El Pinocho

Cuando el diputado Álvaro Arzú Escobar, presidente del Congreso, decidió otorgar el Pinocho como “distintivo” por “desinformar a la población”, a Guatevisión porque “originalmente se lo íbamos a dar a La Hora, pero desafortunadamente dejó de existir…”, se puso a la altura de su padre, de infeliz memoria para el gremio periodístico agredido por otro más de la triste estirpe.

La verdad es que el antipático muchacho no necesitaba mucho para imitar a su progenitor.  Son semejantes en al menos tres cosas.  En primer lugar, en la prepotencia que ostenta. Esa arrogancia que quizá lleve en su ADN y lo haga aparecer como si se tratara de un ser singular y de altos niveles en cualquier esfera que se imagina.  Luego, en esa cualidad infinita de caer mal.  El pobre jovenzuelo con solo hablar ya causa irritación.  Y, finalmente, en ese resentimiento asumido en su personalidad contra las desavenencias de la vida.

Esto último es interesante porque expresa la típica conducta del niño malcriado que en su infancia lo tuvo todo y que no soporta ninguna crítica.  En esto es copia fiel de su padre que odió a la prensa, a sus enemigos políticos, a la CICIG y… a casi cualquiera que le hiciera sombra.  Estos señores, por ello, aman a quienes son complacientes y aduladores (aunque sepan que es mentira), pero jamás a quienes adversen sus pequeñuelos proyectos.

Porque, además, digámoslo, su egolatría los lleva a magnificar sus iniciativas, considerándolas sin igual.  Reinando como faraones en sus diminutos puestos, ya sea de presidente de la República o alcalde de Guatemala, en el caso de su difunto padre, o como presidente del infame Congreso (si nos referimos al cachorro desagradable).  Ambos, sin lugar a duda, están unidos por alguna extraña enfermedad de personalidad.

Volviendo a lo primero.  Hablar de manera despectiva del Diario La Hora, viniendo de donde viene, es más bien honroso.  ¿Se puede esperar otra cosa de esa desacreditada cueva de corrupción que es el Congreso?  Me temo que no.  Lo triste, diría, es lo contrario, recibir elogios y ser premiados por una clase política que se sabe vive de las triquiñuelas del mercado de lo venal. 

Quiero decir, que, si los delincuentes que conforman el pacto de corruptos se han sentido indignados con la prensa guatemalteca que ha evidenciado sus despropósitos personales, su cólera es un elogio.  La ira de quienes encarnan eso que llaman el eje del mal, constituye el reconocimiento del buen trabajo que realizan los periodistas sacando a luz la corruptela nacional.  En consecuencia, bienvenida la crítica de personajes como Arzú Escobar, su manera particular de elogiarnos es un estímulo para seguir escarbando la lacra que dejan con su accionar cotidiano.  No pararemos.

Reduccionismos

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 Uno de los hábitos más recurrentes cuando se intenta analizar la realidad en sus distintas esferas, personales, sociales, religiosas o políticas, por ejemplo, es el de la simplificación lógica.  Habitualmente nuestros juicios son expresiones de prejuicios o convenciones que no hacen justicia a los hechos que se quieren comprender. 

Quizá no lo hacemos por mala voluntad, pero esa audacia con la que nos enfrentamos al mundo, hace a veces que incurramos en la desproporción y que, sin quererlo, nos transformemos en sujetos inmorales a causa de una conducta originada por una visión reductivista.   Tratemos de ilustrarlo para entendernos.   

En el plano ideológico, por ejemplo, muchas veces se da por descontado que las manifestaciones populares son causadas más por manipulación de las masas que por necesidades reales de sus protagonistas.  Al simplificar es más fácil atribuir la furia de los manifestantes a la influencia de la izquierda, la presencia cubana o los intereses de los perversos socialistas que a la pobreza generada por un sistema que excluye a la población vulnerable. 

Ciertamente la realidad es mucho más compleja que afirmar las expresiones de indignación a grupos a los que se califica como delincuentes u organizaciones al margen de la ley.  Aún y cuando esas simplificaciones sean reforzadas a través de citas de filósofos como Ortega y Gasset para quien “las masas” son poco menos que ignorantes descerebrados, presa de los más listos que manejan el cotarro. 

Claro, algo de esto puede haber.  No hay duda de que el descontento popular puede ser capitalizado por grupos de izquierda, que Maduro apoye y Ortega esté tras las insurrecciones.  Pero Cuba y los comunistas no son el factor determinante de lo que sucede en el malestar que cunde en Latinoamérica.   Hay que admitir, por simple honestidad y hasta humildad, el hartazgo de la población por el saqueo de la clase política en contubernio con las oligarquías del erario de los países afectados. 

Cegarse a ello, supera la ingenuidad explicativa de los ideólogos políticos.  Supone también el deseo desesperado de la clase dominante por conservar los privilegios disfrutados en el tiempo a los que no se quiere renunciar.  Quiero decir que la miopía además puede explicarse por razones económicas y no solo por limitaciones de análisis conceptual. 

En esto nos daría la razón el mismo santo de los caballeros seguidores de Ortega y Gasset en su postura raciovitalista.  Esto es, que la razón está comprometida con la vida, que no es independiente de ella y que, consecuentemente, es clave para la comprensión en la forma en que aparece.  Por ello, aunque sean razonables los argumentos de los economistas que defienden el statu quo, su análisis es reductivista, sesgado y perverso.  Esto último, por la mala intención que en su ejercicio opera en contra de una sociedad más justa e inclusiva.