La visita de Julián

Quizá júbilo sea la palabra perfecta que describa el estado emocional de Julián cuando decidió visitar a su antiguo amigo en ese convento gélido del centro de la ciudad.  Un lugar que le traía recuerdos porque también ahí había estado semi enclaustrado, según las exigencias de su condición de vida.  

De camino, aún cuando manejaba, con la ansiedad de siempre, repasaba los espacios de la casa que colindaba con la iglesia: la cocina, el comedor, la sala, la capilla… hasta el olor de su habitación, que recordaba reducida y lúgubre, como si Dios se inclinara por el minimalismo o sus gustos fueran modestos. 

“Quizá no sea la estética de Dios la que prevalezca en esos recintos”, pensó, “sino la poca gracia de los monjes demasiado desencarnados, distraídos y frecuentemente llanos.  Con escaso paladar para las cosas del mundo que juzgan corrupto y de carácter temporal. “En esto, como en todo”, concluyó, “hay que eximirlo de la ramplonería de sus epígonos”.

Iba emocionado por la visita que finalizaba tanta espera.  En rigor no era su amigo, sino su antiguo preceptor de latín y su maestro de Gregoriano.  Ambas áreas en las que Julián era (siempre lo fue) un profano.  “No cantes, te lo suplico”, le pidió desde la primera vez con irritación.  “Estarás en el coro, pero solo de bulto.  Quizá lo tuyo sea otra cosa… ojalá”, le dijo en voz baja.

En eso estaba cuando apareció el hombre que apenas reconocía por su figura escuálida. 

  • Hola, buenas tardes.  Me dijeron que usted me busca.  Indagó el que parecía hombre bueno. 
  • Sí, padre, soy Julián.  ¿Se acuerda de mí?
  • Julián. Me suena ese nombre. ¿Y tu apellido?  ¿Dónde nos conocimos?  Perdona, pero tengo una memoria frágil
  • No puede ser. Bromea.  Soy Julián Gastón.  Hace 30 años usted me enseñó los rudimentos de la metafísica, los artificios de la lógica y las bondades de la dialéctica.  ¿Se recuerda de mi poca habilidad para el Gregoriano? Le cumplí, nunca abrí la boca en los “Te Deum” ni me ubiqué hasta adelante en el coro. 
  • Qué pena, Julián, tengo la mente en blanco.  Tu voz me es familiar, pero nada más.  Respecto a lo último que me dices del coro, te lo agradezco. Aunque tengo que confesarte algo, quizá para tu consuelo: no fuiste el único al que hice callar en las liturgias.  Como tú había muchos, sordos, ofídicos, inhabilitados para el “bel canto”.  Seguro Dios disfrutaba tu silencio.

            Al finalizar su visita, de camino a casa, sintió indulgencia por su preceptor.  Lo exculpó, según su hábito, pero lo juzgó también descuidado, desaliñado y en fachas.  “Ni la música afecta a los bárbaros”, se dijo desconsolado, ahora sin que mediara visos de redención.

Inagotables

Los corruptos son un problema no solo por la criminalidad que practican y los efectos derivados de sus acciones, ya de por sí injustificables, sino por su apetito insatisfecho.  Me refiero a que si fueran actos aislados, puntuales, manchas esparcidas en un lienzo discretamente sucio, sería irrelevante, sin embargo el vicio de nuestros políticos es su falta de cansancio.

Son una especie de artilugios (porque no les cabe ni siquiera lo de “animales políticos”) movidos por una pila extrañamente inagotable.  Cuando se activan para delinquir, que estimo ocurre desde temprana edad, ya no paran quizá hasta su deceso.  Son auténticos mecanismos para el robo, la maledicencia y la mentira.

No por increíble que le parezca es una exageración.  El caso, por ejemplo, de Pérez Molina y Baldetti Elías constituyen la prueba que lo confirma.  Ni bien salen de prisión a declarar frente al juez, lejos de visos de una advenediza rectitud moral producida por la experiencia carcelaria, continúan orondos con su impostura, atacan, muerden, denuestan, humillan.  Su cobre reluce con esa estética que los muestra vergonzosos incluso al rudo.

Son lupinos, pero de la más baja estirpe dentro de esa familia que no se resiste a la extinción.  Como Jimmy Morales y la Fiscal General, como el Presidente y las muchas alimañas del Congreso, las municipalidades y los ministerios del Estado.  Casi todos pertenecen a esa taxonomía repugnante de subespecies humanas, despreciables por la inclinación irrefrenable hacia lo frívolo.

Porque hay que consignar la contemporaneidad de atributos: la proporción entre vicio moral y vulgaridad.  Paradójicamente hay una armonía por la que lucen tan malos como vulgares, aún más, de fealdad supina.  Una característica aditiva que marca el rostro de la anomalía devenido en monstruo. 

Así son muchos de nuestros políticos, esperpentos infatigables en materia de corrupción.  Espectros desfigurados llamados al espanto.  Por ello, la familia, la escuela y las iglesias, entre tantas otras instituciones, deberían cultivar en la ciudadanía una sana distancia que haga molesta la proximidad y hasta el contacto físico con esa experiencia fantasmal.

Quizá la lucha cívica contra los corruptos empiece por aquí, en la identificación de los que malversan y trafican en bandas criminales.  En ser catadores de ladrones y expertos en diagnóstico de estafas.  No hay que ir a la universidad, están en las organizaciones gremiales, en sindicatos y pululan muy frescos esparciendo su podredumbre en las oficinas de gobierno.  ¿Ya los conoce?  Conviene entonces desactivarlos y dejarlos inoperables.

Ella

No habría querido verla, pero fue inevitable reencontrarnos.  Tenía quince años cuando la dejé por esa fantasía que ya era madura en mí debido a una anormalidad de la conciencia, una especie de precocidad enfermiza que me hacía pensar que lo mío eran los proyectos grandes.  Apenas tomé su mano en el parque y fingiendo pena (yo, el más burdo de los actores), le dije que me iría del país por razones políticas, pues “era insostenible continuar mi vida en Nicaragua”.

La dejé de ver por más de veinte años cuando el destino se interpuso sin que supiera sus intenciones.  La vida está llena de absurdos.  Como ese momento en que cruzamos miradas, ambos ya con la vida hecha.  Evidentemente no me fue indiferente porque en mi cursilería la solía evocar en soledad y abrigaba esperanzas de verla conmigo.  Así soy, un sujeto con voluntad mágica o más bien con prurito milagroso, de esos que a todo le encuentra un sentido providencial.

Tomé la taza y crucé las piernas.  Me desparramé un poco en la silla.  Frente a mí, más bien a un costado, estaba la mujer, la única que había provocado en mí reacciones de estómago.  Y maldije un poco mi vida torcida, el efecto de esa castración impuesta por algo, en este caso por alguien, que sin quererlo cercenó para siempre mi espíritu para dejarme con el consuelo de los vicios del cuerpo. 

Me preguntaba si seguía siendo dulce, con esa mirada y esos modos que me ponían nervioso.  Me intimidaba.  Su cuerpo, sus manos, su boca, el olor de su piel.  Pensé en su recuerdo y el sello que llevaba de ese amor fallido. “Ni un beso, carajo.  Qué clase de hombre soy”, me dije, siempre oscilando entre la autoindulgencia y el sentido de culpa cuando consideraba mis desventuras.

Era muy joven”, me exculpé.  “Cualquiera a mi edad se habría sentido disminuido, reducido, acomplejado”. Me daba ánimo.  Así era yo o quizá lo seguía siendo: ese a quien le gusta racionalizarlo todo, como si el examen de causas fuera el imperativo del que depende la suerte del mundo.  El logos a quien le corresponde ordenar el caos.

Me pegó verla ahí, sola.  ¿Esperará a alguien?  Me intrigó. Sentí celos de sus afectos, de historias que imaginaba con protagonistas alternos.  ¿Tendríamos algo en común?  Mis parejas no lo fueron, ¿Por qué ella sería diferente? Además, qué pude significar sino lo fugaz, ese acontecimiento minúsculo incapaz de afectar la vida.  Vamos, que a veces nos traiciona la ficción, innecesaria por demás.

Mucho se habría aclarado al dirigirle la palabra, pero la dejé ir.  Siempre como la primera vez, ahora en escenario distinto.  Y mientras lo escribo, exorcizo y busco escusas.  Recurro a la magia, claro, el ensueño que me hace creer que habrá otra oportunidad y que si Dios quiere, ella será finalmente para mí.  Eso es lo mío, la fe en lo imposible, la certeza en los milagros… después de todo, haberla visto confirma lo aparentemente absurdo.

Ideas sobre la libertad

El esfuerzo por ser libres no tiene fin.  Es un proyecto abierto lleno de baches sin posibilidad de triunfos definitivos.  Lo recurrente son los yerros, los infinitos accidentes en el que la sabiduría es la autoindulgencia.  Y basta. Habituarse a las mordazas, negándolas en nombre de las utopías.

Ser libres quizá sea el mayor de nuestros objetivos.  Y, sin embargo, nos regalamos, no movidos por la voluntad, sino por los descuidos.  Somos fáciles, presas expuestas con la guardia baja.  Ni siquiera tienen mérito los salteadores que automatizan sus atracos y reditúan a distancia.

Es lo que sucede con las redes sociales que como reloj suizo operan puntuales en el manejo de nuestra atención.  El sistema es perfecto, según las leyes algorítmicas a veces burdas, pero mejores que nuestra exquisitez en la administración del tiempo.  Es como si el sistema digestivo que nos gobierna estuviera atrofiado y se conformara con chatarra.  Así tal cual.

Automatizados, hemos capitulado frente al proyecto de libertad.  Nos dieron gato por liebre, negociar no es lo nuestro, pero disfrutamos los continuos orgasmos solitarios descargados en los “likes” de las aplicaciones.  Nuestro onanismo es de antología.  Y como adolescentes, las hormonas se imponen en un estado de excitación sin fin. Siempre queremos más.

Lo sabemos, pero lo justificamos.  Somos colaboracionistas en el programa de esclavitud personal.  Nos hacemos los listos al insistir en la utilidad de lo digital, Google, Apple, Amazon, Facebook… qué sería el mundo sin la intercomunicación, sin las ventajas de las “big data”.  E integramos más herramientas, diversificamos las esposas y sofisticamos los grilletes. Fingimos libertad, mientras las descargas sensuales inciden simbólicamente en la piel.

Así, poseídos por el hedonismo, entregamos la información que alimenta al ogro vigilante.  Dulces a cambio de datos.  El mercado no es lo nuestro (ya lo he dicho).  Lo que nos pertenece es lo erótico, la sensualidad que nos domina, la arrogancia y la egolatría que nos engolosina imaginándonos el centro del universo.  Sujetos miserables dignos de compasión.

Los asaltantes lo tienen claro, conocen nuestra enfermedad.  Y si no nos dejan morir (porque valemos poco, según su diagnóstico) es porque somos la causa de su fortuna.  La clase de parásitos que con todo, ya sumados y en masa, merecen vivir temporalmente.  El mal necesario mientras haya utilidad.

Sí, hay una decadencia que oscurece el presente y amenaza a la humanidad.  Se necesita, más allá del coraje que reclame lo propio, la conciencia del mal que nos aqueja.  Recalibrar nuestros gustos y abrazar nuevas estéticas, las que derivan del pensamiento, la reflexión y el sentimiento de rebeldía.  Sin eso, seguiremos regodeándonos en la caverna mientras envejecemos vaciados de todo significado que alumbre la verdadera felicidad.

Tumor maligno

Un tumor maligno sufre Guatemala desde el advenimiento del gobierno corrupto encabezado por el presidente en funciones.  Su metástasis generalizada no habría sido posible sino por el concurso de otros agentes en el interior del Estado, dígase por ejemplo la innombrable Fiscal General, con cuya podredumbre ha contaminado el cuerpo mismo ya de por sí endeble y enfermizo.

Hasta aquí, sin embargo, quizá no quepa el asombro.  Hay poca diferencia entre el liderazgo de nuestro actual aprendiz de dictador con respecto al anterior gobierno dirigido por el payaso.  La novedad más bien se encuentra en la maldad del enfermo que aderezada con la mentira, la mitomanía y la soberbia hace insoportable la posibilidad hasta de verlo en fotografía.

De hecho, el rasgo fundamental de nuestro gobernante está constituido por su capacidad de venganza.  No se trata de alguien que puntualmente caiga en el error, por descuido, distracción o la propensión de la naturaleza caída, es que Giammattei es un sujeto perverso que se solaza en su propia maldad.  Por ello, sus escasas luces las utiliza para, desde el cálculo, infligir venganza a quienes juzga sus enemigos.

Y como no tiene vergüenza, luego de la tortura y la cacería humana, es capaz de pronunciar el nombre de Dios (¡Dios bendiga a Guatemala!) porque es altanero, de conciencia vulgar.  No es que solo sea un hombre rudo y de moral acomodaticia, ruin, sino también  la expresión del sujeto guiado por su propio interés.

Un político así sería un problema menor si no fuera porque lo acompaña un séquito de corruptos de la misma calaña.  De ese modo, Guatemala sufre una enfermedad por la confluencia de condiciones desfavorables que contamina su ya maltrecho organismo.  La última escena de maldad ha sido la puesta en escena del caso inventado por el innombrable Curruchiche (por cierto, otra protuberancia del sistema) en contra del periodista Jose Rubén Zamora.

Son tan primitivos que su barbarie no los perturba. Y, mientras juzgan el mundo desde su oligofrenia (ya no es solo pobreza moral, sino sobre todo intelectual), creen en las posibilidades de su disfraz.  Porque subestiman a la comunidad política, a la sociedad en general, a quienes piensan timar vendiendo su relato mendaz para aprisionar y callar a quienes los denuncian.

No nos equivoquemos, el ya famoso pacto de corruptos viene por todos.  A los epígonos del monstruo le sobran deseos de suplicios, persecuciones, retorcimiento de las leyes y violencia.  No han llegado a jugar o a esperar el fin de su período de gobierno, quieren instalarse y exprimir al país para vivir de sus recursos a sus anchas.  Ya le digo, Guatemala sufre un tumor maligno que necesita cirugía mayor. 

Cartas de amor

Escribir una carta enamorada, no la funcional o la dirigida con fines de gestión, sino la realizada para el intercambio de sentimientos, es algo poco habitual en nuestros tiempos.  Su protocolo: sentarse, tomar la pluma y registrar las emociones en papel, es algo absolutamente en desuso.  Pero hubo una época en que la normalidad se imponía y el ridículo era más bien lo contrario.

Una nota para expresar los sentimientos constituía una especie de ensimismamiento en el que se exploraba lo íntimo y lo sedimentado era el oro decidido a enviarse para declarar lo que se sentía.  El receptor (o la princesa que recibía el opúsculo o tratado, según la intensidad y la habilidad del afectado por las emociones) lo leía en un estado mágico que hacía trascender las palabras al elevarlas a un estado a su manera metafísico.

Así, la declaración que traslucía el texto adquiría un rango que lo ubicaba en un estrado de incuestionable valor.  Su nivel lo caracterizaba la capacidad con que se resumía el cataclismo interior, una vivencia ambivalente en el que el dolor se compensaba con la evocación revestida de palabras.

Tanto embelesamiento corría el riesgo de lo rosa, la palabrería, los lugares comunes y lo melifluo.  Un romanticismo vacuo que falseaba los sentimientos o lo desdibujaba a falta de una construcción más exquisita, capaz de pronunciar la idea correcta o más bien ingeniosa.  Con todo, hasta lo cursi afectaba al amado que dispensaba al rudo de su impericia literaria y sentido de lo estético.

Las cartas de amor, su contenido, versaban sobre lo mismo: la ausencia del amado, los recuerdos memorables, los temores imaginarios, los proyectos compartidos, las insinuaciones y muchos te quiero que buscaban réplicas o se conformaban con su impunidad.  El escritor amoroso era presa de pasiones incontenibles que desembocaban en la escritura profusa, reiterativa y tautológica, redundante y circular, cíclica y obsesiva.

Lo que no impedía que la amada los releyera, hallando significados escondidos que imaginaba en su trance.  A veces los memorizaba y llegaba a gustar la prosa que sabía deficiente, pero incendiaria.  Reconocía la audacia del bárbaro que en la enfermedad superaba su vulgaridad.  Lo pensaba sudoroso, incómodo, quizá abochornado en esa práctica que le resultaba ajena, pero que enfrentaba como púgil de categoría inferior.

Las cartas de amor eran perlas, objetos sagrados de devoción privada.  Y si hoy se escriben pocas es porque se ha perdido la fe, por falta de curadores que las valoren.  Quizá haya relación entre la vulgaridad de nuestros tiempos y el hábito de expresar los sentimientos.  Habrá que considerar dicha pérdida como una especie de catástrofe con los efectos de deshumanización a la que nos vemos abocados.

Jaime Sabines

Hasta la vista, amigo

El mundo artístico ha perdido a uno de sus más connotados creadores, Maco Luna.  Un ser humano singular que destacó tanto por sus cualidades literarias y musicales como por la calidez con la que nos hacía sentir a los que tuvimos el privilegio de compartir experiencias junto a su permanente sentido del humor.

Como suele suceder, al recibir la noticia se han activado los recuerdos y también las culpas.  Esa falta de sentido de oportunidad, por ejemplo, que hace postergar los encuentros como si fuéramos eternos y el tiempo o el destino no cumplieran con fatalidad sus propios caprichos.  Así, la frustración no puede ser más incisiva en medio de la falta del amigo.

De Maco aprecié muchas cosas.  En primer lugar, la calidad de los textos compartidos con una suerte de intuición poco común.  Me fascinaban de sus relatos su fantasía, la cotidianidad del ambiente de los protagonistas, pero sobre todo la forma cómo resolvía y trataba sus textos.  Tenía genio, se solazaba a veces en los detalles y en cierto tratamiento en el que se subrayaban los valores de la vida y los sentimientos humanos.  Lamenté mucho que no le dedicara más tiempo a la escritura.

Más allá de lo literario, Maco fue una persona muy alegre, afectuosa, buena.  Dudo que en su corazón haya cabido el odio.  Traslucía bondad y no poca generosidad.  No tengo un solo recuerdo incómodo con el amigo.  Más bien en él todo era felicidad compartida, aún con las penas que seguro llevaba en su corazón (como cualquier mortal expuesto al sentimiento trágico de la vida).    

Recuerdo que en una ocasión que sufrió quebrantos de salud le hicimos una visita con los amigos del PEN, Carlos René García y compañía.  En ese momento nos recibió el estoico revestido con una coraza ejemplar para la ocasión.  Casi postrado, nos agradeció el encuentro y se dedicó a relativizar su situación.  Nos contó chistes y con el tiempo pudo sobreponerse a un estado del que pocos salen fortalecidos.

Con los años, nuestro Maco tomó distancia de las reuniones habituales en la zona uno, pero seguimos en contacto con la seguridad del afecto de amigos.  Nos escribíamos, me compartía sus relatos (que publicaba puntualmente en el Suplemento Cultural de La Hora) y eventualmente nos llamábamos por teléfono.  Yo lo seguía sigiloso en las noticias de prensa que referían su presencia constante en la música guatemalteca.

Maco deja una huella indeleble en el arte, pero aún más un vacío insustituible en nuestros corazones.  Nos costará digerir su ausencia y acostumbrarnos al sentimiento de soledad por la distancia impuesta por la vida.  Con todo, celebro la alegría de los buenos momentos y el recuerdo de la dicha compartida en esos años de fortuna.  Hasta la vista, amigo.  Buen viaje.

Salud mental

No andamos bien en materia de salud mental.  Lo repiten los expertos y lo verificamos cotidianamente según nuestra propia experiencia.  Ya no solo se trata, sin embargo, de experimentarlo en otros cuyas conductas nos asombran y tienen propiedades enigmáticas, sino en nosotros mismos que tampoco sabemos interpretar lo que nos toca.

Desafortunadamente ese desequilibro manifiesto, los arranques conductuales desproporcionados, se generan en virtud de un contexto malsano que estimula el descontrol que expresamos.  Así, la mesura y la contención, el dominio personal, se convierten en utopías irrealizables por fuerzas que nos subyugan sin que podamos limitarlas.

Ello exige, como no puede ser menos, una educación sólida en el manejo de las emociones.  Proceso que pasa por momentos reflexivos en la escuela, pero sobre todo por experiencias que fortalezcan el carácter.  Una estrategia que descubra el valor del autodominio y la soberanía de los sujetos, para seguidamente reflexionar en casos que hagan emerger la conducta deseada.

No es fácil (casi nada en la educación del carácter lo es), pero los educadores deben favorecer el cultivo de las actitudes.  Ya no solo mediante técnicas innovadoras, sagaces e inteligentes, sino por el testimonio personal ofrecido a los estudiantes.  Y aquí la responsabilidad es mayúscula porque implica el esfuerzo docente por ser modelos de vida.  Una ejemplaridad producto del heroísmo de un carácter logrado a base de lucha continua.

No se trata de ser perfectos como educadores, pero sí el testimonio de una humanidad esforzada.  Y lo humano pasa por la frustración y las caídas, pero también por la redención de quien en su fortaleza se levanta, experimenta la autocompasión y sigue adelante.  No hace las paces con sus perversiones, las tendencias torcidas o los propios yerros, sino que los enfrenta para superarlos en su dialéctica cotidiana.

Que vamos perdiendo la batalla es más que evidente.  Los íconos del espectáculo con sus frivolidades, pero más aún con ese comportamiento desquiciado, esquizoide y narcisista, son la mejor prueba del mal que nos aqueja.  Y no lo son menos nuestros políticos, engreídos, soberbios y llenos de disimulo con su vida falsificada.  Expuestos como están, sin que prive en ellos el rubor, son la mejor prueba de la enfermedad a la que estamos expuestos.

Variaciones sobre el tema del tiempo

Una de las consideraciones que solemos pasar por alto es la idea de la brevedad de la vida, la conciencia de que la inmediatez del tiempo impide la realización de nuestros deseos.   Y aunque es más manifiesto el sentimiento en los años de juventud, los años no son garantía para la adquisición de esa convicción.

De esa cuenta nuestras decisiones se fundan en la conciencia de perennidad.  Como si lo eterno fuera lo nuestro y, por ello, las circunstancias siempre estarán disponibles para la corrección de yerros.  Tardamos en enterarnos de la fragilidad de nuestra existencia, el límite del tiempo y la imposibilidad de las oportunidades ilimitadas.

Esa tontería, producida a veces por idiotas, la mayoría de las ocasiones por distracción, nos limita en casi todas las esferas de la vida.  Es la causante de que posterguemos los afectos, el perdón, los compromisos, los proyectos y en general la realización de nuestros sueños.  Privamos a los demás de una sonrisa, un abrazo, una palabra amable o dilatamos el odio que nos carcome por dentro.

El “sero te amavi” de san Agustín demuestra cómo la intuición, que es un tipo de sabiduría extra racional, trasciende la filosofía, la santidad y hasta la condición monacal.  Es la mejor prueba de la falta de apercibimiento del flujo del tiempo y el estado de finitud que nos gobierna.  Ese “tarde te amé” es el lamento del reconocimiento tardío de una realidad fuera de nuestro control.

Por ello, vivir desde la conciencia de lo provisorio y la fuga del tiempo continuo es un imperativo que resignifica nuestro proyecto humano.  No solo nos ordena de forma diferente situando el mundo en otras categorías, sino afectando los actos ahora revestidos desde la sensibilidad de lo temporal.  De ese modo, nuestras expresiones adquieren un matiz que da relieve al lienzo compartido con los que nos rodean.

Fuera de lo anterior nos exponemos a la inconciencia de nuestros actos.  A la reificación de lo episódico tomado como absoluto, la afirmación del arrogante devenido en deidad imaginaria.  Es la inconciencia del que presume lo fatuo, el “flatus vocis” encarnado en la irrelevancia de lo humano.

Es primordial, en consecuencia, reinterpretarnos, introducir un horizonte renovado que impacte a los que amamos, según las ocasiones de cada momento.  Asumir la vida en clave del aquí y el ahora, desde la conciencia despierta que afirma las oportunidades, la sabiduría que abraza lo esencial y rechaza lo que carece de importancia.

El difícil arte de crecer

Que la vida familiar carecía de estética y era a veces inmoral lo sabía intuitivamente el pequeño Juan que lloraba desconsolado por su camisa de fuerza.  Nunca comprendió las razones por las que su madre lo ahogaba en esa ropa si estimaba la desmesura de su barriga y la talla de la pieza exigua.  Prefirió aceptar su conducta y amarla desde el absurdo de sus acciones (que no eran pocos). 

Desde muy temprano supo que su vida no sería un lecho de rosas.  Y si su madre era enigmática, arbitraria y a veces abstrusa, su hermano era peor.  En él reconoció el primer signo de imperfección divina, acrecentado según los yerros constantes y extendidos en la fealdad del mundo a Él atribuido.

Juan era una especie de romántico en un siglo al que no pertenecía.  En su piel llevaba estampada lo peor de los clásicos, Schopenhauer, Goethe y Beethoven.  Como si hubiera nacido torcido, aunque sin complejos, afirmaba el absurdo de la vida solo salvado por los afectos, el amor y las pasiones.  No el sexo vulgar que le atraía, pero le espantaba a la vez.

– No eres normal, por eso no tienes amigos, le reprochó un día Javier, su hermano.

– Los tengo, pero no son legión, respondió afectado por el comentario.  Y agregó:  distingue, lo tuyo son compañeros de aventura, ni uno solo alcanza la categoría referida.

– Qué más dan las especificaciones, yo tengo hasta novia y tú no porque además eres feo, desagradable por todas partes.

– Bueno, en eso de los gustos no nos vamos a meter.  Cada uno tiene su encanto y, aún aceptando que seas más atractivo que yo, lo que importa es la calidad de las relaciones y tú no auguras futuro por esa tontería colosal que exhibes con desparpajo e impunidad.

Era cierto que Juan no era de buen ver, nunca lo fue.  A su conducta retraída, se le sumaba la desproporción en las dimensiones de su rostro.  Pero no lo turbaba porque desdeñaba las apariencias que juzgaba el camino perfecto a la desolación.  En el amor, sostenía, lo bello es un elemento que no debe contar demasiado. 

Y sí, su primera relación la tuvo entrado en años.  Todo de manera natural, sin pretensiones, pero con voluntad de aprendizaje.  En soledad repasaba los actos amatorios en una especie de metacognición acusando sus faltas: “quizá debí ser más tierno, esa torpeza debería superarla, qué tal renunciar a mí mismo, más asertividad, las caricias cuentan…”.  Gastaba horas en reproches que a veces reparaba.

– Si debo serte sincera, le dijo un día Ana, tienes una torpeza tardía de la que soy indulgente solo por razones de afecto.  Además, luces tan cándido en el sexo que me hace recordar cierta bondad originaria que no necesito en ese momento.  Urjo una bestia y tú semejas un ángel renacentista o, peor aún, más antiguo, del bajo medioevo”.

El comentario podía ser atroz, pero solía defenderse de la maldad expresada en palabras.  Comprendía la fuerza de las emociones cuando se apodera de un momento incómodo.  Sin embargo no era indiferente.  La relación con el mundo, primero con su madre y luego con el hermano, le enseñaron a superar las asperezas de la vida: “la clave consiste en superarlo todo, camisas de fuerza, relaciones conflictivas y amores también insatisfechos”.

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