La comodidad de la caverna

Martin Heidegger sostuvo, en Ser y tiempo, que los seres humanos somos arrojados a un mundo que no hemos elegido y que condiciona nuestro modo de estar en él. Nunca comprendemos la realidad desde una posición neutra: toda interpretación parte de un horizonte previo de sentido, de una historia, una lengua y una tradición que nos preceden. Es como si cada generación recibiera unas notas iniciales sobre las cuales debe componer su propia melodía.

De aceptar lo dicho por el filósofo alemán, probablemente tendríamos que ampliar eso dado para configurar existencias más ricas, conforme a nuevas experiencias, lenguajes y culturas, entre otras realidades humanas. Exigiría salir de nuestro encierro, que, por otra parte, también nos haría crecer si cultiváramos esos retiros con seriedad y disciplina, para abrirnos a paisajes que nos hagan descubrir las maravillas de un mundo más «ancho y ajeno», como acertadamente escribió el novelista.

Sin embargo, lo alterno nos da miedo.  Ese sujeto de piel oscura, ese lenguaje desconocido, ese círculo de raros dedicados, por decir algo, a la literatura.  Y, al tiempo que nos da pavor, lo desconocido tampoco despierta en nosotros el deseo del tránsito, de la navegación por océanos que, en nuestro imaginario, pueden hacernos sucumbir o naufragar.  Mejor lo seguro: nos apoltronamos y abrazamos el relato que, con los años, creemos el justo, el verdadero, el fundado en la sagrada tradición.

Y como, claro, el espíritu no resiste la duda, tiene que aferrarse a algo: la religión, la ideología, la ciencia. Mientras más verosímil, mejor. Y si los argumentos faltan o la evidencia se vuelve en contra, siempre hay una salida, como aquella encontrada en el catecismo de Astete (siglo XVI): «Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder».

Los cristianos lo tendrían fácil. Hay toda una tradición, desde san Justino (siglo II), pasando por san Agustín (siglo V) y santo Tomás de Aquino (siglo XIII), que reconoce la presencia de la verdad más allá de las fronteras visibles del cristianismo. El famoso Logos spermatikos de san Justino —aquella idea según la cual el Logos ha sembrado semillas de verdad en toda la humanidad— le permite reconocer la presencia de Dios donde menos se le espera.

El mundo contemporáneo, tan heterogéneo y diverso, podría facilitar también esa flexibilidad mental y la audacia de pensar fuera de la caja. Igualmente contribuiría la crítica filosófica, tan dada a la emancipación, casi como proyecto liberador frente a una Edad Media considerada «oscura», formulado ya por Bacon con sus famosos idola, especialmente los Idola Specus.

Con todo, no cabe duda de que la salida de la caverna sigue siendo una tarea pendiente. Nos gusta el incesto, el amancebamiento tribal que nos empobrece y hace defectuosos los productos. Puede más el instinto ciego de la vida, que advierte amenazas apoyado también en la pereza que resiste lo nuevo. Así, somos una especie de bárbaros con esa ficción civilizatoria usando inteligencia artificial. Un cuadro desolador.


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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