El camino triste de nuestro consumo cultural

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Los españoles tuvieron una semana azarosa los pasados días.  Lo digo así por el esfuerzo sostenido en el análisis de lo que han llamado “los hábitos de consumo de productos culturales” en el que al parecer han salido bien parados con relación a estudios en años anteriores.  Según esto, se felicitan porque leen más, piratean menos en la red e invierten mejor su dinero en cine y espectáculos culturales.  ¿Sucede lo mismo entre nosotros?

De momento no lo sabemos o ignoro si nuestro famoso censo se entretuvo en lo que para nosotros sea una bagatela propia más bien del primer mundo.  Digamos que podríamos justificar el olvido por razones económicas tratándose que pertenecemos a países periféricos en el que los recursos son siempre limitados.  Aunque podríamos colegir nuestra debacle a partir del nivel cultural de nuestros diputados, quiero decir, podríamos ponerlos como rasero aproximativo a falta de un estudio mejor.

No podríamos estar peor a partir de ese criterio de demarcación entre la erudición y la ignorancia.  Lo digo por, para poner un ejemplo, el nivel de formación endémico de personajes como Juan Manuel Giordiano, Patricia Sandoval o Estuardo Galdámez, entre tantas otras piezas de colección.  Quiero decir, si los padres de la patria son la expresión de lo más refinado de nuestro nivel cultural al ser nuestros representantes, quiere decir que el problema es grave.

Y sí, podríamos deducir a partir de ello que nuestros hábitos de lectura son calamitosos.  Aventurarnos a pensar que leemos poco (quizá menos de un libro al año) y que vamos escasamente al cine y casi nada al teatro o a conciertos.  Posiblemente la situación empeora a partir de nuestros ingresos (que dista mucho de los representantes del Congreso) por lo que nunca o casi nunca visitamos las librerías ni leemos los periódicos en digital o en físico.

Los españoles han encontrado la relación (digo, como certeza científica) entre la inclinación de los padres a la cultura y su influencia en los hijos.  La variable importante de leer a los niños desde la más temprana edad y llevarlos a espectáculos culturales.  Todo ello, redunda beneficio para las nuevas generaciones que consumirán más cultura tanto en el universo digital (al que tienen acceso con una navegación mucho mejor que la nuestra) como en las alternativas físicas.

Poco o nada sucede en nuestra Guatemala, no solo por el limitado acceso a las redes, sino por un contexto diabólico en el que los padres tienen poco tiempo para sus criaturas.  Me refiero a la tortura cotidiana del tráfico que induce a la familia a salir de madrugada de sus viviendas y al retorno a altas horas de la noche para sobrevivir en la sociedad capitalista o mercantilista en el que vivimos.

Obviamente nada de ello justifica la mediocridad de nuestros diputados que ostentan su ignorancia supina desvergonzada y atrevidamente.  En ellos, la miseria intelectual adquiere rasgos pavorosos por tratarse de personajes de baja catadura moral.  Sujetos que desde la niñez optaron por la vida buena (en el peor de sus sentidos) para, ahora como adultos, vivir a costillas del erario de la nación.  Y si en este texto los hemos puesto como un triste rasero es para aproximarnos, a partir de su patetismo, a nuestra dramática situación.  ¿Podemos en verdad estar peor?