La noche y la ternura

El otro día en la red social X tuve la ocurrencia (buena o mala) de intentar reivindicar a la noche, ese estado al que se le atribuye casi toda la perversidad que ocurre en el mundo. Con esa idea escribí: “La noche es el momento en que Dios, compadecido de la brutalidad de la vida, nos restituye la ternura abrazándonos en las tinieblas”.

Se necesitaría, estoy seguro de ello, más que frases como la mía para superar la tradición que esconde la malquerencia por la oscuridad. Porque la inquina, a mi modo de ver, reposa en la inseguridad que ofrece la falta de luz o en la oportunidad útil de la que se sirven los hijos de las tinieblas.

Como ve, el cristianismo tiene mucho que ver con la suspicacia arraigada en contra de la noche. San Juan, por ejemplo, dice que “la luz vino al mundo, y (sin embargo), los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. Solo el malvado opera desde la penumbra, como un ladrón.

Los textos paulinos no se quedaron atrás. La Carta a los Efesios explica que la lucha “no es contra sangre ni carne, sino contra los gobernadores de las tinieblas”. La noche simboliza todo el tiempo desorientación, pecado, acecho o alejamiento de Dios. Por eso Judas, luego de la “santa cena”, sale enseguida a cumplir su traición y Juan precisa: “era ya de noche”.

¿Hay alguna posibilidad de reivindicación? Quiero creer que sí. Se puede apostar, como ya sugerí arriba, a que la noche sea salvífica, momento de gracia, oportunidad de encuentro unitivo. San Juan de la Cruz, en el siglo XVI, nos lo recuerda en su “Noche oscura”:

“En una noche oscura,
con ansias de amores inflamada”.

Y, más adelante:

“¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!”.

Pero evitemos reduccionismos religiosos. Más allá de ello, la noche es tiempo de tregua, tiempo de reparo: el sosiego mental que condiciona el crecimiento humano. Sin ese reparo nocturno, la lucidez que dispone al amor queda afectada. Así, la oscuridad se vuelve exigencia querida.

La noche es virtuosa también cuando en su fuerza nos fragiliza. Es su manera de imperar y su forma de imponer jerarquías. Frente a la oscuridad se pierden las capas sociales, en una estratificación convertida en condición común, finita y contingente. La noche fraterniza en ese abrazo extendido que iguala a todos.

Sí, la noche es un espacio de intimidad metafísica. Advertirlo es tarea de espíritus que laboran en el acondicionamiento de su conciencia. Ver únicamente sus límites y amenazas es no haber descubierto la manera en que Dios ha querido acariciarnos en la densidad de lo que parece ausente. Ahí está el Cantar de los Cantares para recordarlo:

“Por las noches busqué en mi lecho
al amado de mi alma;
lo busqué y no lo hallé.
Me levantaré ahora y recorreré la ciudad;
por las calles y las plazas
buscaré al amado de mi alma.
Lo busqué y no lo hallé.
Me encontraron los guardias
que rondan la ciudad:
‘¿Habéis visto al amado de mi alma?’
Apenas los había pasado
cuando hallé al amado de mi alma;
lo abracé y no lo dejé”.


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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