La corrupción y el ejemplo de los galos

François Fillon junto a su esposa Penelope. Imagen de archivo

Salvo excepciones, la mayor parte de los políticos que laboran en la administración pública, son despreciables.  No lo son como personas, porque como seres humanos (para su fortuna) tienen garantías, pero sí como sujetos de baja catadura moral.  He conocido a algunos antes de ser diputados o funcionarios públicos y puedo decir que llevaban la corrupción en la sangre.

Y algo tiene el Estado (lo sabemos, es el dinero) que al final los personajes que suelen ser más inmorales terminan en sus estructuras.  Así, se juntan los expoliadores, a veces sin conocerse, para formar bandas delincuenciales que se enroscan en función del latrocinio vulgar.  Por ello son, como dicen las Escrituras, legión, enquistados en el Congreso, en el Ministerio Público, en el Ejecutivo… hasta el más recóndito espacio de la esfera pública.

A veces la prensa se concentra en la corrupción de los gobernantes, pero olvida (esas omisiones siempre serán sospechosas), la inmoralidad de los demás funcionarios públicos.  No olvide, por ejemplo, los negocios que se hacen desde el Ministerio de Comunicaciones, el Ministerio de la Defensa y otros organismos del Estado que sirven para enriquecer a sus responsables.

La corrupción es un cáncer para todos los Estados del mundo.  La diferencia consiste en que, mientras en algunos países es castigada con más o menos rigor, en otros se tolera burdamente a causa de una sociedad desorganizada.  Una comunidad donde sus líderes o bien son parte de la corrupción (pensemos por enésima vez, por ejemplo, en la inmoralidad de la banca y el sistema financiero que roban a mansalva blanqueando dinero y esquilmando a sus cuentahabientes) o, atomizados, son inefectivos para combatirla eficazmente.

Una prueba de que se puede luchar contra la corrupción la ha dado recientemente Francia (sin que esto signifique que sean ejemplares).  Como se sabe, el exprimer ministro francés, François Fillon, malversó fondos públicos -1,5 millones de euros-, a través del trabajo ficticio ofrecidos a su esposa y a sus dos hijos.  Fillon fue declarado culpable y condenado a cinco años de prisión -dos de obligado cumplimiento-, 10 años de inhabilitación por el empleo ficticio de su mujer, Penelope, en la Asamblea Nacional, y el pago de una multa de 375 mil euros.  Su esposa ha sido condenada también a tres años de cárcel exentos de cumplimiento.  Los hijos no han sido juzgados.

¿Cómo es que los franceses son tan osados al poner tras las rejas a un político con pedigrí?  Podemos hacer hipótesis.  Quizá tengan una sociedad no habituada a la delincuencia de sus burócratas, intolerantes al robo, con sensibilidad para no soportar el descaro de sus dirigentes.  Probablemente el ánimo de lucro sin medida, fuera de los límites legales, está debidamente frenado entre los empresarios por un sistema legal difícil de viciar.  Asociarse en bandas quizá no sea tan fácil para corromper el corazón de Estado. 

El resultado de una acción como esa, en el mar de abandono y desprotección social francés, no hace sino recuperar mínimamente la confianza en el Estado. Elevar la moral y dar esperanza.  Es lo que necesitamos en Guatemala, signos, acciones efectivas, que nos devuelvan la fe en un sistema que ahora lo damos por perdido a causa del pacto de corruptos entre los delincuentes del gobierno y muchos empresarios y líderes amparados en la impunidad.

Imposturas

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La reciente entrevista concedida por el exasesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, John Bolton, revela un rasgo de personalidad de Donald Trump que, aunque en él cobra matices relevantes, no es ajena a un modelo de comportamiento social bastante extendido en la contemporaneidad.

Me refiero no solo al afán enfermizo por aparecer en las fotos a como dé lugar, sino a la conducta obsesiva en lo que en mercadotecnia llaman “branding”.  Nos figuramos marcas y, subvaluados, nos “vendemos” al mercado mostrando las características de un producto frecuentemente falso, confeccionado solo a la medida de los demandantes.  Así, reducida la vida según los códigos del capitalismo, caminamos en alfombras rojas imaginarias.

Justo lo que atestigua Bolton cuando se refiere al histrionismo de Trump. “Creo que estaba tan concentrado en la elección, porque los asuntos a largo plazo quedaron en el camino. Entonces, si pensaba que podía obtener una oportunidad para tomarse fotos con Kim Jong-un en la zona desmilitarizada en Corea, o si pensaba que podría obtener una reunión con los ayatolás de Irán en las Naciones Unidas, siempre había un énfasis considerable en la oportunidad para tomarse fotos y la reacción de la prensa, pero poco o ningún enfoque en lo que tales reuniones hicieron para la posición de negociación de los Estados Unidos… Y creo que quedó muy claro para los líderes extranjeros que estaban tratando con un presidente que simplemente no se tomaba en serio muchos de estos temas, en detrimento nuestro como país”.

Puede que el inquilino de la Casa Blanca le haga un flaco favor a la política estadounidense con el circo diario, pero reconozcamos también que, “mutatis mutandis”, nuestro ridículo tiene sus propios alcances.  El espectáculo de poca calidad que ofrecemos a los demás con nuestras vidas inauténticas es tan trágico como el del gobernante norteamericano. 

No puede ser de otra manera.  No solo nos devaluamos al encarnar protagonistas en un teatro que existe en nuestra conciencia, sino al impedir el despliegue de nuestras propias facultades.  La traición es cósmica: a mí mismo, a los demás… y si se es creyente, hasta a Dios.  Si es así, ¿Cómo se llega a semejantes niveles de falsificación? ¿Por qué es tan habitual ese tipo de personalidades en nuestra sociedad contemporánea?

No tengo claro el diagnóstico, pero me parece que tiene que ver con lo cómodo que es fingirse actor y repetir guiones.  La penetración del capitalismo con su lógica de mercado que privilegia el parecer frente al ser.  Las fallas estructurales, la egolatría acendrada, nutrida por nuestra pereza intelectual y la fragilidad de un espíritu demasiado vulnerable para la milicia que requiere la vida.   Esto explica la popularidad de una conducta que ha devenido en carácter, signo de nuestros tiempos.

Un proyecto ético

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Uno de los pasos decisivos que tenemos que dar en el proceso de madurez de nuestras emociones es el que consiste en aprender a convivir con los demás.  El esfuerzo de tolerancia por el que renunciamos a posicionarnos como centros del mundo para juzgar lo que no comprendemos o juzgamos extraño como digno de rechazo.  Obligarnos a la empatía reconociendo la diversidad al tiempo que la celebramos.

No es fácil.  En algún momento el acceso a la información nos ha vuelto cerrados, temerosos, frágiles.  Y aunque gallinitas pavorosas, somos contemporáneamente violentos, patibularios al menor signo de oposición a nuestras convicciones a veces poco razonadas.  Creemos que los talibanes están en Afganistán, ignorando (porque no cabe mejor palabra) que llevamos a Torquemada en las entrañas.

Así, tenemos un proyecto ético para nuestros próximos años: la convivencia armoniosa con quienes respetuosamente expresan sus convicciones.  Ya no digo aprender a amarlos, según el imperativo cristiano, sino a considerarlos dignos de tener una opinión distinta a la propia.  Es un empeño que trasciende lo razonable (aunque la implica) para situarse en el espacio de las emociones que debemos gobernar.

Desde ese horizonte impregnado de civilidad, porque renunciamos a la violencia para hacer surgir el diálogo, cabemos todos.  ¿Imposible?  No lo creo, aunque sin candidez aceptemos su dificultad.  Lo es porque nos tomamos muy en serio y así nuestro egoísmo nos cierra a los demás.  Por ello, la vía es salir de nuestra esfera para orbitar universos alternos.  Creer de verdad que solo desde lo social, la comunidad y su convivencia es posible el germen de lo humano.

El siglo XXI debe ser el acontecimiento histórico del nacimiento del famoso “hombre y mujer nuevos”.  Criaturas para las que la hipersensibilidad es solo un recuerdo de capítulos aberrantes por la intolerancia. Sujetos desacomplejados que saben relacionarse sin juzgarse menos.  Protagonistas y actores sociales trabajando unidos en proyectos consensuados: el hambre, la pobreza y la injusticia.  Intolerantes frente las desigualdades que claman al cielo, contra los que promueven la muerte y el enriquecimiento ilícito que compromete la vida de los menos aventajados.

Es posible, solo se necesita superar la vieja escuela que nos rastra.  La idea de que somos individuos desvinculado de los demás, la costumbre de buscar mi exclusivo provecho y la inmoralidad que me conduce al vicio: el latrocinio y la violencia, entre otros.  No es un proyecto religioso (aunque incluye sus deberes), sino el compromiso secular que afirma posibilidades aquí y ahora.  La fe en la bondad humana que acaso no necesite lo eterno para realizar una vida mejor.

El futuro imperfecto

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La efervescencia de los días parece ser la expresión de que nos encontramos en un momento crucial de la historia.  Quiero decir que los protagonismos globales, el enfrentamiento entre potencias, Estados Unidos, China y Rusia principalmente, son movimientos tectónicos que no deben pasar desapercibidos a causa del Coronavirus -que se ha colado inesperadamente en las ya agitadas aguas en que nos encontrábamos-.

Algunos han visto en el COVID-19 el punto de inflexión generador de un cambio epocal del que debemos esperar una especie de renacimiento, la conversión de nuestra conducta errática superada por una sorpresiva madurez.  Tristemente es solo un ardid más de nuestra propensión imaginativa, pues la realidad indica la permanencia de impulsos primitivos. 

Me refiero al instinto de guerra que prevalece entre los distintos imperios que amenaza no solo la estabilidad de esas naciones, la vida, la economía y la paz, sino el propio porvenir del planeta del que dependemos los que la habitamos.  Hay que reconocer que no hemos extirpado la cultura de muerte en pleno siglo XXI, peor aún, la voluntad de exterminio ha sido sofisticada por una tecnología sin límites.

De igual modo, el apetito de consumo, esencial en la dinámica capitalista, continúa condicionando la vida de las demás especies.  No hemos transitado del modelo en que nos sentimos superiores, “reyes de la creación”, facultados para disponer de la naturaleza a placer, a uno alterno en el que reconocemos a ese “otro” como nuestro prójimo o hermano que debemos proteger y cuidar.

Resulta imposible, por otro lado, escapar del horizonte egoísta en el que nos situamos como islas.  La idea moderna introyectada donde el sujeto es el que cuenta en contraste con lo social que es una suerte de hipóstasis propia de trasnochados metafísicos pasados de moda.  Esa visión extendida que conforma nuestra cultura individualista ha impedido el diálogo y ha sido la causa de la escisión que nos mantiene distantes, incapaces de consensos mínimos, empeñados en salir adelante como partículas en movimiento pero sin rumbo.

Las condiciones descritas, nuestra vocación bélica, la voluntad de consumo y la disposición egoísta, entre tantos otros vicios de las que somos portadores, se potencian cuando los líderes de las potencias las encarnan.  Por esa razón, gobernantes como Trump, Xi Jinping y Putin son extremadamente peligrosos para el futuro de la humanidad.  Y sí, la maldad no la hemos inventado en la contemporaneidad, es un flagelo que nos acompañará mientras existamos, pero tenemos que conceder que el contexto referido no es nada halagüeño para el futuro de nuestros hijos.

Por una iconoclastia razonada

Una estatua de Cristóbal Colón, en el suelo tras ser derribada en Saint Paul (Minnesota), el 10 de junio. La figura del descubridor, cuyas expediciones a las Américas hace más de cinco siglos llevaron a la colonización y matanza de poblaciones indígenas, se ha convertido en uno de los objetivos de la ola de ataques al patrimonio..

Las noticias han informado desde hace una semana cómo los manifestantes indignados por actitudes racistas se han dado a la tarea de derribar imágenes.  En varios puntos del planeta, particularmente en los Estados Unidos e Inglaterra, las protestas han operado contra esos símbolos erigidos en los espacios públicos para decapitarlos o arrancarlos de su pedestal y arrojarlos al agua.  El tema está en boga en los círculos intelectuales y políticos.

Los más conservadores argumentan que básicamente no se puede ir contra la historia.  Según esto, los hechos sucedieron en contextos particulares y que, por tanto, sería ridículo el revisionismo de los vándalos contra las imágenes.  Esos actos, de igual modo, cercenarían unos acontecimientos que se quisieran ahora “a la carta” y, en muchos casos, restan valor a personajes que han sido un hito en el desarrollo de la humanidad.

A este respecto, Boris Johnson, el primer ministro británico dijo que, por ejemplo, la estatua de Winston Churchill en Parliament Square se justificaría porque aunque en ocasiones el político expresó opiniones racistas, impropias en la actualidad, para ese país es un héroe y, en consecuencia, merece su monumento.  Y concluye:

No podemos ahora intentar editar o censurar nuestro pasado. No podemos pretender tener una historia diferente. Las estatuas en nuestras ciudades y pueblos fueron levantadas por generaciones anteriores. Tenían diferentes perspectivas, diferentes interpretaciones de lo correcto y lo incorrecto. Pero esas estatuas nos enseñan sobre nuestro pasado, con todas sus fallas. Derribarlos sería mentir sobre nuestra historia y empobrecer la educación de las generaciones venideras”.

Por otro lado, hay muchos que, más favorables a los protagonistas de las protestas, están a favor de como mínimo la apertura a un debate sobre esas imágenes simbólicas que enarbolan las plazas.  La idea sería darle contenido a la iconoclastia extendida según criterios consensuados por la comunidad.  Renunciar a la imposición de figuras claramente reprochables, sin que esto signifique negar la industria humana tan llena de vicios y limitaciones.

Desde esta lógica, no sería un contrasentido permitir la discusión sobre la pertinencia de estatuas controvertidas como la del rey Leopoldo II de Bélgica.  ¿Es justificable la imagen de un rey criminal en el centro de Amberes, en un espacio público?  Recordemos que, según historiadores, Adam Hochschild a la cabeza, Leopoldo II fue el responsable de una suerte de holocausto africano, que superaría en cantidad de víctimas al número de judíos muertos a manos de la Alemania nazi.

Como ha dicho el columnista francés, Jean-Marc Ayrault, en un artículo para Le Monde, “el espacio público debe ser el reflejo de los valores que queremos celebrar. La responsabilidad le concierne en primer lugar a las comunidades locales. Dicho trabajo no debe ser una tabla rasa.  Debe responder al análisis del patrimonio en el espacio público e involucrar a la sociedad civil a fin de identificar las figuras que no ocupen más esas plazas, aquellos que su mantenimiento necesiten nuevas placas explicativas y los que, por ahora, son desconocidos deben ser honrados… figuras, masculinas y femeninas de nuestra diversidad”.

Un mundo en ensayo… y error

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La sustitución de curas y guerreros por científicos e industriales era la sugerencia del filósofo Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon, al estado de miseria y anarquía de su tiempo en una actitud de franco optimismo. Como si la vida consistiera en quitar y poner, la historia de la humanidad se la ha pasado en dicotomías, transitando oscilatoriamente entre el blanco y el negro para operar esos ajustes que nunca llegan.

Hemos fracasado por radicales y extremistas porque al final somos demasiado simples.  Ya ve cómo damos bandazos en materia política.  Un día quitamos a los generales para darle la oportunidad a los empresarios.  “Ellos no robarán, tienen suficiente dinero para hacerlo”, pensamos.  Y, como siempre, terminamos frustrados porque roba uno y roba el otro.

¿Qué tal si en lugar de guardianes y empresarios nos decantamos por intelectuales?  La idea es probar, ¿qué más da?  Al poco tiempo, una nueva desazón.  El intelectual salió peor, no solo porque su desafección, inoperancia y falta de cintura política nos da grima, sino por su permisividad al democratizar la corrupción, por su actitud tibia e intemperante.  Hay que seguir probando.

¿Y si en lugar de hombres que gobiernen probamos con mujeres?  Ya, el problema es de género.  Vamos a las urnas, cambiamos pensando en esas cualidades diferentes que adornan el sexo bello.  ¿Resultado?  Otro fracaso más.  Tanta ilusión nos hacía.  Pensamos en rosa y los colores no fueron distintos.  Tenemos que idear nuevas opciones, tarde o temprano tenemos que acertar, es solo seguir intentando.

Quizá el problema sea intercultural.  Los blancos han sido históricamente cabezadura, egoístas, excluyentes. La solución es que nos gobierne un líder del pueblo, que venga de la provincia, de las capas bajas, él conoce las necesidades de la comunidad y sabrá tratar a la población con una sensibilidad alejada del orgullo de las clases dominantes.  Y, ¡Zas!  Volvemos al principio, castigados con la maldición de Sísifo.

Así se nos va la vida, sustituyendo y delegando.  Somos una máquina productora de fantasías.  Casi lo hemos probado todo: curas, pastores, generales, civiles, filósofos, analfabetas, hombres, mujeres, ricos, pobres… y no damos en el blanco porque creemos que la vida la define una persona.  Olvidamos que el devenir es ciertamente multifactorial, pero dependiente sobre todo de la acción social.

Esto no significa que los líderes tengan escasa importancia, pero su valor ha sido sobreestimado.  La efectividad de quienes encabezan los movimientos revolucionarios proviene de la unidad aglutinadora de los grupos organizados.  Una golondrina no hace verano.  ¿Y las estatuas?  Simbolizan un momento histórico determinado, son prototipos (es parte de nuestra necesidad mimética y afán pedagógico), pero subyace en esa figura la comunidad sin la que el ícono no aparecería orondo en ese espacio público.