El teatro norteamericano

El aburrimiento es siempre contra-revolucionario. Siempre. Guy Debord

En la sociedad del espectáculo la vida política no puede ser la excepción.  Escribo esto pensando particularmente en los Estados Unidos, la meca del entretenimiento global y epicentro de la creatividad y la fanfarria cuando se trata de anestesiar a la sociedad.  Poco sucede en ese país sin que la industria, Hollywood, por ejemplo, no opere caricaturizando los eventos y mediándolos para la asimilación “light” del amplio público norteamericano.

Quizá esa sea la razón por la que la media de la población asume rápidamente teorías conspirativas.  El fenómeno QAnon es solo el último capítulo de un relato de larga data en el que la comunidad gringa es vulnerable a toda clase de manipulaciones en virtud de la flaqueza de su espíritu.  En esto, ni la prensa ha escapado del sensacionalismo y la diversión, estimulada por la tremebunda ley del mercado.

Volvamos a la política y sus megaespectáculos.  Consideremos el acto ofrecido por los candidatos estadounidenses en un formato rebajado a talk showFox 8 confirmó ese “sparring” en su titular, “Biden, Trump continue turbulent sparring on social media”.  Ha sido evidente que los políticos no han tratado de exponer sus planes y políticas de gobierno, sino llegar últimamente a la población que más quiere ver gladiadores romanos.

Lo mismo sucede cuando se trata del manejo de la información del estado de salud de Donald Trump.  Los republicanos no solo han ofrecido noticias erráticas, sino montado un show que presenta a la máxima autoridad como un héroe.  Nada más y nada menos.  Por ello, no sorprende que a la entrada del hospital militar Walter Reed sonara “The eye of the tiger”, la banda sonora de Rocky. “Oh, my God

Sin dejar de mencionar, por supuesto, las apariciones del presidente que con su discurso melifluo trata de captar votantes.  Un guion superficial en el que no ha faltado la invocación a “Dios”.  Refrito habitual aderezado en su última declaración con frases sosas como: “It’s been a very interesting journey. I learned a lot about COVID”.

Un virus peor que el COVID 19 se ha inoculado en nuestra conciencia para que suframos más por el futuro de TikTok que por la miseria, las guerras y el cambio climático.  Restaurar una nueva moral que sustente conductas diferentes debería ser la meta de la humanidad, pero no sucederá mientras la narcolepsia generada por el espectáculo continúe siendo nuestro somnífero favorito.

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