Hijos de la mentira

Hay toda una industria de la mentira y parece que aún no estamos preparados para advertirlo.  Ya sea porque somos inocentes, por pereza mental o porque cedemos a las ideas compartidas según nuestra ideología, somos presa fácil de los timos cotidianos que aparecen tanto en las redes sociales como en los viejos periódicos tradicionales.  Y eso es vergonzoso.

Sí, como mínimo da pena porque aunque muchos tengamos títulos universitarios no parece que hagamos mérito a tantos años de estudio.  Con lo que es posible que se deba no a la falta de lectura, sino a una actitud floja aprovechada por los siniestros manipuladores tras las “fake news“.  Toman ventaja de nuestra ceguera moral para inocular a diario sus maquinaciones perversas.

Esa es la razón por la que usted y yo recibimos cotidianamente, en los grupos de WhatsApp, por ejemplo, muchos mensajes que no dan ni siquiera para la literatura menor.  Mentiras burdas viralizadas por espíritus frescos que con generosidad las comparten como quien riega la huerta.  Un ejercicio nada bucólico porque pervierte a las almas conduciéndolas al error.

Ignoran que son parte efectiva de un mecanismo de relojería diseñado por el mismo Satán.  Son profetas del mal cuyo castigo ejemplar quizá no aparezca en la Divina Comedia porque, aunque la mentira sea de antología, sus artificios y refinamientos son demasiado contemporáneos, gestados en eso que llaman “era de la información”.  ¿En qué momento nos convertimos tan diligentes en la propagación de embauques?

Quizá cuando se nos facilitó reenviar mensajes a través de una sola pulsación.  Nuestra maldición ha sido ceder al movimiento fácil de un clic.  Irracionales, ya con hábitos acendrados, esparcimos “urbi et orbi” la cizaña que hará brotar malas decisiones, prejuicios, odio, violencia y a veces hasta muerte.  Es extraño que la Iglesia hable poco de los colaboradores de lo subrepticio y los cómplices del disimulo.

Siendo tan religiosos los guatemaltecos deberíamos vivir en una especie de “paradisus veritatis”, esto es, en un espacio sobrenatural de culto escrupuloso a la Verdad (con mayúscula).  Sin embargo, los cristianos, seducidos por emoticones y memes, traicionando el imperativo de ser astutos como serpientes, viven entretenidos compartiendo la filiación con el padre de la mentira. Puros hijos de Belcebú.

Resistir

Horror, Pesadilla, Ceguera, Agarrando

El impacto que sobre diversos ámbitos de nuestra vida está teniendo la pandemia será recordado por mucho tiempo.  Más aún si su incidencia es superior como es el caso de quienes pierden a un ser querido o cierran su empresa.  Como sea, vivimos días que con el tiempo calan profundamente, mientras nos sumimos -por si no fuera poco – en una incertidumbre que nos paraliza sin saber cómo adaptarnos.

Creo que estamos a medio camino y eso nos hace temer aún más.  No sabemos hasta dónde llegaremos económicamente, si nuestro sueldo seguirá siendo seguro, si laboralmente tenemos garantías o si el país se congelará a causa de razones imprevistas.  Igualmente, hay pavor por el desconocimiento médico de la enfermedad. No solo se ignora cómo tratar el virus, sino también las nuevas formas que adoptará (las famosas mutaciones) y su consecuencia sobre los diversos órganos del cuerpo.

Vivimos jornadas de ceguera severa.  No ven los médicos ni las farmacéuticas en busca de una cura a la enfermedad, tampoco (más profanamente) los políticos.  Ellos, como nosotros, dudan qué hacer. Los palos de ciego de los gobernantes son de antología, caminan oscilantes e inventan fórmulas difíciles de gestionar por una ciudadanía siempre crítica y plural.  Titubean los grandes, desde la Merkel en Alemania, pasando por Macron y Conte en Francia e Italia, hasta llegar a los más obcecados tontuelos como Trump y Bolsonaro, en los Estados Unidos y Brasil.

Los curas y pastores también han sufrido miopía (con sus excepciones, claro).  En Nicaragua, por ejemplo, en algunas iglesias católicas continúan las celebraciones de eucarísticas y en Italia, la CEI, la Conferencia Episcopal Italiana, criticó duramente a Conte por no levantar las restricciones al culto público.  Violan la libertad religiosa, expresaron airados.  Para el registro histórico lo dijeron así:

Los obispos italianos no pueden aceptar ver comprometido el ejercicio de la libertad de culto. Debe quedar claro para todos que el compromiso de servir a los pobres, tan importante en esta emergencia, proviene de una fe que debe poder alimentarse de sus fuentes, en particular la vida sacramental”.

Nadie estaba preparado para una emergencia de esta magnitud.  Sin embargo, solo queda la entereza, el ánimo y la persistencia. El optimismo.  Resistir estoicamente con las reservas de energía de un coraje virtuoso.  Con ello, contribuiremos a los de poco aliento, a los espíritus débiles, los que necesitan apoyo y son menos voluntariosos.  Y sí, si queremos viralizar o propagar algo por las redes sociales, que sea la esperanza de un porvenir próximo que está por cumplirse.  Si no, callar puede ser un gesto invaluable en este período pandémico.

El mundo del día después

El jardín de las delicias, de El Bosco: historia, análisis y ...

El presente texto es una introducción a una publicación más amplia que aparecerá próximamente en una revista de educación. Lo comparto con usted con los mejores deseos de provocar su reflexión…

Se atribuye a Virgilio la expresión que constituye la referencia moral de su época: “Tempus fugit”.[1]  Esa frase sobre el valor del tiempo resume contemporáneamente, tanto el reconocimiento dado a la fragilidad de las faenas humanas, como el interés práctico por el aprovechamiento de las limitadas oportunidades de la vida.  ¿Hay alguna continuidad entre el “pathos” virgiliano y el nuestro?  Me parece que sí.

La experiencia contingencial de nuestro tiempo nos sitúa en contextos y sensibilidades similares al del poeta romano.  No solo por razones de angustia y miedo frente a lo incognoscible, sino a causa de los cataclismos que se ciernen sobre la humanidad que amenazarían incluso su propia extinción.[2]

Sin embargo, mientras las alarmas se encienden y los “Preppers” construyen refugios para ponerse a salvo, algunos de los más importantes intelectuales del mundo consideran que las crisis por la que atraviesa la humanidad es una oportunidad para poner las bases de un nuevo orden económico que supere las miserias del capitalismo tal y como lo conocemos.

Muhammad Yunus, por ejemplo, en un artículo aparecido recientemente en Le Monde, se ha mostrado optimista frente a la suerte creada por la pandemia global.  El Premio Nobel de la Paz se ha felicitado porque, al poder empezar de cero, es posible transformar un mundo que antes del Coronavirus era nefasto[3].

Yunus se sitúa en el horizonte no de un falso optimista (imposible que lo sea proviniendo del mundo de la economía y las finanzas), sino de quien juzga lo posible en virtud de la “poderosidad” del género humano.  En otras palabras, más allá de la renuncia y la capitulación por la aparente maldad que gobierna el mundo, confía en el recurso interior de los agentes de cambio.

Es la humanidad la que puede gestar una nueva realidad.  A ella le corresponde desde su capacidad inventiva y creadora la generación de lo alterno.  Partiendo no de puntos de apoyo prestados por la contemporaneidad que amenacen la repetición y la condena de lo mismo, sino fundados en capacidades internas que alteren el orden y lo superen.

Para tal alumbramiento es fundamental la educación.  Una actividad que es preciso sofisticar para acelerar los cambios, pero más que eso, para que su establecimiento sea perentorio.  La arquitectura de una realidad en la que, al privar el relato de la justicia, la seguridad y la paz, entre otros valores, su mecanismo se defienda por sí mismo.

En esa tarea capital hace falta, desde la sensibilidad del Esprit de finesse, el instinto violento que pulverice lo que desacredite a la humanidad.  Solo así, a partir de la deconstrucción, será posible sentar las bases del nuevo edificio en el que quepamos y convivamos todos en sana armonía.

Estas líneas son, en consecuencia, el llamado a la conciencia de una urgencia impostergable.  El borrador de lo deseable y la cartografía presurosa de quien intuye el camino con los instrumentos rudimentarios del explorador inseguro.  Para ello, consideraremos el itinerario en tres partes.  En la primera, nos referiremos al reconocimiento de la realidad con sus nuevos desafíos.  Seguidamente, abordaremos las claves que orienten la actividad educativa.  Y, por último, diremos algo sobre el valor de la esperanza como actitud vital para el tránsito en la aventura emprendida.


[1] Al parecer la frase puede completarse de la siguiente manera: “Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra”, esto es, “el tiempo se escapa como una nube, como las naves, como una sombra”.

[2] Sobre esto existe mucha literatura, entre las que no faltan las alarmistas y conspirativas.  Sin embargo, hay un consenso generalizado de que las pandemias y el cambio climático son solo dos realidades que podrían acelerar la desaparición de la humanidad.

[3]  “La pandémie a brutalement changé la donne. Elle ouvre des horizons formidables et jusque-là insoupçonnés. Nous pouvons prendre toutes les directions. Quelle incroyable liberté de choix!”.  (La pandemia cambió brutalmente la situación.  Abre horizontes formidables hasta lo insospechable. Podemos tomar cualquier dirección.  ¡Qué increíble libertad de elección!)

La infancia y la adolescencia confinada

Dónde queda la infancia en este confinamiento? - El Diario de la ...

Hemos pensado quizá poco en los efectos del confinamiento entre los niños y adolescentes.  Enfocados particularmente en cuidar la salud del cuerpo, descuidamos la salud psíquica de los más vulnerables.  Los menores están invisibilizados y, sin embargo, con un cuadro que merecería nuestra atención.

Lo que sobrellevan a diario no es solo el encerramiento, que no es poco, sino la privación de contacto con amigos y familiares cercanos; la incapacidad de distracción fuera del ámbito del hogar; el disfrute de experiencias nuevas posibles en ambientes eminentemente sociales.  Los efectos de la pandemia la sufren aunque a veces no lo expresen o se esfuercen en distracciones intensas para olvidar sus sentimientos.

A ello hay que agregar la violencia a la que son sometidos en casa.  Las noticias no solo han revelado el aumento de la agresividad contra ellos, sino también entre sus padres mismos.  En algunos hogares el espacio familiar se ha convertido en un campo de batalla en el que los principales afectados son los menores y adolescentes inmersos en un ecosistema dañino.

Tiene sentido por esa situación lo declarado en una entrevista por el pedopsiquiatra, Richard Delome, jefe de servicio de pedopsiquiatría del hospital Robert-Debré en Francia, al expresar su inquietud por la persistencia del estrés crónico entre los pequeños.  Al inicio de la pandemia, afirmó, hubo una caída impresionante de visitas al centro de tratamiento, todo parecía normal y feliz, pero a los pocos días las cosas empezaron a cambiar.

Después de dos semanas volvió la actividad.  Vimos pacientes con problemas de ansiedad, alimenticios, depresivos, también con impulsos de automutilación. En la mayoría de los casos, los síntomas se presentaron en niños y adolescentes sin antecedentes psiquiátricos.  En el contexto actual el riesgo de suicidio entre los jóvenes no es poco”.

Poner en evidencia lo que sucede en el interior de las casas puede llamarnos a la conciencia de la tarea pendiente.  Por una parte, a la voluntad comprensiva que conduzca a la empatía con nuestros niños, pero por otra, al compromiso constructivo de relaciones sanas o equilibradas entre los responsables de la familia.  Se trataría de un esfuerzo ordinario para la gestión de una crisis extraordinaria.

Sí, tenemos que poner al mismo nivel la urgencia sanitaria y la urgencia pedagógica.  Salir indemnes de la pandemia sin rasguños en la piel ni en nuestras emociones.  Para ello, es importante que los adultos cumplamos con lo que nos toca.  Es hora de sacar lo mejor de nosotros mismos y superar la prueba con el amor que exigen las circunstancias.  No impedirá el sufrimiento, pero ayudará a sobrellevarlo.

El espectáculo debe continuar

Si nos atenemos a las previsiones de los expertos, el Coronavirus tendrá efectos sobre la humanidad que hará que se convierta en un auténtico parteaguas en la vida de la especie humana.  Así lo ha revelado el diario español El País que ha publicado la opinión de 75 expertos y pensadores sobre la trascendencia de lo que nos ocurrirá en un futuro no muy lejano.

¿De veras terminará el capitalismo?  ¿Es en serio que ya no andaremos en carros?  ¿Cambiará nuestra forma de relacionarnos?  ¿Habrá más risas a raudales?  ¿El mundo será menos global? ¿Putin habrá llegado a su fin?  No lo tengo claro.  He leído muchos de los textos y algunos me parecen ciencia ficción.  Hay mucha futurología que responde más a anhelos que a la lectura atenta del significado de lo que nos pasa.

Los que visualizan un devenir fantástico creo que tienen un concepto idílico de los seres humanos.  Olvidan la mala levadura que compone la materialidad de los sapiens que los hace perversos. Así, con esas condiciones, creer que la pandemia será la base de un nuevo renacimiento luego de haber purgado nuestros vicios, es novelería pura y dura al mejor estilo de las series de Netflix.

Y no me sitúo desde el horizonte hobbesiano afirmando la iniquidad irredenta de los hombres (y mujeres).  En esto me atengo más a Pascal que reconocía tanto la bestialidad de la humanidad como su beatitud.  Dejémoslo hablar para constatar el justo balance de su juicio antropológico.

 “¿Qué quimera es pues el hombre?  ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicciones, qué prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil gusano de tierra, depósito de lo verdadero, cloaca de incertidumbre y error, gloria y desecho del universo”.

Como podrá comprender, en esta posición es difícil atisbar formas paradisíacas como resultado de nuestro obrar.  Y, sí, claro, hay grandeza en la humanidad, pero también mucha miseria.  Lo que no significa que no anhele una sociedad distinta, que transite amargado por la vida o que no reconozca la bondad cotidiana de la mayor parte de los ciudadanos del mundo.  Esa es la paradoja en la que vivimos.

En consecuencia, la expresión de los 75 expertos es más bien una carta de deseos.  Comprensible por otra parte como efecto del confinamiento.  Un recurso, quizá inconsciente, que busca salvavidas frente a la realidad que nos oprime y ahoga.  Sin olvidar ese lado poético que adereza con ensueños un contexto metaforizado, abstracto y lleno de artificios conceptuales.

Muy a mi pesar, creo que después del Coronavirus el dinosaurio todavía estará allí.  La continuidad, infortunadamente, es el efecto de un drama en el que los protagonistas somos los mismos infames de siempre.  El telón no se ha bajado, falta que cumplamos con el guion que terminará con nuestra extinción.  Toda una tragedia, sí, pero no somos responsables de este mal teatro puesto en escena.