Hechos con lodo

hombre de barro | HISTORIA, CIENCIA, AZTECAS, MITO, CALENDARIO ...

El problema con el empresariado más conservador es que solo ve el derecho de su nariz.  No solo es egoísta, lo que podría ser tolerado siendo que el género humano no es naturalmente altruista, sino avaricioso, afirmando su interés solo, única y exclusivamente por el lucro.  Lo que le pone en una situación de desprecio a la humanidad y a la más mínima consideración de su dignidad.

¿Dignidad?  No existe tal cosa.  En el limitado mundo de quienes encarnan una vida dedicada a las utilidades, lo único vigente son los precios.  Dime cuánto produces y te diré cuánto vales.  Ese es el rasero.  Por eso es por lo que sin el menor escrúpulo son capaces de pedir a los adultos mayores que se sacrifiquen en beneficio de la economía.  Esos viejos jubilados “no sirven”, dejaron de ser útiles, en consecuencia lo mejor que puede sucederles es apartarse y dejar que la vida continúe.

Algunos tienen el coraje (¿el desparpajo?) de decirlo, otros son más sutiles, depende de sus capacidades de expresión, pero redundan en lo mismo.  En ese horizonte economicista no se miran personas, sino clientes, productos, mercancías… todo sirve sólo para ver cómo se acumula capital en beneficio exclusivamente personal.  Eso es todo y no hay más.

Esa es la razón por la que los bancos son incapaces de aplicar políticas que den respiro a sus deudores.  No pueden, esa lógica no forma parte de su narrativa (ni de su formación), ellos “van al hueso”.  Tienen un ejército de economistas y asesores pensando a diario en cómo esquilmar a sus clientes: “¿No mueve el dinero de su cuenta corriente?  Apliquémosle un castigo”; “¿el cheque fue rechazado? impongamos una multa de altos intereses”.  Son verdaderos eruditos del despojo.

Esa relación inmoral con el dinero lleva a algunos a la corrupción.  Así, no falta quienes se alían con el narcotráfico y la política del más bajo nivel.  Y aunque en público practiquen el arte del disimulo, visiten iglesias y se den aires de pureza en fotos con el alto clero, su pestilencia asciende al cielo.  Es difícil ocultar la bajeza de quienes practican una vida poco sofisticada, ruda, plana y ordinaria.

Nada de extraño es, por todo lo dicho, que en medio de la pandemia llamen “a la vida productiva”.  Ellos solo ven números, dicen que los muertos son siempre pocos. ¡Nada qué temer!  Porque su único mundo son las finanzas, la preocupación de no llegar a la meta que los privaría del interés de seguir acumulando.  ¿Preocupación por la gente?  No, sería ingenuo creerlo.  Su visión es ajena absolutamente al cuidado de la salud de sus empleados.

Vaya, son cínicos.  Ocultarán su intención con donaciones.  Tratarán de hacer ver que “la gente sí importa”, que tienen políticas de “responsabilidad social”, pero son triquiñuelas para esconder su perversión moral.  Si fueran honestos y les preocupara sus empleados, pagarían impuestos, tratarían con respeto a su personal, no regatearían salarios y beneficios, pero, sobre todo, les protegería en tiempos de calamidad… todo eso es, justamente, lo que la mayoría no ha hecho (ni hará) porque están hecho ni siquiera con arcilla, sino con lodo.

La vida o el gran teatro

Una de las virtudes que quizá deba cultivarse en nuestros días, quién lo diría, es el de la ignorancia.  Ese hábito que consiste en sustraerse de las noticias diarias, ya no solo como forma efectiva de protección de nuestras emociones, sino como estrategia para no exponerse a la mentira y la manipulación de las noticias que circulan por todos los medios.

Hablo de virtud porque requiere esfuerzo.  Lo natural es husmear en las redes sociales, participar en los grupos de WhatsApp y, peor aún, dar pábulo a casi todo reenviando los bulos con una candidez que para los pelos.  Da la impresión de que la suspicacia, al menos en estos ámbitos, es escasa o nula y, ya se sabe, sin crítica estamos a merced de los impostores.

La idea de que debemos tomar distancia de lo que vemos, ponernos en guardia, es tan vieja que quizá lo olvidemos.  Ya Platón con su celebérrimo “mito de la caverna” observaba que la realidad trasciende lo sensible y que extraviamos el camino si nos atenemos a las sombras y no ascendemos por la vía de un esfuerzo intelectual a la verdad. Quiso advertirnos el antiguo maestro que estemos despiertos porque lo nuestro es particularmente una especie de teatro (y de las malos).

Nosotros nos empeñamos, sin embargo, en dar crédito a casi todo lo que vemos, oímos o leemos.  Quizá sea, bien por la envoltura del producto que con el tiempo ha sofisticado su presentación, o bien porque somos “fáciles”, hombres y mujeres inocentes que nos fiamos porque (qué bueno somos) no vemos maldad en los falsos profetas que nos anuncian sus noticias.

Si es así, ¿a quién debo creer? ¿en quién debo confiar?    Obviamente no en príncipes ni instituciones del Estado.  No debe fiarse de los personajes de televisión ni las autoridades religiosas.  Hay que profesar el ateísmo de los medios de información.  Ignorar las redes sociales.  Alejarse de la opinión pública.  Tomar con cautela eso que llaman “ciencia”.  Ser apóstata de lo sagrado y renegar de todo acto de fe.

Solo debemos sentirnos obligados por nuestra conciencia.  Pero para ello, es fundamental educarnos, conquistar el conocimiento y labrar nuestro propio destino.  Lo demás es borreguil, el camino del siervo en un idilio enfermizo con su amo.  La vida transitada en clave ajena, sin autenticidad, falsificada, “chafa”.  No merece eso nuestra existencia.

Concluyamos, pues, con la declaración del poeta a ver si podemos reconducirnos con mayor cautela:

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

Personalidades psicopáticas

Cómo terminará la cuarentena será una decisión que cada uno debe tomar.  Esto porque hace días escucho la preocupación sobre nuestros estados de salud, mental y física, al terminar los días de encierro.  Dicha ansiedad está fundada por las condiciones a las que, sin mayor preparación, nos imponen estos días particulares.

El cerebro del psicópata se altera en la etapa infantil

En ese sentido, no son disparatadas las bromas que describen la obesidad con la que saldremos de nuestras casas si nos descuidamos.  O los desajustes conductuales sufridos por la reclusión y los contactos a veces violentos con los que tenemos cerca.  No estábamos listos para tanta intensidad.  Demasiado para nuestra vocación esteparia. 

Siendo francos, sin embargo, esas rarezas no se las debemos al Coronavirus.  Afirmarlo no es sino una coartada astuta para justificar (tan oportunos que somos) tantas tuercas flojas en nuestra psique maltrecha.  Ya éramos enfermos, odiosos, misántropos, flojos y con tendencia a la ira.  La violencia contra los vecinos, amigos y familiares, solo encontraron nuevos cauces con el Covid-19 y el resultado ha sido el propio de una naturaleza -así como la nuestra- conflictiva y torcida.

Sí, claro, esto no lo esperábamos y nosotros mismos (todos en general) nos desconocemos un poco.  Pero si nos sinceramos frente al espejo, observaremos que Satanás ya tenía una morada confortable en nuestra conciencia.  Dejemos la religión a un lado, el genio maligno al presentarse las circunstancias afloró como debía y su producto es lo que estamos viendo (y continuará -aunque con menos sorpresa-) hasta que acabe el confinamiento.

Mientras eso sucede, advertidos de nuestra proclividad malsana, podríamos hacer algo para cambiar lo que quizá no sea una condena.  Hay que abandonar la molicie, por ejemplo, y empezar a movernos un poco, renunciar a la televisión y dejar de comer frituras.  La voluntad tiene que hacer lo propio evitando los episodios de ira, puede que la clave esté en mantenerse ocupado: cuidar el jardín, lavar el carro, pintar la casa… Y si nada funciona, la familia agradecerá mayor encierro, en el estudio, el baño o el sótano. Hay demonios que requieren más que ayuno y oración.

Me parece que son días de prueba para la mayoría de los mortales.  No nos dejemos arrastrar por las circunstancias condenando a los que queremos.  Hoy más que nunca debe fingir normalidad, actuar como quien domina la situación y es dueño de su carácter.  Con suerte logre persuadir su teatro a los que le rodean y salga menos enfermo de como llegó a la cuarentena.  Usted y yo sabremos al final que se trata de poses porque su anormalidad (y la mía sin duda) es congénita y no se cura.

Dementes

La pandemia que nos aqueja será inolvidable (si logramos sobrevivirla).  Lo será desde distintos puntos de vista. Uno de ellos, será por la capacidad de poner en evidencia aspectos que quizá no hubieran salido a la luz si no hubieran sido por las circunstancias.  Quiero decir, que el aislamiento puede que haya exacerbado aspectos de nuestra personalidad que con certeza escapaban de nuestra mirada.

Examinemos varios ejemplos.  Primero, la intensidad de algunos en materia religiosa.  No faltan los grupos de amigos que constantemente envían cadenas, oraciones y puntos de vistas soteriológicos (es decir, pongamos nuestra mirada en Cristo salvador, nuestra única alternativa).  Así, en los grupos de WhatsApp no queda sino resistir o huir despavorido frente a la avalancha cristiana.

En la cuarentena tampoco son raros los amantes de las teorías conspirativas.  Que si el virus lo crearon los chinos, los gringos o los rusos; que si no debemos permitir la vacuna contra el Coronavirus porque es una forma de castración mundial; que si la pandemia significa el fin del capitalismo salvaje… hay para todos los gustos.  Y no crea que los conspirafílicos pertenecen a grupos de gente con poca formación profesional, tengo amigos con educación exquisita (educados en Europa y los Estados Unidos) que son eximios representantes de lo que he escrito.

Por último y para no aburrirlo, el Covid-19 ha evidenciado la inclinación crédula de no pocos.  Yo no dejo de recibir bulos de todos los colores y sabores sobre distintos tópicos.  Por ejemplo, han matado de mil formas a Daniel Ortega en Nicaragua, los gringos invadieron hace días Venezuela y los chinos y ecuatorianos han hecho un cementerio en las calles.  Los amigos, con buenas intenciones además, me envían correos sobre la cura del Coronavirus: gárgaras de sal, polvos de cascabel… lo que sea.

Yo creo que esas torceduras de carácter ahora descubiertas en medio de la pandemia son obvias por la reclusión y el miedo, pero no aparecieron de la nada.  Sospecho que el contexto malsano operó a favor de lo que estaba en germen en nosotros mismos.  O sea, el virus hizo que emergieran esas inclinaciones que quizá, a futuro, vuelvan a su estado primigenio, esto es, al espacio latente de nuestra personalidad siempre misteriosa.  El trabajo hará lo suyo y servirá de profilaxis para olvidarnos de esas rarezas tan nuestras, tan íntimas, tan secretas.

Estafas, fraudes y drogas al abrigo del coronavirus

Bandera De Guatemala En El Fondo De Cannabis. La Política De ...

No a todos nos afecta de igual manera la pandemia extendida por el mundo.  Mientras algunos la sufren encerrados en sus casas y otros trabajan para sobrevivir, hay también quienes aprovechan para delinquir.  Es lo que nos dicen, a veces muy tímidamente, los periódicos al referirse al tráfico de drogas que en estos días va viento en popa.

Pero no solo los medios, sino agencias como la Europol, que asiste a Europa en materia policial. En su informe publicado recientemente en marzo, prevé incrementos en la criminalidad y alarma a la ciudadanía de esos países (y del mundo) contra siete vulnerabilidades a las que ponerle atención.

El documento se refiere principalmente al aumento de los riesgos de seguridad cibernética, “phishing emails through spam campaigns”, ataques cibernéticos contra organizaciones y personas, incremento de actividad en materia de abusos a menores y operaciones de comercio ilícito en la “Darkweb” (medicamentos, drogas y armas).

Centroamérica al ser una región estratégica en el tráfico de estupefacientes vive unos días también intensos en el negocio. La industria no para en un contexto que parece más bien ideal para su incremento.  De modo que en los próximos meses veremos cómo las estadísticas que reportan el traslado de drogas hacia los Estados Unidos aumentarán por la porosidad de las fronteras y la distracción del mundo por el Coronavirus.

Los políticos no se quedan atrás en el oportunismo pandémico.  Los hay quienes toman ventaja para obtener poderes omnímodos y gobernar arbitrariamente, citemos a Viktor Orban de Hungría, a Rodrigo Duterte de Filipinas y a Omar Razzaz, el primer ministro de Jordania.  Son solo ejemplos en un concierto de líderes mundiales que han visto en el Covid-19 la oportunidad para afirmarse en el poder y reprimir a la ciudadanía.

En Guatemala, con sus excepciones, los diputados han sido los más visibles oportunistas en las circunstancias actuales.  Como ha sido costumbre, operan al servicio del gran capital y en beneficio de su propio pecunio.  De ese modo, cada vez que deciden en materia de leyes o en términos económicos (dígase empréstitos o proyectos presupuestarios de la nación), miran el derecho de su nariz, la protección de los sindicatos y los intereses gremiales del empresariado organizado en el CACIF.

De esa cuenta, se justifica el reclamo del periodista José Rubén Zamora cuando pide al gobierno que “en lugar de estar buscando esquilmar el erario público, es hora de que los dignatarios electos, los altos funcionarios reduzcan sus salarios en un 25 por ciento, que los magistrados de las altas cortes, del Tribunal Supremo Electoral y los diputados dejen de recibir indemnizaciones ilegales y que se supriman las plazas fantasmas, que representan el 24 por ciento del total de las nóminas de la administración pública”. 

Virus, pandemias y vicios

La pandemia de coronavirus amenaza con colapsar el sistema público ...

La crisis por la que atravesamos pone evidencia nuestra verdadera naturaleza: egoísmos, indisciplina, violencia, irascibilidad, intemperancia, terquedad, molicie… entre tantas otras joyas temperamentales.  Si teníamos duda sobre lo que somos, los días de encierro abren la oportunidad para confirmar lo que quizá sospechábamos, pero negábamos a falta de pruebas.  Ya no hay duda, nuestros “defectuelos” nos lo confirman nuestra familia, los amigos y hasta los colegas más atrevidos: somos lo que somos muy a pesar nuestro.

Pero, al tiempo que la pandemia nos desnuda en el plano personal, en el social no es de otra manera.  Lo ha aseverado recientemente el sociólogo Marie Duru-Bellat al afirmar en una entrevista publicada en Le Monde que “cette crise met en évidence les conditions de vie très inégales des Français”.  Sí, la situación que vivimos reaviva nuestras disparidades sociales a muchos niveles, empleos, educación y vivienda, por ejemplo.

El ámbito político también es revelador.  Se constata en actores ambiciosos, cínicos o inconscientes como Viktor Orbán, Manuel López Obrador, Daniel Ortega y Donald Trump.  Orbán, para referirnos a uno de ellos, según la oposición ha dado un golpe de Estado técnico, al aprovechar el coronavirus para gobernar autoritariamente. El ultraderechista, por aprobación del Parlamento, podrá emitir decretos, suspender leyes y bloquear la divulgación de informaciones “que puedan obstaculizar o imposibilitar la defensa” frente a la epidemia y aplicar penas de hasta cinco años de cárcel para los infractores.

La crisis tiene ese poder de exacerbar fibras íntimas.  En nuestros lares sucede así no solo con el CACIF que, ya se sabe, constituye una de las organizaciones gremiales más siniestras del país, sino con otros grupos organizados dentro del Estado (los sindicatos, por ejemplo) que demandan salarios adicionales sin importarles la problemática social de nuestros días.  Esas actitudes de avorazamiento son de dimensiones tales que no pasan desapercibidas.

Frente a esas inclinaciones voraces y conductas viciosas difícilmente se pueden operar cambios súbitos, pero no por ello debe hacerse un esfuerzo.  Si se parte del reconocimiento de nuestra naturaleza frágil y pervertida, podemos empezar a modificar las actitudes.  Dudo que los políticos y empresarios (al mejor estilo de los eximios miembros del CACIF) tengan redención, pero los demás, si nos lo proponemos, hay posibilidades de superación personal.  Solo el tiempo dirá si sucumbimos socialmente a causa de la pandemia que nos aqueja.