La tremebunda vocación docente

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Ocasionalmente, medio en broma y en serio, me lamento con mis estudiantes de mi vocación docente: “no sé qué pensaba cuando decidí dedicarme a la docencia”.  Alguno siente lástima por mí, pero no creo que se interese profundamente de mis sentimientos.  Claro está que no se los digo de verdad, uso esas expresiones dramáticas como recurso pedagógico para volver a captar su atención, imbuidos en la mar de preocupaciones existenciales en que navegan.

Por otro lado, sé que el impacto con los estudiantes es un poco aleatorio. A veces la semilla encuentra terreno fértil, en otras el suelo es absolutamente yermo.  Pero los profesores solemos tener esperanza.  Es como cuando de casualidad les suelto un latinajo como aquello de “jóvenes, ‘tempus fugit’”.  Y ya les explico que lo nuestro es la finitud, la fecha de caducidad y lo efímero con la ilusión de verlos comprometidos en su propia vida.

¿Cree usted que les cala?  Vaya usted a saber.  Tampoco me ilusiono. A los 22 años más bien hay conciencia de invencibilidad, estamos frente a los übermenschen nietzscheanos incapaces a la sumisión de dioses y… menos aún a la observancia de sentencias escritas en latín por zaratustras posmodernos (¿cabe tal posibilidad?).  En fin, que el drama si se piensa bien, es de proporciones.

Con todo, fantaseo.  Imagino que hay algún despistado que toma en serio mis “carpe diem”.  Ya sabe, soñar es fácil, más aún cuando al final de la clase alguno me cuenta sus proyectos humanísticos.  Como aquel que me dijo que aspiraba ser escritor o la chica que me confesó que leía poesía.  Esas ovejas descarriadas habrían convencido hasta al más bravucón dios hebreo en no hacer llover fuego sobre Sodoma.  Y ya ve, a mi me tocan el alma.

Aunque, si le soy sincero, a veces experimento también sentimientos de culpa.  Los veo como en una cinta de cine dando clases, con uno o dos hijos, angustiados por el pago de colegios, la casa, los alimentos y pequeños caprichos personales.  Sí, más o menos contentos (como yo probablemente), pero fracasados económicamente -bueno, al menos según los cánones impuesto por la doctrina neoliberal-, endeudados, con poco reconocimiento social. Dando un poco de lástima por todas partes.  (No diga que no es medio trágico esto de la docencia).

Ya. No vaya a creer que es para el suicidio.  Hay espacio para la felicidad.  Ser profesor tiene su recompensa.  Podemos tomarnos en broma nuestra profesión, disfrutar el trato amable de los estudiantes, experimentar el gozo de ser testigos del desarrollo intelectual y moral de los adolescentes, leer poesía, ser crítico de cine… y a veces hasta ser un poco interesantes, enigmáticos y hasta raros.  Al final para algo deben servir las menospreciadas humanidades, aún en nuestros tiempos.

Los adioses

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A lo largo de la vida me he sentido atraído por las confesiones de los que se encuentran en las postrimerías de su existencia.  Con esa voluntad desconocida, por ejemplo, entrevisté a mi padre días antes de su muerte (padecía de un cáncer que lo aniquiló irremediablemente).  Lloró durante las varias jornadas en que retomábamos nuestra conversación, pero creo que murió en paz, quizá también por haberle ayudado a descargar algún peso de su conciencia.

Escribo estas líneas inspirado en la entrevista póstuma que el ensayista italiano Nuccio Ordine, realizó a George Steiner, un hombre brillante cuya vida consagró a la filosofía y a la crítica literaria.  Romántico, cual humanista en vías de extinción, pidió que el trabajo periodístico no se publicara sino hasta después de su muerte.

La pieza es muy hermosa por distintas razones.  En primer lugar, por la sensibilidad manifiesta en su expresión.  Steiner habla de la amistad, el amor, las frustraciones y, cómo no, de la muerte, entre otros temas.  Se adivina un intelectual que superando la erudición es portador de una sabiduría que lo encumbra.  Por ello su contenido descubre otra estética: la del pensador que ha encarnado una conducta ejemplar, aún reconociendo los fracasos propios de la condición humana.

Hay varias lecciones que pueden aprenderse como resultado de lo que se lee en la entrevista.  El ánimo audaz, por ejemplo, que debe cultivarse en la determinación por lo que se quiere cuando se puede.  Contrario a su amilanamiento que lo llevó a no dedicarse a la creación literaria.  Lo dice así: “Esencialmente, habría debido tener el valor de probarme en la literatura ‘creativa’De joven escribí cuentos, y también versos. Pero no quise asumir el riesgo trascendente de experimentar algo nuevo en este ámbito, que me apasiona”.

Más adelante, Steiner se refiere al sufrimiento ocasionado tanto por los textos que le habría gustado escribir mejor como por los que no escribió.  Y lamenta, a continuación, los límites personales que lo incapacitaron para desarrollar propuestas de mayor calado, a veces por factores intelectuales o por dificultades de carácter.  “No he conseguido captar algunos fenómenos esenciales de la modernidad. Mi educación clásica, mi temperamento y mi carrera académica no me permitieron comprender completamente la importancia de ciertos grandes movimientos modernos”.

Concluyamos con su idea de la amistad y el amor, dos elementos para él importantísimos, sin los que no habría podido vivir.  Sobre lo primero, destaca que la amistad es un sentimiento insuperable.  O más o menos, porque al amor siempre se le dará demasiada importancia. La felicidad producida, termina, no puede explicarse con palabras… corresponde al ámbito de lo irracional. 

Un jardín en penumbra

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Las nuevas triquiñuelas de internet que hace que nos desinformemos a causa, por ejemplo, del tratamiento de las fotos, representa un desafío para el que debemos estar en guardia y en disposición para educar a las incautas generaciones.  ¿Cómo?  Esa es la pregunta que se ofrece a los expertos de las ciencias de la educación y cuya fórmula está por descubrirse.

La formación de la conciencia crítica ha sido una tarea de vieja data.  A los estudiantes, para el caso, se les ha solido advertir de la necesidad de “separar la paja del trigo”.  La educación ha insistido, además, en el cultivo del análisis, la descomposición de los elementos para distinguirlos, y el esfuerzo posterior de unificación a través de la síntesis.  Mucho esfuerzo invertido para abrir ese tercer ojo que viera más allá de las apariencias.

Nunca se llegó a realizar totalmente ese ideal por los vicios que conocemos: la tradición libresca, memorística y escolástica (recuérdese que “la letra con sangre entra”).  Sin embargo, el mundo parecía mucho más simple, los artificios eran muy burdos y la maquinaria, tosca.  La sofisticación era la propia de la sociedad industrial por lo que cualquier construcción mendaz hacía chirriar la rudimentaria armazón del edificio.

No sucede lo mismo en plena era de la información cuando el refinamiento de la tecnología transforma los objetos observados.  Así, es difícil distinguir (si no imposible) un elemento de otro, como esas fotografías que desde hace años circulan en la red en la que, por ejemplo, el ex presidente Obama da la mano al gobernante iraní, Hassan Rouhani, o el retrato de la niña musulmana que hace tareas con una imagen de Trump en una pantalla de televisión que está frente a ella.

Las noticias falsas se alimentan de la especialización de la técnica que posibilita un universo alterado al que muchos damos crédito.  Responsable de ello son en ocasiones nuestra buena fe, la candidez, la ignorancia y hasta la modorra que nos acomoda para aceptarlo todo.  Con esa actitud, no solo damos por hecho lo que pasa por nuestros sentidos (en un mundo “fotoshopeado” a la carta), sino que lo viralizamos frescamente dando pábulo a los bulos.

El timo, sin embargo, no se reduce a la fotografía -aunque es la desvirtualización de la realidad más común-, sino que alcanza también al discurso argumental.  El modo en que opera, eso sí, aunque involucra la lógica y constituye un entramado lleno de estadísticas y evidencias extraídas de “las ciencias duras”, más allá de los artificios verbales, se sostiene en bases dudosas que fragiliza el sistema que presentan.

Y como vivimos en un mercado global regido por la oferta y la demanda, importan poco los contenidos si el envase es verosímil, atractivo, conveniente y útil.  ¿Cómo superarlo?  No solo con una inteligencia artificial que descubra los retoques de las fotografías, sino con una educación que se oponga al vasallaje impuesto por la gran industria cultural, una formación que recele la presunta ciencia de nuestros tiempos y una voluntad rebelde que luche contra las trampas patrocinadas por el capital.  Todo, qué duda cabe, aderezado con una suspicacia enfermiza que nos haga dudar incluso de nuestra propia sombra.

Internet, privacidad y datos personales

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La privacidad en la red quizá sea el tema del futuro o, más allá de ello, lo único que importe en materia de libertades públicas.  La discusión, que apenas empieza porque al parecer no es un problema demasiado sensible para el ciudadano de la calle, será vital no solo para el nuevo ordenamiento social y político, sino para la protección de los derechos fundamentales amenazados por la ubicuidad del universo digital.

¿Hasta qué punto el Estado tiene la facultad de inmiscuirse en mi vida privada?  ¿Puede el Estado, en nombre de la seguridad pública, seguir mis pasos y mantenerme ubicado a lo largo del día?  Estas son solo algunas de las preguntas que se desgranan, entre tantas otras, cuya respuesta condiciona las políticas de gobierno y comprometen el accionar de la ciudadanía.

La privacidad, sin embargo, no solo se vincula con el Estado, convertido en el peor de los casos, en un Leviatán acosador, sino también con las grandes empresas de Internet.  Y no me refiero solo a las gigantes, Google, Apple, Facebook y Amazon, sino incluso a las compañías modestas que administran datos como Dropbox y… Avast.

Esta última empresa de antivirus, por ejemplo, acaba de ser descubierta con las manos en la masa al conocerse que vendía la información de los usuarios a compañías como Google, Yelp, Microsoft, McKinsey, Pepsi y Condé Nast.  Lo que deja al descubierto la lógica inescrupulosa de quienes persiguen utilidades a través de conductas fuera de toda moral.

Esto no es ningún escándalo de privacidad”, dijo Ondrej Vlcek, CEO de Avast.  “La información que vendemos es anónima, no puede rastrearse y asociarse a usuarios concretos”.  ¡Ojalá fuera cierto! La verdad es que los sabuesos de PCMag y Motherboard, han dado cuenta de que la información ofrecida a Google, por ejemplo, identifica sin mayor dificultad a los usuarios concretos y sus contenidos de búsqueda.

Muchos afirman que el verdadero problema con el que nos enfrentamos es el legal, pues los temas son incipientes y los profesionales del derecho no siempre conocen la complejidad de la red.  Sí, es cierto, aunque los europeos han dado pasos firmes en la protección de sus propios Estados, pero, sobre todo, en el resguardo de su economía frente a la globalización y sus propias leyes.

Esto hace patente que la única salida a la lógica del mercado sea el pensamiento crítico de una ciudadanía ilustrada.  Es urgente poner en guardia a la población no solo informándola de los abusos de quienes detentan el poder, sino creando espacios de formación que los habilite para el desarrollo de las ideas.  Pero, además, influyendo a través de las oportunidades que ofrece la organización civil, para la generación de políticas de Estado que incidan en la protección de los derechos civiles.  De no hacerlo, seguiremos siendo presa de las grandes corporaciones y de la actividad febril de nuestros malos políticos criollos.

Recuperar la credibilidad perdida

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El problema con el universo informativo, y me refiero, claro está, a quienes ejercen el periodismo es que parecen alimentarse del escándalo y la sobredimensión de sus reportajes. Por eso es que muchos, de tan escépticos, suelen ignorar las noticias o darles poca importancia, salvándose del timo, pero exponiéndose a las amenazas de la cotidianidad.

Eso nos pone en el horizonte de la fábula de Pedro y el Lobo, en el que, como se recordará, nadie le cree al pastor mentiroso que se burlaba de los aldeanos.  “¡Socorro, el lobo! ¡El lobo!”, expresaba el cuento de Esopo.  Y sigue… “Los aldeanos escucharon los alaridos de Pedro, pero creyendo que se trataba de otra mentira del chico, continuaron con sus faenas y no le hicieron ni caso. Pedro seguía gritando desesperado, pero nadie acudió en su ayuda. El lobo se comió a tres de sus ovejas sin que él pudiera hacer nada por evitarlo”.

Esto mismo es lo que sucede con la noticia del coronavirus que, si nos atenemos a la polémica que ha suscitado en España, recogido por el diario EL PAÍS, algunos consideran magnificado con fines aviesamente comerciales. Así, por más que China haya confinado a 56 millones de personas en 13 ciudades para prevenir la expansión del virus y se registren más de 10 mil afectados en 25 países (más de 200 muertes en un mes), muchos aún ven en la información una maniobra más del mercado de las grandes empresas.

El problema viral es real, pero los lectores se fían cada vez menos de quienes manejan el cotarro periodístico.  Quizá la prensa no ha sabido resistir a la tentación del dinero y su seducción los ha conducido a la producción de chatarra fácilmente consumible por el gran público.  De ese modo, por ejemplo, noticias como los incidentes de la familia real británica se convierten en el plato fuerte de los medios que ven cómo sus clientes piden detalles del mundo farandulesco.   

Igual puede citarse la muerte trágica de Kobe Bryant, “el legendario jugador de baloncesto de la NBA”, rezaban los titulares.  Un hecho evidentemente trágico, convertido, sin embargo, en un acontecimiento planetario a causa de la exageración de la noticia repetida mil veces por los medios informativos.  Esa impostación periodística no solo rebaja los propios cánones de excelencia, sino que propaga una cultura que favorece lo trivial frente al desarrollo de la exquisitez del pensamiento.

Si quieren sobrevivir las empresas periodísticas deben competir fuera de las reglas de la cháchara digital (más aún de las redes sociales), estimando los valores de esas viejas utopías a veces olvidadas o confinadas por una ética a la que todo le está permitida. Me refiero a la consecución de la verdad, la justicia y la libertad que hagan recuperar la credibilidad perdida por los deslices provocados por la moral capitalista.

Mereces ser feliz

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La conciencia de la finitud debería favorecer la convicción de que no hay demasiado tiempo para la postergación de los momentos.  De que nos jugamos la vida entera, la felicidad, en el plazo en que movemos las piezas del tablero.  Sin tragedias, reconociendo que el reloj sigue su curso y que debemos administrar con sabiduría los minutos con que todavía contamos.

Sucede, sin embargo, que en la inconciencia, creyéndonos de repente eternos, postergamos.  Jugamos despistados y retardamos las decisiones como tontos.  Así, dejamos ir las oportunidades, condenando nuestra existencia al absurdo, cuando no, al fracaso.  Llevando heridas innecesarias en la brevedad de la vida, con ese sentimiento de haber dilapidado las ventajas que ofrecía el tiempo.

Todo esto no es ciencia infusa.  Ninguno nace conociendo los rudimentos del saber vivir, aunque se espera que los años hagan lo suyo y alumbren ese sexto sentido que nos habilite en la toma de mejores decisiones.  Lastimosamente, como en lo humano, esto tampoco es ley, con frecuencia somos muy torpes y jamás aprendemos las mini lecciones de la vida para hacer la diferencia. 

Condenarnos es lo nuestro, naufragar, ir de herida en herida, sintiéndonos incapaces de dar en la diana.  Olvidando que nuestro estrabismo sería corregible con tan solo ponernos en el horizonte de la finitud.  Asumiendo decisiones impostergables porque no hay mañana, en la condición de quien tiene las horas contadas y se determina por lo urgente.

¿Apocalípticos?  Quizá sí, pero sin el sentimiento trágico que comporta el término.  No se trata de vivir con la angustia del convicto que espera su fin, sino con la alegría del danzante que gozoso disfruta sus pasos.  Sintiendo que aunque la música es caduca, cifra el sentido en la perspectiva de la dicha generada por sus movimientos. De ese modo, aunque quizá suene rosa, aludimos a la suerte de la propia vida.

Tenemos tiempo para rehacernos en una nueva dirección.  Esa posibilidad es accesible, no solo si nos ponemos serios y asumimos lo que nos corresponde, sino también si encaramos esa contingencia que nos resitúe en el lugar en donde solo es posible la felicidad.  Es realizable a condición de que nuestra mirada supere las distracciones del aquí y ahora que nos hunde en lo inmediato.  Aún podemos ser bienaventurados.  Estoy seguro de ello.