El fin de la tribulación

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El tiempo ha terminado para el presidente Jimmy Morales.  La oportunidad que tuvo, limitada para algunos, de cambiar el país ha llegado a su fin.  A partir de mañana solo quedará el recuerdo de lo que pudo ser y no fue.  Sólo él y su conciencia sabrán cuánto de culpa hubo en el resultado de sus acciones.

Los guatemaltecos ya nos hemos formado nuestro propio juicio sin apenas esperar el último día.  Hemos visto no sólo lo voluntarioso de su conducta en algunos ámbitos del ejercicio de poder (el empeño por sacar a la CICIG, por ejemplo, y su ánimo de formar mancuerna con gente de baja catadura moral), sino las omisiones frecuentes en materia de gestión de lo social.  Don Jimmy -tendremos que empezar a llamarlo de otra forma- ha sido un fracaso desde la salida de su carrera como gobernante.

Es una pena porque lo que pudo ser no fue quizá por una combinación de factores en el que seguramente predomine la volubilidad de su carácter.  Me refiero a ese hábito que lo hizo presa de las adulaciones de los que le rodearon que, junto a su inclinación a la mentira y a la marrullería, lo situaron como un presidente soso, inútil, ineficiente, arrogante y absolutamente prescindible.

Don Jimmy pasará a la historia como uno de los más grandes monigotes de la historia reciente del país.  Un instrumento de quienes han ejercido el poder real, del que, he aquí su lucidez diabólica, supo aprovecharse también para su propio beneficio.  Lo de payasín le queda corto, ha sido desalmado, inescrupuloso, falso, ruin, ignorante y un rosario que usted puede continuar “ad libitum” para hacer justicia al referirnos a esa personalidad esquizofrénica.

Otro rasgo sobresaliente ha sido el de “poco machito”, para decirlo en su propia jerga, al buscar refugio inmediato en el PARLACEN para esconderse de la justicia.  Cobarde, rindió pleitesía a Trump.  Temeroso, hizo alianza con Israel.  Angustiado, se obsesionó con sacar a la CICIG del país.  Hizo pactos hasta con el diablo: el narcotráfico, políticos de extrema derecha y empresarios impresentables, con tal de sortear la persecución que pesaba (y pesa aún) sobre él a causa de su trayectoria de escándalo y vicios personales.

Hizo trato con judíos -los más violentos fundamentalistas- y cristianos (evangélicos y católicos de dudosa reputación) para salir de su propia cloaca.  Inmundo, atrajo moscas globales y se solazó en la caca.  Insensibilizó su olfato aunque quienes le rodearon aprendieron a soportar su pestilencia por interés y ventaja.  Don Jimmy es todo un Mefistófeles con poses de corderito.

Por fortuna en poco tiempo lo habremos olvidado.  No estamos para coprofilias.  Si escribimos sobre su fin de gobierno es para exorcizarnos, pura voluntad de olvido.  Se trataría de un ardid de la razón que busca alivios y remedios por una especie de ilusión perdida.  Una gran estupidez, porque honestamente, es absurdo haber creído que con don Jimmy como presidente las cosas habrían sido distintas a las que trágicamente nos sucedieron.  ¡Qué tonterías las que uno espera a veces!

Encrucijada emocional

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En la esfera personal soy un optimista irredento.  Al levantarme creo que seré capaz de cambiar el mundo, estreno la jornada como si no existiera pasado y tengo la convicción de que soy una especie de número premiado.  No entiendo de dónde viene semejante impostura egolátrica, pero juro con la mano en la Biblia que me lo creo a pie puntilla.

Casi no hay nada que oscurezca mi jornada.  ¿Se enferma mi chachorro? Ya pasará.  ¿Problemas financieros?  Ya vendrá un milagro.  ¿Altibajos emocionales?  Son cosas de la vida.  Así me dijeran que estamos a las puertas de una guerra nuclear, imagino que la prensa exagera y que Dios tiene el control de las malas decisiones tomadas por las potencias.  El mundo terminaría si esa fuera la conducta extendida de los sapiens.

Pero no vaya a creer que soy así en todo.  En el ámbito político soy ateo.  Soy un pesimista de pacotilla.  Nunca le creí a Cerezo ni a ninguno de los que han gobernado Guatemala en la “era democrática”.  En consecuencia, como previsiblemente tenía que ser, nunca he tenido fe en nuestro cómico saliente como estadista de nuestro país.  Aunque no confiar en nuestro payasín no es ni mucho menos meritorio… en él quizá, y ya me arriesgo, solo su familia cree.

Jimmy ha sido el epítome de lo “fake”.  Falso en su vida moral, religiosa, política, sentimental y en cuanta área de la psique humana pueda existir.  Con el “plusito” de la ridiculez en sus actos de performance: subido en un avión, vestido de kaibil, marchando en desfiles y hasta jugando a “gigoló” irresistible.  Su gobierno habría sido una comedia si no fuera por el guion trágico que ha escrito en nuestro país. 

Entenderá porqué no puedo ser positivo con el gobierno que se avecina.  En cuanto veo a militares dispuestos a copar funciones claves en la gestión de gobierno se me revuelve el estómago.  Imagino que la administración no tiene buenos augurios cuando es la vieja guardia castrense la que se aproxima a los puestos de seguridad pública.  Veo muertos, conspiraciones, ejecuciones extrajudiciales y mucho más… sin ser Nostradamus, evidentemente.

Igual frunzo el ceño cuando alguien del CACIF rodea al futuro gobernante.  Siento punzones de hígado también cuando leo en los periódicos que alguno de los exponentes de la derecha prehistórica dice “sentirse confiada con la llegada del nuevo presidente”.  Imagino que nada bueno puede venir a Guatemala con el padrinazgo del CACIF.  Recuerdo que esa gremial históricamente ha defendido sus intereses y son, en buena parte, responsables de la miseria de nuestro país.

Sí, quisiera que mi optimismo abarcara la cosa pública, pero no puedo.  En esto soy un maniqueo que cree que los políticos son los operadores del mismo Satanás.  Un apóstata con la convicción de que Dios se dio vacaciones de Guatemala y nos dejó sin merecerlo las siete plagas de Egipto.  Todo a causa de los políticos, el ejército y los malos empresarios del CACIF… con la bendición a veces (¡Mal haya!) hasta de nuncios apostólicos, ya sabe, muy al estilo del franchute de infeliz memoria: Nicolás Thevenin.

Construir la paz

“Para conseguir la paz hace falta valor, mucho más que para hacer la guerra”.  Papa Francisco

La situación de conflicto entre Irán y los Estados Unidos no debe tomarse a la ligera ni superficialmente dado el resultado de daños contra la vida de las personas y el desajuste de la economía global que puede condenar a muchos a la miseria.  No se trata solo de dejarse llevar por sentimientos e implorar una guerra cuyas dimensiones desconocemos, pero que en el fondo intuimos será muy perjudicial más allá de las partes en lucha.

Quienes hemos vivido un conflicto armado sabemos lo doloroso de una guerra fratricida y el coste de sufrimiento que representa para la sociedad.  Los que no la conocen, mejor que no tengan la experiencia ya que sus efectos inciden sobre la vida de quienes la padecen, dejando una huella muchas veces insuperables en las familias.

Por ello, las potencias en conflicto deben conducirse con prudencia porque, como se dicen habitualmente, muchas veces se sabe cómo comienzan las guerras, pero nunca cómo se terminan.  Además, las naciones periféricas (me refiero a los países con capacidad de influencia por el poder económico, estratégico o político), deben activar la diplomacia para superar las desavenencias y establecer políticas de paz en la medida de lo posible.

No es tiempo para la indiferencia ni para la beligerancia.  De hecho, nunca es buen momento para la guerra.  Situados en pleno siglo XXI y dado el avance del pensamiento, los antagonismos que comportan la lucha armada, deben ser considerados como un salto a un pasado en donde las diferencias se resolvían con puñetazos y de manera pendenciera.  En consecuencia, debe privilegiarse el entendimiento mutuo fundado en razones que excluya la violencia.

Las diferencias siempre van a existir, son inevitables.  Lo que sí puede superarse es la imposición arbitraria a través de la fuerza.  Y si aparece, convocar árbitros que, además de apaciguar los ánimos, inviten a una lógica que sustituya el instinto violento del carácter guerrero de algunos gobernantes.  O sea, privilegiar la cultura del respeto a la vida y el diálogo donde las partes mutuamente ganen.

¿Imposible?  ¿Utópico?  ¿Ficción?  Quizá la historia me niegue la razón, pero también es indiscutible que la paz no solo ha sido sinónimo de felicidad, sino condición para el desarrollo humano en todas sus dimensiones.  Así, ha sido patente que los grupos humanos que han conquistado un relato a la altura de la civilidad han evitado la barbarie y la atrocidad provocada por las guerras.

Hace tiempo debimos haberlo aprendido.  Desafortunadamente, somos un manojo de emociones y sentimientos, impulsos y arrebatos, que por no controlarlos nos llevan al abismo.  Por esa causa, insisto, es necesario que los espíritus más nobles y refinados, aquellos que se han apropiado de la convicción del auténtico valor de lo humano, a través de la diplomacia, insistan en vías alternativas a las de la guerra.  Solo así podemos no solo vivir en paz, sino hacer germinar las posibilidades de un mundo más abundante y de plenitud para todos.