Magia, sueño y fantasía. Los certámenes literarios

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Me ha tocado recientemente ser jurado en un certamen literario de niños y adolescentes de la ciudad de Guatemala y, al tiempo que he quedado complacido por las propuestas enviadas, tengo que reconocer la capacidad de los pequeños que expresan con sus plumas un universo del que creía absurdamente privativo en los adultos.

Lo primero es la sorpresa.  Ver el esfuerzo por desarrollar una historia, llevar al lector por vericuetos sinuosos con la intención de provocar los efectos deseados.  Capacidad de síntesis, orden, redacción, ortografía y sintaxis.  La mayoría se aplicó por el éxito de sus propuestas, algunos lo lograron con bastante excelencia. 

Seguidamente, y es lo más asombroso, experimentar cómo asumen los jovencitos las experiencias de la vida: las frustraciones, las alegrías, la muerte, el amor y la amistad, entre tantos otros temas.  Los más osados se atrevieron incluso con “il giallo”, como llaman los italianos a la literatura negra, y hasta pinitos filosóficos que dejan boquiabierto. 

Llama la atención, además, la inclinación por la literatura fantástica, género frecuentado por buena parte de los pequeños escritores.  En este aparecen los fantasmas y los monstruos, los eventos sobrenaturales y extraordinarios, la magia y la participación de criaturas inexistentes.  Todo, en un contexto frecuentemente de bondad y a veces con finalidades morales.

Asimismo, algunas propuestas expresaron la preocupación por el medio ambiente y la degradación social a causa de la violencia y la pobreza.  Es curioso porque los niños parecen captar algunas de las problemáticas globales que nos aquejan.  Frente a ellas, reclaman un mundo más justo y lleno de oportunidades.  No hay duda que no se sienten cómodos ni viven una falsa esperanza en circunstancias donde algunos de sus protagonistas son sicarios a sueldo.

El lado filosófico quedó patente frente al tema de la muerte y la identidad.  Respecto al primero, la conciencia de la caducidad humana, el sinsentido de la vida cuando se reconoce la finitud.  Pero, sin tragedias, el planteamiento de una salida a causa de una existencia vivida con plenitud.  Sí, parecen decir, vamos a morir, pero eso no significa el absurdo… y buscan claves que respondan a sus propios interrogantes..

Con relación a la identidad, uno de los cuentos plantea el esfuerzo por superar las fuerzas sociales que definen la propia naturaleza.  Si bien el protagonista sufre la influencia del medio, reflexiona en la importancia de no estremecerse y tomar control sobre sí mismo.  El intento comprensivo por dimensionar las esferas en las que se juega la identidad para asumirla de manera personal.

Como puede ver, no todo está perdido en nuestro país.  Más allá del vergonzoso universo político, la estupidez del presidente y la complicidad de quienes le rodean, existe una generación de jóvenes que en virtud de su capacidad creativa e inteligencia vivaz, abren posibilidades de transformación profunda en Guatemala.  Finalmente, buenas noticias entre tanta hedor y podredumbre patrio.

El extraño caso de los mirones en internet

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La ley de Pareto podría aplicarse exitosamente en el universo digital si no fuera porque Ricardo Baeza-Yates, Premio Nacional de Informática, considera que la holgazanería de los usuarios de Internet supera el 80/20 sugerido por las arbitrarias estadísticas del celebérrimo economista italiano.

Los datos de Baeza-Yates respecto a que “la mayoría de usuarios de Internet son mirones que no hacen nada”, hacen palidecer la intuición de que el 20 por ciento de creadores de contenido digital es el responsable del 80 por ciento de lo que aparece en las redes.  En realidad, es mucho menos, afirma el premio Nacional de Informática 2018, director de programas en la Northeastern University y jefe de tecnología de NTENT.

Según una entrevista reciente ofrecida por Baeza-Yates al diario español, El País, menos del 1% de usuarios de Internet crea más del 50% del contenido. “Si tomas cualquier segmento de tiempo determinado, el porcentaje de gente activa en Internet seguro que es menos del 10%”, explica el profesor chileno. “Lo he visto en lugares donde he trabajado. La mayor parte de gente en internet, en las redes sociales sobre todo, está de mirón, sin hacer nada. Ni siquiera hace un like. No genera datos para internet, que no es lo mismo que estar activo. La gente que contribuye, que hace un like, podría ser un 10%, pero quienes hacen un tuit o un post o cuelgan una foto, van a ser menos”, añade.

Esto no contradice la creencia de que mucha basura se produce en la red, pues ese mínimo porcentaje es el responsable de los desechos pululantes, las noticias falsas, bulos, y teorías conspirativas cual más variada y “original”.  Como que si los agentes digitales vivieran al servicio de la desinformación y la mentira.

Además, Baeza-Yates pone en evidencia no solo la vagabundería de “los mirones”, “il dolce far niente”, sino esa inclinación perniciosa del voyerismo extendido.  Quizá ese sea el éxito de Instagram, Facebook, Twitter y YouTube, la capacidad de crear espacios para la cháchara, el ánimo de ver incansablemente la vida de los demás (particularmente la farándula) sus éxitos, pero sobre todo sus fracasos, frustraciones y desventuras.

Con todo, no crea que tenemos acceso a todo lo que se produce en Internet.  A veces, desafortunadamente no.  Los mismos algoritmos se encargan de que los mayores escándalos y la basura de primer orden ocupen los primeros lugares en las búsquedas.  De ese modo, usted y yo nos convertimos en objetivo de los que manejan el cotarro en las redes, víctimas obligadas a la deformación de las ideas por unos actores maquiavélicos, hijos del averno, con propósitos aviesos de homogenización del pensamiento.  No lo dude, Satán anda suelto y se ha transfigurado en sistema binario dentro de las aplicaciones que usted descarga en su teléfono inteligente.

Dios a la vista

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El tema religioso es uno de los tópicos más explosivos que quizá haya existido hasta hoy.  Hablo desde nuestro contexto guatemalteco, pero puede que sea extensivo a otras latitudes si afirmamos las pasiones humanas y el prurito por hacer constitutivo de la propia vida el sentimiento religioso.  En mi caso particular, cobra significado por los muchos años de vida dentro de esa esfera particular que aún hoy me marca y del que no podré deshacerme, creo, “per secula seculorum”.

Y es que inevitablemente queda impregnado ese tufillo monacal fácilmente advertido aún por los profanos que no comprenden esos hábitos de vida, costumbres, vocabulario, sensibilidades, trato y una perspectiva pletórica de contradicciones.  Porque, claro, si ya los seres humanos somos complejos, nada más raro que un ex conventual desarraigado de lo que fue su gran proyecto de vida, la gran ilusión, ubicándose en un mundo que le es extraño.

De regreso a la realidad (el resto fue una especie de regalo sabático inmerecido), nada vuelve a ser como antes.  “¿Usted es creyente?”, me pregunta un estudiante.  No lo sé, le respondo, tengo la impresión de que sí, me sigue conmoviendo el Evangelio y hasta espero (de manera ilusa) un más allá, pero también tengo un alma pagana que me conduce por caminos que no dejan de asombrarme. 

Los chicos me escuchan con decepción, no saben cómo entender a su profesor en medio de tanta ambivalencia y desatino.  “Blandón, verdad que lo que ha dicho no es cierto”, me dice una estudiante con cara de “júreme que no es cierto y que usted es un hombre bueno”, como que si la bondad solo cabe dentro del universo de una doctrina particular.  Puesto contra las cuerdas, me arreglo el cuello (como quien se ajusta el alzacuello) y le sonrío, creo que benévolamente, le digo que quizá solo Abraham me supera en la fe.  Listo, puede que quizá los dos nos hemos salvado de la deflagración universal.

Le repito, el tema religioso es explosivo.  Tengo muchos amigos, quizá por haber salido de esos ambientes, que no dejan de mandarme cadenas espirituales, textos bíblicos del día, oraciones y sugerencias para participar en ejercicios espirituales y prédicas.  Los recibo con bondad, con la paciencia de un Job en medio de una lucha sin sentido entre las fuerzas del bien y el mal.  Y sí, a veces me rebelo, pero capitulo sabiendo que esas almas seráficas no lo hacen con mala voluntad, hay en ellos una militancia que simplemente me desarma.

Ni qué decir que cuando escribo sobre estos temas algunos se engolosinan.  Primero, por la chismografía biográfica (somos “chambrosos” por naturaleza me decía un amigo salvadoreño), luego, porque el tema toca fibras, casi es como hablar de fútbol o política, pero con ese “plusito” que levanta pasiones y provoca, cuando hay mala vibra, ira.  Y ya sabe, quienes habitan ese recinto sienten la tentación inquisitorial, ese hábito maniqueo de afirmar de que “si no estás conmigo, estás contra mí”.  Yo también he sufrido la maldad de esos hombres “buenos” que llenos de celo por Dios (“el celo de tu casa me devora”), como buenos Torquemadas me han puesto el sambenito y cuando no, los peores, me han mandado a la hoguera.  Así es de radical el sentimiento religioso.

Regular la pasión anarquista de las redes

La multa millonaria a Google, establecida recientemente por 170 millones de dólares, por recoger información personal de los menores con fines publicitarios sin el consentimiento de los padres, constituye una de las expresiones de preocupación por regular la selva en que se ha convertido la red y el intento de contener el poder de las grandes compañías tecnológicas.

Para nadie es un secreto que Google, Apple, Facebook y Amazon se han convertido en empresas que, al manejar inmensa cantidad de datos de usuarios y recursos ingentes de dinero, son una amenaza no solo para el ciudadano de la calle, desprotegido por un sistema legal frágil, sino para los propios estados a merced de esas compañías dirigidas a veces por empresarios inescrupulosos.

Ejemplo de ello no solo es Google que, como he dicho, debe pagar una multa millonaria por violar la privacidad de los niños en YouTube, sino también (y quizá particularmente) Facebook.  Mark Zuckerberg, como se recordará, es uno de esos rapaces señores de la tecnología que ha demostrado la voracidad por el poder y el lucro sin límites.  Y, ojo, no me refiero solo a la multa recibida por el manejo de los datos de 87 millones de usuarios (el problema de Cambridge Analytica) por la que tuvo que pagar 5,000 millones de dólares, sino por el monopolio que cada vez es más evidente y peligroso para los intereses globales, incluido los Estados Unidos.

Se sabe que las autoridades federales en los Estados Unidos son más conscientes del poder de las grandes firmas tecnológicas, su dominio monopolístico y las ventajas que tienen frente a otras empresas.  Así, recientemente siete estados, el Distrito de Columbia y la fiscalía de Nueva York, se han puesto al frente de una investigación antimonopolio contra Facebook, con el propósito de empezar a regular más y mejor a los titanes digitales.

No ha sido fácil llegar hasta aquí, no porque no se advirtiera el poder de los colosos, sino por la dificultad de una gestión que requiere cualificación.  Para el caso, fue paradigmática la dificultad del senado norteamericano a la hora de interrogar a Zuckerberg, hecho que le salvó el pellejo a causa del analfabetismo digital de los políticos.  CNN resumió así el drama representado en esos días:

Para ser franco, fue como ver a tu abuelo tratando de entender la manera en que llevaron el internet a tu nuevo MacBook Pro. O como preguntarle al beisbolista Ted Williams si subes la mano izquierda o derecha cuando bateas”.

Por fortuna los días de las todopoderosas compañías tecnológicas parece que han llegado a su fin.  Y, sí, la amenaza a la privacidad dará mucho qué hablar todavía, pero los estados comprenden mejor cómo hacer frente a los abusos con que hasta ahora han manejado el cotarro.  La Francia de Macron ha asestado el último golpe con la tasa GAFA, esto es, la imposición del 3% a los ingresos de servicios digitales de las empresas tecnológicas que tengan volumen de negocios de más de 750 millones de euros en todo el mundo y de 25 millones en el país europeo.  Es tiempo de regular y poner en orden el anarquismo digital.

De plañideras y amarguras contra la prensa

Los exabruptos de nuestro gobernante dirigidos a la prensa, aún y cuando dejan un sabor amargo de boca y provocan cierta amargura, son un reconocimiento indirecto del trabajo decoroso hecho por los medios de información a lo largo de estos cuatro años de la administración de nuestro cómico Presidente. Particularmente cuando su saña se ha dirigido con particular veneno contra La Hora.

Que venga la crítica de un personaje “sui géneris” como Morales, no es sino un obsequio en bandeja de oro. Porque, ¿quién no sabe el desgobierno de la administración actual? ¿quién desconoce la alianza del gobernante saliente con los poderes oscuros para sacar a la CICIG y promover la impunidad? ¿quién ignora sus proyectos “originales” de compra de aviones y buque? Pocos lo desconocen porque su fracaso como estadista clama al cielo.

Por ello, insisto, que su crítica contra la prensa guatemalteca es buena señal. Indica que los medios estuvieron despiertos, que no se doblegaron al poder de las élites y que actuaron según principios no vinculados con la tentación del capital y el lucro. Asimismo, su malestar patentiza que también los columnistas estuvimos finos, acertamos en la diana e hicimos lo que teníamos que hacer: señalar las tropelías de la tropa loca y pedir cuenta del dinero que le pertenece a los guatemaltecos.

Creo que las recientes apariciones de nuestro fracasado gobernante obedecen, más allá de su mal formada personalidad, al deseo de imitar a líderes globales que en la actualidad son moda: Trump, Bolsonaro, Johnson y Salvini, entre otros. Una aspiración mimética producto con toda seguridad de su inclinación hacia las tablas y el histrionismo de baja catadura.

El gobernante aparece amenazante y grosero, vulgar y simple. Algo así como un Rodrigo Duterte a la tortrix.  Envalentonado porque cree que la impunidad lo pondrá a salvo y su dios será indulgente frente a sus debilidades y torpezas sin límite. Ignora, por la materialidad finita de su constitución, que las canalladas se pagan y su caso no será una excepción.

En consecuencia, el discurso reciente contra la prensa debemos recibirlo como un reconocimiento “cum laude”.  Gozosos de haber hecho bien la tarea y haber obtenido la mayor calificación, “summa”, por ser molestos a las autoridades. Eso sí, con el sentimiento de que se nos vienen nuevos retos y que no debemos dar tregua al poder, la intimidación y los dramas fingidos de nuestras plañideras posmodernas.

El legado de la CICIG

Lo mejor que le pudo haber sucedido a Guatemala en el pasado reciente fue la experiencia de la CICIG.  Lo es a pesar de la opinión de unos pocos que por razones comprensibles sintieron el acoso de una institución que los puso al descubierto y frenó la amplia tradición de impunidad.  El caso es que la CICIG fue nociva para los que históricamente se han sentido dueños del país.

Es de Perogrullo afirmar que esa organización cometió errores.  Claro que sí, omisiones, defectos en la investigación, falta de cálculo político y un etcétera que por mucho que se infle no demerita su labor.  Pero la mejor prueba quizá de que dio en el clavo lo constituye el odio de una derecha prehistórica que la descalifica y la ha hecho aparecer como uno de los jinetes del apocalipsis.

Los afectados han debido recurrir con desesperación a toda clase de triquiñuelas, conspiraciones y fraudes para deshacerse del ente investigador.  Han gastado fortuna y vergüenza con tal de vengarse por haber destapado los negocios oscuros, realizados sin artificio, en un país donde lo que ha imperado es la impunidad para ellos.

Sin imaginación, (hablé del poco artificio en el amaño con que se han apropiado del erario), llegaron a decir en su momento que la CICIG tenía que marcharse porque las investigaciones y acusaciones afectaban la inversión.  O sea, Iván Velásquez, en nombre de la recuperación económica, tenía que hacerse el desentendido porque si no el país se venía a pique y los guatemaltecos nos moriríamos de hambre por la crisis económica.

El mundo empresarial, para su fortuna, nunca estuvo solo.  El CACIF se asoció con Jimmy Morales y pactó hasta con el diablo la salida de la Comisión.  Pero lo que ellos llamaron “el mal” ya estaba hecho.  Los guatemaltecos confirmaron lo que se sabía: que las élites económicas formaban parte del aparato que saqueaba los bienes del Estado.  Que era falso el mito que “si tienen dinero, ya no necesitan robar” porque, efectivamente, quieren más y son presa de la avaricia enfermiza del capital fácil.

Así, fueron a la cárcel algunos que siguen insistiendo ser inocentes vinculados con la caficultura, empresarios de familia con supuesto pedigrí que orondos mostraban su riqueza a causa del éxito fingido en el manejo de sus propias finanzas, banqueros, comerciantes, políticos, narcotraficantes y hasta académicos del mundo de la medicina, el derecho y la agricultura, entre tantos otros delincuentes que operaban eficientemente antes de la llegada de la CICIG.

Por ahora tienen suerte y ríen como chacales, las aguas han vuelto a su cauce.  Lo que no podrán borrar de un plumazo, como hicieron con la CICIG, será el recuerdo y la conciencia de que el Estado sigue intervenido por las mafias y de que la lucha de la ciudadanía debe continuar.  Hay demasiado en juego para dejar el país en manos de los delincuentes históricos y solo podemos cambiar la realidad desde el protagonismo que nos conduzca a la generación de un sistema más honesto, inclusivo y justo.