Inconscientes

La estupidez es una constante en nuestra vida, si no en la suya, en muchos de los que conozco y en la mía misma, por supuesto.  Y no me refiero a la ignorancia relativa a los saberes científicos -eso queda por descontado-, sino a la contumacia expresada en la inclinación a determinarnos por lo bajo o, por lo menos, por lo que no nos produce mayor orgullo personal.

Quizá lo que nos iguala sea el error en nuestras actitudes.  Extravíos, producto generalmente por una disconformidad entre cómo nos concebimos y somos en verdad.  Una muestra de ello se da en el caso de los alcohólicos, tan reacios en aceptar sus propios vicios.  Así lo reconocen los que lo superan: “solo pude salir del agujero cuando acepté que estaba mal.  Cuesta aceptar la autodestrucción y el mal compartido -sin quererlo uno- con quienes se ama”.

La necedad es una de las responsables de nuestra despreciable vida moral.  La convicción, por ejemplo, del padre que dice querer el bien de sus hijos causándoles violencia.  En su interior persiste la auto justificación, “no me considero un mal padre porque zahiera a mis hijos, ellos necesitan mano dura”.  Los hay incluso que se juzgan modelos de vida paterna -o materna-.

En ello estriba la estupidez, en creernos buenos. Nuestra imagen distorsionada, las convicciones arraigadas a causa de una visión miope, la propia historia y la tradición aprendida -no menos tonta-, hace casi imposible juzgarnos críticamente.  Así, aunque seamos eruditos en nuestra profesión, resultamos vacas (con perdón de los vacunos) en materia de educación y en la propia orientación de nuestras vidas.

El estrabismo, sin embargo, no lo explica todo.  Agreguemos también nuestra irreflexión, la incapacidad de abrirnos a otras ideas, el ánimo constante de autodefensa, la obstinación por no reconocer el error.  Como si el caparazón auto impuesto fuera nuestra mejor ocurrencia.  En esa situación recuperarnos es casi un milagro.

La educación escolar no ayuda a los jóvenes -es parte del problema-.  Tampoco los profesores, tan humanistas que debieran ser, cultivan una cierta vida interior.  El ideal socrático del “gnosce te ipsum” quedó superado, relegado a una anécdota que no afecta a los educadores.  Más aún cuando el positivismo aderezado con ideales capitalistas se enfoca en las utilidades, la eficiencia y los resultados.  ¿A quién le importa la bondad del trato cuando el padre, por ejemplo, puede compensar con mesadas y viajes a Disney?

En fin, que la imbecilidad se extendió por el mundo.  Creemos en la fecundidad de nuestras relaciones por los regalos compartidos.  No importa si somos trogloditas en nuestra visión maniquea del mundo, es indiferente si somos duros al juzgarnos mutuamente, a nadie interesa los gustos ajenos.  La barbarie priva porque al sentirnos justificados, esparcimos nuestro mal carácter, las malas vibras y la incapacidad de sentir lo que a otros afecta.  Idiotas de antología…, sin saberlo para infortunio de quienes nos rodean.

18 de junio 2021. Suplemento Cultural

Usos y abusos de la tecnología

“Estos mercados socavan la democracia y socavan la libertad. Deberían estar prohibidos. Esta no es una propuesta radical. Hay otros mercados que prohibimos: prohibimos los mercados de órganos humanos, prohibimos los mercados de esclavos humanos porque tienen consecuencias destructivas inevitables”.

Shoshana Zuboff

Las grandes compañías se encuentran en guerra, Amazon, Facebook, Google, Twitter, Apple y muchas más, en su afán por devorarlo y controlarlo todo.  Quieren monopolios, no se contentan con menos, su voracidad no tiene límite.  Para ello se canibalizan, se meten zancadillas y escamotean impuestos y servicios al consumidor.  Son los amos del fraude sin que los sistemas de justicia puedan impedírselos.

Se hacen esfuerzos, cierto.  Europa es la más comprometida, Francia y Alemania fundamentalmente.  Son países que han comprendido la lógica delincuencial de las empresas digitales cuya guía absoluta es la monetización de sus productos.  No tienen escrúpulo, por ello un día saquean los datos (Facebook encabeza a la mafia tecnológica) y otro día hacen quebrar a los pequeños y medianos negocios con artimañas inmorales de todos los colores (Amazon es el rey del dumping, para decir lo menos).

Pero Apple no se queda atrás aunque se presente como niño de primera comunión.  Quizá sean menos mañosos que los de Google, pero comparten su codicia.  Así, el monstruo no tiene resquemor alguno para garantizarse cuantiosas ganancias con lo que les cobra a los que usan su tienda de aplicaciones.  Ha jugado sucio contra Spotify y más recientemente contra Epic Games (Google también comparte la patraña).

Hay que pararlas o cuanto menos ponerles límite.  Infortunadamente la tecnología va de prisa y el sistema legal apenas conoce el funcionamiento de los algoritmos y los efectos de las aplicaciones.  No hablo de frenar el ingenio, sino del establecimiento de garantías mínimas que nos protejan del abuso y la arbitrariedad de las grandes empresas (las pequeñas, muchas de ellas, también tienen esa vocación anarquista).

Es lo que intenta China, aunque de mal modo.  Y es vergonzoso citarlo como ejemplo, como sería referirse al totalitarismo abusivo de Corea del Norte y Rusia.  En el fondo, se trataría de regular a las mega compañías tecnológicas para que jueguen dentro de un marco en el que no hagan daño ni lucren indebidamente a costa de los usuarios.  Lo que ahora no sucede porque de momento son intocables.

El mejor ejemplo de impunidad es Mark Zuckerberg, un muchacho cuyos actos inmorales -e ilegales- son de antología y que, sin embargo, ha logrado eludir las leyes y los tribunales.  Sus millones y la influencia de las redes le permiten presentarse como un paladín de las libertades y un modelo del emprendimiento -lo cual es falso evidentemente, o, cuanto menos, puesto en discusión y en duda-. 

Es bueno tomar conciencia de la arbitrariedad de esas compañías para distanciarnos de sus consignas y evitar los timos de sus millonarias campañas.  Ni el Spatial Audio con Dolby Atmos que dice regalarnos la empresa de la manzana, ni el acceso gratis a la nube de Google, son el resultado de su benevolencia.  Esa pseudo caridad es la cara amable de una mercadotecnia que de manera abusiva quiere dominarlo todo.  No nos equivoquemos.

El tiempo que pasa

Fugit irreparabile tempus.

Virgilio

Es inevitable que el tiempo se escurra de nuestras manos.  No lo podemos evitar.  Vivimos en clave de drenaje constante sin que a veces lo apercibamos.  El drama alcanza su esplendor cuando lo gastamos descuidadamente, sin enterarnos de que dejamos la vida en ocupaciones a veces sin propósito o quizá con uno solo: ocuparlo para no sucumbir en el aburrimiento que supone vivir conscientemente.

Pienso ahora en la cantidad de momentos despilfarrados en las redes sociales, en las series de Netflix, en las horas de sueño y en los juegos en la red.  “Tempus fugit”, la vida se esfuma inconscientemente, ocupados, distraídos, quizá huyendo de algo (o de alguien) con la esperanza de una vida con mejores resultados.

Probablemente quienes más sucumben en el drama sean los jóvenes, no porque sean peores que los adultos, sino por cierta ilusión de eternidad.  En ese período hay convicción de infinitud e invulnerabilidad, la idea de que lo añejo no les afectará pronto.  A lo sumo es solo una idea abstracta que no les afecta por el sentimiento vital que gobierna esa etapa.  Son omnipotentes -o así lo imaginan-.

A los adultos no nos va mejor.  Aún cuando reconocemos lo efímero, no solo como concepto, sino como realidad sentida (a diario somos conscientes de la decadencia que encarnamos), carecemos de la voluntad necesaria para determinarnos por lo que tiene valor.  Así, la exquisitez en el uso del tiempo tampoco es una característica que nos distinga demasiado.

¿A qué podemos atribuir ese despilfarro vital del tiempo?  Podemos hacer nuestras apuestas y teorizar.  Quizá obedezca a nuestra naturaleza caída, la propensión al extravío, al error, la maldad o como dicen los teólogos, al misterio de la iniquidad.  Otra hipótesis corresponde asignar en las personas una ludopatía congénita.  La inclinación al juego, la juerga y los bacanales.  En todo ello subyace la conciencia de que somos sujetos fallidos y, en consecuencia, con tendencia hacia la estupidez.

El buen Pascal era probablemente más indulgente con los que juzgaba, “le plus faible de la nature; mais c’est un roseau pensant”, una caña pensante.  Opinaba que las bagatelas en las que se ocupaban los hombres era el resultado de una huida.  Es decir, matar el tiempo para no pensar en la propia suerte, precisamente en eso que pueda provocarle desasosiego, el pensamiento de la muerte, el sufrimiento, el sentido de la vida, el mal en el mundo, etc. 

Como sea, es evidente que escamoteamos las horas utilizándolas de la peor manera.  Ya sea trabajando febrilmente, jugando o navegando en las redes, nos comportamos como mercenarios del tiempo.  Vamos en automático porque lo importante es “fluir” (palabreja muy de moda en nuestros días) evitando la mala vibra, la decrepitud y la conciencia del fin.  Queremos que la muerte nos aparezca de pronto y ¡zas! salir del escenario indoloramente.  Eso parece lo más sabio concebido y de hecho así vivimos en general.

Recuperar la inocencia

El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado

Jean-Jacques Rousseau

Quizá alguna vez fuimos inocentes.  Nos lo sugirió Rousseau.  Puede que en los albores del tiempo -cuando ni siquiera lo mediamos- viviéramos sin pretensiones, sujetos al día a día, sin estrés, pidiendo a Dios, salud, protección y hasta felicidad.  ¿Se imagina?, sin el peso de los códigos morales ni la losa de la jubilación: cándidos.  Así era, probablemente, el ecosistema primitivo.

Por lo visto, sin embargo, fuera de todo sentimentalismo, decidimos abandonar lo que quizá era auténtico para ingresar a la civilización.  Y henos aquí, bárbaros posmodernos, con grilletes, capturados por la tecnología, acosados por la presión del trabajo, pagando el precio por el acceso a un mundo que siempre nos resultará ajeno.

Hemos emigrado y la experiencia no ha sido gozosa.  ¿Que el estado originario no era tan bucólico como a veces lo pintamos? Sin duda.  Pero tenemos que reconocer que no hemos mejorado sustancialmente.  Las promesas del progreso, la garantía de una vida digna (con salud, educación, acceso a la alimentación, a la vivienda y el agua), el disfrute del ocio y la ventura de sentirnos libres, han quedado incumplidas.

Así, el hombre -y la mujer- primitivo que somos es doblemente infeliz.  Primero porque salimos de la candidez que nos ofrecía las condiciones de simplicidad, luego por el sentimiento de ser extranjeros, distanciados de lo que nos pertenecía en un mundo ahora caracterizado por la muerte.  Dicho esto, es obvio que en esta situación nunca podremos ser felices aunque se nos diga lo contrario.

Queda solo la dispersión y, por fortuna, para eso está el mercado.  La civilización es también -o quizá sobre todo- un gran supermercado.  Lo que priva son las leyes de la oferta y la demanda.  Los reyes de la puesta en escena son los mercadólogos que inventan formas de distracción para hacernos creer que la dicha es posible, siempre que la compremos, claro.  De esa manera vivir es comprar, comer, consumir, disfrutar… potenciar los sentidos a tope.

En fin, en el fondo sabemos que “todo está perdido”: no hay Paraíso, dioses ni vida postrera.  Al tener solo el aquí y el ahora, la máxima es hartarnos (cuando se pueda), satisfacernos porque no hay vuelta atrás, estamos extraviados, cometimos un error que es imposible redimir.  Somos espíritus frustrados sin salida, abandonados en consecuencia al consumo, el espectáculo y la diversión.  Horrorizados perennemente por el dolor -ahora magnificado también como producto de la mercadotecnia que promete evitárnoslo-.

Quizá haya solo una salida, salir de la lógica del mercado, renunciar al capitalismo, no solo como sistema, sino como discurso que nos invade en lo íntimo: el egoísmo y la falta de empatía.  No, es imposible recuperar la inocencia, pero sí el cultivo de lo sencillo, reinventarnos entre el asfalto a través de una moral que privilegie el asombro, el amor al prójimo y el rechazo a la avaricia.  Dar la espalda a la acumulación de bienes y, renunciando a lo material, refundar una espiritualidad que nos haga recobrar la dignidad perdida frente a la vulgaridad de la vida civilizada.

La visita de Kamala Harris

Vice President Kamala Harris takes her official portrait Thursday, March 4, 2021, in the South Court Auditorium in the Eisenhower Executive Office Building at the White House. (Official White House Photo by Lawrence Jackson)

“No conseguiremos avances significativos si persiste la corrupción ”

Kamala Harris

Más allá de la pesadilla que le espera a Kamala Harris al tener que reunirse con algunos esperpentos políticos, su visita a Guatemala le permitirá conocer de viva voz, con representantes decorosos, la realidad política y social guatemalteca.  No tengo duda de que ya tiene una radiografía bastante completa, le toca ahora, además, tomarle el pulso al enfermo, diagnosticarlo y eventualmente poner algunos remedios.

No necesitaríamos de ese tipo de intervenciones, pero es evidente que nos encontramos en un punto en donde de poco o nada nos sirve filosofar.  Por eso, los argumentos nacionalistas de los que son parte de la corrupción (me refiero fundamentalmente a los protagonistas del Congreso encabezados por su presidente, Allan Estuardo Rodríguez) son parte de una estrategia para evitarles el avance de la maquinaria en el saqueo del Estado.

Harris tendrá que enfrentarse, aunque ciertamente tendrá mucha experiencia en ello, con algunos lobos vestidos de oveja (piense usted por ejemplo en los malandrines de cuello blanco del CACIF) quienes llegarán de primera comunión a expresarle, en su inglés aprendido y reducido a lo necesario, la “pena” por la situación del país.  La representante de los Estados Unidos debe saber que son solo amagos porque son parte esencial del descalabro de la nación -espero que no le quepa la menor duda-.

Igual tarea le tocará si se entrevista con nuestra dinámica Fiscal General y Jefe del Ministerio Público, María Consuelo Porras Argueta.  La vicepresidenta de los Estados Unidos debe conocer que la funcionaria ha recibido aplausos sospechosos -reconocimientos oficiosos- de personajes opacos (desde el expresidente Jimmy Morales que fue quien la confirmó en el puesto, hasta el actual gobernante, Alejandro Giammattei) como premio por su pasividad en la persecución penal y el poco apoyo a la FECI (aunque diga lo contrario del diente al labio).  En Guatemala es vox populi que su deficiente operatividad es sumamente intencional.

¿Qué somos un país dividido?  Sí, lo somos.  Y más aún cuando se acentúa el drama de la desigualdad por las condiciones económicas de un sistema hecho a la medida de los ricos, oligarcas inescrupulosos que viven para el expolio a merced de un Estado frágil.  Su patraña alcanza el cielo -o, mejor, el infierno- cuando escamotean impuestos, imponen salarios de hambre (muchos son negreros de pacotilla) e intervienen en el sistema de justicia para castigar a sus adversarios y críticos (el caso del extitular de la SAT, Juan Francisco Solórzano Foppa, lo demuestra fehacientemente).

No creo que necesite demasiada perspicacia la política norteamericana para descubrir el malfuncionamiento del Estado.  Las pústulas están tan a la vista que lo que necesitaría es solo la aplicación pronta del remedio para curar al enfermo.  Sí, el hedor es casi cósmico, tanto como la pestilente caca que despiden la mayoría de los políticos, empresarios y, como olvidarlo, los responsables del sistema financiero del país.  Le auguro buena suerte, vicepresidenta Harris.

No nos han decepcionado

“Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral, sino criminal y abominable.”

Cicerón
Alejandro Giammattei 

Creo que muchos en Guatemala ya no nos desilusionan nuestros gobernantes.  No sucede porque nunca hemos tenido esperanza de ellos, sabemos por experiencia, por sus antecedentes, la calaña a la que pertenecen.  Así, ver las ejecutorias del amargado presidente, el latrocinio del Congreso y el contubernio del sistema de justicia con la corrupción, es siempre más de lo mismo.

¿Que hay excepciones?  Claro que sí, nimias, singulares y laudatorias, pero el resto es pura cloaca.  Vertedero pestilente en donde el sector privado (me refiero a las mafias oligarcas, muchos de ellos asociados al CACIF) no hace la diferencia, todo lo contrario: se adaptan al sistema para ser parte del expolio.  Lo nuestro es podredumbre del más alto nivel.

Consecuencia del fracaso del Estado es precisamente su inoperancia.  ¿Se ha fijado que casi nada -o nada más bien- funciona?  El sistema de salud es miserable, enfermo y comatoso también por el concurso de los sindicatos que son un lastre por velar solo por sus intereses.  Igual discurso pasa por la educación, la vivienda… y todo lo que tenga que ver con el bienestar de los guatemaltecos.  Francamente estamos desamparados.

Por ello es que ocupamos puestos indecorosos cuando se trata de mediciones de desarrollo.  No le atinamos casi a nada (me refiero a los actores políticos), con notas perdedoras hasta en no dejar morir de hambre a nuestros niños.  O sea, campeones en desnutrición, migración, inseguridad, robo, cinismo y también por tener un pseudo estadista impresentable.  ¿Hay alguno que pueda presumir a esa piltrafa moral?

Menos mal no está solo porque en personalidades despreciables sí somos ostentosos.  Están bien distribuidos en el Estado, en el Tribunal Supremo Electoral, el Congreso de la República, el Ministerio de Educación y, como no, en el Ministerio Público.  Sea honesto, ¿Se siente representado por muchos de esos personajes que por acción u omisión condescienden con la corrupción?  Estoy seguro de que no.

Por eso le decía, este gobierno ha acudido puntualmente a lo suyo.  No sorprende, ya les advertíamos.  ¿O usted no conocía al fanfarrón que nos gobierna?  ¿Ignoraba a los diputados? ¿Estaban ocultos para usted los mafiosos del sistema de justicia?  En Guatemala no caben los milagros porque son muy profanos sus actores, además no tienen el gusto ni el tiempo para disimularlo.

Con todo ello no cabe la decepción, como le decía.  No nos han desilusionado porque estábamos bien enterados de su maldad.  Sin duda es un drama.  No es grato reconocer que vamos a la deriva, que somos un Estado fracasado y que no tenemos alternativas.  Es desagradable pensar que la vida está en otra parte, en otros lugares donde si bien la materia humana es la misma, hay un modelo social y político distinto, mejor, humano, ese necesario para florecer y hasta para ser felices.

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