Bolivia en llamas

Lo que acontece en Bolivia en estos días ya constituye una tragedia para muchas familias enlutadas a causa de la violencia generada por las frustradas elecciones.  Las noticias no dejan de informar el saldo de muertos, como ayer en Cochabamba, en la que el denominador común ha sido la falta de acuerdos mínimos con la población que protesta y un ejército inepto que sólo conoce el lenguaje de las armas.

Y mientras los políticos no logran apagar el fuego, la anarquía se apropia de las calles en un aparente hormiguero que confluye en el malestar social por cómo el sistema conspiró contra el líder cocalero deponiéndolo de manera burda, con el apoyo de las fuerzas armadas y las fuerzas oscuras de difícil definición.

Los bolivianos que ya parecían acostumbrados a cierto progreso económico y social ahora vuelven a sufrir, como si se tratara de un eterno retorno, la represión que creían superada.  Sin saber – ¿quién acierta en ello? – cómo ni cuándo terminará el entuerto político que todo el país tendrá que pagar.

El diario español, El País, citó ayer a Teresa González, una agricultora que confirma el estado de shock y sorpresa de la ciudadanía boliviana.

Teresa “Lloraba sin parar y explicaba en quechua que durante 13 años, durante el mandato de Morales, lograron vivir tranquilos, sin asistir a manifestaciones ni ser reprimidos. ‘Solo en cuatro días, ya ha habido enfrentamientos, ya ha habido matanzas a la gente del campo, nos han masacrado a bala’, continuaba con su relato”.

Es probable que los cambios sociales se produzcan no de manera incruenta, pero debe reducirse en lo posible el sufrimiento de la gente.  Por ello, los políticos en colaboración con las distintas instituciones del país deben contribuir al restablecimiento de la paz.  No una tregua simbólica, sino los acuerdos que reconduzcan el camino andado cuya finalidad era la superación de la pobreza y la inclusión de las minorías del país.

Para ello, en nada abona la clase dirigente que abraza discursos que generan división.  Como el relato dudoso de algunos políticos con posturas pseudorreligiosas, insinuando superioridad frente a otros grupos culturales.  Son ellos la principal causa del descalabro social, no solo en Bolivia, sino en cualquiera de estos países donde se usa la religión con fines de continuidad en un sistema claramente injusto.

Llegados a este punto en el que el dolor y el miedo se apropia de los bolivianos, debe recuperarse no solo la paz, sino el advenimiento de algo nuevo que le dé valor al sacrificio de la comunidad sufriente.  Nada justifica la muerte, pero el sueño de justicia de los pobres que hoy derraman su sangre y de sus familias enlutadas, debe florecer en una realidad distinta que permita un mejor futuro para las generaciones de ese país suramericano.

La difícil transición hacia una educación para la sostenibilidad

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Mucho tiempo ha pasado desde que san Francisco de Asís con su cántico de la creación agradecía a Dios por el hermano sol y la hermana luna en un reconocimiento de que la naturaleza era (o es) un prójimo con el que debemos relacionarnos con ternura.  Infortunadamente solo hasta hace poco ha comenzado a calar la intuición del mínimo religioso en la política global y conducta de las comunidades.

En esa línea, las noticias dan cuenta del giro en el sistema educativo italiano y español que incorporan en sus currículos, materias dirigidas al cambio de comportamiento de los estudiantes a través de la reflexión en temas de ecología.  Y como si se tratara del advenimiento de una nueva era, los políticos presentan el programa educativo casi como un cambio de paradigma trascendental. 

Según yo, el horizonte que integraba lo humano con el cosmos era algo jugado.  Que el modelo que juzgaba la naturaleza como alteridad a la que hay que dominar ya había pasado de moda y estaba superado.  Por ello, la noticia me parecía trasnochada.  O sea, creía que hacía mil años los sistemas educativos enseñaban a convivir con la naturaleza desde una visión mucho más sofisticada que la que teníamos antaño.

Pero no ha sido así.  Incluso en España hay mucha dificultad en operativizar las “nuevas” políticas a la que nos referimos.  Que si los profesores no están preparados, que si los planes de estudios se incorporan muy superficialmente, que las acciones solo son puntuales… en fin, que falta mucho no solo presentar las nociones, sino modificar la conducta de los estudiantes.

Y si la ejecución de esos proyectos está en ciernes en países con muchos recursos, nuestra situación debe ser más precaria.  Cabría imaginar que nuestros currículos no solo no integran esos temas que deberían ser transversales, sino que tampoco los profesores están preparados para la tarea.  Y, claro, las acciones deben ser aisladas, dependiendo de la buena voluntad que cada profesor haga desde su propia cátedra.

Dirán algunos que esas preocupaciones y contenidos son del primer mundo, que nosotros no estamos demasiado evolucionados (sugiriendo particularmente nuestras dificultades económicas) para integrar tópicos como esos.  Como que si el calentamiento global y la polución de las ciudades solo se dieran en la capital francesa o en los alrededores de Roma.  Quizá muchos sugieran que la educación deba ser más pragmática, enfocada a enseñar a trabajar y no tanto en “filosofar” sobre supuestos en que aún no hay consensos.

Todo lleva a pensar, en consecuencia, que la intuición del “poverello” de Asís está lejos de permear la conciencia de los ciudadanos “sofisticados” y “civilizados” del siglo XXI.  Que vivimos en clave de inmediatez, distraídos en el día a día, muy enredados en la sobrevivencia o en la acumulación de capital.  En otras latitudes se visualizan otras prácticas derivadas de ideas distintas, veremos si en Guatemala podemos inaugurar acciones educativas que nos encumbren por encima de saberes pasados de moda y muy dañinos para el futuro de las nuevas generaciones. 

Cum grano salis

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Vivimos en la era de las noticias falsas.  Ya no es un secreto porque nos enteramos todos los días, pero para los más ingenuos, las noticias se encargan de recordarlo para que cultivemos un escepticismo radical y porque la supuesta novedad también vende.  Y mire, si eso es cierto en el ámbito político, lo es mucho más en el universo del espectáculo.  Vamos a la última perla de la alfombra roja.

Resulta que la semana pasada, Lady Gaga confesó a la revisa “Elle” que su relación con Bradley Cooper fue un invento de enormes proporciones.  Por diversión, por tomadura de pelo… por lo que sea, la cantante hizo creer a sus seguidores que después de la película “A star is born” (Ha nacido una estrella), comenzó un tórrido romance con su compañero de reparto.  ¡Y vaya supuesto amor!

No existió tales.  Todo fue una creación concebida con fines mercadológicos para demostrar lo fácil que es mentirle al público farandulero.  Lo dijo la actriz: “Ambos queríamos también que el público sintiera ese amor en los Oscar. Queríamos que esa historia llegara a todas las pantallas de televisión donde se estuviera viendo la gala. Y trabajamos muy duro para conseguirlo. Ensayamos bastantes días y planificamos cada segundo de la actuación de los Oscar como si fuera una película, y el ‘feeling’ llegó a lo largo y ancho del mundo”.

Por si no fuera poco, en un ataque quizá de honestidad, tilda tanto a sus fanáticos como a los medios, de “tontos” por creérselo todo.  Y cómo no, según ella, todo en virtud de su capacidad actoral que “vendió” al mundo entero un idilio que jamás existió.   “En realidad, cada vez que hemos hablado sobre esos rumores lo único que pensamos es que si la gente se los ha creído es porque hicimos un gran trabajo”, a lo que añadió.  “Siendo sincera, creo que la prensa es bastante tonta. Quiero decir que nosotros inventamos esa historia de amor. Y para mí, como actriz, por supuesto que quería que la gente pensara que era real”, concluyó.

Sí, claro, el mundo de la farándula nos debe importar un pepino.  Qué haga Lady Gaga tras el escenario es intrascendente.  Lo que quizá sea importante son algunas consideraciones.  En primer lugar, la trivialidad de muchos actores de cine.  Es de Perogrullo evidenciarlo, pero no deja de ser oportuno en un mundo en que muchos ven a esas figuras como referente de vida.  Por otro lado, más allá del carácter superficial de las estrellas de cine, está el hecho de la inmoralidad de sus acciones, mostradas con desparpajo a través del espacio público.

Me refiero a la conducta mendaz que lucen sin resquemor.  Se trata de actores con una madurez humana menor que contrasta con el talento desplegado en el escenario.  Y nada pasaría si su enanismo moral se viviera en la intimidad, pero la ignorancia supina en la materia a la que nos referimos los hace ser atrevidos, luciendo así las carencias que los vuelve idiotas funcionales con poder de influencia sobre sus seguidores.

Como puede advertirse las “fake news” no conocen fronteras.  Vivimos en el reino de la mentira.  Conviene, una vez más, leer las noticias y sus anuncios, como decían los latinos, “cum grano salis”, con un grano de sal, esto es, con un escepticismo a toda prueba, sabiendo que entre los humanos la mayor parte de sus creaciones son artificios.  De lo contrario, seremos el hazme reír de los malvados que acechan los medios de comunicación social.

Los Estados Unidos, Greta Thunberg y el cambio climático

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La preocupación por el cambio climático algunos quieren hacerla pasar como una moda, una especie de esnobismo con intenciones de salir del anonimato.  Diferentes medios al servicio de las grandes empresas contaminantes han servido de caja de resonancia no solo para desvirtuar el conocimiento generado por científicos que evidencian la crisis ambiental, sino ridiculizando a los actores que luchan por hacer conciencia del peligro mundial.

Para ello no tienen escrúpulos en criticar a Greenpeace ni intentar ridiculizar a Greta Thunberg.  Los ideólogos que se oponen a cualquier política dirigida a la protección del medio ambiente usan todos los instrumentos para movilizar las conciencias a favor de que se les permita continuar contaminando el globo.  El resultado es el odio que destilan contra los que rechazan su discurso.

Esos gigantes obstinados en los negocios que contaminan el ambiente, se apuntaron un éxito, al cumplir Donald Trump su promesa de campaña de abandonar el Acuerdo de París, un compromiso de casi 200 países contra la crisis climática.  Y sí, aunque quieran desvanecer lo obvio mostrándose paladines, como lo hizo ayer Mike Pompeo, la verdad sigue siendo otra.

«Hoy empezamos el proceso formal de retirada del Acuerdo de París. Estados Unidos está orgulloso de su trayectoria como líder mundial en la reducción de emisiones, impulsando la resistencia, el crecimiento de nuestra economía y asegurando el suministro de energía para nuestros ciudadanos», señaló el secretario de Estado en su cuenta de Twitter.  Confirmó además el compromiso de Washington con la crisis climática, solo que a su manera y de manera «realista».

En contrates con lo anterior (menos mal), contemporáneamente, Greta Thunberg rechazó un premio de 46 mil euros en reconocimiento por su lucha para favorecer mejores políticas ambientales en el mundo.  Su esfuerzo, valorado por muchos, muestra la determinación no sólo de la joven, sino la preocupación social alarmada por una transformación climática que nos tiene al borde del apocalipsis.

Decidí rechazar el permio, escribió Greta. «Estoy en California y no podré estar en la ceremonia. Lo considero un gran honor, sin embargo, el movimiento contra el cambio climático no tiene necesidad de premios.  De lo que tenemos necesidad es que quienes están en el poder comiencen a escuchar a los científicos». 

Ya me dirán algunos que esa problemática es más del primer mundo y no de nuestras empobrecidas sociedades.  Quizá sí, en la medida en que nuestro contexto económico nos conduce a preocupaciones primarias, sin embargo, eso no nos dispensa no solo a considerar el movimiento ecológico, sino a tomar posiciones y contribuir en la medida de las posibilidades en ese tema importante.  Al final, nosotros mismos sufrimos los efectos de lo que los científicos nos tienen bien advertidos.

Guasones

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Ojalá fuéramos tan obstinados en nuestras empresas personales y esfuerzos morales como lo somos cuando de posiciones ideológicas se trata.  Esto aplica para todos y no solo para un solo sector.  Deberíamos tener un espíritu abierto que permita la reflexión crítica en busca de permanecer fieles a la búsqueda de la verdad.  Pero no es así porque priva el ánimo de ver la vida desde el prisma que nos facilita la realidad y nos permite el confort.

Así pasa, por ejemplo, desde la óptica de los conservadores religiosos quienes de manera maniquea son incapaces de ver los grises de la existencia.  Y no sucedería mayor cosa si esa actitud se mantuviera en el espacio de lo privado, desafortunadamente, sin embargo, los más ortodoxos suelen ser también los de mayor militancia.  Así, no se conforman con llevar un estilo de vida paleolítico, sino que luchan denodadamente porque todos llevemos esa praxis «sui generis».

Desde el espectro político no es diferente.  Basta examinar por ejemplo tanto a la derecha extrema que no quiere ver las causas de la protesta latinoamericana en la pobreza y la desigualdad económica, como en la izquierda que busca perpetuarse sin querer la alternancia de poder.  Ambos parecen estar hechos de la misma materia y al fin de cuentas tienen una vocación similar que les impide evolucionar y ponerse al servicio de la sociedad.

Si seguimos el recuento, como he dicho desde el inicio, nos daremos cuenta de nuestra tendencia a fosilizarnos para ser agentes de cambios auténticos, tanto en lo personal como en lo social.  Ocurre que nos casamos con las ideas, con el catecismo aprendido en la infancia o la juventud, y nos volvemos incapaces de revisar nuestras convicciones.  Probablemente nos da miedo o quizá sea más cómodo funcionar sin mayores aspavientos ni crisis personales.

El resultado es la existencia inauténtica que llevamos por el desface entre la vida y la experiencia.  Monolitos intelectuales en cuerpos de niños de pecho.  Malcriados y llorones, caprichosos intentando imponer criterios en los que incluso a veces, en el fuero interno, no creemos.  Semejante vivencia nos hace aparecer despreciables, inmaduros, pero, sobre todo, ridículos.  Profesionales incapaces de enterarnos del tamaño de la payasada que representamos públicamente.

En tales circunstancias es difícil que una sociedad cambie.  Se necesitaría esa transformación que haga posible ese “negarse a sí mismos” para dar pasos hacia la madurez.  Situación no imposible de superar, pero sí difícil, al no solo propender personalmente hacia lo estable, sino por las fuerzas externas que influyen sobre nuestra testarudez existencial.  Con lo que quizá debamos conformarnos a la ridiculez privativa de nuestros días y mantenernos alertas para no engrosar las filas de tantos jokers sueltos.