Cuando dejamos de ser propietarios

Recientemente ha sido tendencia, o al menos así me ha parecido, el desvelamiento de la estrategia de negocio de las tecnológicas que, en lugar de entregarnos el producto que nos venden, nos lo alquilan. Y pronto vienen las pruebas: Netflix, Amazon, Spotify, Microsoft (líder de videojuegos con Xbox Game Pass y de software con Microsoft 365), Adobe y el negocio ingente de la venta de aplicaciones, de las que muchos tenemos suscripciones prácticamente sin límite.

Basta pensar un poco para advertir que las compañías están sentadas sobre una mina. Las acciones crecen y los clientes no dejan de aumentar. Es rentable. Los informes de resultados revelan que ese es el futuro. Por ello no es casual que las empresas de IA generativa —OpenAI, Anthropic y otras— hayan optado por ese modelo y orienten su estrategia a encontrar nichos en el mercado.

Jeremy Rifkin ya anticipaba lo que venía. En su libro The Age of Access exponía la tesis según la cual el capitalismo evolucionaría desde la venta de bienes hacia la comercialización del acceso a servicios, experiencias y contenidos. Con el auge del streaming, el software como servicio y las plataformas digitales, esa idea se ha materializado en gran medida.

No es casual, por ello, que el crecimiento ingente de utilidades que les proporciona este negocio, junto con muchas otras estrategias que permite la desregulación del Estado, las posicione como una suerte de feudos que administran a capricho. En un mundo convertido en selva por falta de sistemas jurídicos que protejan a la comunidad política, es relativamente fácil gestionar desde un mercantilismo sin límites.

Lo de Varoufakis tiene sentido. Las grandes plataformas digitales ya no obtienen beneficios principalmente compitiendo en mercados tradicionales. Controlan plataformas que funcionan como «feudos digitales», donde usuarios y empresas dependen de sus reglas para acceder al mercado. Esa liberalidad sin escrúpulos queda evidenciada cada vez que las empresas nos privan, por ejemplo, de productos comprados por razones antojadizas, tomadas en el contexto de una ley de la selva.

Nada de esto sucedería si la población estuviera informada y, más aún, si la rebelión fuera una de sus consecuencias. Pero no pasa nada. Primero, por una especie de narcótico que adormece las conciencias. Esto, en parte, por una pereza natural que desalienta la militancia, pero también por una estructura que sabe moldearnos a través de argucias que desconocemos.

Luego, hay que decir que la comunidad está indefensa. Desprovisto de un marco jurídico suficiente y abandonado a jueces venales, el ciudadano se encuentra en una suerte de quiebra moral. Y muchos no hacemos la diferencia. Ni los políticos, desinteresados en el bien común, ni la comunidad educativa, adaptada al sistema por precariedad laboral o por asimilación. Sin dejar de contar, cómo no, con esa desorientación global de una población sin referentes intelectuales ni morales, ciega, conducida como corderito al matadero de las empresas tecnológicas.

Nunca ha sido tan urgente una crítica del pensamiento como hoy, un examen personal que reoriente nuestra vida por caminos donde la lógica incluya la vida, el diálogo y la convivencia.  Un espacio donde la tecnología esté al servicio del proyecto humano al que debemos aspirar. Su posibilidad depende de todos.  


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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