Dios a la vista

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El tema religioso es uno de los tópicos más explosivos que quizá haya existido hasta hoy.  Hablo desde nuestro contexto guatemalteco, pero puede que sea extensivo a otras latitudes si afirmamos las pasiones humanas y el prurito por hacer constitutivo de la propia vida el sentimiento religioso.  En mi caso particular, cobra significado por los muchos años de vida dentro de esa esfera particular que aún hoy me marca y del que no podré deshacerme, creo, “per secula seculorum”.

Y es que inevitablemente queda impregnado ese tufillo monacal fácilmente advertido aún por los profanos que no comprenden esos hábitos de vida, costumbres, vocabulario, sensibilidades, trato y una perspectiva pletórica de contradicciones.  Porque, claro, si ya los seres humanos somos complejos, nada más raro que un ex conventual desarraigado de lo que fue su gran proyecto de vida, la gran ilusión, ubicándose en un mundo que le es extraño.

De regreso a la realidad (el resto fue una especie de regalo sabático inmerecido), nada vuelve a ser como antes.  “¿Usted es creyente?”, me pregunta un estudiante.  No lo sé, le respondo, tengo la impresión de que sí, me sigue conmoviendo el Evangelio y hasta espero (de manera ilusa) un más allá, pero también tengo un alma pagana que me conduce por caminos que no dejan de asombrarme. 

Los chicos me escuchan con decepción, no saben cómo entender a su profesor en medio de tanta ambivalencia y desatino.  “Blandón, verdad que lo que ha dicho no es cierto”, me dice una estudiante con cara de “júreme que no es cierto y que usted es un hombre bueno”, como que si la bondad solo cabe dentro del universo de una doctrina particular.  Puesto contra las cuerdas, me arreglo el cuello (como quien se ajusta el alzacuello) y le sonrío, creo que benévolamente, le digo que quizá solo Abraham me supera en la fe.  Listo, puede que quizá los dos nos hemos salvado de la deflagración universal.

Le repito, el tema religioso es explosivo.  Tengo muchos amigos, quizá por haber salido de esos ambientes, que no dejan de mandarme cadenas espirituales, textos bíblicos del día, oraciones y sugerencias para participar en ejercicios espirituales y prédicas.  Los recibo con bondad, con la paciencia de un Job en medio de una lucha sin sentido entre las fuerzas del bien y el mal.  Y sí, a veces me rebelo, pero capitulo sabiendo que esas almas seráficas no lo hacen con mala voluntad, hay en ellos una militancia que simplemente me desarma.

Ni qué decir que cuando escribo sobre estos temas algunos se engolosinan.  Primero, por la chismografía biográfica (somos “chambrosos” por naturaleza me decía un amigo salvadoreño), luego, porque el tema toca fibras, casi es como hablar de fútbol o política, pero con ese “plusito” que levanta pasiones y provoca, cuando hay mala vibra, ira.  Y ya sabe, quienes habitan ese recinto sienten la tentación inquisitorial, ese hábito maniqueo de afirmar de que “si no estás conmigo, estás contra mí”.  Yo también he sufrido la maldad de esos hombres “buenos” que llenos de celo por Dios (“el celo de tu casa me devora”), como buenos Torquemadas me han puesto el sambenito y cuando no, los peores, me han mandado a la hoguera.  Así es de radical el sentimiento religioso.

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