Del amanecer a la decadencia

Algunos optimistas se plantean la vida como un camino ascendente.  Optimistas a ultranza, nos imaginamos que mejoramos con los días y que lo que soy ahora será superado mañana en un feliz resurgimiento.  Y sí, puede que enfaticemos que no se trata del orden biológico cuyo deterioro reconocemos con fatalidad, sino de la vida del espíritu, la experiencia moral, el camino de la formación del carácter.

Viejuno más bien afirmo lo contrario: cada vez, si nos descuidamos, somos peores.  El condicional solo es un adorno literario, en realidad la norma es bajar la guardia.  El tiempo nos hace condescendientes con nosotros mismos, perdemos los reflejos y nos entregamos vencidos en combate a la mediocridad.  Renunciamos en nuestro propósito de escalar (ad astra) para vivir en clave de “homo mediocris”.

Un triste fin para el caballero de nobles ideales que ahora, vuelto filósofo, justifica su abatimiento con artificios racionales.  Da sentido a su vida dando razón a Sancho: “aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino”.  La vida quita las escamas de los ojos y hace que rija el principio de realidad… la conquista última de la vida adulta.

Involucionamos.  Esa es la verdad recurrente de las biografías personales.  Todo, a veces, sin darnos cuenta.  El descenso es patente.  Así de un día para otro, perdemos el sentido estético, la pasión por los pobres y el coraje que nos hacía luchar por un mundo nuevo.  Nadie notaría en esa triste figura, apoltronada viendo Netflix en jornadas infinitas, al bravucón que urgía la revolución o al asceta con afanes misioneros para volver las almas a Cristo.  La mutación es pavorosa.

No solo se trata de la variación de los gustos que nos hace aparecer ramplones y sosos, ordinarios y superficiales, entregados de cuerpo entero al consumismo y al interés por el dinero, sino también a la decadencia moral encarnada ahora en sujetos mendaces, oportunistas y laxos de conducta.  De esa manera, la promesa de juventud ha devenido en un fiasco inesperado y bastante dramático.

Con el tiempo somos un escándalo.  El buen Jesús lo sabía, por ello cuando los fariseos acusan a la mujer adúltera, el maestro les pide que el que esté libre de pecado arroje la primera piedra (conocía la corrupción de los viejos) y concluye el texto: “Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio”.

Ya me dirán algunos ser la excepción, defender al abuelo o citar algún ejemplo contrario.  Lo admito, de vez en cuando aparecen perlas, pero son solo eso, raras avis en la fauna silvestre.  Lo mío de cualquier forma, más allá del análisis de los hechos que me parecen obvios, es un suspiro personal de sueños perdidos en el tiempo y que apenas reconozco ahora que escribo sobre ello.

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