Crear huellas en la historia

Los pueblos deben despertar finalmente del estado de postración, conformismo y poltronería para hacerse cargo de la historia.  Infortunadamente cuando sucede, luego de que se da la alineación de los astros con circunstancias del todo casuales, ocasiona pérdidas humanas como un coste nada deseado por las víctimas.  Pero así evolucionan los pueblos y dejan atrás el servilismo y la miseria.

Algo de eso sucedió hace muchos años en Cuba y Nicaragua donde se dieron sendas revoluciones y ocurre ahora en Ecuador y Venezuela en plena gestación de cambios.  Mientras en nuestro país y en general en todo el istmo centroamericano vivimos el “ya, pero todavía no”, en espera de milagros, echando en falta líderes, con una clase intelectual aletargada y en general todos dando palos de ciego. 

Los únicos que tienen claro el panorama son los narcotraficantes, los políticos, las cámaras empresariales y la delincuencia organizada.  No por ser más inteligentes o por artificios en el arte de la administración y la planificación, la razón es burda: los conduce el ánimo de lucro sin escrúpulos.  Ellos operan para obtener ganancias a toda costa y aunque usted lea que les interesa otra cosa, digamos que la “responsabilidad social empresarial”, sepa que, o se autoengañan (esto por principio es imposible) creyendo ingenuamente que hacen el bien con políticas de fingida ayuda o ya con premeditación, alevosía y ventaja le toman el pelo a la sociedad como una forma de venderse como hermanas de la caridad.

La ciudadanía debe superar los obstáculos que la adormecen para conseguir los derechos que le son propios.  Para ello es importante ir más allá de la protesta cómoda de las redes sociales para optar por un activismo con más incidencia.  Tenemos que hacer la tarea y seguir el ejemplo de los campesinos organizados, ser tan diligentes como los sindicatos históricos para crear las condiciones que propicien el cambio en la sociedad.

Deberíamos poner de moda la sedición y molestar con más pasión a las autoridades.  Ir al Congreso y tomarlo es parte de ello, tomar la plaza, despreciar públicamente a las autoridades y hasta prohibirles el ingreso en los negocios y en el paso por las calles también.  Los políticos y los empresarios deben aprender (convertirnos en sus pedagogos) que no pueden ser abusivos, que les tenemos contadas las costillas y que no vamos a tolerar sus planes conspirativos contra el país.

Cada uno debe hacer su parte, los sabios del derecho obstaculizando las “mandracadas” de los diputados del Congreso, criticando el aletargamiento del Ministerio Público, vigilando los artificios de los operadores de justicia.  Los demás, no solo dándole seguimiento a los reclamos de justicia social, sino acuerpándolos mediante medidas positivas que incida en la realidad política del país. 

Sí, conviene despertar, pero no en cualquier momento.  Cada día que dejamos pasar, se esfuma las posibilidades de un mejor país, se enquista la maldad en las estructuras del Estado y hace más imposible el imperativo de una Guatemala para todos.  Pero, además, la generación de algo nuevo se vuelve más doloroso y los sacrificios, peores.  Quizá estemos a tiempo y todavía sea realizable una revolución incruenta de beneficio para las generaciones venideras.  Piénselo.