
En un mundo inhóspito como el nuestro queda solo habilitar centros de refugio, lugares de salvaguarda en los que se pueda estar a salvo. Crearlos, si fuera necesario, o encontrarlos, porque aún quedan ecosistemas de aire sin contaminar, esos en los que crecer no es la excepción. Porque no hay otra tarea fundamental que echar raíces en suelo fecundo.
Y no siempre sucede así. Las causas son variadas. A veces es por la costumbre de la oscuridad. La idea equivocada de que el mundo es miserable, un valle de lágrimas nauseabundo en el que no cabe otra cosa que lo fétido. Otras, quizá, por ausencia de educación. El resultado de una escuela que instruye, que configura inteligencias adiestradas, sin más poder que el que da el uso de las manos.
Sin embargo, debemos popularizar centros de refugio que permitan el florecimiento del alma. Intentar, por ejemplo, a través de la experiencia de la amistad o de la vivencia del amor, motivos para vivir bien. Hallar, por medio de los sentimientos (esto ya lo había sugerido san Agustín), la arquitectura que nos abra a un sentido alterno, por encima de los límites de lo material, lo plano y l’ennui, como le llaman los franceses.
Redescubrir la familia o edificarla. Sentar las bases para un lugar que, más que un «ubi» (el espacio geográfico donde pernoctamos), es el espacio donde moramos. La Ítaca que amamos y a la que deseamos regresar luego de los infortunios de cada día y las heridas de los estrigones. Volvamos siempre al amor primero.
Regresar a la meditación como cura de nuestros trastornos. Aislarnos para hacer lugar al pálpito, dejar que el corazón dicte desde la serenidad lo que tenemos que hacer. Dejarnos juzgar por ese demonio interno que quizá sea más bien la voz de un Dios que quiera restaurar lo maltrecho de nuestro habitáculo interno. Acallar la verborrea con la que poblamos y destruimos el mundo.
Quizá necesitemos viajar para distraernos de nosotros mismos. Salir, no como expresión de arrogancia, sino como facultad que aproxime a lo diferente. Ponernos en entredicho y reírnos de nosotros mismos, de los hábitos y las estrecheces de nuestra moral pacata y seudorreligiosa. Aprender de los otros y disfrutar del don de sentirse extranjero.
En un mundo rígido, estructurado y lleno de sujetos heridos, hay que inventar desiertos. Convertirnos en cartujos y renunciar a la carne, no la que tienta con sus frescos racimos, según el poeta, sino la del disfrute de lo provisorio y sin sustancia. Inaugurar un cinismo a la antigua que permita a otros descubrir posibilidades distintas para aprovechar con sabiduría la brevedad de la vida.
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