La venganza de los intocables: Pocos, poderosos e impunes

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Cuando el Congreso de la República se apresta a medirle las costillas a la CICIG, puede especularse fingidamente en razones legítimas que podríamos barajar solo como ejercicio ocioso a sabiendas (es vox populi) que la causa es verdaderamente la venganza y los deseos de impunidad de un organismo desacreditado en virtud de la mediocridad moral de los que lo conforman.  Pero hagamos el ejercicio.

Especulemos que los padres de la patria la emprenden contra la CICIG con propósitos de justicia.  Esto es, consideran que el organismo de Naciones Unidas abusó de sus facultades y, turulatos, hicieron mucho daño a gente inocente.  O sea, en realidad el Congreso tiene razones éticas para pedir cuenta a una institución malévola y retorcida.  Tendríamos que felicitarlos por tan noble esfuerzo a favor de los guatemaltecos.

Podríamos considerar, si no es por interés estrictamente de justicia, que nuestros diputados se enfrentan a la CICIG con finalidades pedagógicas.  La idea es hacer entender tanto a Naciones Unidas como a la ciudadanía en Guatemala, que ningún ente (menos aún si es foráneo) está por encima de la ley.  Una especie de lección a António Guterres y su equipo que Guatemala tiene dignidad y hay valerosos ciudadanos dispuestos a defenderla.

Es posible también pensar que tanto encono contra Iván Velásquez se deba al deseo de poner freno a una persecución política que aún puede continuar dañando la imagen del país.  Y no solo al Estado, sino a la economía, como arguye la cúpula empresarial muy unida al enfado contra el colombiano.  El sector privado ligado a los congresistas pediría que se paren los procesos tanto contra los agremiados como contra los políticos (alguno de ellos en el Congreso) para volver a la paz pre CICIG.

Muy unido a lo anterior, quienes se baten en contra de la Comisión Internacional contra la Impunidad, lo hacen con sentimientos de bondad y amor patrio.  El propósito es evitar que se profundice la división social, la polarización extrema que desencadenó diabólicamente ese organismo.  Todos somos Guatemala, declaran, no tenemos necesidad de más división en un país que se desangró por el enfrentamiento armado interno.  El objetivo sería recuperar la paz social y trabajar unidos para sacar adelante el país. 

Con tantos argumentos nobles no nos quedaría a los guatemaltecos que unirnos a los diputados del Congreso y manifestar en defensa de la iniciativa de los senadores.  Los periodistas en lugar de la insidia y la sedición deberíamos cerrar filas y denunciar las patrañas de un organismo cuya maldad está a la vista y su perjuicio es innegable.  Obviar lo ideológico para acuerpar a los cafetaleros agraviados, los empresarios y políticos heridos en su dignidad.

¡Pamplinas!  Pura fantasía y realismo mágico de baja catadura.  La verdad, como se dijo al inicio, es que el empresariado organizado en el CACIF y el Congreso de la República, conspiran contra la CICIG por motivos de venganza.  Quieren sangre, impunidad y el retorno del carnaval con el que históricamente han saqueado el erario de la nación.  Se trata de intenciones absolutamente terrenales, que no angélicas ni inmaculadas, por la que buscan recobrar el poder y castigar a quienes osaron ofenderlos en su dermis delicada por ser parte de un grupo, hasta hace poco, intocable.