El poder y sus vicios

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No sé desde cuándo me sorprende la capacidad de seducción del poder, pero cada que lo pienso me maravilla su capacidad de transformación.  Y si bien, su efecto no es generalizable porque hay algunos a quienes no les afecta, la mayor parte de los humanos no son inmunes a la atracción fatal de los que son poseídos por ese narcótico.

Me refiero no solo a la necesidad que experimentan quienes están en la cima de permanecer en ella a toda costa, sino a la conducta que los hace aparecer como faraones.  Eso los convierte en seres ridículos que a la postre también generan lástima al verlos atados a una condición subhumana, hundidos en la incapacidad de considerar su valía más allá de esa condición particular.

Ejemplos como los del expresidente de Irak, Sadam Husein y Muamar el Gadafi, el depuesto líder de Libia, son solo una pequeña muestra en la que también participan Bashar al-Ásad, Donald Trump, Emmanuel Macron y, en nuestro patio, Daniel Ortega, Nicolás Maduro y Evo Morales.  Todos compartiendo tanto la afición por el poder como el sentimiento de sentirse especiales en una vida fuera de serie.

Citemos a Macron para ponerlo en perspectiva.  Medios de prensa reportaron en 2018 que destinó un total de 26,000 euros en maquillaje y 6,000 dólares al mes en cortes de pelo (disponible las 24 horas del día). Sin contar los hoteles de lujo donde se hospeda en vacaciones y su afición por la alta costura y la gastronomía.  ¿Le parece poco?  Bien, revisemos a uno más extravagante.

Muamar el Gadafi constituyó en su momento un caso singular.  Se decía que era todo un “showman” por su afición por las tiendas beduinas, las guardaespaldas femeninas armadas hasta los dientes y sus enfermeras ucranianas.  En su vivienda se encontraron cubiertos bañados en oro, trajes de Versace y Armani y filas de calzado de diseño sin estrenar.  Personalmente, según los cables de WikiLeaks, era “un hipocondríaco que teme volar sobre el agua y que con frecuencia ayuna los lunes y los jueves”.

Si me he referido a exgobernantes es porque ellos no solo son los que reciben más publicidad, sino porque también suelen ser los que más se aferran al poder.  Como el caso de Fidel Castro y sus 49 años de gobernante o el ejemplo reciente de Evo Morales con sus tres mandatos sucesivos de alrededor de 12 años y seis meses. 

No se trata, claro está, de ideologías.  He citado a Macron, pero no se escapa del ridículo público también Donald Trump quien se cree un sátrapa posmoderno a quien nadie puede criticar.  No solo es un gobernante que gasta a manos llenas, con dinero del erario, por supuesto, sino que trata de instaurar un sistema arbitrario en el que nadie le pida cuentas.  Todo ello lleva a ese país a situaciones límites en el que el régimen de legalidad parece en crisis a causa de un niñato como pocas veces ha conocido los Estados Unidos.

Esos estilos de vida y afanes de permanencia en la cima distan mucho del imaginario cristiano que afirma el poder como servicio.  Eso sí, pone evidencia el carácter pernicioso para los que sucumben en sus redes y la advertencia de lo que significa su apropiación.  Es difícil salir indemne cuando el poder comporta mecanismos cuyos estímulos son casi una condena para la mayor parte de humanos expuestos a sus promesas.