
La fides humana es, me parece, una cualidad humana natural que con el tiempo vamos perdiendo. Es normal, por ejemplo, fiarnos de los demás, no tener ese sexto sentido desarrollado después, que no es sino la desconfianza hacia los otros, por la que damos crédito con facilidad. Hay una época en la que nada nos hace desconfiar de la benevolencia humana.
En mi caso es fácilmente ilustrable con un episodio de mis 14 años (yo perdí la fe en la humanidad bastante tarde, aunque mantengo cierta ingenuidad todavía). Resulta que, llegado a un semáforo en Managua, regresaba del mercado a casa cuando un hombre humilde se acercó y me dijo haberse sacado la lotería, que su número (que me mostraba) era el ganador, pero que no conocía dónde cambiarlo.
—¿Me ayudas? —me dijo.
Cómo no ayudar a un necesitado. Le dije que sí, que igualmente la Lotería Nacional estaba demasiado cerca.
—Solo que, como no te conozco —agregó—, déjame el reloj como garantía.
Una «joya» que mi padre me había regalado para mi cumpleaños. Quizá el primero de mi propiedad, un Citizen sin pretensiones que tenía además el valor de los sentimientos.
Mi primo, que me acompañaba, un año menor, pero más despabilado, me advirtió de la trampa del mentiroso.
—No puede ser —le respondí—. No tiene cara de ladrón.
Igual, sembrada la sospecha, me dejé persuadir por su corazonada. Estuvo bien. Con el tiempo me enteré de que efectivamente era un ladronzuelo callejero acostumbrado a timar a los transeúntes.
Nacemos con una fe natural hacia los demás. La sospecha viene después. La desconfianza, la necesidad de no dar crédito fácil ni asentir cándidos a «los cantos de sirena». Sin embargo, como en todo, aquel condicionamiento originario permanece de algún modo en nuestro interior. Es eso, más un sentimiento que nos predispone a la necesidad de milagros, imbuidos en un mundo torcido, malo y abocado al dolor y a la muerte.
En España, por ejemplo, según encuestas, muchos de sus ciudadanos tienden a dar crédito a las teorías conspirativas que aparecen en forma de bulos en internet. Sufren «conspiranoias», esto es, la tendencia a interpretar acontecimientos como resultado de conspiraciones ocultas, incluso cuando no existen pruebas suficientes para sostener esa explicación. ¿Cómo llega una persona ilustrada o con mediana educación a aceptar esas construcciones sin fundamento?
Lo dicen las encuestas. En España, según un estudio de la Fundación BBVA, un 22 % de la gente duda de que los humanos llegaran a la Luna; un 28 % cree que la Tierra ha sido visitada por extraterrestres y que los gobiernos lo ocultan; y un 5 % aún piensa que la Tierra es plana. En el plano político es igual. La prensa agrega otras «creencias»: una parte de la sociedad cree que la ONU, la Agenda 2030 y las políticas contra el cambio climático esconden un plan para imponer una dictadura global, quitar la propiedad privada o controlar a la población. Otras difunden que las vacunas contra la covid han provocado turbocáncer, es decir, tumores repentinos y acelerados. O que las vacunas infantiles causan autismo.
«Creer» quizá sea el problema. En el fondo no dejamos de ser ese muchacho ingenuo que se resiste a aceptar la maldad de los otros: ¿cómo puede alguien fingir, con cálculo, pasando sobre las personas? No nos cabe en la mente esa arquitectura «diabólica». Así, repetimos una y otra vez el error supuestamente superado.
Es como si se cumpliera aquello que la tradición atribuye a Tertuliano: «Credo quia absurdum». Quiero decir, nos encanta imaginar un mundo que solo existe en nuestra imaginación. Y sí, aunque absurdo, hace que la vida sea menos dolorosa y quizá más habitable.
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