La vida o el gran teatro

Una de las virtudes que quizá deba cultivarse en nuestros días, quién lo diría, es el de la ignorancia.  Ese hábito que consiste en sustraerse de las noticias diarias, ya no solo como forma efectiva de protección de nuestras emociones, sino como estrategia para no exponerse a la mentira y la manipulación de las noticias que circulan por todos los medios.

Hablo de virtud porque requiere esfuerzo.  Lo natural es husmear en las redes sociales, participar en los grupos de WhatsApp y, peor aún, dar pábulo a casi todo reenviando los bulos con una candidez que para los pelos.  Da la impresión de que la suspicacia, al menos en estos ámbitos, es escasa o nula y, ya se sabe, sin crítica estamos a merced de los impostores.

La idea de que debemos tomar distancia de lo que vemos, ponernos en guardia, es tan vieja que quizá lo olvidemos.  Ya Platón con su celebérrimo “mito de la caverna” observaba que la realidad trasciende lo sensible y que extraviamos el camino si nos atenemos a las sombras y no ascendemos por la vía de un esfuerzo intelectual a la verdad. Quiso advertirnos el antiguo maestro que estemos despiertos porque lo nuestro es particularmente una especie de teatro (y de las malos).

Nosotros nos empeñamos, sin embargo, en dar crédito a casi todo lo que vemos, oímos o leemos.  Quizá sea, bien por la envoltura del producto que con el tiempo ha sofisticado su presentación, o bien porque somos “fáciles”, hombres y mujeres inocentes que nos fiamos porque (qué bueno somos) no vemos maldad en los falsos profetas que nos anuncian sus noticias.

Si es así, ¿a quién debo creer? ¿en quién debo confiar?    Obviamente no en príncipes ni instituciones del Estado.  No debe fiarse de los personajes de televisión ni las autoridades religiosas.  Hay que profesar el ateísmo de los medios de información.  Ignorar las redes sociales.  Alejarse de la opinión pública.  Tomar con cautela eso que llaman “ciencia”.  Ser apóstata de lo sagrado y renegar de todo acto de fe.

Solo debemos sentirnos obligados por nuestra conciencia.  Pero para ello, es fundamental educarnos, conquistar el conocimiento y labrar nuestro propio destino.  Lo demás es borreguil, el camino del siervo en un idilio enfermizo con su amo.  La vida transitada en clave ajena, sin autenticidad, falsificada, “chafa”.  No merece eso nuestra existencia.

Concluyamos, pues, con la declaración del poeta a ver si podemos reconducirnos con mayor cautela:

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

Personalidades psicopáticas

Cómo terminará la cuarentena será una decisión que cada uno debe tomar.  Esto porque hace días escucho la preocupación sobre nuestros estados de salud, mental y física, al terminar los días de encierro.  Dicha ansiedad está fundada por las condiciones a las que, sin mayor preparación, nos imponen estos días particulares.

El cerebro del psicópata se altera en la etapa infantil

En ese sentido, no son disparatadas las bromas que describen la obesidad con la que saldremos de nuestras casas si nos descuidamos.  O los desajustes conductuales sufridos por la reclusión y los contactos a veces violentos con los que tenemos cerca.  No estábamos listos para tanta intensidad.  Demasiado para nuestra vocación esteparia. 

Siendo francos, sin embargo, esas rarezas no se las debemos al Coronavirus.  Afirmarlo no es sino una coartada astuta para justificar (tan oportunos que somos) tantas tuercas flojas en nuestra psique maltrecha.  Ya éramos enfermos, odiosos, misántropos, flojos y con tendencia a la ira.  La violencia contra los vecinos, amigos y familiares, solo encontraron nuevos cauces con el Covid-19 y el resultado ha sido el propio de una naturaleza -así como la nuestra- conflictiva y torcida.

Sí, claro, esto no lo esperábamos y nosotros mismos (todos en general) nos desconocemos un poco.  Pero si nos sinceramos frente al espejo, observaremos que Satanás ya tenía una morada confortable en nuestra conciencia.  Dejemos la religión a un lado, el genio maligno al presentarse las circunstancias afloró como debía y su producto es lo que estamos viendo (y continuará -aunque con menos sorpresa-) hasta que acabe el confinamiento.

Mientras eso sucede, advertidos de nuestra proclividad malsana, podríamos hacer algo para cambiar lo que quizá no sea una condena.  Hay que abandonar la molicie, por ejemplo, y empezar a movernos un poco, renunciar a la televisión y dejar de comer frituras.  La voluntad tiene que hacer lo propio evitando los episodios de ira, puede que la clave esté en mantenerse ocupado: cuidar el jardín, lavar el carro, pintar la casa… Y si nada funciona, la familia agradecerá mayor encierro, en el estudio, el baño o el sótano. Hay demonios que requieren más que ayuno y oración.

Me parece que son días de prueba para la mayoría de los mortales.  No nos dejemos arrastrar por las circunstancias condenando a los que queremos.  Hoy más que nunca debe fingir normalidad, actuar como quien domina la situación y es dueño de su carácter.  Con suerte logre persuadir su teatro a los que le rodean y salga menos enfermo de como llegó a la cuarentena.  Usted y yo sabremos al final que se trata de poses porque su anormalidad (y la mía sin duda) es congénita y no se cura.

Dementes

La pandemia que nos aqueja será inolvidable (si logramos sobrevivirla).  Lo será desde distintos puntos de vista. Uno de ellos, será por la capacidad de poner en evidencia aspectos que quizá no hubieran salido a la luz si no hubieran sido por las circunstancias.  Quiero decir, que el aislamiento puede que haya exacerbado aspectos de nuestra personalidad que con certeza escapaban de nuestra mirada.

Examinemos varios ejemplos.  Primero, la intensidad de algunos en materia religiosa.  No faltan los grupos de amigos que constantemente envían cadenas, oraciones y puntos de vistas soteriológicos (es decir, pongamos nuestra mirada en Cristo salvador, nuestra única alternativa).  Así, en los grupos de WhatsApp no queda sino resistir o huir despavorido frente a la avalancha cristiana.

En la cuarentena tampoco son raros los amantes de las teorías conspirativas.  Que si el virus lo crearon los chinos, los gringos o los rusos; que si no debemos permitir la vacuna contra el Coronavirus porque es una forma de castración mundial; que si la pandemia significa el fin del capitalismo salvaje… hay para todos los gustos.  Y no crea que los conspirafílicos pertenecen a grupos de gente con poca formación profesional, tengo amigos con educación exquisita (educados en Europa y los Estados Unidos) que son eximios representantes de lo que he escrito.

Por último y para no aburrirlo, el Covid-19 ha evidenciado la inclinación crédula de no pocos.  Yo no dejo de recibir bulos de todos los colores y sabores sobre distintos tópicos.  Por ejemplo, han matado de mil formas a Daniel Ortega en Nicaragua, los gringos invadieron hace días Venezuela y los chinos y ecuatorianos han hecho un cementerio en las calles.  Los amigos, con buenas intenciones además, me envían correos sobre la cura del Coronavirus: gárgaras de sal, polvos de cascabel… lo que sea.

Yo creo que esas torceduras de carácter ahora descubiertas en medio de la pandemia son obvias por la reclusión y el miedo, pero no aparecieron de la nada.  Sospecho que el contexto malsano operó a favor de lo que estaba en germen en nosotros mismos.  O sea, el virus hizo que emergieran esas inclinaciones que quizá, a futuro, vuelvan a su estado primigenio, esto es, al espacio latente de nuestra personalidad siempre misteriosa.  El trabajo hará lo suyo y servirá de profilaxis para olvidarnos de esas rarezas tan nuestras, tan íntimas, tan secretas.

Estafas, fraudes y drogas al abrigo del coronavirus

Bandera De Guatemala En El Fondo De Cannabis. La Política De ...

No a todos nos afecta de igual manera la pandemia extendida por el mundo.  Mientras algunos la sufren encerrados en sus casas y otros trabajan para sobrevivir, hay también quienes aprovechan para delinquir.  Es lo que nos dicen, a veces muy tímidamente, los periódicos al referirse al tráfico de drogas que en estos días va viento en popa.

Pero no solo los medios, sino agencias como la Europol, que asiste a Europa en materia policial. En su informe publicado recientemente en marzo, prevé incrementos en la criminalidad y alarma a la ciudadanía de esos países (y del mundo) contra siete vulnerabilidades a las que ponerle atención.

El documento se refiere principalmente al aumento de los riesgos de seguridad cibernética, “phishing emails through spam campaigns”, ataques cibernéticos contra organizaciones y personas, incremento de actividad en materia de abusos a menores y operaciones de comercio ilícito en la “Darkweb” (medicamentos, drogas y armas).

Centroamérica al ser una región estratégica en el tráfico de estupefacientes vive unos días también intensos en el negocio. La industria no para en un contexto que parece más bien ideal para su incremento.  De modo que en los próximos meses veremos cómo las estadísticas que reportan el traslado de drogas hacia los Estados Unidos aumentarán por la porosidad de las fronteras y la distracción del mundo por el Coronavirus.

Los políticos no se quedan atrás en el oportunismo pandémico.  Los hay quienes toman ventaja para obtener poderes omnímodos y gobernar arbitrariamente, citemos a Viktor Orban de Hungría, a Rodrigo Duterte de Filipinas y a Omar Razzaz, el primer ministro de Jordania.  Son solo ejemplos en un concierto de líderes mundiales que han visto en el Covid-19 la oportunidad para afirmarse en el poder y reprimir a la ciudadanía.

En Guatemala, con sus excepciones, los diputados han sido los más visibles oportunistas en las circunstancias actuales.  Como ha sido costumbre, operan al servicio del gran capital y en beneficio de su propio pecunio.  De ese modo, cada vez que deciden en materia de leyes o en términos económicos (dígase empréstitos o proyectos presupuestarios de la nación), miran el derecho de su nariz, la protección de los sindicatos y los intereses gremiales del empresariado organizado en el CACIF.

De esa cuenta, se justifica el reclamo del periodista José Rubén Zamora cuando pide al gobierno que “en lugar de estar buscando esquilmar el erario público, es hora de que los dignatarios electos, los altos funcionarios reduzcan sus salarios en un 25 por ciento, que los magistrados de las altas cortes, del Tribunal Supremo Electoral y los diputados dejen de recibir indemnizaciones ilegales y que se supriman las plazas fantasmas, que representan el 24 por ciento del total de las nóminas de la administración pública”. 

Virus, pandemias y vicios

La pandemia de coronavirus amenaza con colapsar el sistema público ...

La crisis por la que atravesamos pone evidencia nuestra verdadera naturaleza: egoísmos, indisciplina, violencia, irascibilidad, intemperancia, terquedad, molicie… entre tantas otras joyas temperamentales.  Si teníamos duda sobre lo que somos, los días de encierro abren la oportunidad para confirmar lo que quizá sospechábamos, pero negábamos a falta de pruebas.  Ya no hay duda, nuestros “defectuelos” nos lo confirman nuestra familia, los amigos y hasta los colegas más atrevidos: somos lo que somos muy a pesar nuestro.

Pero, al tiempo que la pandemia nos desnuda en el plano personal, en el social no es de otra manera.  Lo ha aseverado recientemente el sociólogo Marie Duru-Bellat al afirmar en una entrevista publicada en Le Monde que “cette crise met en évidence les conditions de vie très inégales des Français”.  Sí, la situación que vivimos reaviva nuestras disparidades sociales a muchos niveles, empleos, educación y vivienda, por ejemplo.

El ámbito político también es revelador.  Se constata en actores ambiciosos, cínicos o inconscientes como Viktor Orbán, Manuel López Obrador, Daniel Ortega y Donald Trump.  Orbán, para referirnos a uno de ellos, según la oposición ha dado un golpe de Estado técnico, al aprovechar el coronavirus para gobernar autoritariamente. El ultraderechista, por aprobación del Parlamento, podrá emitir decretos, suspender leyes y bloquear la divulgación de informaciones “que puedan obstaculizar o imposibilitar la defensa” frente a la epidemia y aplicar penas de hasta cinco años de cárcel para los infractores.

La crisis tiene ese poder de exacerbar fibras íntimas.  En nuestros lares sucede así no solo con el CACIF que, ya se sabe, constituye una de las organizaciones gremiales más siniestras del país, sino con otros grupos organizados dentro del Estado (los sindicatos, por ejemplo) que demandan salarios adicionales sin importarles la problemática social de nuestros días.  Esas actitudes de avorazamiento son de dimensiones tales que no pasan desapercibidas.

Frente a esas inclinaciones voraces y conductas viciosas difícilmente se pueden operar cambios súbitos, pero no por ello debe hacerse un esfuerzo.  Si se parte del reconocimiento de nuestra naturaleza frágil y pervertida, podemos empezar a modificar las actitudes.  Dudo que los políticos y empresarios (al mejor estilo de los eximios miembros del CACIF) tengan redención, pero los demás, si nos lo proponemos, hay posibilidades de superación personal.  Solo el tiempo dirá si sucumbimos socialmente a causa de la pandemia que nos aqueja.

Abrir surcos para sembrar esperanza

La Esperanza, confiar en Dios… | Jesus de la Divina Misericordia

El problema de la pandemia que nos aqueja no lo debemos ver como un acontecimiento puntual, sino en perspectiva, considerando sus efectos y los escenarios futuros al que nos arrastra.  Es lo que trató de decir, el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, en una entrevista concedida al diario El País, al dar título al texto: “el problema no es salir de la crisis, sino hacerlo cuanto antes”.

No es subestimar “el aquí y el ahora” que nos ahoga, sino una forma de ver el horizonte para anticiparse a él y prepararse de mejor modo.  Y por lo que se ve, sin ser ave de mal agüero, se ciernen días no muy halagüeños.  Por eso es que hay que salir de la crisis cuanto antes para que los daños sean inferiores a los que se avizoran según las estimaciones económicas que ya se empiezan a verificar.

No es tarea fácil porque mucho de lo que nos ocurre es ajeno a nosotros.  Son factores que, al estar fuera de nuestro control, a veces nos determinan sin poder sino acomodarnos para responder improvisadamente en el camino.  Es bien sabido que la enfermedad extendida, es todavía un misterio por resolver que nos sitúa en el papel de actores secundarios frente al drama que desconocemos su fin.

Y es precisamente esa incertidumbre la que más pesa en nuestros días: el desconocimiento de los escenarios futuros.  Frente a ello, no queda sino aferrarnos a la experiencia para reestablecer la salud física, financiera y psicológica afectada por una situación insólita.  Porque no solo no estábamos preparados para esta circunstancia, sino que nunca la había vivido con anterioridad.

Conviene, en consecuencia, mientras prevenimos el virus en casa y nos curamos en los hospitales, pensar en el mañana.  Un futuro considerado en término de semanas con el fin de obligar a esa especie de destino ciego a dar de sí para nuestra conveniencia.  Más aún si se trata de disponer escenarios en países subdesarrollados como el nuestro, el afán debe ser doble porque las variables a controlar exceden nuestra cintura en el ámbito de las acciones.

Es lo que queda como sujetos inteligentes.  Lo demás es abandonarnos a nuestra suerte, dormirnos en los laureles y dejarnos morir indolentemente.  Quejarnos o simplemente volvernos al Dios providente, apoltronados, pidiendo milagros.  No es esa nuestra tarea moral y, menos aún, la conducta cristiana.  Quizá nunca ha sido tan urgente sembrar, arrojar la semilla de la esperanza, para que el buen Dios la haga germinar.  Creo que si nos esforzamos, lo realizaremos.