Los infames de la UNE «et alt »

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Cuando uno observa el desempeño de los diputados de la UNE en busca de impunidad y del recién elegido presidente con su visita “original” a Venezuela buscando lo que no ha perdido, se confirma la miseria de nuestra democracia que establece como potenciales candidatos a la Presidencia a lo menos depurado del sistema o, más bien, a las más refinadas de sus lacras.

Por eso es que tiene sentido el abstencionismo como forma de no participación en el juego perverso de los operadores políticos que permiten que el pueblo decida entre el menos malo de los peores.  Aún y cuando la crítica ortodoxa insista en que no votar es ya una decisión que concede posibilidades a uno de los contendientes.

Como sea, imagínese el sentir de los que votaron por el partido de la UNE, furibundos por impedir el triunfo de VAMOS.  Confiados en que aquel partido sería mejor (menos perverso que el último).  Pura ficción o autoengaño, el triunfo de la propaganda sobre la razón, porque no hay menso que no intuya que nuestros partiduchos están hechos de la misma materia. Partidos de poca monta, sin ideologías, financiados con capital dudoso y liderados frecuentemente por sujetos autoritarios (como nos suele gustar en Guatemala).

Así, la impunidad que busca la UNE no nos debería sorprender. Con buena memoria diríamos que es solo una raya más para el tigre, un fenotipo que con el tiempo los partidos políticos ostentan con desvergüenza. Lejos del disimulo y las formas, priva el descaro porque ya está generalizado el vicio en todos los ámbitos de la vida.

Y como no solo Dios ha muerto sino también sus profetas, habitamos el mundo según la ley de la selva. Sin referentes ni modelos, establecidos en un desierto cultural que amenaza la inanición. Frente al mundo gris, ¿quiénes cree usted que son los primeros que han sucumbido? Acertó, los políticos, los mercaderes, los banqueros y las personalidades oportunistas e inescrupulosas a quienes el horizonte de significación en sus vidas es el lucro o lo que llaman rimbombantemente, el éxito económico.

No nos perdamos. El diagnóstico ya está dado y repetirlo cansa. Lo que hay que hacer es atajar las ensoñaciones y deseos de quienes manejan el cotarro para obligarlos a refrenar sus malos apetitos e inclinaciones. Ya no sirve solo exponerlos a la luz pública porque no tienen pena, se trataría de aplicar estrategias positivas (a través de la ley, la unidad de las fuerzas de oposición y el apoyo de la ciudadanía dispuesta a manifestar) para extirpar el tumor que tiene postrado al país y amenaza su defunción. Lo demás es poesía rosa y fuga mundi, el opiáceo cómodo del “laissez faire et laissez passer”.

Una caña pensante

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El premio Nobel de literatura 2019 no ha estado exento de malestar en los diversos espacios del ámbito intelectual que reprochan a los organizadores la falta de memoria y más particularmente la politización en la que incurren sin que apenas les interese enterarse de ello.  Esta vez la crítica ha recaído sobre el austríaco, Peter Handke, un escritor al que se acusa de negacionista y prestar su pluma para causas distintas a la justicia.

Esto contrasta con lo afirmado por Mats Malm, secretario permanente de la Academia Sueca, quien destacó que la escritora polaca reconocida con el Nobel ostentaba, “una imaginación narrativa que, con una pasión enciclopédica, simboliza la superación de las fronteras como forma de vida”, mientras que el austríaco, ha producido una obra “llena de inventiva lingüística, ha explorado la periferia y la singularidad de la experiencia humana”.

Los escritores, como cualquier espécimen humano, no pueden escapar de esa realidad misteriosa inherente a los sapiens.  Somos, como decía Pascal, una caña, quizá, la más frágil de la naturaleza, pero somos una caña pensante. Esto es, un híbrido en donde caben la maldad y la miseria junto a deseos de santidad, bondad y hasta amor por las criaturas.  Toda una rareza difícil de explicar y entender.

Por eso, no debería causar sorpresa la personalidad polémica de Peter Handke a causa de su apoyo a los serbios durante la Guerra de Yugoslavia en la década de los 90.  La crítica a su retorcida visión de la vida inició casi inmediatamente del anuncio del premio.  Primero, por el ministro de relaciones exteriores albanés, Gent Cakaj, que escribió en Twitter que el premio era vergonzante por haber sido otorgado a un “negador del genocidio”.

Luego, el PEN America expresó en una declaración estar “atónita” por la decisión de honrar a un escritor “que ha usado su voz pública para socavar la verdad histórica y ofrecer ayuda pública a los perpetradores de genocidio”.

En un momento de creciente nacionalismo, liderazgo autocrático y desinformación generalizada en todo el mundo, la comunidad literaria merece algo mejor que esto. Lamentamos profundamente la elección del Comité Nobel de Literatura”.

Es casi imposible entender la paradoja de un escritor que, por una parte, sus textos están llenos de humanismo porque, exploran la singularidad de la experiencia humana, con la del que disimula el mal del mundo y la niega en contra de la evidencia palmaria reconocida casi por unanimidad.  Comprender la paradoja implica aceptar la enfermedad incurable de la que somos portadores con la que aparecemos esquizoides a los ojos de los demás. 

No, no trato de disculpar nada.  Solo intento entender al sujeto callejero que a veces lucha contra sus propias miserias y no puede producir sino maldad a causa de su corazón corrompido.  Sin olvidar, por supuesto, que esa mala levadura no solo es propia de “la masa”, como diría Ortega y Gasset, sino también de los espíritus más refinados, como el caso de Heidegger, que en su momento apoyó al nacismo y practicó el antisemitismo sin ningún rubor.  Vaya cordialidad la que produce la filosofía.

Crear huellas en la historia

Los pueblos deben despertar finalmente del estado de postración, conformismo y poltronería para hacerse cargo de la historia.  Infortunadamente cuando sucede, luego de que se da la alineación de los astros con circunstancias del todo casuales, ocasiona pérdidas humanas como un coste nada deseado por las víctimas.  Pero así evolucionan los pueblos y dejan atrás el servilismo y la miseria.

Algo de eso sucedió hace muchos años en Cuba y Nicaragua donde se dieron sendas revoluciones y ocurre ahora en Ecuador y Venezuela en plena gestación de cambios.  Mientras en nuestro país y en general en todo el istmo centroamericano vivimos el “ya, pero todavía no”, en espera de milagros, echando en falta líderes, con una clase intelectual aletargada y en general todos dando palos de ciego. 

Los únicos que tienen claro el panorama son los narcotraficantes, los políticos, las cámaras empresariales y la delincuencia organizada.  No por ser más inteligentes o por artificios en el arte de la administración y la planificación, la razón es burda: los conduce el ánimo de lucro sin escrúpulos.  Ellos operan para obtener ganancias a toda costa y aunque usted lea que les interesa otra cosa, digamos que la “responsabilidad social empresarial”, sepa que, o se autoengañan (esto por principio es imposible) creyendo ingenuamente que hacen el bien con políticas de fingida ayuda o ya con premeditación, alevosía y ventaja le toman el pelo a la sociedad como una forma de venderse como hermanas de la caridad.

La ciudadanía debe superar los obstáculos que la adormecen para conseguir los derechos que le son propios.  Para ello es importante ir más allá de la protesta cómoda de las redes sociales para optar por un activismo con más incidencia.  Tenemos que hacer la tarea y seguir el ejemplo de los campesinos organizados, ser tan diligentes como los sindicatos históricos para crear las condiciones que propicien el cambio en la sociedad.

Deberíamos poner de moda la sedición y molestar con más pasión a las autoridades.  Ir al Congreso y tomarlo es parte de ello, tomar la plaza, despreciar públicamente a las autoridades y hasta prohibirles el ingreso en los negocios y en el paso por las calles también.  Los políticos y los empresarios deben aprender (convertirnos en sus pedagogos) que no pueden ser abusivos, que les tenemos contadas las costillas y que no vamos a tolerar sus planes conspirativos contra el país.

Cada uno debe hacer su parte, los sabios del derecho obstaculizando las “mandracadas” de los diputados del Congreso, criticando el aletargamiento del Ministerio Público, vigilando los artificios de los operadores de justicia.  Los demás, no solo dándole seguimiento a los reclamos de justicia social, sino acuerpándolos mediante medidas positivas que incida en la realidad política del país. 

Sí, conviene despertar, pero no en cualquier momento.  Cada día que dejamos pasar, se esfuma las posibilidades de un mejor país, se enquista la maldad en las estructuras del Estado y hace más imposible el imperativo de una Guatemala para todos.  Pero, además, la generación de algo nuevo se vuelve más doloroso y los sacrificios, peores.  Quizá estemos a tiempo y todavía sea realizable una revolución incruenta de beneficio para las generaciones venideras.  Piénselo.

El camino triste de nuestro consumo cultural

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Los españoles tuvieron una semana azarosa los pasados días.  Lo digo así por el esfuerzo sostenido en el análisis de lo que han llamado “los hábitos de consumo de productos culturales” en el que al parecer han salido bien parados con relación a estudios en años anteriores.  Según esto, se felicitan porque leen más, piratean menos en la red e invierten mejor su dinero en cine y espectáculos culturales.  ¿Sucede lo mismo entre nosotros?

De momento no lo sabemos o ignoro si nuestro famoso censo se entretuvo en lo que para nosotros sea una bagatela propia más bien del primer mundo.  Digamos que podríamos justificar el olvido por razones económicas tratándose que pertenecemos a países periféricos en el que los recursos son siempre limitados.  Aunque podríamos colegir nuestra debacle a partir del nivel cultural de nuestros diputados, quiero decir, podríamos ponerlos como rasero aproximativo a falta de un estudio mejor.

No podríamos estar peor a partir de ese criterio de demarcación entre la erudición y la ignorancia.  Lo digo por, para poner un ejemplo, el nivel de formación endémico de personajes como Juan Manuel Giordiano, Patricia Sandoval o Estuardo Galdámez, entre tantas otras piezas de colección.  Quiero decir, si los padres de la patria son la expresión de lo más refinado de nuestro nivel cultural al ser nuestros representantes, quiere decir que el problema es grave.

Y sí, podríamos deducir a partir de ello que nuestros hábitos de lectura son calamitosos.  Aventurarnos a pensar que leemos poco (quizá menos de un libro al año) y que vamos escasamente al cine y casi nada al teatro o a conciertos.  Posiblemente la situación empeora a partir de nuestros ingresos (que dista mucho de los representantes del Congreso) por lo que nunca o casi nunca visitamos las librerías ni leemos los periódicos en digital o en físico.

Los españoles han encontrado la relación (digo, como certeza científica) entre la inclinación de los padres a la cultura y su influencia en los hijos.  La variable importante de leer a los niños desde la más temprana edad y llevarlos a espectáculos culturales.  Todo ello, redunda beneficio para las nuevas generaciones que consumirán más cultura tanto en el universo digital (al que tienen acceso con una navegación mucho mejor que la nuestra) como en las alternativas físicas.

Poco o nada sucede en nuestra Guatemala, no solo por el limitado acceso a las redes, sino por un contexto diabólico en el que los padres tienen poco tiempo para sus criaturas.  Me refiero a la tortura cotidiana del tráfico que induce a la familia a salir de madrugada de sus viviendas y al retorno a altas horas de la noche para sobrevivir en la sociedad capitalista o mercantilista en el que vivimos.

Obviamente nada de ello justifica la mediocridad de nuestros diputados que ostentan su ignorancia supina desvergonzada y atrevidamente.  En ellos, la miseria intelectual adquiere rasgos pavorosos por tratarse de personajes de baja catadura moral.  Sujetos que desde la niñez optaron por la vida buena (en el peor de sus sentidos) para, ahora como adultos, vivir a costillas del erario de la nación.  Y si en este texto los hemos puesto como un triste rasero es para aproximarnos, a partir de su patetismo, a nuestra dramática situación.  ¿Podemos en verdad estar peor?

La venganza de los intocables: Pocos, poderosos e impunes

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Cuando el Congreso de la República se apresta a medirle las costillas a la CICIG, puede especularse fingidamente en razones legítimas que podríamos barajar solo como ejercicio ocioso a sabiendas (es vox populi) que la causa es verdaderamente la venganza y los deseos de impunidad de un organismo desacreditado en virtud de la mediocridad moral de los que lo conforman.  Pero hagamos el ejercicio.

Especulemos que los padres de la patria la emprenden contra la CICIG con propósitos de justicia.  Esto es, consideran que el organismo de Naciones Unidas abusó de sus facultades y, turulatos, hicieron mucho daño a gente inocente.  O sea, en realidad el Congreso tiene razones éticas para pedir cuenta a una institución malévola y retorcida.  Tendríamos que felicitarlos por tan noble esfuerzo a favor de los guatemaltecos.

Podríamos considerar, si no es por interés estrictamente de justicia, que nuestros diputados se enfrentan a la CICIG con finalidades pedagógicas.  La idea es hacer entender tanto a Naciones Unidas como a la ciudadanía en Guatemala, que ningún ente (menos aún si es foráneo) está por encima de la ley.  Una especie de lección a António Guterres y su equipo que Guatemala tiene dignidad y hay valerosos ciudadanos dispuestos a defenderla.

Es posible también pensar que tanto encono contra Iván Velásquez se deba al deseo de poner freno a una persecución política que aún puede continuar dañando la imagen del país.  Y no solo al Estado, sino a la economía, como arguye la cúpula empresarial muy unida al enfado contra el colombiano.  El sector privado ligado a los congresistas pediría que se paren los procesos tanto contra los agremiados como contra los políticos (alguno de ellos en el Congreso) para volver a la paz pre CICIG.

Muy unido a lo anterior, quienes se baten en contra de la Comisión Internacional contra la Impunidad, lo hacen con sentimientos de bondad y amor patrio.  El propósito es evitar que se profundice la división social, la polarización extrema que desencadenó diabólicamente ese organismo.  Todos somos Guatemala, declaran, no tenemos necesidad de más división en un país que se desangró por el enfrentamiento armado interno.  El objetivo sería recuperar la paz social y trabajar unidos para sacar adelante el país. 

Con tantos argumentos nobles no nos quedaría a los guatemaltecos que unirnos a los diputados del Congreso y manifestar en defensa de la iniciativa de los senadores.  Los periodistas en lugar de la insidia y la sedición deberíamos cerrar filas y denunciar las patrañas de un organismo cuya maldad está a la vista y su perjuicio es innegable.  Obviar lo ideológico para acuerpar a los cafetaleros agraviados, los empresarios y políticos heridos en su dignidad.

¡Pamplinas!  Pura fantasía y realismo mágico de baja catadura.  La verdad, como se dijo al inicio, es que el empresariado organizado en el CACIF y el Congreso de la República, conspiran contra la CICIG por motivos de venganza.  Quieren sangre, impunidad y el retorno del carnaval con el que históricamente han saqueado el erario de la nación.  Se trata de intenciones absolutamente terrenales, que no angélicas ni inmaculadas, por la que buscan recobrar el poder y castigar a quienes osaron ofenderlos en su dermis delicada por ser parte de un grupo, hasta hace poco, intocable.

Magia, sueño y fantasía. Los certámenes literarios

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Me ha tocado recientemente ser jurado en un certamen literario de niños y adolescentes de la ciudad de Guatemala y, al tiempo que he quedado complacido por las propuestas enviadas, tengo que reconocer la capacidad de los pequeños que expresan con sus plumas un universo del que creía absurdamente privativo en los adultos.

Lo primero es la sorpresa.  Ver el esfuerzo por desarrollar una historia, llevar al lector por vericuetos sinuosos con la intención de provocar los efectos deseados.  Capacidad de síntesis, orden, redacción, ortografía y sintaxis.  La mayoría se aplicó por el éxito de sus propuestas, algunos lo lograron con bastante excelencia. 

Seguidamente, y es lo más asombroso, experimentar cómo asumen los jovencitos las experiencias de la vida: las frustraciones, las alegrías, la muerte, el amor y la amistad, entre tantos otros temas.  Los más osados se atrevieron incluso con “il giallo”, como llaman los italianos a la literatura negra, y hasta pinitos filosóficos que dejan boquiabierto. 

Llama la atención, además, la inclinación por la literatura fantástica, género frecuentado por buena parte de los pequeños escritores.  En este aparecen los fantasmas y los monstruos, los eventos sobrenaturales y extraordinarios, la magia y la participación de criaturas inexistentes.  Todo, en un contexto frecuentemente de bondad y a veces con finalidades morales.

Asimismo, algunas propuestas expresaron la preocupación por el medio ambiente y la degradación social a causa de la violencia y la pobreza.  Es curioso porque los niños parecen captar algunas de las problemáticas globales que nos aquejan.  Frente a ellas, reclaman un mundo más justo y lleno de oportunidades.  No hay duda que no se sienten cómodos ni viven una falsa esperanza en circunstancias donde algunos de sus protagonistas son sicarios a sueldo.

El lado filosófico quedó patente frente al tema de la muerte y la identidad.  Respecto al primero, la conciencia de la caducidad humana, el sinsentido de la vida cuando se reconoce la finitud.  Pero, sin tragedias, el planteamiento de una salida a causa de una existencia vivida con plenitud.  Sí, parecen decir, vamos a morir, pero eso no significa el absurdo… y buscan claves que respondan a sus propios interrogantes..

Con relación a la identidad, uno de los cuentos plantea el esfuerzo por superar las fuerzas sociales que definen la propia naturaleza.  Si bien el protagonista sufre la influencia del medio, reflexiona en la importancia de no estremecerse y tomar control sobre sí mismo.  El intento comprensivo por dimensionar las esferas en las que se juega la identidad para asumirla de manera personal.

Como puede ver, no todo está perdido en nuestro país.  Más allá del vergonzoso universo político, la estupidez del presidente y la complicidad de quienes le rodean, existe una generación de jóvenes que en virtud de su capacidad creativa e inteligencia vivaz, abren posibilidades de transformación profunda en Guatemala.  Finalmente, buenas noticias entre tanta hedor y podredumbre patrio.