Variaciones sobre el tema del tiempo

Una de las consideraciones que solemos pasar por alto es la idea de la brevedad de la vida, la conciencia de que la inmediatez del tiempo impide la realización de nuestros deseos.   Y aunque es más manifiesto el sentimiento en los años de juventud, los años no son garantía para la adquisición de esa convicción.

De esa cuenta nuestras decisiones se fundan en la conciencia de perennidad.  Como si lo eterno fuera lo nuestro y, por ello, las circunstancias siempre estarán disponibles para la corrección de yerros.  Tardamos en enterarnos de la fragilidad de nuestra existencia, el límite del tiempo y la imposibilidad de las oportunidades ilimitadas.

Esa tontería, producida a veces por idiotas, la mayoría de las ocasiones por distracción, nos limita en casi todas las esferas de la vida.  Es la causante de que posterguemos los afectos, el perdón, los compromisos, los proyectos y en general la realización de nuestros sueños.  Privamos a los demás de una sonrisa, un abrazo, una palabra amable o dilatamos el odio que nos carcome por dentro.

El “sero te amavi” de san Agustín demuestra cómo la intuición, que es un tipo de sabiduría extra racional, trasciende la filosofía, la santidad y hasta la condición monacal.  Es la mejor prueba de la falta de apercibimiento del flujo del tiempo y el estado de finitud que nos gobierna.  Ese “tarde te amé” es el lamento del reconocimiento tardío de una realidad fuera de nuestro control.

Por ello, vivir desde la conciencia de lo provisorio y la fuga del tiempo continuo es un imperativo que resignifica nuestro proyecto humano.  No solo nos ordena de forma diferente situando el mundo en otras categorías, sino afectando los actos ahora revestidos desde la sensibilidad de lo temporal.  De ese modo, nuestras expresiones adquieren un matiz que da relieve al lienzo compartido con los que nos rodean.

Fuera de lo anterior nos exponemos a la inconciencia de nuestros actos.  A la reificación de lo episódico tomado como absoluto, la afirmación del arrogante devenido en deidad imaginaria.  Es la inconciencia del que presume lo fatuo, el “flatus vocis” encarnado en la irrelevancia de lo humano.

Es primordial, en consecuencia, reinterpretarnos, introducir un horizonte renovado que impacte a los que amamos, según las ocasiones de cada momento.  Asumir la vida en clave del aquí y el ahora, desde la conciencia despierta que afirma las oportunidades, la sabiduría que abraza lo esencial y rechaza lo que carece de importancia.

El difícil arte de crecer

Que la vida familiar carecía de estética y era a veces inmoral lo sabía intuitivamente el pequeño Juan que lloraba desconsolado por su camisa de fuerza.  Nunca comprendió las razones por las que su madre lo ahogaba en esa ropa si estimaba la desmesura de su barriga y la talla de la pieza exigua.  Prefirió aceptar su conducta y amarla desde el absurdo de sus acciones (que no eran pocos). 

Desde muy temprano supo que su vida no sería un lecho de rosas.  Y si su madre era enigmática, arbitraria y a veces abstrusa, su hermano era peor.  En él reconoció el primer signo de imperfección divina, acrecentado según los yerros constantes y extendidos en la fealdad del mundo a Él atribuido.

Juan era una especie de romántico en un siglo al que no pertenecía.  En su piel llevaba estampada lo peor de los clásicos, Schopenhauer, Goethe y Beethoven.  Como si hubiera nacido torcido, aunque sin complejos, afirmaba el absurdo de la vida solo salvado por los afectos, el amor y las pasiones.  No el sexo vulgar que le atraía, pero le espantaba a la vez.

– No eres normal, por eso no tienes amigos, le reprochó un día Javier, su hermano.

– Los tengo, pero no son legión, respondió afectado por el comentario.  Y agregó:  distingue, lo tuyo son compañeros de aventura, ni uno solo alcanza la categoría referida.

– Qué más dan las especificaciones, yo tengo hasta novia y tú no porque además eres feo, desagradable por todas partes.

– Bueno, en eso de los gustos no nos vamos a meter.  Cada uno tiene su encanto y, aún aceptando que seas más atractivo que yo, lo que importa es la calidad de las relaciones y tú no auguras futuro por esa tontería colosal que exhibes con desparpajo e impunidad.

Era cierto que Juan no era de buen ver, nunca lo fue.  A su conducta retraída, se le sumaba la desproporción en las dimensiones de su rostro.  Pero no lo turbaba porque desdeñaba las apariencias que juzgaba el camino perfecto a la desolación.  En el amor, sostenía, lo bello es un elemento que no debe contar demasiado. 

Y sí, su primera relación la tuvo entrado en años.  Todo de manera natural, sin pretensiones, pero con voluntad de aprendizaje.  En soledad repasaba los actos amatorios en una especie de metacognición acusando sus faltas: “quizá debí ser más tierno, esa torpeza debería superarla, qué tal renunciar a mí mismo, más asertividad, las caricias cuentan…”.  Gastaba horas en reproches que a veces reparaba.

– Si debo serte sincera, le dijo un día Ana, tienes una torpeza tardía de la que soy indulgente solo por razones de afecto.  Además, luces tan cándido en el sexo que me hace recordar cierta bondad originaria que no necesito en ese momento.  Urjo una bestia y tú semejas un ángel renacentista o, peor aún, más antiguo, del bajo medioevo”.

El comentario podía ser atroz, pero solía defenderse de la maldad expresada en palabras.  Comprendía la fuerza de las emociones cuando se apodera de un momento incómodo.  Sin embargo no era indiferente.  La relación con el mundo, primero con su madre y luego con el hermano, le enseñaron a superar las asperezas de la vida: “la clave consiste en superarlo todo, camisas de fuerza, relaciones conflictivas y amores también insatisfechos”.

Un drama repetido

Ayer recibí un video en el que desde un helicóptero su tripulante, al tiempo que grababa el desbordamiento de ríos en una zona del país, comentaba la desgracia ocasionada en el lugar.  Se le escuchaba turbado como lamentándose de la suerte de sus pobladores y deseoso de trasladarnos la información que compartía en un tono de afectadas emociones.

La verdad es que esas escenas ya no nos son ajenas (pocas cosas nos impresionan ya en Guatemala) porque se repiten todos los años.  Incluso llegué a pensar si no era un material viejo, una especie de déjà vu de una grabación ya vista.  Porque, de verdad, usted puede guardar esa registración y compartirla en cada invierno que siempre tendrá vigencia.

No es mi intención trivializar las noticias, el drama vivido por la población a causa de las lluvias, el sufrimiento de las comunidades que se las apañan solas por el abandono de sus autoridades.  Lo que quiero es dirigir la mirada en los efectos producidos por la mala gestión de quienes rigen los destinos del país.  Sin que esto signifique, evidentemente, la falta de reconocimiento de nuestras vulnerabilidades frente al clima.

Los políticos de pacotilla quisieran escamotear responsabilidades culpando a la población, poniendo el dedo en presuntos descuidos que insinúan irracionalidad e imprudencia.  Sin embargo, la realidad es que sobre las instituciones recae el mayor peso de tozudez y más aún de inoperancia.  Lo que sobresale en los ministerios es la ineficiencia y la escasa inversión en materia de desarrollo.

CONRED, por ejemplo, es un ente reactivo que actúa como institución de socorro en medio de la desgracia.  La falta de políticas preventivas es un derivado mixto que va desde la insensibilidad de sus empleados, sus limitados planes y proyectos, hasta la exigua inversión en las comunidades.  Ser una institución periférica, aislada y de poca monta, frente a ministerios poderosos, con muchos recursos como el de Comunicaciones, expresa la valía que tiene para el gobierno atender a los grupos más pobres de la nación.

Al drama hay que sumarle el latrocinio generalizado que impide inversiones sólidas.  La sostenibilidad de proyectos con mínimos decentes.  Carreteras, por ejemplo, construidas según el requerimiento de planos.  Todo lo opuesto a lo que nos ocurre con el clientelismo y la paga de favores que impide poner tras las rejas a los constructores que regatean e incumplen.

No es que los funcionarios sean tontos, lo que ocurre es que su foco alumbra en otra dirección.  Su brújula es la de los intereses personales o, lo que es lo mismo, la capitalización urgente en el breve tiempo que les queda.  Son iluminados, pero para el tráfico de influencia, la asociación ilícita, la manipulación, la violencia, el fingimiento y el robo.  No basta, sin embargo, reconocerlo (esto ya se sabe), hay que militar para hacerlos caer y aplicarles la justicia.

Sí, estamos a merced del cambio climático, esto no lo podemos evitar, pero por ello es fundamental repensar la política pública.  Exige educación por parte de la ciudadanía, conciencia de lo que le toca a cada uno para ponerse a buen resguardo, pero especialmente acciones de gobierno que favorezcan la protección y garanticen la calidad de sus inversiones.

Derbordamiento del río San José, Chiquimula.

Guatemala y su necesidad de cambios

Lo que nos ocurre en Guatemala quizá suceda en otros lugares del mundo, no deberíamos sentirnos particularmente originales.  La cuestión es la importancia que le damos a los acontecimientos en virtud de lo que nos afecta, derivado del sentimiento experimentado por los lazos y las raíces que hemos cimentado. Por ello, siempre habrá novedad en la reflexión que ilumine lo que nos pasa.

El drama, por ejemplo, de la lógica asumida que privilegia el propio bienestar a costa de los otros.  Resulta obvio que excluimos el interés de lucro como resultado del trabajo honesto.  Es inútil insistir en que este tipo de conducta se justifica al ser expresión de las aspiraciones subjetivas que busca la realización desde la actividad justa y sacrificada.  Me refiero más bien a la avidez del pícaro que labra su futuro por medio de la trampa.

Intento decir que parte de lo que nos condena como sociedad se debe a ese prurito de ganancia fundado en la inmoralidad.  La idea quizá de que la riqueza sea un indicador de éxito, prueba de listeza o tal vez de un tipo de inteligencia privilegiada que nos reputa frente a los demás.  Y, claro, no queremos pasar por la vida como uno más, necesitamos hacer la diferencia.  Ello justificaría las maniobras mendaces, el timo, la fanfarronería o cualquier tipo de actos que me lleve a la acumulación de capital.

No es el dinero por el dinero (que también tiene su atractivo), sino lo que simboliza, las promesas de distinción y autoafirmación urgida.  Eso nos convierte en víctimas no solo de la narrativa consumista, sino del reconocimiento exigido por nuestra propia psique.  Así, las acciones serían las manifestaciones vulgares, rudimentarias y fáciles de quienes buscan en la riqueza su justificación personal.

Quiero decir que la dificultad que priva en nuestro país: la falta de oportunidades, la extensión de la pobreza, los problemas de educación y las escasas opciones laborales, entre otras, sienta sus bases (más allá de las condiciones internacionales que por supuesto son importantes y cuentan) en el egoísmo acendrado de una comunidad con una perspectiva ética sui géneris.

Renunciemos a las generalizaciones, por injustas y falaces, pero reconozcamos también la patencia de una inclinación enfermiza de muchos actores públicos que viven del atraco al erario nacional.  Esos latrocinios palmarios que escamotean el Ministerio Público y otras instituciones del Estado comprometidos con el robo desvergonzado a plena luz del día.

Se impone, en consecuencia, el cambio de mentalidad, la transformación que permita la asunción de funcionarios que estimen los valores de la comunidad.  La fundación de instituciones que privilegien la justicia y reprueben la moral del dinero fácil.  Para ello no bastan los discursos, sino la voluntad noble de caballeros persuadidos en convicciones superiores. 

Las posibilidades de la educación

Insistir en las posibilidades de la educación por medio de un modelo que supere el estado actual de la sociedad es positivo.  Pocos discutirían el papel de la escuela en la formación del espíritu, base para reorientar la propia vida por sendas de superación en casi todas las esferas de lo humano.  Sin embargo, no lo es todo.

La formación, que trasciende el esfuerzo por el cultivo de ideas, necesita del concurso de actores que favorezcan sus propias finalidades.  Esto es, el empeño conjunto de una agenda mínima en la que los educadores eviten fricciones y dilaten su tarea.  Dicha base es fundamental para el logro de los objetivos establecidos por los filósofos de la educación.

Lo contrario de lo que sucede en nuestro sistema: el intento fallido por la escasa incidencia en el carácter de los alumnos.  Un hecho que genera frustración generalizada y alienta sentimientos de culpa.  Porque aunque muchos eviten responsabilidades atribuyendo a otros los errores, en el fondo la sensación experimentada es el sinsabor de una empresa fracasada.

El problema, insisto, es que se ha dejado la educación en manos exclusivas de sus profesionales, como si se tratara de una actividad que no requiriera de más apoyos.  Se olvida que la arquitectura humana trasciende la profesionalización, la adquisición de herramientas y el uso de instrumentos.  Modelar la personalidad respetando la autonomía exige una narrativa compartida con actores e instituciones que refuercen la obra.

Lo demás constituye un mito, la fe que espera frutos en tierra con escasos labriegos.  Al ser la educación un compromiso común se evita la domesticación ideológica y las conductas promovidas por quienes viven de la explotación de lo humano.  Esto se logra si generamos anticuerpos y vitaminamos el alma contra los patógenos que circundan el ecosistema de los estudiantes.

Es claro que los objetivos de la educación no se alcanzan solo con discursos, la lectura de libros y las campañas dentro de la escuela.  Hay que secundar el proyecto desde la configuración de un sistema que estimule la asunción de valores compartidos por la comunidad.  Solo así emergerá el espíritu crítico opuesto a la cultura de vida y libertad.

Mientras no confluyamos seguiremos siendo presa de quienes favorecen la esclavitud y la muerte; la corrupción y los malos hábitos.  Comprometemos, peor aún, las posibilidades de vida buena, la felicidad que es la meta última y más importante de la educación.  Esos efectos no son los esperados en una sociedad que aspire a los bienes más altos del espíritu humano.

Gobierno, perversidad e ignorancia

El gobierno que dirige Alejandro Giammattei no comprende lo que sucede a su alrededor, no por ignorancia (que algo tiene que saber), sino por distracción, por el empeño en concentrarse en sus negocios y en sacar adelante sus propias empresas, que no corresponde a los intereses del país.

Sin duda está enterado del rechazo ciudadano irreductible, como se lo han vendido y ha comprado para justificarlo, a grupos ideológicos pagados desde el extranjero.  Sabe el gobierno que la población está molesta porque los recursos, al no llegar donde corresponde, se ha empobrecido más y se encuentra desesperada.

El equipo del actual gobernante no comprende, porque finge no saberlo, que la comunidad internacional está disgustada con sus ejecutorias.  Disimulan el malestar y lo explican desde argumentos que reconocen falaces: el discurso según el cual Guatemala es independiente y debe respetarse su soberanía.  Mienten, mientras lo repiten para autoengañarse y confundir a los guatemaltecos.

Igual les sucede cuando falsamente sorprendidos en materia del rechazo generalizado por la rampante corrupción en casi toda la administración pública.  Escamotean lo obvio a través de inauguraciones que no representan las auténticas necesidades de las comunidades.  Juran que mediante estos actos, aderezados con discursos mendaces, a la población se le olvida que tiene hambre y está desvalida sin hospitales, escuelas, viviendas y oportunidades laborales.

Los burócratas del presidente (encabezados, por supuesto, por Giammattei) juegan a idiotas cuando creen que el país desconoce las triquiñuelas para apropiarse de las instituciones del Estado.  Al subestimar la intuición política de los ciudadanos, actúan como si nada sucediera en su voluntad de impunidad.

El gobierno opera bajo supuestos: la convicción de ceguera pública y el poder de la oportunidad ilimitada.  Creen en su punto de apoyo aplaudido por sus aduladores que los estimula en su hiperactividad de corrupción. Así, protagonistas de su opereta labran cumplidamente su destino.  Ignoran, eso sí, que el telón está por caer y dejarán la ficción para enfrentarse con la realidad. 

No dudo que en lo íntimo, nuestros políticos de turno escuchen voces acaso sensatas.  Mini retumbos que funcionan como conciencia olvidada, el llamado de atención a posibilidades morales como discurso que abre a la trascendencia o tal vez solo a la disposición de una felicidad distinta.  Sin embargo, tengo la certeza de que ese bien se ahoga por las condiciones de un mal asumido estilo de vida.  Así, el presidente, nuestro malhadado gobernante, perecerá según su propia configuración de perversión.

Don José

El hábito del pensamiento no era propio de su talante, más bien presumía de las costumbres prácticas, su conducta la guiaba la disminución del dolor.  Compartía eso del peligro de la racionalidad: nada mejor que ir en automático, explicaba, sin que los planteamientos filosóficos nos atormenten por gusto.

Sin embargo, involuntariamente a veces cavilaba.  Como ese día en que encerrado en su oficina, con café en mano, repasaba con desorden los sucesos recientes y lejanos que se le presentaban.  Primeramente pensó en el gobierno, aunque no era un tema recurrente, sino más bien episódico.  “¡Maldito maricón!”, dijo en voz alta, coincidiendo casi con el sorbo al café amargo.

Don José no era particularmente grosero, pero para sí mismo se permitía vulgaridades.  Era la antítesis del personaje cordial felicitado por muchos.  La expresión lo habría avergonzado en público no solo por la literalidad de su contenido, sino por el desprecio humano hacia quienes no sentía particularmente lejanos.  Con todo, el titular de prensa lo hizo caer en ese estado que evitaba como noble caballero.

Sorbió nuevamente y quizá derivado del olor del café bajó la guardia.  Era así, transitorio de espíritu, fugaz.  Podía incendiar Roma y apagar él mismo sus llamas.  Meditó entonces en la evolución de su carácter.  No se reconocía a sí mismo.  He sido de todo, advirtió, desde Hijo de la Caridad hasta un perfecto hijo de puta.  “Dios no tendrá perdón de mí”, se culpaba.

Cuando lo anterior sucedía, alborotaba su pelo y movía las piernas.  Sumido, se extenuaba en argumentos exculpatorios.  Consideraba ser presa de un destino del que no tenía control.  Justificaba su mala conducta aduciendo condicionamientos sociales, psicológicos, morales y religiosos.  “Uno no es el que ha querido ser”, finalizaba.  Y paraba de pronto zanjando el tema.

Don José se sentía distinto sin que la gente lo advirtiera.  Para ellos era el mismo: el retraído viejo cansino reconocido por todos.  Lo suyo era la misantropía, aunque inspiraba bondad.  Había llegado derrotado en amores contaban algunos, decidido a la renuncia de nuevos proyectos sentimentales.

Es el puto sino”, se consolaba frente al fracaso.  Al final uno es víctima, insistía, no de los otros (que también están expuestos al capricho), sino del determinismo que nos pulveriza y del que tenemos que redimirnos.  “¡Mierda!”, se dijo luminoso.  “La soledad me pone en este estado inútil.  Pensar es jodidamente de solterones. Oficio de vagos”, concluyó.

De lapiceros, plumas y fuentes

La veo de lejos y no me dice nada, no la considero por efecto de las prisas.  Sé que la necesito, la escogí para mí con cuidado y ha sido indispensable desde siempre, pero de momento no me interesa.  Así, distante, me muestro indiferente en espera de acceder a ella cuando sea útil.  Mi amor por ella es absolutamente interesado.

La pluma la compré en una tienda especializada.  Fue amor a primera vista.  Ni siquiera la probé como suelo hacerlo, ni reparé en su precio: “Me la llevo”, le dije a la vendedora.  Desde entonces me acompaña y conoce mis sentimientos, el estado de mi ánimo y las variaciones de mi espíritu.  Ha sido testigo fiel de las tormentas, reales o ficticias, que he vivido desde que estamos juntos.

A veces creo que tiene vida.  Es mi lado animista muy dado a la fantasía y a las fábulas religiosas.  Por ejemplo, es sospechoso cómo si tengo ira se resiste entre mis dedos sudorosos y provoca la dificultad prensil.  Esos deslices mínimos me han permitido el juicio para traslucir textos más sensatos y menos llenos de maledicencias, escritos inmorales de los que me habría arrepentido de por vida.

En otras ocasiones me ha fallado la tinta cuando, embargado de emociones contradictorias, habría renunciado a un amor o a un trabajo de esos que abundan en la precariedad.  Es como si la fuente fuera un todo integrado, un organismo vivo, al servicio de mis intereses.  La presunción de un lazo invisible que nos une milagrosamente.  Sí, todo un artificio que me hace estimarla y sentirla como mía.

No siempre la llevo conmigo porque la estimo.  Para uso ordinario escojo algo de menos rango, una pluma barata que no me importe perder.  Esas que se prestan y que si no regresan se ignoran.  Ya sabe, los típicos lapiceros de hoteles, los baratos que se regalan en congresos, los encontrados en oficinas ajenas.  Con estos practico la promiscuidad que no me permito con ella.

Pero hoy reposa en su lugar y siento que me extraña.  Si hablara quizá reprocharía mi frialdad: “Son días que no me tomas y siento tu indiferencia conmigo. ¿Por qué no vuelves al amor primero, a la pasión de esos días en que sentía el calor de tu mano?”.  Si existiera sufriría como humano, se culparía e inventaría teorías explicativas para hacer digerible el mal momento.  Pero quizá sea un objeto inanimado al que le importe un pepino pasar frío y ser inútil.

Sí, soy yo el que fantasea con ser indispensable para mi pluma.  Su padecimiento es imaginario y debo renunciar a sentirla como propia.  Aprender a verla con desapego, a no aferrarme a ella y tratarla como una más.  Es el modo en que se tratan las cosas, sin sentimientos ni movimientos que comprometan la felicidad.  ¡Carajo, qué desborde de emociones!

Juegos

“Ojalá te encuentre por aquí, en alguna calle del sueño. Es una gran alegría ésta de aprisionarte con mis párpados al dormir.”

Jaime Sabines

Ella jugaba sin saberlo, pero su inconsciencia no disminuía su naturaleza.  Era lúdica, aunque no graciosa.  Con todo, muchos la queríamos (algunos la deseaban) por su vulnerabilidad, que ahora juzgo fingida y que ella utilizaba para capitalizar afectos.  Sí, tenía una corte de admiradores, entre los cuales figuraba yo, el más invisible de todos.

La conocí por azar, uno de esos caprichos del destino sin qué ni para qué.  Pero ahí estaba yo cuando me la presentó el novio de mi mejor amiga.   Me pareció distraída, disipada, convencional en nuestra época.  Pensé que quizá tendría problemas de atención.  Pero es linda, me dije, me gusta esa armonía que asoma con disimulada mesura.

Coqueteó un poco, pero descarté su interés.  Iba a lo suyo.  Siempre fue así.  Era incapaz de concesiones: su mar era el océano reconocido, transitado y seguro.  Odiaba tanto las sorpresas como la incertidumbre.  Me gustó mucho aunque de inmediato supe que lo mío era la exploración de esa personalidad poco común.

Con el tiempo yo también fui su objeto de estudio.  Quizá su pasatiempo para calibrar mis fronteras.  Transgredía malévola considerando mi consistencia.  Y aunque era violenta en sus modos, la llegué a estimar como se quiere lo que se juzga único.  No sé si lo era, pero decidí imaginarla creyéndome mi propio embuste.  Ya no me importa si lo era de verdad, para mí su valía era real.

Lo nuestro no duró en el tiempo porque nada en ella era eterno.  Me refiero a nuestra amistad.  Insistía en que el amor era un sentimiento provisorio, como las pasiones y el sexo.  “Tú también eres pasajero y conviene que lo seas, de lo contrario me odiarías”, me dijo.  E insistía en los momentos que vivía en clave escatológica, sus adioses eran casi para siempre.  “Dios quiera que te vuelva a ver”, repetía, dándome un abrazo apesadumbrado.

Pero jugaba.  Ya lo he dicho.  Jugaba sin saberlo.  Y quienes lo ignoraban sufrían la ignominia.  Como Carlos que enamorado se aplicó por años al arbitrio de su princesa.  “Me encanta su misterio”, me confesó.  “He sido afortunado en ser objeto de su elección”.   Yo creía que sí, que era “el objeto” preferido (caduco) de esa voluntad caída que, sin maledicencia, infligía penas a los afectos.

Yo todavía la recuerdo con el sentimiento de un estudio inconcluso.  Hasta en los juegos hay un acto final, un silbato… un jaque mate.  Pero no, tenía que seguir su propio guion: desaparecer puntualmente sin dejar huella.  Expresar mediante sus tretas su propia versión humana.  Qué plana se ha vuelto mi vida con su ausencia.

El arte, la estética, la vida

No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo.

Mario Benedetti

Puede que la vida esté constituida de monólogos, el discurso reiterativo con que opera nuestro cerebro.  Como si el estado de la mente fuera un espacio cavernoso inapropiado para la música, las notas y variaciones dispuestas a la armonía.  Todo lo contrario, el receptáculo que contiene los pensamientos parece grosero.

Esa imposibilidad hace de nosotros sujetos rumiantes.  Ya podemos experimentarlo todo, el pensamiento es prisionero de su propio horizonte. Por ello, poco afectan los viajes, las historias y las relaciones porque el cedazo es el mismo y la criba, la esperada. Somos puntualmente predecibles.

Quizá todo se deba no únicamente al engranaje con que funcionamos, el mecanismo aprendido desde la infancia, sino a la falta de vigor de la inteligencia.  Esa facultad es solo posibilidad mientras relaja su ejercicio.  Es un miembro flácido cuya agilidad es la combustión que reduce con rutina.

En esas condiciones estamos privados de imaginación y ni siquiera sirve el arbitrio. ¿Para qué?  Mientras gobierne la certidumbre no tiene caso exponerse a la duda.  Así, en una falsa paz dejamos que se hunda el mundo, la sociedad, la familia y nosotros mismos.  Vegetamos estériles timados en nuestro reducto.

Convendría solo activar las neuronas, ejercitarlas, comprender el mundo desde la diferencia.  Vitaminar la mente, creer en nosotros mismos y salir al campo a guerrear.  Convencernos de que podemos ser distintos, siempre tiernos, delicados y amorosos. Con voluntad de perdón y ánimo benevolente.

Precisamos de una estética renovada que nos humanice. Lo bello como restitución de lo que nos pertenece.  El artificio que nos devuelva la dignidad.  Quizá esa sea la tarea, recuperar el sentido artístico en un esfuerzo por cambiar la vida: el rostro, la imagen, las formas, pero sobre todo, lo más profundo de nuestra alma.

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