El gustómetro atrofiado del principete

El presidente electo de Guatemala denuncia un plan para asesinarle en la  toma de posesión de este martes | America Economica

Si los equipos de gobierno fueran conformados con base a capacidad, oportunidad y apoyo, la gestión de la administración pública sería diferente.  Evitaríamos no solo el nepotismo, sino los altos costos incurridos por los defectos en sus operaciones.  Pero esto no parece estar en nuestro ADN nacional y, menos aún, en el sistema político convertido en el más alto ejemplar de los vicios.

Y en esto Alejandro Giammattei es un campeón.  Su trofeo lo ha obtenido al crear un ente en el seno de gobierno para su preferido, Luis Miguel Martínez Morales.  Contra toda razón, sin lógica, criterio ni sentido común, le creó al mozuelo ahora engreído, la dirección de la “Comisión Presidencial del Centro de Gobierno”.  No hacía falta ese espacio, pero había que quedar bien y darle un presente al imberbe mocoso.

Sin embargo, el caso Miguel Martínez no es el único.  Otra manifestación anómala del “gustómetro” atrofiado del colérico, ha sido la elección del ministro de Gobernación, Gendri Reyes.  ¿En qué pensaría el presidente al decantarse por una figura tan deplorable?  Quizá sea uno de esos misterios irresolubles por la naturaleza retorcida de un político inclinado a la violencia, el desdén y la imposición absurda derivada de un carácter ingobernable.

No dudaría que haya más ejemplos dentro del círculo del gobernante.  Selección de operadores orientados por el vientre, gustos, caprichos y… hasta por criterios extra sensibles y estéticos.  Así se entendería la alianza con el impresentable líder sindical, Joviel Acevedo.  Aquí ya no hablamos de relaciones de primer grado (los íntimos, los colaboradores más cercanos del autoritario), sino de apoyos estratégicos para obtener ventajas.

Esas preferencias sin juicio solo son interpretables desde el horizonte del poder y el lucro.  Elegir a figuras cuestionables, de reconocida trayectoria en el latrocinio y el crimen, no es necedad, sino expresión de conducta impropia.  Inmoralidad traducida en corrupción, escamoteo o, como mínimo, complicidad en permitir el saqueo de las arcas del Estado. Aunque el malsano presidente no es ingenuo, aclarémoslo de una vez.

De cuántos males nos libraríamos si los gobernantes se rodearan de gente capaz.  El impacto de los gestores sería evidente, los resultados hablarían por sí mismos, los hechos se harían notar.  En cambio, tenemos un presidente que mal gobierna, orientado por las razones del corazón (qué pascaliano que nos resultó) y el ánimo por la abundante riqueza obtenida con prisa.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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