Una caña pensante

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El premio Nobel de literatura 2019 no ha estado exento de malestar en los diversos espacios del ámbito intelectual que reprochan a los organizadores la falta de memoria y más particularmente la politización en la que incurren sin que apenas les interese enterarse de ello.  Esta vez la crítica ha recaído sobre el austríaco, Peter Handke, un escritor al que se acusa de negacionista y prestar su pluma para causas distintas a la justicia.

Esto contrasta con lo afirmado por Mats Malm, secretario permanente de la Academia Sueca, quien destacó que la escritora polaca reconocida con el Nobel ostentaba, “una imaginación narrativa que, con una pasión enciclopédica, simboliza la superación de las fronteras como forma de vida”, mientras que el austríaco, ha producido una obra “llena de inventiva lingüística, ha explorado la periferia y la singularidad de la experiencia humana”.

Los escritores, como cualquier espécimen humano, no pueden escapar de esa realidad misteriosa inherente a los sapiens.  Somos, como decía Pascal, una caña, quizá, la más frágil de la naturaleza, pero somos una caña pensante. Esto es, un híbrido en donde caben la maldad y la miseria junto a deseos de santidad, bondad y hasta amor por las criaturas.  Toda una rareza difícil de explicar y entender.

Por eso, no debería causar sorpresa la personalidad polémica de Peter Handke a causa de su apoyo a los serbios durante la Guerra de Yugoslavia en la década de los 90.  La crítica a su retorcida visión de la vida inició casi inmediatamente del anuncio del premio.  Primero, por el ministro de relaciones exteriores albanés, Gent Cakaj, que escribió en Twitter que el premio era vergonzante por haber sido otorgado a un “negador del genocidio”.

Luego, el PEN America expresó en una declaración estar “atónita” por la decisión de honrar a un escritor “que ha usado su voz pública para socavar la verdad histórica y ofrecer ayuda pública a los perpetradores de genocidio”.

En un momento de creciente nacionalismo, liderazgo autocrático y desinformación generalizada en todo el mundo, la comunidad literaria merece algo mejor que esto. Lamentamos profundamente la elección del Comité Nobel de Literatura”.

Es casi imposible entender la paradoja de un escritor que, por una parte, sus textos están llenos de humanismo porque, exploran la singularidad de la experiencia humana, con la del que disimula el mal del mundo y la niega en contra de la evidencia palmaria reconocida casi por unanimidad.  Comprender la paradoja implica aceptar la enfermedad incurable de la que somos portadores con la que aparecemos esquizoides a los ojos de los demás. 

No, no trato de disculpar nada.  Solo intento entender al sujeto callejero que a veces lucha contra sus propias miserias y no puede producir sino maldad a causa de su corazón corrompido.  Sin olvidar, por supuesto, que esa mala levadura no solo es propia de “la masa”, como diría Ortega y Gasset, sino también de los espíritus más refinados, como el caso de Heidegger, que en su momento apoyó al nacismo y practicó el antisemitismo sin ningún rubor.  Vaya cordialidad la que produce la filosofía.

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