Afiebrados

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Menos mal somos sentimientos y emociones que nos permiten re ilusionarnos con cada día que empieza.  Porque, si lo piensa, la vida nos abrumaría más sin esa esperanza que nos cala al final de los períodos para volver a empezar con esa pasión que quizá hasta el mismo Sísifo vivía en cada acto de su condena.  Sí, la vida es emoción y olvido que, conjugados, conspiran a veces a nuestro favor.

Rumio estas ideas inspirado en las vibras de los muchos guatemaltecos felices por el estreno del nuevo gobierno.  Por el entusiasmo de experimentar gozosos el fin de la gestión del gobernante fracasado y su equipo (con pocas excepciones) de vergüenza.  Menos mal que sucede, me digo, porque permite ignorar el reinicio del ciclo maldito por el que hemos y seguimos transitando por una culpa del que nadie nos ha hecho partícipes de la responsabilidad.

Pero nuestra dicha no es constante, somo una montaña rusa, casi sensibleros y lacrimógenos.  Algo así como si el salmista se hubiera inspirado en nuestra inestabilidad emocional al afirmar que lo nuestro es una especie de “ayer, que pasó; una vela nocturna (…). Como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca”.  He ahí nuestro retrato robot.

Y, bueno, los movimientos irregulares de nuestro espíritu no están causados solo por la epidermis hipersensible, sino (y fundamentalmente) por los agravios de nuestros malhadados líderes políticos, gremiales, empresariales y actores varios empeñados en hundir el país a cambio de fortuna.  Así, mientras la emoción se esfuma, nos distraemos displicentes en busca de mejores espacios donde olvidar.

Por fortuna algunos se preocupan y nos inyectan píldoras de felicidad: el mercado, la industria del espectáculo, las iglesias y la tecnología, entre otras empresas nada caritativas.  Son salvavidas que, convertidas a veces en drogas, nos distraen y nos sedan a cambio de gratificaciones inmediatas.  Qué falta nos hacen esos “shots” de dopaminas para restaurar el equilibrio perdido por nuestros desamores políticos.

Reconocer esos altibajos en cada cambio de gobierno debería enseñarnos a emocionarnos con mesura.  Ya podríamos ser indiferentes en las juramentaciones y cambio de banda presidencial, pero quién puede contra esas pulsiones.  Somos como jovencitos efervescentes y febriles incapaces del sentido de la medida.  Nos pasamos de la raya y muchos ya viejos insistimos en el autoengaño… ¡Qué jodidamente enfermos estamos!

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