La normalidad necesaria

Con el inicio del ciclo escolar y la invitación a las clases en su forma híbrida parece que regresamos a la normalidad.  El miedo aún es perceptible en muchos, padres de familia, hijos, profesores… todos los involucrados en la empresa educativa, pero se anida la conciencia que no podemos seguir más, doblegados por la pandemia.  Incluso los que han tomado la decisión de regresar lo han hecho con miedo.

Hay razones.  Las noticias, que suelen cargar las tintas en lo negativo, revelan que Ómicron sigue haciendo de las suyas y, aunque la cepa es menos dañina, aún persiste el daño registrado en las estadísticas de muerte en los hospitales.  Es inútil cantar victoria, especialmente en nuestro deficiente sistema hospitalario y el abandono de la población a su propia suerte.

Nuestras condiciones no son las de los países prósperos.  Es de Perogrullo decirlo, pero hay que establecerlo.  Adoptar el estilo de vida festivo de ciudadanos americanos, por ejemplo, que relajan su conducta llenando estadios, conciertos y bares, es demencial. La comparación es desproporcionada porque las condiciones sanitarias (hospitales y acceso a la medicina) son muy diferentes.

Así que debemos ser cautos tanto como audaces.  El realismo debe prevalecer sin que éste nos aniquile y amilane encerrándonos pavorosos en nuestros refugios.  La prevención debe ser la consigna, asumiendo el sentido de responsabilidad con los otros.  Primero, vacunándonos, luego guardando el distanciamiento social y, por último, practicando la prevención, según lo indican los expertos.

Insisto en que el proceso de retorno a la normalidad debe ser gradual.  Es prioritario respetar las convicciones ajenas que justifican sus propios temores.  Somos diversos y, en la medida de lo posible, debemos respetar esas diferencias.  Imponernos desde nuestra propia racionalidad es arrogante, irrespetuosa y muy poco empática.  Diría que es la salida fácil de los que se inclinan por la violencia en sus variadas versiones.  De esto tenemos mucho entre nosotros.

Tenemos que superar el bache pandémico y ver hacia adelante.  Seguiremos sufriendo mientras llegue el momento anhelado, es un hecho, sin embargo frente a la adversidad debe imperar el positivismo, el pragmatismo y las medidas que nos pongan a salvo.  No estamos seguros, aunque las vacunas ahora sean aliadas importantes, cerrar los ojos y disimular no es lo correcto, pero tenemos que dar esos pasos tímidos necesarios para la buena vida.

Le deseo un feliz inicio de año.  Deseo para usted las mejores bendiciones en fechas, para algunos, demasiado aciagas.  Espero a la vez que encuentre muchas oportunidades y que su situación mejore en beneficio familiar.  Recuerde que es importante atender la vida espiritual, el ejercicio físico y la salud mental.  Retome el objetivo de ser feliz y compartirlo con los de casa.  La vida es breve, se nos va de las manos, aprovechémosla con inteligencia.

La forja de un rebelde

Máquina De Escribir, Alfabeto, Carta

“Yo diría que un escritor está comprometido cuando se esfuerza por embarcar a la conciencia más lúcida y completa, es decir, cuando, tanto para él como para los demás, hace pasar el compromiso de la espontaneidad inmediata a lo reflexionado”

Sartre

Escribir, se dice, es un acto de rebeldía.  ¿Qué tanto?  Solo si se extiende el concepto.  Concebirlo, por ejemplo, como búsqueda que anima el cambio.  Según esto, escribir tanto si se practica la ficción, la poesía o el autoexamen, se encaminaría al intento por trastocar la realidad dada.  Subyacería la insatisfacción por lo plano en un esfuerzo por trascenderlo.  Así, sin violencia, creativamente, se apostaría por el devenir.

El artista, desde aquí, sería el más evolucionado de los hombres.  Lo es por la mediación de su opción o, mejor, por el uso de instrumentos que apela al discurso refinado, pero no inane.  En su interior se afianza la convicción de que la realidad puede ser trasgredida desde lo bello.  Sin que su decisión no comporte la voluntad de manipulación.

Además, el rebelde transformado en esteta, es consciente de su propia condición.  Incapacitado para generar dolor, es, sin embargo, un quirurgo que opera con precisión.  Prescinde de la compasión si su proceder trae los resultados esperados.  De este modo, el creador semeja lo insensible arrebatado por el encono con que asume su oficio.

Exceptuando ciertos obreros del conocimiento, ensayistas, críticos y libelistas, los escritores suelen ser invisibles.  Son seres aparentemente sustituibles, inútiles y perfectamente prescindibles.  Quizá una especie de adorno solo reconocidos en sociedades de espíritu evolucionado.  Un tupé coqueto que lucen ciertos grupos humanos que no es solo accesorio, sino elemento consustancial de su naturaleza.

Y aunque a veces sean molestos por ese sentimiento cultivado de insatisfacción y reclamo, son apreciados porque encarnan el misterio.  En general se intuye que los artistas pertenecen, más allá de las apariencias, a una élite que los ubica frecuentemente por los distraídos en la categoría de los raros.  Y esa es la paradoja que les toca vivir.

Apreciados y excluidos, ninguneados y despreciados, quienes se dedican a la escritura viven la ambivalencia del trato.  Es un drama asumido que no los distrae de su oficio, pero que no le es indiferente.  Lo acepta por el precio a su singularidad.  Claro está que se reconoce a sí mismo distinto, sin que reclame lo particular.

El estado que habita, siempre poblado de fantasmas, lo muestra ausente y descomprometido.  Sin más poder que la pluma, su presencia es inofensiva.  Translúcido, su fachada camaleónica confunde.  Solo en la palabra ocurre el milagro, cuando ordena el universo usando el verbo, resignificando la realidad con la imaginación.  En ese trance, cuando encaja su insatisfacción, reinventa el mundo y se vuelve peligroso.

Prohibido llorar

Hombre Negro Joven Desesperado Cubriendo La Cara Con La Mano Y Llorando En El Baño

 “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”

Sultana Aixa, madre de Boabdil.

Llorar es una expresión humana cada vez más despreciada en nuestros tiempos.  Nos avergüenza el sentimiento porque pensamos que es muestra de debilidad o la atribuimos, según nuestra idea retorcida de masculinidad, a las mujeres.  En tiempos pretéritos, a la que pertenezco, era penado el “lloriqueo” porque teníamos que aprender a ser rudos y soportar con falsa entereza el dolor experimentado.

No se da con frecuencia eso que llaman en el mundo religioso “el don de lágrimas” porque ya no se llora tampoco en las iglesias.  Hasta los Pentecostales, tan reputados en su inclinación por las emociones, parecen reprimidos en los cultos ahora silenciosos de adoración.  Todo muy contrario a la tradición de llorones, Lutero, Wesley y más contemporáneamente Palau.

Hay razón para ello.  Los Evangelios muestran a un Jesús muy inclinado ocasionalmente a las lágrimas.  Se citan al menos tres veces en las que lloró. En la primera, cuando se entera de la muerte de su amigo Lázaro.  El texto lo dice así:

  María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”. Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”. (Juan 11,32-36)

La segunda, cuando ve con tristeza los pecados de la humanidad.  Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: “¡Si tú también hubieras comprendido en ese día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos”. (Lucas 19,41-42).  Por último, cuando experimenta el peso de la tragedia próxima de su vida en el huerto de los olivos.  Llorar es maravilloso desde los Evangelios, es una bienaventuranza: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

En algún momento del camino, sin embargo, ese sentimiento se empezó a subestimar.  Así, vemos a los ciudadanos del siglo XXI castrados, reprimidos, forzados a sollozar interiormente nuestro dolor, en lo privado, evitando que ninguno se entere.  Niñatos inmaduros por una sociedad que nos priva y encoge las emociones.

Quizá a eso se deba nuestra falta de empatía con los que sufren, la incapacidad de percibir el daño causado a los otros, el egoísmo infinito que nos aísla y hace que busquemos sucedáneos.  El interés por el placer buscado con ahínco para disfrutarlo solo nosotros, sin ningún ánimo por compartirlo con los demás.  Deshumanizados, queda solo la distancia.

Una nota personal.  Cuando falleció mi padre en el 2016 no derramé ni una sola lágrima por su partida.  Me pareció raro, pero no extraño.  Ni mis hermanos ni mi madre fueron diferentes.  ¡Salvajes!, pensé.  La rareza adquirió lo sublime cuando en sueños (han sido en dos ocasiones), lo he llorado a mares. ¿Habré sentido vergüenza llorarlo en esa ocasión públicamente? ¿Habré sentido inapropiado frente a él mis lágrimas?  No lo sé, pero quizá resuma la experiencia lo que he tratado de decirle en este texto.

Feliz navidad

Tres Adornos Con Estampado De árbol De Navidad Blanco Y Rojo

Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar.

Papa Francisco

En algún momento, sin que quizá nadie sepa cuándo, se perdió el significado de la navidad.  O lo diré mejor, la idea según la cual el nacimiento de Jesús, desde la tradición cristiana, consistía en la alegría del alumbramiento de la esperanza.  Probablemente, si se lo piensa, nunca arraigó esa perspectiva en el corazón de la cultura, pero seguro conviene recuperarlo a fuerza de reflexión.

No es difícil si lo planteamos desde lo opuesto a la praxis contemporánea, esto es, la voluntad de priorizar la vida, el esfuerzo por abrirnos a los demás y la posibilidad de reajustar nuestra conducta en virtud del retiro silencioso que permita la autocrítica.  Trabajo, entonces, interiorizado y proyectado con urgencia al mundo externo.

Sobre lo primero, la vida, se trataría de ocuparnos en la renuncia a nuestra violencia congénita.  Afirmar la cordialidad, el afecto y la ternura.  Tomar distancia del resentimiento que nos tortura y apostar por el dominio de la ira.  Es una tarea que exige autocontrol porque con frecuencia somos víctimas de las emociones; además, no resulta fácil controlar a nuestro niño interno, al caprichoso y egoísta que urge la satisfacción propia.

En esa dirección, la fiesta de inspiración religiosa invitaría a la generosidad.  Salir de nuestro refugio cómodo para ser solícitos con los necesitados.  Trabajar la empatía, ponernos en el lugar de los que sufren y compartir los bienes.  No basta con el sentimiento, amar debe traducirse en actos concretos de auxilio que muestre lo mejor de nosotros, el anuncio de que no todo está perdido y es posible un discurso alternativo al consumismo.

De igual modo, creo que debe ser un tiempo para el perdón.  Iniciarnos en el hábito de la indulgencia.  Reconocer nuestra fragilidad compartida que nos habilita para la comprensión mutua.  Tenemos techos de vidrio, debemos renunciar a la inclinación malsana de juzgarnos amargamente unos a otros.  Debe primar la bondad que nos fortalece frente a las caídas y ligerezas de quienes amamos.

Ya por último, diciembre es un período para la interioridad.  Retirarnos sigilosos para reflexionar oportunamente en lo que no hemos hecho bien.  Establecer contacto con los lejanos, a quienes hemos olvidado o hecho alguna ofensa y reconciliarnos amorosamente.  Tenemos que reestablecer la sintonía con los grandes valores, reenfocar nuestros intereses y reapropiarnos de la vida.  Aherrumbrados, conviene volver al brillo originario y recuperar la salud del corazón.

Le deseo una feliz navidad y los mejores augurios de dicha plena con los suyos.  Hasta la próxima.

La precariedad laboral

Persona Soldando Con Una Máscara Protectora De Metal

La precariedad laboral es la moneda corriente de nuestros tiempos.  Me enteré de ello gracias a mi entrañable amigo, Guillermo Paz Cárcamo, que me ejemplificaba el drama de los obreros por ganarse el pan de cada día.  Y no es que no lo supiera, que fuera la excepción feliz del tema, sino la virtud de verlo en plan teórico a través de ese nombre que hasta parece rebuscado y elegante.

Esa precariedad se verifica de muchas maneras, una, en las condiciones inhumanas de trabajo (cuchitriles por oficinas, áreas impresentables -sucias-, espacios de tortura por el frío o el calor, etc.) y dos, en las injusticias salariales (pagos postergados antojadizamente o misérrimas retribuciones).  El resultado, que se presenta más creativamente en la realidad, es el abandono del trabajador a merced de los contratistas.

Puede que se crea que el fenómeno solo es parte de nosotros y constitutiva de empresas de baja estofa, pero no es así.  Ayer mismo la prensa informaba de los desmanes de Amazon en el trato a sus empleados que pudo haber evitado la muerte de muchos de ellos si fuera un ente con “responsabilidad social” (les fascina esa palabreja, pero solo es, como decían los latinos, un “flatus vocis”, -una flatulencia, pues, una palabra hueca y sin sentido-).

La nota de prensa era elocuente: “Dos plantas de Kentucky e Illinois en las que perdieron la vida al menos 14 empleados dieron prioridad a la producción sobre la seguridad, según denuncian algunos supervivientes”.  Resulta que en el centro de distribución de Amazon en Edwardsville (Illinois) murieron seis trabajadores por el colapso del techo a causa de los tornados y en la fábrica de velas de Mayfield (Kentucky) atrapó a ocho que perdieron su vida.  Entre las razones se subrayan el trabajo a destajo y la gran concentración de personal en ambos recintos.

En Mayfield Consumer Products cinco supervivientes relataron que fueron amenazados con el despido si abandonaban su puesto de trabajo.  Y en el almacén de distribución de Amazon la tragedia reveló el peso que el empleo de autónomos tiene en la empresa, además de la deficiente preparación para una emergencia.  “De las 190 personas que trabajaban en Edwardsville, solo siete eran empleados de Amazon a tiempo completo, según una nota de The New York Times.

Lo mismo sucede en nuestro país y supongo que no requiere mucho esfuerzo reconocerlo.  El otro día, por ejemplo, un cajero del Banco Industrial me indicaba que un trabajador que sufrió una paliza por un energúmeno (fue tendencia en las redes sociales), no pudo defenderse porque la empresa lo habría despedido inmediatamente.  Ya sabe usted, “no se pueden perder clientes”, qué más da una humillación cuando lo fundamental es la defensa de los intereses de la institución.

La precariedad es pandémica.  Los obreros tienen que soportar a los primitivos erigidos como líderes (jefes les llaman), sufrir los acosos sexuales, padecer de hambre por los pagos impuntuales, los descuentos arbitrarios… y como guinda en el pastel, fingir tragarse los discursos esos de “dar la milla extra”, “la lealtad hacia la empresa”, “los valores de la institución” y hasta “sentirse agradecido porque se tiene un trabajo”.  Cuánta paja producida en esas maquilas.

10 de diciembre 2021. Suplemento Cultural

El viaje inútil

El malhadado presidente de Guatemala, desacreditado por sus ejecutorias, no de ahora, sino desde que inició su carrera política que abonó en los puestos que oportunamente fungió dentro de la burocracia, quiere hacernos creer que su liderazgo es impoluto y que persigue el bien de la nación.  Su timo, que trasciende en su intención nuestras fronteras, es desvergonzado y no hay quien lo compre. 

Con todo, se vale soñar.  Por ello, en los próximos días, Giammattei hará un viaje a los Estados Unidos, aconsejado por su equipo (no se puede esperar demasiado porque son los mismos del gobierno de Jimmy Morales), para rebajar el golpe bajo no solo de no haber sido invitado a la Cumbre por la Democracia a instancia de Biden, sino por la reprimenda y sanciones que pueden sobrevenirle pronto.

El alicaído gobierno que encabeza el presidente merece las peores calificaciones en virtud de su ineficacia administrativa, sin rumbo, planes ni ejecutorias.  Viviendo en un régimen de impunidad, protegido por la complaciente Fiscal General, Consuelo Porras, que ha hundido la institución y de paso permitido un sistema de expolio y conspiraciones por doquier.  El tiempo no le hará justicia porque lo suyo es de carácter meridiano.

El viaje del infame, cuya altanería es también infinita, no le granjeará las ventajas prometidas por sus asesores.  En primer lugar porque la cleptocracia que ha fomentado y ha hecho crecer es inocultable.  Luego, debido a la pérdida de confiabilidad en virtud de su pragmatismo al servicio de sus propios intereses.  Finalmente, por la impunidad que ha implantado como esencia del sistema al que ha dado prioridad. 

Así, visto lo visto, al gobierno corrupto solo le queda asociarse con países de dudosa reputación.  No es otra cosa lo que ha hecho al disimular los atropellos de la familia Ortega en Nicaragua.  Abona a su favor (como el presidente saliente de Honduras, Juan Orlando Hernández Alvarado) en caso de ser perseguido por la justicia. 

En consecuencia, a nuestro presidente solo le queda descansar en los Estados Unidos.  Disfrutar su estancia y quizá el autoengaño que le produzca el espectáculo de su periplo.  Mientras eso suceda, continuará la industria delincuencial, el aumento de la pobreza, las muertes por COVID y el letargo del Ministerio Público que extiende la impunidad a lo largo y ancho de Guatemala.  Sí, es una especie de condena que no parece que podamos superar.

3 de diciembre 2021. Suplemento Cultural

Urdimbres

Fotos de stock gratuitas de de madera, hilo, hilos

Es probable que muchas de las cosas que recordamos y elencamos a nuestro disfrute sean producto de nuestra imaginación.  Lo propio del recuerdo es la ficción que acomoda los eventos según conveniencia, haciendo de nuestras historias reconstrucción falsificada.  Por ello, mal haríamos no apercibirnos de esas triquiñuelas para no quedar encantados de nuestros propios timos.

Un ejemplo de esto es lo que me cuento del inicio de mi vida literaria.  Me he dicho mil veces, ese es el registro acomodaticio, que el primer libro que cayó en mis manos fue la biblia y que, en consecuencia, constituyó mi primera lectura.  Así, evoco al niño leyendo los evangelios, admirando la vida del nazareno cuyo sacrificio me pareció la mayor injusticia planetaria de la humanidad.

¿Es literal ese suceso?  Vaya usted a saber.  Imagino que mi propensión al lirismo y la búsqueda explicativa que dé razón a mi personalidad es la que me juega la vuelta en la novelería.  Consciente de ello, soy cada vez más cauto de mi narrativa.  Como cuando hablo de mi adolescencia serena, lejos de toda altanería, beligerancia y volubilidad de carácter.  Lo mío ha sido la mansedumbre, refiero, el ánimo de bien y la aceptación estoica de los sucesos adversos.

Toda una superchería sin duda.  La misma de aquel amigo que cuenta sus aventuras amorosas vividas con el ánimo impetuoso de un Don Juan.  “No solo he tenido las mujeres que he querido, sino que he sido un amante sin par”, me relata.  Lo que lo lleva seguidamente a los detalles, ya sabe, lo propio del macho de nuestras tierras: sexo bestial, coitos interminables y malabarismos extremos. 

Yo lo escucho, si bien con reserva, con la atención que merecen los protagonistas de una película.  Y sí, las proezas de mis amigos se repiten, pero siempre hay espacio para la novedad, más aún si los etílicos aportan lo suyo.  Lo cierto es que la novelería no tiene límites y no es cosa solo de machos primitivos, sino también de féminas delicadas y honestas.

Uno escucha a veces, por ejemplo, historias familiares en las que no falta el drama de quien no ha recibido comprensión y gestas de protagonistas no valoradas.  No seré yo quien ponga en entredicho la violencia impía producto de nuestra barbarie, pero también hay en algunas de ellas dosis de ficción que no hace justicia a la realidad.

Como le he dicho, lo nuestro es la fabulación, la recreación de hechos que le den sentido a la vida.  La urdimbre es involuntaria, creo.  Deriva del impulso cuasi instintivo abocado a la articulación para la sobrevivencia.  No hay más.  Debemos aceptarlo y renunciar a todo intento de verificación.  Las historias, son eso, un relato simbólico con propósito salvífico, justificante y reparador.

26 de noviembre 2021. Suplemento Cultural

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