Dementes

La pandemia que nos aqueja será inolvidable (si logramos sobrevivirla).  Lo será desde distintos puntos de vista. Uno de ellos, será por la capacidad de poner en evidencia aspectos que quizá no hubieran salido a la luz si no hubieran sido por las circunstancias.  Quiero decir, que el aislamiento puede que haya exacerbado aspectos de nuestra personalidad que con certeza escapaban de nuestra mirada.

Examinemos varios ejemplos.  Primero, la intensidad de algunos en materia religiosa.  No faltan los grupos de amigos que constantemente envían cadenas, oraciones y puntos de vistas soteriológicos (es decir, pongamos nuestra mirada en Cristo salvador, nuestra única alternativa).  Así, en los grupos de WhatsApp no queda sino resistir o huir despavorido frente a la avalancha cristiana.

En la cuarentena tampoco son raros los amantes de las teorías conspirativas.  Que si el virus lo crearon los chinos, los gringos o los rusos; que si no debemos permitir la vacuna contra el Coronavirus porque es una forma de castración mundial; que si la pandemia significa el fin del capitalismo salvaje… hay para todos los gustos.  Y no crea que los conspirafílicos pertenecen a grupos de gente con poca formación profesional, tengo amigos con educación exquisita (educados en Europa y los Estados Unidos) que son eximios representantes de lo que he escrito.

Por último y para no aburrirlo, el Covid-19 ha evidenciado la inclinación crédula de no pocos.  Yo no dejo de recibir bulos de todos los colores y sabores sobre distintos tópicos.  Por ejemplo, han matado de mil formas a Daniel Ortega en Nicaragua, los gringos invadieron hace días Venezuela y los chinos y ecuatorianos han hecho un cementerio en las calles.  Los amigos, con buenas intenciones además, me envían correos sobre la cura del Coronavirus: gárgaras de sal, polvos de cascabel… lo que sea.

Yo creo que esas torceduras de carácter ahora descubiertas en medio de la pandemia son obvias por la reclusión y el miedo, pero no aparecieron de la nada.  Sospecho que el contexto malsano operó a favor de lo que estaba en germen en nosotros mismos.  O sea, el virus hizo que emergieran esas inclinaciones que quizá, a futuro, vuelvan a su estado primigenio, esto es, al espacio latente de nuestra personalidad siempre misteriosa.  El trabajo hará lo suyo y servirá de profilaxis para olvidarnos de esas rarezas tan nuestras, tan íntimas, tan secretas.

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