Colosales

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Atribuyo a cierta espectacularidad de nuestro carácter el prurito de nuestros juicios apocalípticos o al ánimo de magnificencia derivada de la complejidad situacional por la que solemos calificar las experiencias de la vida.  Me refiero a esas expresiones tan nuestras como: “el gobierno de Jimmy ha sido el peor de nuestra era democrática”, “nunca había amado así”, “juro por mi vida que no lo volveré a hacer”, “Guatemala es el mejor país del mundo”.

Solemos vivir en clave chovinista, a veces por las mentiras de la publicidad, otras por falsos consuelo, recurrentemente por nuestro particular carácter nacional.  De ese modo, no solo andamos en busca de logros que engrandecemos y prestos juzgamos como colosales, sino que aliviamos nuestras carencias afirmando, por ejemplo, que “no somos tan malos como parecemos” ni, menos aún, “los únicos, viendo que otros países están igual o peor que nosotros”.

Quizá experimentemos, y será tarea de la psicología confirmarlo o negarlo, ciertos complejos que nos conducen a la búsqueda de afirmación de nuestra valía.  O probablemente sufrimos una derrota existencial que nos hace lucir patéticos e insufribles, como eso de: “no podré superarlo”, “Guatemala no tiene solución”, “una bomba atómica es la única salida”.

Ya me dirán los ofendidos en su epidermis hipersensible que “eso no es exclusivo de Guatemala, pues sucede tanto en Francia como en Turkmenistán​”, lo cual confirma la regla al ser solo una variante de ese fenómeno al que me refiero.  Otros quizá criticarán la generalización porque ocurre más en las clases populares, lejos de la exquisitez intelectual de los que también son (o han sido) trotamundos.  Pero me temo que en esto hay pocas excepciones.

¿Las causas?  Ya he dicho que puede buscarse en cierto perno desajustado de nuestra personalidad singular, pero también (intentemos evadir la responsabilidad) en la herencia española.  Recuérdese que los cristianos nos vinieron a enseñar al verdadero Dios -con mayúscula- y proclamaban que “extra Ecclesiam nulla salus” (fuera de la Iglesia no hay salvación), sin olvidar el sentimiento de superioridad de los blancos que ponían nombres a las ciudades y evitaban vestirse a la usanza de nuestros pueblos.  Dejemos que los peninsulares culpen a los árabes.

No es extraño, en consecuencia, ese vacío que buscamos llenar con el espíritu de la rana frente al buey.  Experimentando la necesidad de igualarnos, según sus propios cánones, sin ser capaces de reinventarnos mediante relatos mucho más elaborados que los impuestos por el viejo y el contemporáneo mundo.  Así, infelices, llenos de complejos, sin héroes propios, gastamos nuestras vidas pensando quizá como Leibniz que, con todo, “vivimos en el mejor de los mundos posibles”.