Construir la paz

“Para conseguir la paz hace falta valor, mucho más que para hacer la guerra”.  Papa Francisco

La situación de conflicto entre Irán y los Estados Unidos no debe tomarse a la ligera ni superficialmente dado el resultado de daños contra la vida de las personas y el desajuste de la economía global que puede condenar a muchos a la miseria.  No se trata solo de dejarse llevar por sentimientos e implorar una guerra cuyas dimensiones desconocemos, pero que en el fondo intuimos será muy perjudicial más allá de las partes en lucha.

Quienes hemos vivido un conflicto armado sabemos lo doloroso de una guerra fratricida y el coste de sufrimiento que representa para la sociedad.  Los que no la conocen, mejor que no tengan la experiencia ya que sus efectos inciden sobre la vida de quienes la padecen, dejando una huella muchas veces insuperables en las familias.

Por ello, las potencias en conflicto deben conducirse con prudencia porque, como se dicen habitualmente, muchas veces se sabe cómo comienzan las guerras, pero nunca cómo se terminan.  Además, las naciones periféricas (me refiero a los países con capacidad de influencia por el poder económico, estratégico o político), deben activar la diplomacia para superar las desavenencias y establecer políticas de paz en la medida de lo posible.

No es tiempo para la indiferencia ni para la beligerancia.  De hecho, nunca es buen momento para la guerra.  Situados en pleno siglo XXI y dado el avance del pensamiento, los antagonismos que comportan la lucha armada, deben ser considerados como un salto a un pasado en donde las diferencias se resolvían con puñetazos y de manera pendenciera.  En consecuencia, debe privilegiarse el entendimiento mutuo fundado en razones que excluya la violencia.

Las diferencias siempre van a existir, son inevitables.  Lo que sí puede superarse es la imposición arbitraria a través de la fuerza.  Y si aparece, convocar árbitros que, además de apaciguar los ánimos, inviten a una lógica que sustituya el instinto violento del carácter guerrero de algunos gobernantes.  O sea, privilegiar la cultura del respeto a la vida y el diálogo donde las partes mutuamente ganen.

¿Imposible?  ¿Utópico?  ¿Ficción?  Quizá la historia me niegue la razón, pero también es indiscutible que la paz no solo ha sido sinónimo de felicidad, sino condición para el desarrollo humano en todas sus dimensiones.  Así, ha sido patente que los grupos humanos que han conquistado un relato a la altura de la civilidad han evitado la barbarie y la atrocidad provocada por las guerras.

Hace tiempo debimos haberlo aprendido.  Desafortunadamente, somos un manojo de emociones y sentimientos, impulsos y arrebatos, que por no controlarlos nos llevan al abismo.  Por esa causa, insisto, es necesario que los espíritus más nobles y refinados, aquellos que se han apropiado de la convicción del auténtico valor de lo humano, a través de la diplomacia, insistan en vías alternativas a las de la guerra.  Solo así podemos no solo vivir en paz, sino hacer germinar las posibilidades de un mundo más abundante y de plenitud para todos.