El arte, la estética, la vida

No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo.

Mario Benedetti

Puede que la vida esté constituida de monólogos, el discurso reiterativo con que opera nuestro cerebro.  Como si el estado de la mente fuera un espacio cavernoso inapropiado para la música, las notas y variaciones dispuestas a la armonía.  Todo lo contrario, el receptáculo que contiene los pensamientos parece grosero.

Esa imposibilidad hace de nosotros sujetos rumiantes.  Ya podemos experimentarlo todo, el pensamiento es prisionero de su propio horizonte. Por ello, poco afectan los viajes, las historias y las relaciones porque el cedazo es el mismo y la criba, la esperada. Somos puntualmente predecibles.

Quizá todo se deba no únicamente al engranaje con que funcionamos, el mecanismo aprendido desde la infancia, sino a la falta de vigor de la inteligencia.  Esa facultad es solo posibilidad mientras relaja su ejercicio.  Es un miembro flácido cuya agilidad es la combustión que reduce con rutina.

En esas condiciones estamos privados de imaginación y ni siquiera sirve el arbitrio. ¿Para qué?  Mientras gobierne la certidumbre no tiene caso exponerse a la duda.  Así, en una falsa paz dejamos que se hunda el mundo, la sociedad, la familia y nosotros mismos.  Vegetamos estériles timados en nuestro reducto.

Convendría solo activar las neuronas, ejercitarlas, comprender el mundo desde la diferencia.  Vitaminar la mente, creer en nosotros mismos y salir al campo a guerrear.  Convencernos de que podemos ser distintos, siempre tiernos, delicados y amorosos. Con voluntad de perdón y ánimo benevolente.

Precisamos de una estética renovada que nos humanice. Lo bello como restitución de lo que nos pertenece.  El artificio que nos devuelva la dignidad.  Quizá esa sea la tarea, recuperar el sentido artístico en un esfuerzo por cambiar la vida: el rostro, la imagen, las formas, pero sobre todo, lo más profundo de nuestra alma.

Evanescentes

Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra son los sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos.

Zygmunt Bauman

Vivimos tiempos descafeinados, una época en el que casi todo es y no es a la vez: el amor, el trabajo, las amistades.  Ya no solo por la ausencia de las bases o la arena movediza que la sostiene, sino por la calidad de los sujetos más preocupados por la fachada y lo cosmético que por el carácter.  Mucho de la empresa humana carece de peso y flota arrastrado por el viento.

Quizá eso explique las fluctuaciones diarias en las que aparecemos desconocidos cada mañana.  Somos identidades en crisis en un viaje fragoroso.  Sin muelles, solo queda navegar privados de relaciones.  Estamos perdidos aun con brújulas, aplicaciones y cartografías en un mundo que no tiene sabor.

El espejo nos confunde con su reflejo.  Lo fantasmal y grotesco, sin embargo, no deriva del instrumento que trasluce fiel la imagen, sino del sentimiento que provoca, la desproporción entre lo que pensamos ser y lo que somos en verdad.  Nos molesta el arbitrio de la vida en el que figuramos con trazos burdos.

Somos efectivamente íconos, figuras trazadas con urgencia por nosotros mismos.  Sin estética, nuestro artificio ha sido imperfecto, un boceto desalineado, inútil hasta para reír.  Habría sido importante al menos ser graciosos, pero lo desabrido nos constituye con ese humor a menudo fácil.

Al carecer de peso, operamos siempre desde lo provisorio.  Acometemos empresas derrotados, desanimados y sin provisiones.  Damos un sí, imaginando escenarios alternos.  No somos consistentes, ni fiables, sino vaporosos, evanescentes y leves.  El eterno acomodaticio que ha hecho de lo dúctil su mejor cualidad.

Ser mejores requiere cambios.  Subvertir el lenguaje que nos limita con su lógica implacable.  Construir cimientos de bondad, ternura y amor hacia los demás.  Reconocernos como somos, sin pactar con nuestros vicios, trabajando en un proyecto de crecimiento comprometido.  Quizá ese empeño sea germen de un rostro distinto, más humano… agradable.

El camino del silencio

Aquel que no entiende tus silencios, lo más seguro es que tampoco entienda tus palabras.

Elbert Hubbard

Hay que asumir el silencio como espacio vital, no como reducto en momentos incómodos, sino como prevención.  Abrazarlo reconociendo su valor: el estado de crecimiento que condiciona lo que toca, la paz compartida y necesitada por los que amamos.  En situaciones de ansiedad, en el mundo presuroso, el silencio es bálsamo para el que sufre.

Callar a veces es una forma de protesta.  Señalar las falencias con afecto, confiando al tiempo las posibilidades de cambio.  Es dar una oportunidad porque se cree en la humanidad, por la valía de una historia, por indulgencia, pero sobre todo por un sentimiento.  Hacer silencio es aceptar las caídas sin juicios ni tribunales que recriminen a quien se ama.

El espacio que impone apagar la voz es presencia, la forma pertinaz que acompaña en la prueba.  Significa participar desde lo íntimo, en medio del caos, cuando se hacen reformas.  No es privación, es vigilia constante que sostiene un proyecto común ratificado más allá de las emociones.

Afirmar los sentimientos excede las convenciones del mundo físico.  Es reinventar momentos desde la distancia. Aprender a separarse, ofrecer la distención, re imaginarse para crecer y madurar.  Necesitarse de modos diferentes, encontrar imperativos que urjan afectos en escenarios distintos.  Potenciar las relaciones en ausencia de lo sensible.

El silencio es esperanza, genera vida, comporta novedad.  Es un ecosistema radical que dilata en su dialéctica de lo negativo.  Su lógica no siempre es comprensible porque al separar y poner entre paréntesis hace que gobierne el azar.  No hay certidumbre en la narrativa de lo ausente.

Transitar esa inseguridad es prueba de afecto.  Consiste en re andar sendas e inaugurar caminos.  Lo suyo es el premio a la autonomía, el regalo de la libertad, el obsequio devenido en perla.  Ese don, fruto de la espera, es el triunfo de la vida, la gratificación a una apuesta ciega y absurda.

Un plazo, en consecuencia, oxigena, llena de aliento y reanima.  Supera la tregua del que se aleja dudoso y espera milagros.  Saber esperar no interrumpe.  Como en la música, es esa nota que conforma la melodía en una pieza que, aunque imperfecta, la ejecutan juntos.  Nada sobra en esa sinfonía cuando se comprende la obra total.

Más que palabras.  La comunicación interrumpida

Las emociones no expresadas nunca mueren. Están enterradas vivas y aparecerán más tarde de la peor manera.

Sigmund Freud

El éxito en la vida profesional depende de muchas circunstancias y excede las fórmulas encontradas en los libros de autoayuda.  Nosotros mismos simplificamos nuestros aciertos y le damos el cariz conveniente, a menudo el estado en el que somos héroes sin que la participación de los demás (o la fortuna) hayan significado demasiado.

Como sea, una habilidad importante para alcanzar y, más aún, mantener ese éxito es la comunicación.  Esta competencia, desarrollada muy escasamente en los pensa de estudios, facilita el trabajo en equipo y permite una base común para el establecimiento de lazos mínimos de comprensión.  

Aunque hay excepciones, no nacemos con esos dotes de comunicadores.  A las condiciones personales expresadas en timidez, debe agregarse el factor cultural que nos hace lucir egoístas o nos encierra en un individualismo que compromete la apertura hacia los otros.  Y aunque debemos evitar el drama, es triste cómo la falta de esa inteligencia emocional nos expone también a la infelicidad.

A veces no solo es no decir, sino disimular nuestras intenciones.  Jugar con frases cortas para que los demás adivinen el sentido de las proposiciones.  Dejar expresiones incompletas, disfrazar o escamotear lo que se quiere sin que medie necesariamente la mala voluntad.  Es solo un acto reiterativo que no nos permite avanzar ni ser a la postre felices.

Esa especie de economía de la comunicación, en la que quizá internamente se considere un despilfarro las explicaciones, frustra a los interlocutores en un trabajo intuitivo condenado al fracaso: es imposible acertar en todo.  El juego adivinatorio, maquiavélico en ocasiones, casi nunca ofrece buenos resultados, aunque el menor damnificado sea quien maneja la información.

Me he referido al fracaso de la escuela en la formación de esa competencia, pero hay que insistir también en nuestra condición natural.  Puede que incluso la manía sea un vicio, la voluntad perversa de manipulación o hasta la maldad por ridiculizar a los otros.  No hay que excluir el intento de desprecio, la inclinación malsana de sentirnos superiores frente a los que se subestima y no se reconoce. 

De cualquier forma, cerrarnos a los demás no es redituable.  Es una batalla innecesaria en la que continuamente saldremos heridos, maltrechos y con la reputación afectada.  ¿Y las victorias?  Siempre serán pírricas.  Lo inteligente es ser generosos, extender lazos, hablar, decir lo que se siente, con sencillez y sin artificios.  No parece difícil, pero ya ve cómo a veces nos complicamos y somos así, un poco retorcidos, maniáticos, bobos.

Las redes, el ruido y el desamor

Toda la vida en las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación.

Guy Debord

Hay mucho ruido en el ambiente y cada vez es peor.  Las noticias, las redes sociales, la música, el cine, el streaming, el cotilleo de las calles… nada parece detenerlo.  Todos parecen empeñados en captar nuestra atención en función de vendernos productos porque somos mercancías en un mercado que se nos cuela.  El mundo se convirtió en plaza pública.

El efecto son los nervios, la sensación de no estar al día, la pesadumbre de estar fuera por la incapacidad de nuestro lenguaje, por estar excluidos de lo que está de moda.  Basta una semana de ausencia para sentirse extraterrestre, no se sabe el avance de la guerra de Ucrania y menos aún el último golpe criminal de los ladrones que nos gobiernan.  Así de cruel puede ser nuestro mini retiro.

Es una cultura diseñada para la distracción porque decidimos que es la cura contra la vida.  Vivir duele, por ello es mejor transitarla con audífonos, hay que llenarlo todo.  El profiláctico debe aplicarse en dosis continua, en la cocina, en el estudio, en el patio, por las calles y en el carro.  Nunca deben faltar las suscripciones que nos mantengan ocupados: Netflix, Spotify, YouTube… todo se vale con tal fin.

En esas condiciones olvidamos lo esencial, amarnos, reencontrarnos y cuidarnos mutuamente.  WhatsApp no nos ha hecho mejores, no somos más tiernos con el advenimiento de las redes sociales.  Al contrario, sirven para todo menos para estar presentes.  Ni siquiera podemos decir te amo porque no lo sentimos, estamos ausentes, todo es distancia en el mundo interconectado.

También a los jóvenes les ha afectado, más allá de las dificultades hasta para hablar (ya no digamos para expresar sus sentimientos), les cuesta mantener la atención.  Viven el nomadismo radical, son gobernados por el impulso de la dopamina que los esclaviza a la vagabundería sin fin.  La situación se ha salido de nuestras manos.

La conspirafilia puede hacer pensar que la realidad es parte del ardid de la industria del espectáculo o el triunfo de la ideología del mercado, pero me temo que es algo más.  También se debe a la fragilidad de nuestro carácter, la tendencia humana por lo frívolo, la determinación por lo fácil.  Todo ha coincidido en la configuración de una personalidad débil, expuesta y manipulable en detrimento de lo humano.

No somos conscientes de ello, pero es esa dispersión o el ruido constante, como le llamé al inicio, parte de las causas de nuestra infelicidad.  ¿Cómo serlo si no nos amamos?  No nos llamamos, nos tocamos ni afectamos. Somos prescindibles, hemos sido cambiados por las redes, las noticias y los presuntos amigos (innumerables) de Facebook, Instagram y nuestros seguidores de Twitter y TikTok.  Todo cabe ahí, menos nosotros.

Elogio de los años

Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar y viejos autores para leer.

Francis Bacon

He sentido admiración por mis mayores casi desde toda la vida.  Es un fervor natural que sin esfuerzo me lleva a considerarlos en un estado eminente aunque a veces no sea necesariamente así.  Doy por descontado, quizá sin apenas pensarlo, que la experiencia de los años los pone en un estrado del que yo no participo.

Guardo en mi memoria, por ejemplo, la llegada a mi colegio de un intelectual anciano (de repente tenía 60 años, pero yo estaba en tercer grado y tenía ocho años), cuyo nombre era Eloy Canales.  En mi pueblo era celebérrimo, así nos lo presentaron y así lucía -ya sabe, el cliché de siempre-: enjuto, encorvado y de finos modales.  El clásico porte de un Diógenes apenas más sofisticado.

Todavía recuerdo al viejo apasionado.  El erudito que tocó mi espíritu en una visita de treinta minutos.  ¿Cómo es posible?  Un misterio.  Quizá por disposición natural o hasta el prurito irracional de quien concede virtudes donde no las hay.  Claro, siempre parto de la fe gratuita que me hace suponer madurez en el juicio de mis mayores.

La veneración ha tenido sus réditos o al menos eso creo.  Primero por el amor suscitado por la conducta, luego, por su efecto mimético.  Evidentemente no me refiero a la asunción de actitudes vetustas, sino al derivado producido por la vivencia de experiencias, la clarividencia de los años y la sabiduría destilada por el tiempo.

Una cultura demuestra su exquisitez cuando respeta a sus mayores y, su barbarie, cuando los desprecia.  Esta atrofia quizá provenga tanto de una enfermedad congénita del espíritu, una falla orgánica que entorpece el sentimiento, como del hábito adquirido, según la fragilidad de una naturaleza perversa.  El resultado siempre es el mismo, la vulgaridad del que opera desde la estupidez.

Amar a nuestros mayores, ya no digo solo respetarlos, pasa por el reconocimiento de lo que son, una especie de soldados en retiro todavía en guardia.  El testimonio de la lucha constante, el carácter del que no se doblega, el asceta que lucha apenas con esperanza.  Cierto es que hay de todo tipo y es un atrevimiento romantizarlos, pero veo una constante que es la que nos debe llevar a la veneración referida.

Hace muchos años recibí un premio inmerecido, para algunos expresión de mi infortunio, al ser enviado a una residencia de “retirados” de la vida religiosa.  Viví dos años de fantasía compartiendo mis días con esos hombres de antaño que me compartían su vida de emociones.  Lo mío, un jovenzuelo de 25 años era escucharlos, animarlos y consentirlos desde mi función de administrador de la casa.  Algo habrá tenido de hermosa esa temporada que aún recuerdo nostálgico a los que ahora ya no están.  Eran viejos maravillosos.

La avaricia: pasión por tener

¡Oh avaricia! ¿qué más puedes hacer, que así te has apropiado de mi sangre que ni te cuidas de tu propia carne?

Dante Alighieri

La mesura creo que nunca ha sido lo nuestro.  Es un hecho.  La historia cuenta con suficiente evidencia de ese apetito sin límite en el que exponemos nuestro carácter.  La inclinación por el exceso en detrimento de gestos mínimos de generosidad con los demás. Lo propio ha sido siempre acaparar, a veces por miedo, como muestra de poder, o quizá por impulso irracional sin que medie la voluntad.

Más allá de la doctrina cristiana que condena esa desproporción (me encanta la cita del catecismo en el numeral 1866 que dice que lo malo no es desear, sino cuando “con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece o es debido a otra persona”) es evidente que en el plano secular se rechaza esa conducta egoísta.

Thomas Piketty, por ejemplo, desde hace mucho tiempo ha defendido la idea de que la acumulación de capital desmedido es inmoral porque impide el crecimiento y condena al subdesarrollo a la población.  El que haya más millonarios no ha evitado la reducción de la pobreza, según la profecía de los defensores del capitalismo.  El francés propone que los milmillonarios paguen un 90 % de impuestos sobre su patrimonio.  ¿Por qué esa cifra y no otra?, le preguntaron en una entrevista.  Respondió:

Un 90% a quien tenga 1.000 millones de euros significa que le quedarán 100 millones de euros. Con 100 millones todavía uno puede tener un cierto número de proyectos en la vida. El objetivo es regresar a un nivel de concentración de la fortuna que era más o menos el de los años sesenta, setenta u ochenta en Estados Unidos y en Europa. Mi enfoque es empírico. Lo que queremos evitar es la sedimentación. Mark Zuckerberg tuvo una buena idea a los 25 años. Pero, ¿esto justifica que a los 50 o 70 años continúe decidiéndolo todo sobre una red social mundial?”.

Fuera de la audacia de la recomendación del intelectual que, por otro lado argumenta razonablemente en sus voluminosos libros, subyace su convicción moral del mal que supone la desmesura a la que nos hemos referido al inicio.  En esto coincide con los comunitaristas que fundan su posición en la naturaleza política -social- que debe prevalecer sobre el interés arbitrario individual. Porque incluso las rentas y la propiedad tienen orígenes sociales, reconoce el economista. Y agrega: “No lo inventamos todo nosotros solos. Desde el momento en que uno obtiene altos ingresos, se ha beneficiado de muchas otras personas.

Lo anterior no significa, sin embargo, que la avidez sea exclusiva de los millonarios o los empresarios como deja entrever el viejo Catecismo Católico (La cita es elocuente: “Hay […] comerciantes […] que desean la escasez y la carestía de las mercancías, y no soportan que otros, además de ellos, compren y vendan, porque ellos podrían comprar más barato y vender más caro; también pecan aquellos que desean que sus semejantes estén en la miseria para ellos enriquecerse comprando y vendiendo […]. También hay médicos que desean que haya enfermos; y abogados que anhelan causas y procesos numerosos y sustanciosos…”.  No olvidemos que la “Casta meretrix” tampoco ha sido demasiado ejemplar en el tema.  Quizá debamos ser menos maniqueístas y asumir lo que nos corresponde.

Peter Singer y la consciencia humana

Si nos atenemos a Peter Singer, la consciencia no es un fenómeno exclusivo de los humanos, ni siquiera de los primates.  El filósofo australiano insiste en la idea según la cual los animales y los humanos, al compartir una estructura común, se igualan en dignidad y derechos.  Tal reconocimiento, si nos lo tomáramos en serio, impediría el sometimiento al que hemos condenado a las especies vivas del planeta.

Pero no es del razonamiento audaz del pensador al que quiero referirme, sino de su supuesto, esto es, el hecho empírico de que los seres humanos tengan consciencia.  Contrario a su aserción, la evidencia a veces sugiere lo contrario: los límites de la consciencia en sujetos incapaces de apercepción. 

Esto no invalida la apuesta intelectual del filósofo en un esfuerzo personal por falsear su teoría, conforme lo enseñado por Popper.  Solo me sirve para señalar la patencia de algunas conductas.  La evidencia de que algunos carecen de consciencia en una vida reducida tal vez a la actualidad de las circunstancias.

Por ello no es raro encontrar a sujetos que inflijan dolor y sufrimiento involuntariamente, produciendo caos, destrucción y hasta muerte. Sí, quizá sea un género de eso que llamaba Arendt, la banalidad del mal, ejecutorias emprendidas por imperativos que escapan al libero arbitrio.

Dicho comportamiento, sin embargo, no es generado por causas externas, sino por una especie de relajamiento interior.  Una suerte de ecosistema particular narcotizado que impide la autoconsciencia.  El efecto consiste en una vida transitada en automático, sin examen crítico que enjuicie los propios actos o que los ponga frente a un tribunal interno.

Referirse a esa privación de consciencia va más allá del desconocimiento intelectivo, como quien “no tiene idea de lo que ocurre”, sino también a una intuición de tipo moral, “ignorar el mal de la conducta”.  De ese modo, su ceguera moral lo convierte en el verdugo universal que por acción u omisión lastima también a los que ama.

Ese entumecimiento de la consciencia, que puede ser congénito, propio de un espíritu frívolo, o condicionado, conforme lo que llama Bauman, la sociedad líquida, limita las relaciones afectivas y son fuente de insatisfacción personal.  Recuperarse de esa deficiencia humana será la tarea por asemejarnos a los animales según los dictados de Singer.

El beso

El beso es una expresión de cariño que actualiza un estado particular de las emociones.  Es cumplimiento y anuncio que patentiza un deseo de entrega en un proyecto de carácter benevolente.  Besar es transgredir, cruzar fronteras, cartografiar, pero también es el acceso al infinito de quien se entrega con audacia al amor.

Los besos expresan candidez, la ilusión de un porvenir vaporoso, pero lleno de esperanza.  Es el salto al vacío de un espíritu urgido por la donación sin garantías, cifrando su felicidad en esos labios ajenos y propios a la vez.  No hay inocencia ni impunidad aún en los besos presurosos.

Pero hay besos y besos.  Los hay de los que duelen como el de Judas.  El ósculo traicionero.  El dado con fingimiento.  El beso disimulado, el que miente, el interesado.  Esos que no germinan ni son portadores de vida, los que envenenan con su cimiente abortiva, los que violentan la piel y mancillan las emociones. 

Los hay contenidos.  Los que se guardan.  Los reservados.  El beso prostibulario, por ejemplo, a veces tímido o evitado, en tanto no es mercancía.  Los besos no negociados a causa de un amor, los que no se consienten por el pacto de un afecto al que se debe fidelidad.

Hay besos filiales, amigables y fraternos.  Todos partícipes de un sentimiento sin mesura.  Ese que no está tasado ni se somete a las leyes de la justicia.  El gobernado por la caridad y hecho para el sacrificio heroico.  Este género de besos, no obstante, por su naturaleza, es otra cosa.

El beso profano es diferente.  Su identidad se funda en ese gesto prosaico cuya importancia, sin embargo, carece de hondura.  Un beso necesita alma, la asunción de una personalidad que arraigue en una realidad distinta.  Quizá en ese ecosistema trascendente que hace decir al poeta, Sabines, que su pasión es de otra dimensión: “No es nada de tu cuerpo”.

No es nada de tu cuerpo
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.

No es tu boca –tu boca
que es igual que tu sexo–,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo en que bebo.

Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.

No es tu mirada –¿qué es una mirada?–
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.

No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un grano, ni un momento.

Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.

El esplendor de la miseria

El columnista escribe sus textos como una suerte de acto ciego.  Desconoce a sus lectores, sus expectativas y sus intereses.  Todo es una disposición de fe.  La figuración de que el contenido será relevante y que, por ello, aprovechará a más de alguno.  Pocas cosas tienen más de metafísica que la escritura en general.

En ese estado de incerteza solo queda la invención de motivaciones.  Escribir para uno mismo.  Insistir en la valía del tiempo invertido por auto purificación, por la aclaración de ideas o por la regulación de ánimo.  Casi como una medicina para los trastornos personales.

Imaginar que el ejercicio se justifica por ser una actividad del espíritu.  ¡Qué pocos tienen la dicha del ocio productivo!  Miserable, hasta se finge singularidad, un escogido por los dioses, un profeta o un clérigo que pontifica sin sotana y pregona lo obvio.  En resumen un necio si fuera realmente tomado en cuenta.

Escribir es una apuesta al vacío, una presunción.  Autoengaño.  La afirmación de que el deseo de cambio en los textos es suficiente para trastocar la realidad.  Imaginarse dioses que con la palabra estructurada, enmarañada y artificiosa se estructura un mundo distinto.  Verificamos al milagrero oculto tras el ordenador.

El periodista que escribe con regularidad sus columnas es también un jugador.  Como niño impenitente se aísla, toma su pluma y se finge soldado.  Tras la apariencia de lucidez se esconde el general que dirige tropas para tomar ciudades e instaurar el orden.  Ya puesto en estado de guerra se erige en salvador, en juez inapelable y tirano cuando la situación lo demanda.

¿Qué quedaría de la escritura sin esa imaginación?  El columnista no ignora su onanismo autoestimulante, la soledad que llena con palabras, la aspiración por hacer digerible la vida.  No es una fábrica de babas.  Reconoce que lo suyo es apenas una semilla en tierra árida, el canto desafinado en oídos enfermos.  Intuye la fragilidad de su voz en medio del ruido cósmico.  Pero insiste.

Intentarlo, más allá del remedio redentor que supone la escritura, traduce la esperanza. Expresa la inocencia de quien afirma lo imposible.  La declaración contra la ortodoxia negadora del cambio.  El escribidor es un romántico, el enternecedor nostálgico de una realidad nunca existida y a la que, sin embargo, se quiere regresar.  En resumen, el utópata incontenible de textos ofrecidos a todos y a nadie.

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