Ideas sobre la libertad

El esfuerzo por ser libres no tiene fin.  Es un proyecto abierto lleno de baches sin posibilidad de triunfos definitivos.  Lo recurrente son los yerros, los infinitos accidentes en el que la sabiduría es la autoindulgencia.  Y basta. Habituarse a las mordazas, negándolas en nombre de las utopías.

Ser libres quizá sea el mayor de nuestros objetivos.  Y, sin embargo, nos regalamos, no movidos por la voluntad, sino por los descuidos.  Somos fáciles, presas expuestas con la guardia baja.  Ni siquiera tienen mérito los salteadores que automatizan sus atracos y reditúan a distancia.

Es lo que sucede con las redes sociales que como reloj suizo operan puntuales en el manejo de nuestra atención.  El sistema es perfecto, según las leyes algorítmicas a veces burdas, pero mejores que nuestra exquisitez en la administración del tiempo.  Es como si el sistema digestivo que nos gobierna estuviera atrofiado y se conformara con chatarra.  Así tal cual.

Automatizados, hemos capitulado frente al proyecto de libertad.  Nos dieron gato por liebre, negociar no es lo nuestro, pero disfrutamos los continuos orgasmos solitarios descargados en los “likes” de las aplicaciones.  Nuestro onanismo es de antología.  Y como adolescentes, las hormonas se imponen en un estado de excitación sin fin. Siempre queremos más.

Lo sabemos, pero lo justificamos.  Somos colaboracionistas en el programa de esclavitud personal.  Nos hacemos los listos al insistir en la utilidad de lo digital, Google, Apple, Amazon, Facebook… qué sería el mundo sin la intercomunicación, sin las ventajas de las “big data”.  E integramos más herramientas, diversificamos las esposas y sofisticamos los grilletes. Fingimos libertad, mientras las descargas sensuales inciden simbólicamente en la piel.

Así, poseídos por el hedonismo, entregamos la información que alimenta al ogro vigilante.  Dulces a cambio de datos.  El mercado no es lo nuestro (ya lo he dicho).  Lo que nos pertenece es lo erótico, la sensualidad que nos domina, la arrogancia y la egolatría que nos engolosina imaginándonos el centro del universo.  Sujetos miserables dignos de compasión.

Los asaltantes lo tienen claro, conocen nuestra enfermedad.  Y si no nos dejan morir (porque valemos poco, según su diagnóstico) es porque somos la causa de su fortuna.  La clase de parásitos que con todo, ya sumados y en masa, merecen vivir temporalmente.  El mal necesario mientras haya utilidad.

Sí, hay una decadencia que oscurece el presente y amenaza a la humanidad.  Se necesita, más allá del coraje que reclame lo propio, la conciencia del mal que nos aqueja.  Recalibrar nuestros gustos y abrazar nuevas estéticas, las que derivan del pensamiento, la reflexión y el sentimiento de rebeldía.  Sin eso, seguiremos regodeándonos en la caverna mientras envejecemos vaciados de todo significado que alumbre la verdadera felicidad.

Tumor maligno

Un tumor maligno sufre Guatemala desde el advenimiento del gobierno corrupto encabezado por el presidente en funciones.  Su metástasis generalizada no habría sido posible sino por el concurso de otros agentes en el interior del Estado, dígase por ejemplo la innombrable Fiscal General, con cuya podredumbre ha contaminado el cuerpo mismo ya de por sí endeble y enfermizo.

Hasta aquí, sin embargo, quizá no quepa el asombro.  Hay poca diferencia entre el liderazgo de nuestro actual aprendiz de dictador con respecto al anterior gobierno dirigido por el payaso.  La novedad más bien se encuentra en la maldad del enfermo que aderezada con la mentira, la mitomanía y la soberbia hace insoportable la posibilidad hasta de verlo en fotografía.

De hecho, el rasgo fundamental de nuestro gobernante está constituido por su capacidad de venganza.  No se trata de alguien que puntualmente caiga en el error, por descuido, distracción o la propensión de la naturaleza caída, es que Giammattei es un sujeto perverso que se solaza en su propia maldad.  Por ello, sus escasas luces las utiliza para, desde el cálculo, infligir venganza a quienes juzga sus enemigos.

Y como no tiene vergüenza, luego de la tortura y la cacería humana, es capaz de pronunciar el nombre de Dios (¡Dios bendiga a Guatemala!) porque es altanero, de conciencia vulgar.  No es que solo sea un hombre rudo y de moral acomodaticia, ruin, sino también  la expresión del sujeto guiado por su propio interés.

Un político así sería un problema menor si no fuera porque lo acompaña un séquito de corruptos de la misma calaña.  De ese modo, Guatemala sufre una enfermedad por la confluencia de condiciones desfavorables que contamina su ya maltrecho organismo.  La última escena de maldad ha sido la puesta en escena del caso inventado por el innombrable Curruchiche (por cierto, otra protuberancia del sistema) en contra del periodista Jose Rubén Zamora.

Son tan primitivos que su barbarie no los perturba. Y, mientras juzgan el mundo desde su oligofrenia (ya no es solo pobreza moral, sino sobre todo intelectual), creen en las posibilidades de su disfraz.  Porque subestiman a la comunidad política, a la sociedad en general, a quienes piensan timar vendiendo su relato mendaz para aprisionar y callar a quienes los denuncian.

No nos equivoquemos, el ya famoso pacto de corruptos viene por todos.  A los epígonos del monstruo le sobran deseos de suplicios, persecuciones, retorcimiento de las leyes y violencia.  No han llegado a jugar o a esperar el fin de su período de gobierno, quieren instalarse y exprimir al país para vivir de sus recursos a sus anchas.  Ya le digo, Guatemala sufre un tumor maligno que necesita cirugía mayor. 

Cartas de amor

Escribir una carta enamorada, no la funcional o la dirigida con fines de gestión, sino la realizada para el intercambio de sentimientos, es algo poco habitual en nuestros tiempos.  Su protocolo: sentarse, tomar la pluma y registrar las emociones en papel, es algo absolutamente en desuso.  Pero hubo una época en que la normalidad se imponía y el ridículo era más bien lo contrario.

Una nota para expresar los sentimientos constituía una especie de ensimismamiento en el que se exploraba lo íntimo y lo sedimentado era el oro decidido a enviarse para declarar lo que se sentía.  El receptor (o la princesa que recibía el opúsculo o tratado, según la intensidad y la habilidad del afectado por las emociones) lo leía en un estado mágico que hacía trascender las palabras al elevarlas a un estado a su manera metafísico.

Así, la declaración que traslucía el texto adquiría un rango que lo ubicaba en un estrado de incuestionable valor.  Su nivel lo caracterizaba la capacidad con que se resumía el cataclismo interior, una vivencia ambivalente en el que el dolor se compensaba con la evocación revestida de palabras.

Tanto embelesamiento corría el riesgo de lo rosa, la palabrería, los lugares comunes y lo melifluo.  Un romanticismo vacuo que falseaba los sentimientos o lo desdibujaba a falta de una construcción más exquisita, capaz de pronunciar la idea correcta o más bien ingeniosa.  Con todo, hasta lo cursi afectaba al amado que dispensaba al rudo de su impericia literaria y sentido de lo estético.

Las cartas de amor, su contenido, versaban sobre lo mismo: la ausencia del amado, los recuerdos memorables, los temores imaginarios, los proyectos compartidos, las insinuaciones y muchos te quiero que buscaban réplicas o se conformaban con su impunidad.  El escritor amoroso era presa de pasiones incontenibles que desembocaban en la escritura profusa, reiterativa y tautológica, redundante y circular, cíclica y obsesiva.

Lo que no impedía que la amada los releyera, hallando significados escondidos que imaginaba en su trance.  A veces los memorizaba y llegaba a gustar la prosa que sabía deficiente, pero incendiaria.  Reconocía la audacia del bárbaro que en la enfermedad superaba su vulgaridad.  Lo pensaba sudoroso, incómodo, quizá abochornado en esa práctica que le resultaba ajena, pero que enfrentaba como púgil de categoría inferior.

Las cartas de amor eran perlas, objetos sagrados de devoción privada.  Y si hoy se escriben pocas es porque se ha perdido la fe, por falta de curadores que las valoren.  Quizá haya relación entre la vulgaridad de nuestros tiempos y el hábito de expresar los sentimientos.  Habrá que considerar dicha pérdida como una especie de catástrofe con los efectos de deshumanización a la que nos vemos abocados.

Jaime Sabines

Hasta la vista, amigo

El mundo artístico ha perdido a uno de sus más connotados creadores, Maco Luna.  Un ser humano singular que destacó tanto por sus cualidades literarias y musicales como por la calidez con la que nos hacía sentir a los que tuvimos el privilegio de compartir experiencias junto a su permanente sentido del humor.

Como suele suceder, al recibir la noticia se han activado los recuerdos y también las culpas.  Esa falta de sentido de oportunidad, por ejemplo, que hace postergar los encuentros como si fuéramos eternos y el tiempo o el destino no cumplieran con fatalidad sus propios caprichos.  Así, la frustración no puede ser más incisiva en medio de la falta del amigo.

De Maco aprecié muchas cosas.  En primer lugar, la calidad de los textos compartidos con una suerte de intuición poco común.  Me fascinaban de sus relatos su fantasía, la cotidianidad del ambiente de los protagonistas, pero sobre todo la forma cómo resolvía y trataba sus textos.  Tenía genio, se solazaba a veces en los detalles y en cierto tratamiento en el que se subrayaban los valores de la vida y los sentimientos humanos.  Lamenté mucho que no le dedicara más tiempo a la escritura.

Más allá de lo literario, Maco fue una persona muy alegre, afectuosa, buena.  Dudo que en su corazón haya cabido el odio.  Traslucía bondad y no poca generosidad.  No tengo un solo recuerdo incómodo con el amigo.  Más bien en él todo era felicidad compartida, aún con las penas que seguro llevaba en su corazón (como cualquier mortal expuesto al sentimiento trágico de la vida).    

Recuerdo que en una ocasión que sufrió quebrantos de salud le hicimos una visita con los amigos del PEN, Carlos René García y compañía.  En ese momento nos recibió el estoico revestido con una coraza ejemplar para la ocasión.  Casi postrado, nos agradeció el encuentro y se dedicó a relativizar su situación.  Nos contó chistes y con el tiempo pudo sobreponerse a un estado del que pocos salen fortalecidos.

Con los años, nuestro Maco tomó distancia de las reuniones habituales en la zona uno, pero seguimos en contacto con la seguridad del afecto de amigos.  Nos escribíamos, me compartía sus relatos (que publicaba puntualmente en el Suplemento Cultural de La Hora) y eventualmente nos llamábamos por teléfono.  Yo lo seguía sigiloso en las noticias de prensa que referían su presencia constante en la música guatemalteca.

Maco deja una huella indeleble en el arte, pero aún más un vacío insustituible en nuestros corazones.  Nos costará digerir su ausencia y acostumbrarnos al sentimiento de soledad por la distancia impuesta por la vida.  Con todo, celebro la alegría de los buenos momentos y el recuerdo de la dicha compartida en esos años de fortuna.  Hasta la vista, amigo.  Buen viaje.

Salud mental

No andamos bien en materia de salud mental.  Lo repiten los expertos y lo verificamos cotidianamente según nuestra propia experiencia.  Ya no solo se trata, sin embargo, de experimentarlo en otros cuyas conductas nos asombran y tienen propiedades enigmáticas, sino en nosotros mismos que tampoco sabemos interpretar lo que nos toca.

Desafortunadamente ese desequilibro manifiesto, los arranques conductuales desproporcionados, se generan en virtud de un contexto malsano que estimula el descontrol que expresamos.  Así, la mesura y la contención, el dominio personal, se convierten en utopías irrealizables por fuerzas que nos subyugan sin que podamos limitarlas.

Ello exige, como no puede ser menos, una educación sólida en el manejo de las emociones.  Proceso que pasa por momentos reflexivos en la escuela, pero sobre todo por experiencias que fortalezcan el carácter.  Una estrategia que descubra el valor del autodominio y la soberanía de los sujetos, para seguidamente reflexionar en casos que hagan emerger la conducta deseada.

No es fácil (casi nada en la educación del carácter lo es), pero los educadores deben favorecer el cultivo de las actitudes.  Ya no solo mediante técnicas innovadoras, sagaces e inteligentes, sino por el testimonio personal ofrecido a los estudiantes.  Y aquí la responsabilidad es mayúscula porque implica el esfuerzo docente por ser modelos de vida.  Una ejemplaridad producto del heroísmo de un carácter logrado a base de lucha continua.

No se trata de ser perfectos como educadores, pero sí el testimonio de una humanidad esforzada.  Y lo humano pasa por la frustración y las caídas, pero también por la redención de quien en su fortaleza se levanta, experimenta la autocompasión y sigue adelante.  No hace las paces con sus perversiones, las tendencias torcidas o los propios yerros, sino que los enfrenta para superarlos en su dialéctica cotidiana.

Que vamos perdiendo la batalla es más que evidente.  Los íconos del espectáculo con sus frivolidades, pero más aún con ese comportamiento desquiciado, esquizoide y narcisista, son la mejor prueba del mal que nos aqueja.  Y no lo son menos nuestros políticos, engreídos, soberbios y llenos de disimulo con su vida falsificada.  Expuestos como están, sin que prive en ellos el rubor, son la mejor prueba de la enfermedad a la que estamos expuestos.

Variaciones sobre el tema del tiempo

Una de las consideraciones que solemos pasar por alto es la idea de la brevedad de la vida, la conciencia de que la inmediatez del tiempo impide la realización de nuestros deseos.   Y aunque es más manifiesto el sentimiento en los años de juventud, los años no son garantía para la adquisición de esa convicción.

De esa cuenta nuestras decisiones se fundan en la conciencia de perennidad.  Como si lo eterno fuera lo nuestro y, por ello, las circunstancias siempre estarán disponibles para la corrección de yerros.  Tardamos en enterarnos de la fragilidad de nuestra existencia, el límite del tiempo y la imposibilidad de las oportunidades ilimitadas.

Esa tontería, producida a veces por idiotas, la mayoría de las ocasiones por distracción, nos limita en casi todas las esferas de la vida.  Es la causante de que posterguemos los afectos, el perdón, los compromisos, los proyectos y en general la realización de nuestros sueños.  Privamos a los demás de una sonrisa, un abrazo, una palabra amable o dilatamos el odio que nos carcome por dentro.

El “sero te amavi” de san Agustín demuestra cómo la intuición, que es un tipo de sabiduría extra racional, trasciende la filosofía, la santidad y hasta la condición monacal.  Es la mejor prueba de la falta de apercibimiento del flujo del tiempo y el estado de finitud que nos gobierna.  Ese “tarde te amé” es el lamento del reconocimiento tardío de una realidad fuera de nuestro control.

Por ello, vivir desde la conciencia de lo provisorio y la fuga del tiempo continuo es un imperativo que resignifica nuestro proyecto humano.  No solo nos ordena de forma diferente situando el mundo en otras categorías, sino afectando los actos ahora revestidos desde la sensibilidad de lo temporal.  De ese modo, nuestras expresiones adquieren un matiz que da relieve al lienzo compartido con los que nos rodean.

Fuera de lo anterior nos exponemos a la inconciencia de nuestros actos.  A la reificación de lo episódico tomado como absoluto, la afirmación del arrogante devenido en deidad imaginaria.  Es la inconciencia del que presume lo fatuo, el “flatus vocis” encarnado en la irrelevancia de lo humano.

Es primordial, en consecuencia, reinterpretarnos, introducir un horizonte renovado que impacte a los que amamos, según las ocasiones de cada momento.  Asumir la vida en clave del aquí y el ahora, desde la conciencia despierta que afirma las oportunidades, la sabiduría que abraza lo esencial y rechaza lo que carece de importancia.

El difícil arte de crecer

Que la vida familiar carecía de estética y era a veces inmoral lo sabía intuitivamente el pequeño Juan que lloraba desconsolado por su camisa de fuerza.  Nunca comprendió las razones por las que su madre lo ahogaba en esa ropa si estimaba la desmesura de su barriga y la talla de la pieza exigua.  Prefirió aceptar su conducta y amarla desde el absurdo de sus acciones (que no eran pocos). 

Desde muy temprano supo que su vida no sería un lecho de rosas.  Y si su madre era enigmática, arbitraria y a veces abstrusa, su hermano era peor.  En él reconoció el primer signo de imperfección divina, acrecentado según los yerros constantes y extendidos en la fealdad del mundo a Él atribuido.

Juan era una especie de romántico en un siglo al que no pertenecía.  En su piel llevaba estampada lo peor de los clásicos, Schopenhauer, Goethe y Beethoven.  Como si hubiera nacido torcido, aunque sin complejos, afirmaba el absurdo de la vida solo salvado por los afectos, el amor y las pasiones.  No el sexo vulgar que le atraía, pero le espantaba a la vez.

– No eres normal, por eso no tienes amigos, le reprochó un día Javier, su hermano.

– Los tengo, pero no son legión, respondió afectado por el comentario.  Y agregó:  distingue, lo tuyo son compañeros de aventura, ni uno solo alcanza la categoría referida.

– Qué más dan las especificaciones, yo tengo hasta novia y tú no porque además eres feo, desagradable por todas partes.

– Bueno, en eso de los gustos no nos vamos a meter.  Cada uno tiene su encanto y, aún aceptando que seas más atractivo que yo, lo que importa es la calidad de las relaciones y tú no auguras futuro por esa tontería colosal que exhibes con desparpajo e impunidad.

Era cierto que Juan no era de buen ver, nunca lo fue.  A su conducta retraída, se le sumaba la desproporción en las dimensiones de su rostro.  Pero no lo turbaba porque desdeñaba las apariencias que juzgaba el camino perfecto a la desolación.  En el amor, sostenía, lo bello es un elemento que no debe contar demasiado. 

Y sí, su primera relación la tuvo entrado en años.  Todo de manera natural, sin pretensiones, pero con voluntad de aprendizaje.  En soledad repasaba los actos amatorios en una especie de metacognición acusando sus faltas: “quizá debí ser más tierno, esa torpeza debería superarla, qué tal renunciar a mí mismo, más asertividad, las caricias cuentan…”.  Gastaba horas en reproches que a veces reparaba.

– Si debo serte sincera, le dijo un día Ana, tienes una torpeza tardía de la que soy indulgente solo por razones de afecto.  Además, luces tan cándido en el sexo que me hace recordar cierta bondad originaria que no necesito en ese momento.  Urjo una bestia y tú semejas un ángel renacentista o, peor aún, más antiguo, del bajo medioevo”.

El comentario podía ser atroz, pero solía defenderse de la maldad expresada en palabras.  Comprendía la fuerza de las emociones cuando se apodera de un momento incómodo.  Sin embargo no era indiferente.  La relación con el mundo, primero con su madre y luego con el hermano, le enseñaron a superar las asperezas de la vida: “la clave consiste en superarlo todo, camisas de fuerza, relaciones conflictivas y amores también insatisfechos”.

Un drama repetido

Ayer recibí un video en el que desde un helicóptero su tripulante, al tiempo que grababa el desbordamiento de ríos en una zona del país, comentaba la desgracia ocasionada en el lugar.  Se le escuchaba turbado como lamentándose de la suerte de sus pobladores y deseoso de trasladarnos la información que compartía en un tono de afectadas emociones.

La verdad es que esas escenas ya no nos son ajenas (pocas cosas nos impresionan ya en Guatemala) porque se repiten todos los años.  Incluso llegué a pensar si no era un material viejo, una especie de déjà vu de una grabación ya vista.  Porque, de verdad, usted puede guardar esa registración y compartirla en cada invierno que siempre tendrá vigencia.

No es mi intención trivializar las noticias, el drama vivido por la población a causa de las lluvias, el sufrimiento de las comunidades que se las apañan solas por el abandono de sus autoridades.  Lo que quiero es dirigir la mirada en los efectos producidos por la mala gestión de quienes rigen los destinos del país.  Sin que esto signifique, evidentemente, la falta de reconocimiento de nuestras vulnerabilidades frente al clima.

Los políticos de pacotilla quisieran escamotear responsabilidades culpando a la población, poniendo el dedo en presuntos descuidos que insinúan irracionalidad e imprudencia.  Sin embargo, la realidad es que sobre las instituciones recae el mayor peso de tozudez y más aún de inoperancia.  Lo que sobresale en los ministerios es la ineficiencia y la escasa inversión en materia de desarrollo.

CONRED, por ejemplo, es un ente reactivo que actúa como institución de socorro en medio de la desgracia.  La falta de políticas preventivas es un derivado mixto que va desde la insensibilidad de sus empleados, sus limitados planes y proyectos, hasta la exigua inversión en las comunidades.  Ser una institución periférica, aislada y de poca monta, frente a ministerios poderosos, con muchos recursos como el de Comunicaciones, expresa la valía que tiene para el gobierno atender a los grupos más pobres de la nación.

Al drama hay que sumarle el latrocinio generalizado que impide inversiones sólidas.  La sostenibilidad de proyectos con mínimos decentes.  Carreteras, por ejemplo, construidas según el requerimiento de planos.  Todo lo opuesto a lo que nos ocurre con el clientelismo y la paga de favores que impide poner tras las rejas a los constructores que regatean e incumplen.

No es que los funcionarios sean tontos, lo que ocurre es que su foco alumbra en otra dirección.  Su brújula es la de los intereses personales o, lo que es lo mismo, la capitalización urgente en el breve tiempo que les queda.  Son iluminados, pero para el tráfico de influencia, la asociación ilícita, la manipulación, la violencia, el fingimiento y el robo.  No basta, sin embargo, reconocerlo (esto ya se sabe), hay que militar para hacerlos caer y aplicarles la justicia.

Sí, estamos a merced del cambio climático, esto no lo podemos evitar, pero por ello es fundamental repensar la política pública.  Exige educación por parte de la ciudadanía, conciencia de lo que le toca a cada uno para ponerse a buen resguardo, pero especialmente acciones de gobierno que favorezcan la protección y garanticen la calidad de sus inversiones.

Derbordamiento del río San José, Chiquimula.

Guatemala y su necesidad de cambios

Lo que nos ocurre en Guatemala quizá suceda en otros lugares del mundo, no deberíamos sentirnos particularmente originales.  La cuestión es la importancia que le damos a los acontecimientos en virtud de lo que nos afecta, derivado del sentimiento experimentado por los lazos y las raíces que hemos cimentado. Por ello, siempre habrá novedad en la reflexión que ilumine lo que nos pasa.

El drama, por ejemplo, de la lógica asumida que privilegia el propio bienestar a costa de los otros.  Resulta obvio que excluimos el interés de lucro como resultado del trabajo honesto.  Es inútil insistir en que este tipo de conducta se justifica al ser expresión de las aspiraciones subjetivas que busca la realización desde la actividad justa y sacrificada.  Me refiero más bien a la avidez del pícaro que labra su futuro por medio de la trampa.

Intento decir que parte de lo que nos condena como sociedad se debe a ese prurito de ganancia fundado en la inmoralidad.  La idea quizá de que la riqueza sea un indicador de éxito, prueba de listeza o tal vez de un tipo de inteligencia privilegiada que nos reputa frente a los demás.  Y, claro, no queremos pasar por la vida como uno más, necesitamos hacer la diferencia.  Ello justificaría las maniobras mendaces, el timo, la fanfarronería o cualquier tipo de actos que me lleve a la acumulación de capital.

No es el dinero por el dinero (que también tiene su atractivo), sino lo que simboliza, las promesas de distinción y autoafirmación urgida.  Eso nos convierte en víctimas no solo de la narrativa consumista, sino del reconocimiento exigido por nuestra propia psique.  Así, las acciones serían las manifestaciones vulgares, rudimentarias y fáciles de quienes buscan en la riqueza su justificación personal.

Quiero decir que la dificultad que priva en nuestro país: la falta de oportunidades, la extensión de la pobreza, los problemas de educación y las escasas opciones laborales, entre otras, sienta sus bases (más allá de las condiciones internacionales que por supuesto son importantes y cuentan) en el egoísmo acendrado de una comunidad con una perspectiva ética sui géneris.

Renunciemos a las generalizaciones, por injustas y falaces, pero reconozcamos también la patencia de una inclinación enfermiza de muchos actores públicos que viven del atraco al erario nacional.  Esos latrocinios palmarios que escamotean el Ministerio Público y otras instituciones del Estado comprometidos con el robo desvergonzado a plena luz del día.

Se impone, en consecuencia, el cambio de mentalidad, la transformación que permita la asunción de funcionarios que estimen los valores de la comunidad.  La fundación de instituciones que privilegien la justicia y reprueben la moral del dinero fácil.  Para ello no bastan los discursos, sino la voluntad noble de caballeros persuadidos en convicciones superiores. 

Las posibilidades de la educación

Insistir en las posibilidades de la educación por medio de un modelo que supere el estado actual de la sociedad es positivo.  Pocos discutirían el papel de la escuela en la formación del espíritu, base para reorientar la propia vida por sendas de superación en casi todas las esferas de lo humano.  Sin embargo, no lo es todo.

La formación, que trasciende el esfuerzo por el cultivo de ideas, necesita del concurso de actores que favorezcan sus propias finalidades.  Esto es, el empeño conjunto de una agenda mínima en la que los educadores eviten fricciones y dilaten su tarea.  Dicha base es fundamental para el logro de los objetivos establecidos por los filósofos de la educación.

Lo contrario de lo que sucede en nuestro sistema: el intento fallido por la escasa incidencia en el carácter de los alumnos.  Un hecho que genera frustración generalizada y alienta sentimientos de culpa.  Porque aunque muchos eviten responsabilidades atribuyendo a otros los errores, en el fondo la sensación experimentada es el sinsabor de una empresa fracasada.

El problema, insisto, es que se ha dejado la educación en manos exclusivas de sus profesionales, como si se tratara de una actividad que no requiriera de más apoyos.  Se olvida que la arquitectura humana trasciende la profesionalización, la adquisición de herramientas y el uso de instrumentos.  Modelar la personalidad respetando la autonomía exige una narrativa compartida con actores e instituciones que refuercen la obra.

Lo demás constituye un mito, la fe que espera frutos en tierra con escasos labriegos.  Al ser la educación un compromiso común se evita la domesticación ideológica y las conductas promovidas por quienes viven de la explotación de lo humano.  Esto se logra si generamos anticuerpos y vitaminamos el alma contra los patógenos que circundan el ecosistema de los estudiantes.

Es claro que los objetivos de la educación no se alcanzan solo con discursos, la lectura de libros y las campañas dentro de la escuela.  Hay que secundar el proyecto desde la configuración de un sistema que estimule la asunción de valores compartidos por la comunidad.  Solo así emergerá el espíritu crítico opuesto a la cultura de vida y libertad.

Mientras no confluyamos seguiremos siendo presa de quienes favorecen la esclavitud y la muerte; la corrupción y los malos hábitos.  Comprometemos, peor aún, las posibilidades de vida buena, la felicidad que es la meta última y más importante de la educación.  Esos efectos no son los esperados en una sociedad que aspire a los bienes más altos del espíritu humano.

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