello imponiéndose a sí mismo una ceguera ficticia.  Estas mujeres, las hay también, no lo olvide (las evidencias las muestra con claridad) dan muestra de un pensamiento superior para la maldad.  Sus cálculos y maniobras los ubican (a los delincuentes en general, esto no es problema de género) en una categoría de “genios del mal”.

Pertenecen a la tradición de los más abominables corruptos de la historia.  Tienen linaje: Ramsés IX, Demóstenes, los Borja, Luis XIV y más recientemente, Fujimori, Marcos, Duvalier, Suharto y Arnoldo Alemán, entre tantos otros.  Son audaces, fríos, de proceder desvergonzado, con un carácter laborioso, siempre en busca de oportunidades que conquista mediante el cálculo.

Su juego es el habitual.  Confía en la pasividad de la ciudadanía.  Reconoce las infinitas distracciones de la comunidad política empeñada en actividades personales, el trabajo, la familia y el ocio.  El activo cobra fuerza (tienen suerte) gracias al individualismo de nuestra época que impide el trabajo común y la solidaridad.  Por si fuera poco, el aparato global tiene seducidas las mentes en las redes sociales, el consumismo y la vida en las pantallas. 

Esta especie de zombis mundializados son presa fácil para los corruptos.  Basta un tuit, por ejemplo, para hacer tendencia y cambiar casi el decurso de la historia.  Los delincuentes sacan partido, además, de la fragilidad moral contemporánea. Así, su vocación fecal, corrompe lo que toca imponiendo un ambiente pútrido que pareciera justificar el vicio (si la corrupción no es excepción, ¿dónde está “el pecado”?).

Estos políticos que desean apropiarse del Estado (los nuestros, los corruptos de los tres poderes) apenas se distinguen de los asesinos en serie.  Ya me dirá que no son unos Jeffrey Dahmer, “El carnicero de Milwaukee”, o un Ted Bundy, psicópatas, necrofílicos y caníbales, pero tienen parentesco.  Matan muy suavemente (los banqueros no son diferentes) permitiendo la desigualdad que genera el subdesarrollo en vivienda, educación y bienestar para todos, la desnutrición y la muerte en los hospitales por falta de atención. 

Contra estas personalidades psicóticas solo cabe un frente común.  Unirnos para impedir, por ejemplo, el acceso de Moto a la impunidad.  Enjuiciar a los protagonistas de las fuerzas oscuras del poder.  Denunciar a los epígonos del mal y la perversidad. Impedir la participación política de los ladrones.  Poner tras las rejas al criminal.  No hay otra opción, lo demás es autoengaño, ingenuidad o ignorancia supina.

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