La conspiración neoliberal en América Latina

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Recientemente, el reconocido periodista del diario español El País, Moisés Naím, en busca de comprender los acontecimientos recientes de Chile, hizo un recuento de las causas posibles para concluir que quizá todas tengan que ver con el malestar que movió a miles de ciudadanos a las calles.  Cito a continuación el rosario indicado por las razones que explicaré más adelante.  

«Es por la desigualdad económica. Y los bajos salarios. También por la baja o nula movilidad social y la falta de un futuro mejor para los jóvenes. Es por los servicios públicos infames. Y por la globalización y la pérdida de puestos de trabajo causada por las oleadas de inmigrantes, de productos chinos o de robots. También por los políticos que han perdido la sintonía con la gente y no se representan más que a sí mismos y a los intereses de las élites. Por las redes sociales y los agentes furtivos que las utilizan para sembrar discordia, profundizar en los resentimientos y la desconfianza que divide a la población, o hasta para crear nuevos conflictos. Es el resultante debilitamiento de la familia como núcleo de la sociedad. Es la perdida de dignidad, de comunidad y de las tradiciones y reglas que contribuyen a crear identidad y sentimientos de afiliación y solidaridad. Es también por la discriminación racial o las tensiones entre grupos étnicos, religiosos o regionales. O por la necesidad de desalojar del poder un régimen político inaceptable o de resistir a la adopción de leyes injustas».

Llama la atención el texto porque el esfuerzo explicativo busca ocultar, a mi manera de ver, lo esencial de la inconformidad ciudadana que es el sentimiento de abandono de la clase dirigente a la población cada vez más empobrecida.  Algunos columnistas, muchas veces parte constitutiva del sistema defensor del statu quo, en lugar de orientar a los lectores con un análisis honesto, conforman un bloque que pretende preservar los privilegios de sus empleadores.

Así, Naím (que dicho sea de paso estuvo en nuestro país participando en el Encuentro Nacional de Empresarios -Enade-) hasta llega a decir que lo de Chile es una conspiración.  Esto es, que los chilenos han sido manipulados por la izquierda fascista de Maduro y otros, para, como revoltosos y delincuentes, alterar el orden.  Anarquía que debe controlarse a través de las fuerzas del Estado en beneficio de la paz social.

Esta explicación «dummy» la comparte la derecha recalcitrante de nuestros países, incapaz de reconocer su cuota de responsabilidad al ser parte de la podredumbre con la dirigencia política.  La experiencia ha demostrado con creces que los banqueros en general y la cúpula empresarial, asociada por ejemplo en Guatemala en el CACIF, lejos de ser la solución han sido parte del problema.

El incendio latinoamericano que amenaza a muchos otros países está a la vista, pero no se quiere reconocer.  El periodista Javier Lafuente en un texto reciente nos ha confirmado las estadísticas que dan cuenta de lo que realmente mueve a la población contra la presunta paz social en un universo de privilegiados por el Estado.

«Aunque la desigualdad por ingresos se ha reducido desde 2000, uno de cada 10 latinoamericanos vive en pobreza extrema (10,2%). En 2002 había 57 millones de personas en situación de carestía extrema en América Latina; 15 años después, la cifra subió a 62 millones. En 2008 fue de 63 millones, según la Cepal, organismo dependiente de Naciones Unidas. ‘Uno de los denominadores comunes son las expectativas frustradas, la precariedad de la gente que había recuperado algo y ahora ve cómo sus anhelos y sueños se vienen abajo. Eso ha exacerbado una enorme furia’, apunta Arturo Valenzuela, subsecretario de Estado para América Latina durante la Administración de Barack Obama».

“Estamos en guerra”, la frase de Piñera y de los estados capitalistas de América Latina

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Lo que acontece en Chile generado por el aumento de las tarifas del metro de la capital, es un fenómeno incomprensible para nuestras élites latinoamericanas que, insensibles, buscan justificar con argumentos trillados: manipulación de la izquierda, la ignorancia de las masas, impaciencia popular… sin jamás molestarse por entender que ellos son los causantes mayormente del malestar social.

No lo intentan porque tienen embotada la mente y cerrado su corazón.  Dado que para ellos lo que cuenta es el lucro en un horizonte en el que los pobres son solo números, clientes a quienes vender o empleados a explotar.  Desde esa mirada es que se construye el libre mercado en donde crece la riqueza para unos pocos en detrimento de las mayorías.  Nada que no se haya dicho antes ni que no se sepa ahora.

No hay que ir a los libros para averiguarlo.  Las protestas chilenas y el malestar generalizado en muchos países es la prueba reina de lo que hemos dicho.  No se trata de ideologías como maliciosamente difunden los banqueros y empresarios, es el hambre de justicia, la falta de oportunidades y el encarecimiento de la vida lo que mueve al pueblo a salir a las calles.  Se trataría del reclamo por una refundación del Estado en el que la inclusión de las minorías sea posible.

Manifestar no es solo expresión de hartazgo, como el grito desesperado de un pueblo próximo a capitular.  Es también el movimiento generador de una realidad nueva, siempre realizable a partir del sueño de las víctimas.  De alguna manera patentiza la esperanza de transformación de un contexto lleno de posibilidades mejores.  Algo así como lo sugería Ignacio Ellacuría:

La verdad de la realidad no es lo ya hecho; eso es sólo una parte de la realidad, si no nos volvemos a lo que está haciéndose y a lo que está por hacer, se nos escapa la verdad de la realidad. Hay que hacer la verdad, lo cual no supone primariamente poner en ejecución, realizar lo que ya se sabe, sino hacer aquella realidad que en juego de praxis y teoría se muestra como verdadera […] la realidad y la verdad han de hacerse y descubrirse […] han de hacerse y descubrirse en la complejidad colectiva y sucesiva de la historia de la humanidad.

Pero si hacer frente a la injusticia desde la protesta callejera es un imperativo para provocar cambios, no lo es menos la configuración de una teoría que se imponga a la doctrina neoliberal erigida como monolito inmutable en su función de realidad última o verdad incontrovertible. Se trataría de un proyecto en el que quepamos todos, garantizando las necesidades básicas y estableciendo oportunidades para la democratización de la dignidad ahora negada por los adoradores de becerros de oro.

Las élites suramericanas no se han enterado de la indignación del pueblo (y las nuestras quizá mucho menos).  Eso ha hecho decir al presidente Piñera, dueño de las mayores fortunas del país, que Chile “está en guerra contra un enemigo poderoso e implacable que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia sin ningún límite, incluso cuando significa la pérdida de vidas humanas, con el único propósito de producir el mayor daño posible”.  Sin ninguna empatía con los manifestantes ha decidido gobernar con la brújula que orienta al capitalismo salvaje que todos conocemos.

Los infames de la UNE «et alt »

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Cuando uno observa el desempeño de los diputados de la UNE en busca de impunidad y del recién elegido presidente con su visita “original” a Venezuela buscando lo que no ha perdido, se confirma la miseria de nuestra democracia que establece como potenciales candidatos a la Presidencia a lo menos depurado del sistema o, más bien, a las más refinadas de sus lacras.

Por eso es que tiene sentido el abstencionismo como forma de no participación en el juego perverso de los operadores políticos que permiten que el pueblo decida entre el menos malo de los peores.  Aún y cuando la crítica ortodoxa insista en que no votar es ya una decisión que concede posibilidades a uno de los contendientes.

Como sea, imagínese el sentir de los que votaron por el partido de la UNE, furibundos por impedir el triunfo de VAMOS.  Confiados en que aquel partido sería mejor (menos perverso que el último).  Pura ficción o autoengaño, el triunfo de la propaganda sobre la razón, porque no hay menso que no intuya que nuestros partiduchos están hechos de la misma materia. Partidos de poca monta, sin ideologías, financiados con capital dudoso y liderados frecuentemente por sujetos autoritarios (como nos suele gustar en Guatemala).

Así, la impunidad que busca la UNE no nos debería sorprender. Con buena memoria diríamos que es solo una raya más para el tigre, un fenotipo que con el tiempo los partidos políticos ostentan con desvergüenza. Lejos del disimulo y las formas, priva el descaro porque ya está generalizado el vicio en todos los ámbitos de la vida.

Y como no solo Dios ha muerto sino también sus profetas, habitamos el mundo según la ley de la selva. Sin referentes ni modelos, establecidos en un desierto cultural que amenaza la inanición. Frente al mundo gris, ¿quiénes cree usted que son los primeros que han sucumbido? Acertó, los políticos, los mercaderes, los banqueros y las personalidades oportunistas e inescrupulosas a quienes el horizonte de significación en sus vidas es el lucro o lo que llaman rimbombantemente, el éxito económico.

No nos perdamos. El diagnóstico ya está dado y repetirlo cansa. Lo que hay que hacer es atajar las ensoñaciones y deseos de quienes manejan el cotarro para obligarlos a refrenar sus malos apetitos e inclinaciones. Ya no sirve solo exponerlos a la luz pública porque no tienen pena, se trataría de aplicar estrategias positivas (a través de la ley, la unidad de las fuerzas de oposición y el apoyo de la ciudadanía dispuesta a manifestar) para extirpar el tumor que tiene postrado al país y amenaza su defunción. Lo demás es poesía rosa y fuga mundi, el opiáceo cómodo del “laissez faire et laissez passer”.

Una caña pensante

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El premio Nobel de literatura 2019 no ha estado exento de malestar en los diversos espacios del ámbito intelectual que reprochan a los organizadores la falta de memoria y más particularmente la politización en la que incurren sin que apenas les interese enterarse de ello.  Esta vez la crítica ha recaído sobre el austríaco, Peter Handke, un escritor al que se acusa de negacionista y prestar su pluma para causas distintas a la justicia.

Esto contrasta con lo afirmado por Mats Malm, secretario permanente de la Academia Sueca, quien destacó que la escritora polaca reconocida con el Nobel ostentaba, “una imaginación narrativa que, con una pasión enciclopédica, simboliza la superación de las fronteras como forma de vida”, mientras que el austríaco, ha producido una obra “llena de inventiva lingüística, ha explorado la periferia y la singularidad de la experiencia humana”.

Los escritores, como cualquier espécimen humano, no pueden escapar de esa realidad misteriosa inherente a los sapiens.  Somos, como decía Pascal, una caña, quizá, la más frágil de la naturaleza, pero somos una caña pensante. Esto es, un híbrido en donde caben la maldad y la miseria junto a deseos de santidad, bondad y hasta amor por las criaturas.  Toda una rareza difícil de explicar y entender.

Por eso, no debería causar sorpresa la personalidad polémica de Peter Handke a causa de su apoyo a los serbios durante la Guerra de Yugoslavia en la década de los 90.  La crítica a su retorcida visión de la vida inició casi inmediatamente del anuncio del premio.  Primero, por el ministro de relaciones exteriores albanés, Gent Cakaj, que escribió en Twitter que el premio era vergonzante por haber sido otorgado a un “negador del genocidio”.

Luego, el PEN America expresó en una declaración estar “atónita” por la decisión de honrar a un escritor “que ha usado su voz pública para socavar la verdad histórica y ofrecer ayuda pública a los perpetradores de genocidio”.

En un momento de creciente nacionalismo, liderazgo autocrático y desinformación generalizada en todo el mundo, la comunidad literaria merece algo mejor que esto. Lamentamos profundamente la elección del Comité Nobel de Literatura”.

Es casi imposible entender la paradoja de un escritor que, por una parte, sus textos están llenos de humanismo porque, exploran la singularidad de la experiencia humana, con la del que disimula el mal del mundo y la niega en contra de la evidencia palmaria reconocida casi por unanimidad.  Comprender la paradoja implica aceptar la enfermedad incurable de la que somos portadores con la que aparecemos esquizoides a los ojos de los demás. 

No, no trato de disculpar nada.  Solo intento entender al sujeto callejero que a veces lucha contra sus propias miserias y no puede producir sino maldad a causa de su corazón corrompido.  Sin olvidar, por supuesto, que esa mala levadura no solo es propia de “la masa”, como diría Ortega y Gasset, sino también de los espíritus más refinados, como el caso de Heidegger, que en su momento apoyó al nacismo y practicó el antisemitismo sin ningún rubor.  Vaya cordialidad la que produce la filosofía.

Crear huellas en la historia

Los pueblos deben despertar finalmente del estado de postración, conformismo y poltronería para hacerse cargo de la historia.  Infortunadamente cuando sucede, luego de que se da la alineación de los astros con circunstancias del todo casuales, ocasiona pérdidas humanas como un coste nada deseado por las víctimas.  Pero así evolucionan los pueblos y dejan atrás el servilismo y la miseria.

Algo de eso sucedió hace muchos años en Cuba y Nicaragua donde se dieron sendas revoluciones y ocurre ahora en Ecuador y Venezuela en plena gestación de cambios.  Mientras en nuestro país y en general en todo el istmo centroamericano vivimos el “ya, pero todavía no”, en espera de milagros, echando en falta líderes, con una clase intelectual aletargada y en general todos dando palos de ciego. 

Los únicos que tienen claro el panorama son los narcotraficantes, los políticos, las cámaras empresariales y la delincuencia organizada.  No por ser más inteligentes o por artificios en el arte de la administración y la planificación, la razón es burda: los conduce el ánimo de lucro sin escrúpulos.  Ellos operan para obtener ganancias a toda costa y aunque usted lea que les interesa otra cosa, digamos que la “responsabilidad social empresarial”, sepa que, o se autoengañan (esto por principio es imposible) creyendo ingenuamente que hacen el bien con políticas de fingida ayuda o ya con premeditación, alevosía y ventaja le toman el pelo a la sociedad como una forma de venderse como hermanas de la caridad.

La ciudadanía debe superar los obstáculos que la adormecen para conseguir los derechos que le son propios.  Para ello es importante ir más allá de la protesta cómoda de las redes sociales para optar por un activismo con más incidencia.  Tenemos que hacer la tarea y seguir el ejemplo de los campesinos organizados, ser tan diligentes como los sindicatos históricos para crear las condiciones que propicien el cambio en la sociedad.

Deberíamos poner de moda la sedición y molestar con más pasión a las autoridades.  Ir al Congreso y tomarlo es parte de ello, tomar la plaza, despreciar públicamente a las autoridades y hasta prohibirles el ingreso en los negocios y en el paso por las calles también.  Los políticos y los empresarios deben aprender (convertirnos en sus pedagogos) que no pueden ser abusivos, que les tenemos contadas las costillas y que no vamos a tolerar sus planes conspirativos contra el país.

Cada uno debe hacer su parte, los sabios del derecho obstaculizando las “mandracadas” de los diputados del Congreso, criticando el aletargamiento del Ministerio Público, vigilando los artificios de los operadores de justicia.  Los demás, no solo dándole seguimiento a los reclamos de justicia social, sino acuerpándolos mediante medidas positivas que incida en la realidad política del país. 

Sí, conviene despertar, pero no en cualquier momento.  Cada día que dejamos pasar, se esfuma las posibilidades de un mejor país, se enquista la maldad en las estructuras del Estado y hace más imposible el imperativo de una Guatemala para todos.  Pero, además, la generación de algo nuevo se vuelve más doloroso y los sacrificios, peores.  Quizá estemos a tiempo y todavía sea realizable una revolución incruenta de beneficio para las generaciones venideras.  Piénselo.

El camino triste de nuestro consumo cultural

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Los españoles tuvieron una semana azarosa los pasados días.  Lo digo así por el esfuerzo sostenido en el análisis de lo que han llamado “los hábitos de consumo de productos culturales” en el que al parecer han salido bien parados con relación a estudios en años anteriores.  Según esto, se felicitan porque leen más, piratean menos en la red e invierten mejor su dinero en cine y espectáculos culturales.  ¿Sucede lo mismo entre nosotros?

De momento no lo sabemos o ignoro si nuestro famoso censo se entretuvo en lo que para nosotros sea una bagatela propia más bien del primer mundo.  Digamos que podríamos justificar el olvido por razones económicas tratándose que pertenecemos a países periféricos en el que los recursos son siempre limitados.  Aunque podríamos colegir nuestra debacle a partir del nivel cultural de nuestros diputados, quiero decir, podríamos ponerlos como rasero aproximativo a falta de un estudio mejor.

No podríamos estar peor a partir de ese criterio de demarcación entre la erudición y la ignorancia.  Lo digo por, para poner un ejemplo, el nivel de formación endémico de personajes como Juan Manuel Giordiano, Patricia Sandoval o Estuardo Galdámez, entre tantas otras piezas de colección.  Quiero decir, si los padres de la patria son la expresión de lo más refinado de nuestro nivel cultural al ser nuestros representantes, quiere decir que el problema es grave.

Y sí, podríamos deducir a partir de ello que nuestros hábitos de lectura son calamitosos.  Aventurarnos a pensar que leemos poco (quizá menos de un libro al año) y que vamos escasamente al cine y casi nada al teatro o a conciertos.  Posiblemente la situación empeora a partir de nuestros ingresos (que dista mucho de los representantes del Congreso) por lo que nunca o casi nunca visitamos las librerías ni leemos los periódicos en digital o en físico.

Los españoles han encontrado la relación (digo, como certeza científica) entre la inclinación de los padres a la cultura y su influencia en los hijos.  La variable importante de leer a los niños desde la más temprana edad y llevarlos a espectáculos culturales.  Todo ello, redunda beneficio para las nuevas generaciones que consumirán más cultura tanto en el universo digital (al que tienen acceso con una navegación mucho mejor que la nuestra) como en las alternativas físicas.

Poco o nada sucede en nuestra Guatemala, no solo por el limitado acceso a las redes, sino por un contexto diabólico en el que los padres tienen poco tiempo para sus criaturas.  Me refiero a la tortura cotidiana del tráfico que induce a la familia a salir de madrugada de sus viviendas y al retorno a altas horas de la noche para sobrevivir en la sociedad capitalista o mercantilista en el que vivimos.

Obviamente nada de ello justifica la mediocridad de nuestros diputados que ostentan su ignorancia supina desvergonzada y atrevidamente.  En ellos, la miseria intelectual adquiere rasgos pavorosos por tratarse de personajes de baja catadura moral.  Sujetos que desde la niñez optaron por la vida buena (en el peor de sus sentidos) para, ahora como adultos, vivir a costillas del erario de la nación.  Y si en este texto los hemos puesto como un triste rasero es para aproximarnos, a partir de su patetismo, a nuestra dramática situación.  ¿Podemos en verdad estar peor?