Abiertos a la esperanza

Estamos acostumbrados por las noticias cotidianas y quizá por nuestra tendencia pesimista a ver lo malo en lo que nos rodea.  Somos dramáticos y no soy particularmente la excepción.  La semana pasada, sin embargo, me di un baño de realidad con el testimonio de alguien cercano que resucitaba del Covid. Quedé frío.  Tenía días de no ver reunida tanta entereza, humanidad y fortaleza de ánimo.

El afectado, que mantiene un canal de YouTube reseñando libros y que había desaparecido sin comunicarlo a sus seguidores, apareció tres semanas después destrozado (con al menos 20 libras menos, voz temblorosa y rostro mortecino). Era una piltrafa sin más valor que sus deseos inmensos por vivir y continuar trabajando.

Abatido físicamente, explicó al público las razones de su ausencia.  Dijo que primero le habían diagnosticado pulmonía y que casi contemporáneamente había sufrido un infarto.  Con voz cansina y trémula, añadió que pasó una o dos semanas sin despertarse.  Soy una especie de milagro, sentenció, pero no quiero darme por vencido.

Así, terminado el protocolo obligatorio, retomó su canal desdeñando el episodio o reduciendo su importancia.  No es que no supiera la trascendencia de lo ocurrido en su vida, pero quizá quería enseñar a los “youtubers” el valor del coraje, la determinación o la épica que debe privar en el ánimo de los súper héroes.  Sin que él, con toda seguridad, adoptara la actitud de los arrogantes.

Esa conducta no suele ser moneda corriente en nuestros tiempos y es por ello que sorprende.  A veces lo que abunda es lo contrario: el ánimo frágil y la voluntad fofa.  Frente a ese carácter inhabituado al esfuerzo, el testimonio de nuestro protagonista vale oro.  Con toda certeza demuestra que, si cultivamos en nuestra vida el sentido de lo humano desarrollando sus capacidades, podemos expresarnos de otro modo.

Realizarlo, más allá del rédito personal, es de beneficio social.  Ayuda a instaurar un modelo alterno al que se impone culturalmente.  Provocamos el cambio a través de la transformación de patrones que asumimos cada uno en nuestros contextos.  Creamos tendencia al convertirnos en referencia con quienes tenemos contacto.  Así, la experiencia ayuda a verificar que ser diferente es posible, que trasciende la literatura y da mayores beneficios a todos.

Uno duda a veces de lo humano y da todo por perdido.  Ver, sin embargo, como es el caso del paciente recuperado de la enfermedad, la determinación por ser mejor y superarse a sí mismo, abre a la esperanza.  Demuestra que, en medio de la maledicencia de unos, existe la generosidad de otros.  Hacer la reflexión es solo andar la mitad del camino, resta decidirse por lo bueno y empezar el recorrido de los valientes.

El itinerario cínico

Solo nos distraemos un poco y, sin quererlo, ya estamos en aguas turbias.  Nos arrastra la inmundicia, Facebook, Instagram, WhatsApp, Netflix… es difícil mantener la tesitura.  Tanta basura amenaza configurar nuestro pensamiento, deteriorar los criterios estéticos, ser inteligentes en los juicios.  De repente, involuntariamente, nos vulgarizamos y mostramos el plumero, esa condición supuesta ya superada por el esfuerzo de la disciplina diaria.

No estamos exentos de la frivolidad de nuestros tiempos.  Las armaduras ceden, se filtra el agua.  Sitiados, capitulamos: chistes, memes, reproducción de bulos, videos amarillistas, el morbo ubicuo adherido a nuestro espíritu.  Así, homogenizados por la industria, somos incapaces de hacer la diferencia.  “Y si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la gente la pisotea”.

Todo confluye para ello.  Es comprensible que después de un día de trabajo extenuante, el abandono a las redes sea casi instintivo.  “¿Por qué no ver una serie?  Quizá leer el resumen de un libro.  Escucharlo condensado en audio, rápido, atractivo.  Reírse un poco con los espectáculos ligeros de YouTube. Grabarme gracioso para que sepan de mí en Facebook.  Fotografiar el plato exquisito de la noche y compartirlo en Instagram”.

No es fácil dar el Do de pecho con nuestro registro atiplado o las fiebres descuidadas que afectan nuestra voz.  No dejamos de ser responsables por la falta de guardia, el permisivismo cotidiano permitido conscientemente a los temporales, la modorra y cierta tendencia hedonista.  Alguna culpa hay que reconocerla por falta de constancia, la volubilidad de carácter que se determina por lo reprobable.

Por supuesto que no estamos destinado a ello, podemos ser distintos, necesitamos, eso sí, concentración.  Habituarnos a la abstinencia, avanzar siempre hacia extremos opuestos, solo como aspiración, para ubicarnos según la justa medida exigida por la virtud.  Practicar la ceguera, taparse los oídos, ignorar los cantos de sirena.  Renunciar a los ídolos, distanciarnos de las modas, adoptar la actitud del perruno cínico que revaloriza para afirmar la vida, los instintos, el peregrinaje hacia lo humano.

Plantearse teóricamente una opción alterna, pero, sobre todo, ejercitar la conducta de los raros, ya sabe, la de los que son la excepción.  Sin necesidad de buscar las cámaras o atraer la atención.  Aspirar a lo infinito desde los límites de la contingencia, sin aspavientos, con el único deseo de ser y hacer feliz a los demás.  Viviendo lo efímero, transitando hacia el fin, operando según los imperativos de la buena conciencia.

Es más fácil escribirlo que apostar por ello, asumir la conducta de los mínimos.  Versificar con una estética crítica que devele el espanto y lo haga evidente y reprochable. Sí, encaminarnos al desierto y, al mejor estilo perruno, tomar la lámpara, no ya solo para buscar a hombres auténticos, sino para hallarlo en nosotros mismos y rescatarnos de la piltrafa en la que nos hemos convertido.

Resistir

Resistiré | Dale Una Vuelta

Resistir es una palabra que en el círculo en el que me muevo se repite con mayor insistencia.  Pero no es un vocablo nuevo porque ya los antiguos estoicos en el siglo IV antes de Cristo la proponían como ideal virtuoso de vida.  Abstine et sustine recomendaba Epicteto a sus seguidores, aguanta (resiste) y abstente.  Para el estoico no hay otra forma de conseguir la felicidad.

Más allá de lo filosófico, me parece que es una máxima del todo aconsejable en estos tiempos de la era de la frivolidad.  Especialmente cuando hay todo un sistema que por la vía del consumo y el espectáculo nos invade con sus propuestas para dilatarnos en un estado de absoluta inutilidad pensante y protagonismos que opere cambios.

Resistir a la superficialidad de las redes en todas sus esferas.  Evitar las largas horas de exposición digital por pura voluntad lúdica.  Reorientar nuestra actividad diaria dando prioridad a las relaciones personales que nos permitan vínculos duraderos y crecimiento auténtico.  Es una tarea contra corriente, pero que reditúa en humanidad y conductas de superior valor social.

Asumir la sustine exige oponernos a lo fácil. Ya sabe, la filosofía que nos dispone a los atajos y la felicidad por la vía de lo sensible.  La inagotable búsqueda del placer generada por el consumo constante de los bienes que nos ofrece el mercado.  Resistirnos a la pereza con un comportamiento que no le teme al sacrificio ni al esfuerzo.  Revalorar el sudor que conquista metas con la tarea constante.

Sí, también la abstinencia, privarnos eventualmente de cosas.  Por ejemplo, del vagabundeo electrónico, de las largas horas de juego, videos y conversaciones superficiales en el chat.  No, no es fácil.  Reconozcamos que somos víctimas de los gurús de las redes, los psicólogos y especialistas del timo contratados por las grandes empresas del entretenimiento.  Resistamos.

Luchemos cuerpo a cuerpo contra las fake news.  No demos pábulo a los bulos ni reenviemos las noticias falsas.  Dejemos de participar en los linchamientos públicos, vamos, seamos generosos, que brille en nosotros la benevolencia.  Evitemos la candidez en la lectura de noticias en Twitter, Facebook, Instagram y en cuantas redes usted tenga acceso.  La mentira se propala con facilidad y usted debe activar su sentido crítico, la bondad, la indulgencia, la empatía.  La perversidad debe estar fuera de nuestra conducta.

En fin, resistir es el imperativo ético de nuestros tiempos.  Disciplinarnos en la crítica, aplicar la duda (casi como deporte), recuperar la suspicacia y ser militantes antisistema.  Es urgente que no se acomode, rebélese contra la conformación de su inteligencia según la voluntad perversa de los que manejan las redes.  Abstine et sustine.  El dolor provocado por esa altanería conforme los patrones de los que predican lo mismo, redituarán en una vida más feliz, sana, pero sobre todo, más provechosa para el bienestar de la humanidad.

Canallas desilustrados

Today in Disney History, 2003: "Destino" Was Finally Released

No siempre los dictadores desarrollan su conducta siguiendo una propia cartografía.  Estoy seguro que la mayoría alcanza ese estado sin apenas advertirlo, arrastrados por circunstancias que confabulan puntualmente cuando la naturaleza personal hace su parte.  Ese es el caso de, por ejemplo, Daniel Ortega, Nicolás Maduro y, a futuro, Nayib Bukele.

¿Cómo fue que llegué hasta aquí?”, se preguntan a veces los aferrados al poder.  Repasan y reconocen su fortuna, el destino cuasi milagroso del alineamiento de los astros.  En lo secreto, a veces ignorándolo, se muestran humildes, aceptan lo inexplicable.  Comprenden que la superación de muchos obstáculos tiene un carácter irracional, inentendible y fuera de toda lógica.

Ese desconocimiento que pocas veces consideran, por carácter (suelen ser pragmáticos, no teóricos), ánimo (ejercitan la poltronería intelectual) o disposición (participan de un tipo de imbecilidad existencial y moral), es el catalizador de la perversidad que abrazan a lo largo de su vida.

No son los únicos que ignoran su marcha triunfal hacia el paraíso fecal, también hay palaciegos, plebeyos e intelectuales, que, por candidez o gansterismo, convencidos, aúpan al perverso.  Son parte todos ellos, con voluntad o sin ella, de la casualidad que los encumbra.  Las piezas coinciden con precisión de relojería, el malvado llega puntual al sitial nunca imaginado.

La clarividencia, sin embargo, aunque escasa, siempre es revelada.  Primero a los suspicaces, luego a los rebeldes e inconformes, por último, a los ciudadanos despiertos.  No me mal interprete, reconocer la vocación autoritaria de los nombrados, como ejemplo, no es cosa de ingenio, sexto sentido o iluminación espiritual, es solo apercibimiento.  La comprensión de los hechos y el ánimo retorcido de sus protagonistas.

Ya me dirán que exagero y que muchos se sienten (nos sentimos) especiales.  Que está claro que lo nuestro es la fantasía, las elucubraciones y la conspiranoia.  Sí, por supuesto, estamos medios enfermos, pero aun con alucinaciones (o quizá por ellas) la certidumbre de que algunos políticos acabarán mal (sin que ahora ellos mismos lo sepan) es apodíctica.  Anótelo, verá que el tiempo nos dará la razón.

El reino de la impunidad y la corrupción

Decir que vivimos en el reino de la impunidad no es casual.  Deriva, según su concepción, de las características propias de un estado que se nos sugiere no podemos cambiar.  Aunque sea involuntariamente nos hace creer que el sistema es así y que es inapropiado querer modificarlo sin desentonar y aparecer raros.

Como reino cuenta con un rey, un sátrapa o tirano que, en nuestro caso, el presidente, gobierna con desparpajo para saquear las arcas.  Es “Il capo dei capi”, o así le correspondería según el libreto, porque al ser legión, la banda de ladrones tiene que compartir la riqueza obtenida al margen de la ley.  Sí, no está solo, hay una banda de aventureros que le acompañan.

Los he llamado aventureros, pero son menos que eso, delincuentes, carteristas… viciosos de lo mal habido.  Se ubican a lo largo y ancho de los poderes del Estado.  La cueva mayor quizá sea el Congreso.  Su presidente es la cabeza visible, pero hay muchos cuya estrategia es pasar desapercibidos para cumplir con su vocación carroñera.  Cada uno de la mayoría de ellos apesta porque el lugar es pútrido, fecal, un vertedero tóxico nacional.

El reino tiene sus ministros, algunos quizá con buena voluntad, uno que otro tonto útil, todos saben del estercolero nauseabundo de sus oficinas.  La corrupción campea con libertad en cada rincón de los espacios públicos, pero no todos son abusivos, hay excepciones cuyo único pecado es hacerse de la vista gorda porque, seamos justos, de algo hay que vivir.  La caca es inocultable… dicen que hasta clama al cielo.

La perdurabilidad del reino es posible gracias a una clase media tolerante. Profesionales mediatizados incapaces de crítica y asunción de posturas beligerantes.  El pugilato ha quedado aplacado por razones religiosas, ya sabe usted, el opio referido por el perverso economista alemán.  Además, al ser una cultura de inspiración individualista, el prójimo, los hambrientos y excluidos, “valen madres”.

Vale la pena activar la rebeldía en el reino de la perversión para recordarles a sus protagonistas que no nos olvidamos de sus tropelías.  Que conocemos su voracidad y sus vicios, la corrupción, la maledicencia y su hipocresía.  Avisarles que su doble discurso no nos cala porque nos basamos en los muchos hechos torcidos que ejecutan primorosamente.  Que su enanismo ético aderezado con sus míseras invocaciones religiosas nos repele y nos vuelven ateos de su religión a Mammón.

En fin, el discurso nos sirve para afianzar la esperanza y operar con paso firme y constante un nuevo advenimiento.  Que no hay mal que dure cien años.  Ya veremos rodar cabezas y emborracharnos de júbilo para celebrar la derrota de los corruptos.  No es imaginación, es el cumplimiento de algo que parece una ley y ha sido la regla en la historia de la humanidad.

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