Recuperar la credibilidad perdida

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El problema con el universo informativo, y me refiero, claro está, a quienes ejercen el periodismo es que parecen alimentarse del escándalo y la sobredimensión de sus reportajes. Por eso es que muchos, de tan escépticos, suelen ignorar las noticias o darles poca importancia, salvándose del timo, pero exponiéndose a las amenazas de la cotidianidad.

Eso nos pone en el horizonte de la fábula de Pedro y el Lobo, en el que, como se recordará, nadie le cree al pastor mentiroso que se burlaba de los aldeanos.  “¡Socorro, el lobo! ¡El lobo!”, expresaba el cuento de Esopo.  Y sigue… “Los aldeanos escucharon los alaridos de Pedro, pero creyendo que se trataba de otra mentira del chico, continuaron con sus faenas y no le hicieron ni caso. Pedro seguía gritando desesperado, pero nadie acudió en su ayuda. El lobo se comió a tres de sus ovejas sin que él pudiera hacer nada por evitarlo”.

Esto mismo es lo que sucede con la noticia del coronavirus que, si nos atenemos a la polémica que ha suscitado en España, recogido por el diario EL PAÍS, algunos consideran magnificado con fines aviesamente comerciales. Así, por más que China haya confinado a 56 millones de personas en 13 ciudades para prevenir la expansión del virus y se registren más de 10 mil afectados en 25 países (más de 200 muertes en un mes), muchos aún ven en la información una maniobra más del mercado de las grandes empresas.

El problema viral es real, pero los lectores se fían cada vez menos de quienes manejan el cotarro periodístico.  Quizá la prensa no ha sabido resistir a la tentación del dinero y su seducción los ha conducido a la producción de chatarra fácilmente consumible por el gran público.  De ese modo, por ejemplo, noticias como los incidentes de la familia real británica se convierten en el plato fuerte de los medios que ven cómo sus clientes piden detalles del mundo farandulesco.   

Igual puede citarse la muerte trágica de Kobe Bryant, “el legendario jugador de baloncesto de la NBA”, rezaban los titulares.  Un hecho evidentemente trágico, convertido, sin embargo, en un acontecimiento planetario a causa de la exageración de la noticia repetida mil veces por los medios informativos.  Esa impostación periodística no solo rebaja los propios cánones de excelencia, sino que propaga una cultura que favorece lo trivial frente al desarrollo de la exquisitez del pensamiento.

Si quieren sobrevivir las empresas periodísticas deben competir fuera de las reglas de la cháchara digital (más aún de las redes sociales), estimando los valores de esas viejas utopías a veces olvidadas o confinadas por una ética a la que todo le está permitida. Me refiero a la consecución de la verdad, la justicia y la libertad que hagan recuperar la credibilidad perdida por los deslices provocados por la moral capitalista.