Gobierno, perversidad e ignorancia

El gobierno que dirige Alejandro Giammattei no comprende lo que sucede a su alrededor, no por ignorancia (que algo tiene que saber), sino por distracción, por el empeño en concentrarse en sus negocios y en sacar adelante sus propias empresas, que no corresponde a los intereses del país.

Sin duda está enterado del rechazo ciudadano irreductible, como se lo han vendido y ha comprado para justificarlo, a grupos ideológicos pagados desde el extranjero.  Sabe el gobierno que la población está molesta porque los recursos, al no llegar donde corresponde, se ha empobrecido más y se encuentra desesperada.

El equipo del actual gobernante no comprende, porque finge no saberlo, que la comunidad internacional está disgustada con sus ejecutorias.  Disimulan el malestar y lo explican desde argumentos que reconocen falaces: el discurso según el cual Guatemala es independiente y debe respetarse su soberanía.  Mienten, mientras lo repiten para autoengañarse y confundir a los guatemaltecos.

Igual les sucede cuando falsamente sorprendidos en materia del rechazo generalizado por la rampante corrupción en casi toda la administración pública.  Escamotean lo obvio a través de inauguraciones que no representan las auténticas necesidades de las comunidades.  Juran que mediante estos actos, aderezados con discursos mendaces, a la población se le olvida que tiene hambre y está desvalida sin hospitales, escuelas, viviendas y oportunidades laborales.

Los burócratas del presidente (encabezados, por supuesto, por Giammattei) juegan a idiotas cuando creen que el país desconoce las triquiñuelas para apropiarse de las instituciones del Estado.  Al subestimar la intuición política de los ciudadanos, actúan como si nada sucediera en su voluntad de impunidad.

El gobierno opera bajo supuestos: la convicción de ceguera pública y el poder de la oportunidad ilimitada.  Creen en su punto de apoyo aplaudido por sus aduladores que los estimula en su hiperactividad de corrupción. Así, protagonistas de su opereta labran cumplidamente su destino.  Ignoran, eso sí, que el telón está por caer y dejarán la ficción para enfrentarse con la realidad. 

No dudo que en lo íntimo, nuestros políticos de turno escuchen voces acaso sensatas.  Mini retumbos que funcionan como conciencia olvidada, el llamado de atención a posibilidades morales como discurso que abre a la trascendencia o tal vez solo a la disposición de una felicidad distinta.  Sin embargo, tengo la certeza de que ese bien se ahoga por las condiciones de un mal asumido estilo de vida.  Así, el presidente, nuestro malhadado gobernante, perecerá según su propia configuración de perversión.

Don José

El hábito del pensamiento no era propio de su talante, más bien presumía de las costumbres prácticas, su conducta la guiaba la disminución del dolor.  Compartía eso del peligro de la racionalidad: nada mejor que ir en automático, explicaba, sin que los planteamientos filosóficos nos atormenten por gusto.

Sin embargo, involuntariamente a veces cavilaba.  Como ese día en que encerrado en su oficina, con café en mano, repasaba con desorden los sucesos recientes y lejanos que se le presentaban.  Primeramente pensó en el gobierno, aunque no era un tema recurrente, sino más bien episódico.  “¡Maldito maricón!”, dijo en voz alta, coincidiendo casi con el sorbo al café amargo.

Don José no era particularmente grosero, pero para sí mismo se permitía vulgaridades.  Era la antítesis del personaje cordial felicitado por muchos.  La expresión lo habría avergonzado en público no solo por la literalidad de su contenido, sino por el desprecio humano hacia quienes no sentía particularmente lejanos.  Con todo, el titular de prensa lo hizo caer en ese estado que evitaba como noble caballero.

Sorbió nuevamente y quizá derivado del olor del café bajó la guardia.  Era así, transitorio de espíritu, fugaz.  Podía incendiar Roma y apagar él mismo sus llamas.  Meditó entonces en la evolución de su carácter.  No se reconocía a sí mismo.  He sido de todo, advirtió, desde Hijo de la Caridad hasta un perfecto hijo de puta.  “Dios no tendrá perdón de mí”, se culpaba.

Cuando lo anterior sucedía, alborotaba su pelo y movía las piernas.  Sumido, se extenuaba en argumentos exculpatorios.  Consideraba ser presa de un destino del que no tenía control.  Justificaba su mala conducta aduciendo condicionamientos sociales, psicológicos, morales y religiosos.  “Uno no es el que ha querido ser”, finalizaba.  Y paraba de pronto zanjando el tema.

Don José se sentía distinto sin que la gente lo advirtiera.  Para ellos era el mismo: el retraído viejo cansino reconocido por todos.  Lo suyo era la misantropía, aunque inspiraba bondad.  Había llegado derrotado en amores contaban algunos, decidido a la renuncia de nuevos proyectos sentimentales.

Es el puto sino”, se consolaba frente al fracaso.  Al final uno es víctima, insistía, no de los otros (que también están expuestos al capricho), sino del determinismo que nos pulveriza y del que tenemos que redimirnos.  “¡Mierda!”, se dijo luminoso.  “La soledad me pone en este estado inútil.  Pensar es jodidamente de solterones. Oficio de vagos”, concluyó.

De lapiceros, plumas y fuentes

La veo de lejos y no me dice nada, no la considero por efecto de las prisas.  Sé que la necesito, la escogí para mí con cuidado y ha sido indispensable desde siempre, pero de momento no me interesa.  Así, distante, me muestro indiferente en espera de acceder a ella cuando sea útil.  Mi amor por ella es absolutamente interesado.

La pluma la compré en una tienda especializada.  Fue amor a primera vista.  Ni siquiera la probé como suelo hacerlo, ni reparé en su precio: “Me la llevo”, le dije a la vendedora.  Desde entonces me acompaña y conoce mis sentimientos, el estado de mi ánimo y las variaciones de mi espíritu.  Ha sido testigo fiel de las tormentas, reales o ficticias, que he vivido desde que estamos juntos.

A veces creo que tiene vida.  Es mi lado animista muy dado a la fantasía y a las fábulas religiosas.  Por ejemplo, es sospechoso cómo si tengo ira se resiste entre mis dedos sudorosos y provoca la dificultad prensil.  Esos deslices mínimos me han permitido el juicio para traslucir textos más sensatos y menos llenos de maledicencias, escritos inmorales de los que me habría arrepentido de por vida.

En otras ocasiones me ha fallado la tinta cuando, embargado de emociones contradictorias, habría renunciado a un amor o a un trabajo de esos que abundan en la precariedad.  Es como si la fuente fuera un todo integrado, un organismo vivo, al servicio de mis intereses.  La presunción de un lazo invisible que nos une milagrosamente.  Sí, todo un artificio que me hace estimarla y sentirla como mía.

No siempre la llevo conmigo porque la estimo.  Para uso ordinario escojo algo de menos rango, una pluma barata que no me importe perder.  Esas que se prestan y que si no regresan se ignoran.  Ya sabe, los típicos lapiceros de hoteles, los baratos que se regalan en congresos, los encontrados en oficinas ajenas.  Con estos practico la promiscuidad que no me permito con ella.

Pero hoy reposa en su lugar y siento que me extraña.  Si hablara quizá reprocharía mi frialdad: “Son días que no me tomas y siento tu indiferencia conmigo. ¿Por qué no vuelves al amor primero, a la pasión de esos días en que sentía el calor de tu mano?”.  Si existiera sufriría como humano, se culparía e inventaría teorías explicativas para hacer digerible el mal momento.  Pero quizá sea un objeto inanimado al que le importe un pepino pasar frío y ser inútil.

Sí, soy yo el que fantasea con ser indispensable para mi pluma.  Su padecimiento es imaginario y debo renunciar a sentirla como propia.  Aprender a verla con desapego, a no aferrarme a ella y tratarla como una más.  Es el modo en que se tratan las cosas, sin sentimientos ni movimientos que comprometan la felicidad.  ¡Carajo, qué desborde de emociones!

Juegos

“Ojalá te encuentre por aquí, en alguna calle del sueño. Es una gran alegría ésta de aprisionarte con mis párpados al dormir.”

Jaime Sabines

Ella jugaba sin saberlo, pero su inconsciencia no disminuía su naturaleza.  Era lúdica, aunque no graciosa.  Con todo, muchos la queríamos (algunos la deseaban) por su vulnerabilidad, que ahora juzgo fingida y que ella utilizaba para capitalizar afectos.  Sí, tenía una corte de admiradores, entre los cuales figuraba yo, el más invisible de todos.

La conocí por azar, uno de esos caprichos del destino sin qué ni para qué.  Pero ahí estaba yo cuando me la presentó el novio de mi mejor amiga.   Me pareció distraída, disipada, convencional en nuestra época.  Pensé que quizá tendría problemas de atención.  Pero es linda, me dije, me gusta esa armonía que asoma con disimulada mesura.

Coqueteó un poco, pero descarté su interés.  Iba a lo suyo.  Siempre fue así.  Era incapaz de concesiones: su mar era el océano reconocido, transitado y seguro.  Odiaba tanto las sorpresas como la incertidumbre.  Me gustó mucho aunque de inmediato supe que lo mío era la exploración de esa personalidad poco común.

Con el tiempo yo también fui su objeto de estudio.  Quizá su pasatiempo para calibrar mis fronteras.  Transgredía malévola considerando mi consistencia.  Y aunque era violenta en sus modos, la llegué a estimar como se quiere lo que se juzga único.  No sé si lo era, pero decidí imaginarla creyéndome mi propio embuste.  Ya no me importa si lo era de verdad, para mí su valía era real.

Lo nuestro no duró en el tiempo porque nada en ella era eterno.  Me refiero a nuestra amistad.  Insistía en que el amor era un sentimiento provisorio, como las pasiones y el sexo.  “Tú también eres pasajero y conviene que lo seas, de lo contrario me odiarías”, me dijo.  E insistía en los momentos que vivía en clave escatológica, sus adioses eran casi para siempre.  “Dios quiera que te vuelva a ver”, repetía, dándome un abrazo apesadumbrado.

Pero jugaba.  Ya lo he dicho.  Jugaba sin saberlo.  Y quienes lo ignoraban sufrían la ignominia.  Como Carlos que enamorado se aplicó por años al arbitrio de su princesa.  “Me encanta su misterio”, me confesó.  “He sido afortunado en ser objeto de su elección”.   Yo creía que sí, que era “el objeto” preferido (caduco) de esa voluntad caída que, sin maledicencia, infligía penas a los afectos.

Yo todavía la recuerdo con el sentimiento de un estudio inconcluso.  Hasta en los juegos hay un acto final, un silbato… un jaque mate.  Pero no, tenía que seguir su propio guion: desaparecer puntualmente sin dejar huella.  Expresar mediante sus tretas su propia versión humana.  Qué plana se ha vuelto mi vida con su ausencia.

El arte, la estética, la vida

No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo.

Mario Benedetti

Puede que la vida esté constituida de monólogos, el discurso reiterativo con que opera nuestro cerebro.  Como si el estado de la mente fuera un espacio cavernoso inapropiado para la música, las notas y variaciones dispuestas a la armonía.  Todo lo contrario, el receptáculo que contiene los pensamientos parece grosero.

Esa imposibilidad hace de nosotros sujetos rumiantes.  Ya podemos experimentarlo todo, el pensamiento es prisionero de su propio horizonte. Por ello, poco afectan los viajes, las historias y las relaciones porque el cedazo es el mismo y la criba, la esperada. Somos puntualmente predecibles.

Quizá todo se deba no únicamente al engranaje con que funcionamos, el mecanismo aprendido desde la infancia, sino a la falta de vigor de la inteligencia.  Esa facultad es solo posibilidad mientras relaja su ejercicio.  Es un miembro flácido cuya agilidad es la combustión que reduce con rutina.

En esas condiciones estamos privados de imaginación y ni siquiera sirve el arbitrio. ¿Para qué?  Mientras gobierne la certidumbre no tiene caso exponerse a la duda.  Así, en una falsa paz dejamos que se hunda el mundo, la sociedad, la familia y nosotros mismos.  Vegetamos estériles timados en nuestro reducto.

Convendría solo activar las neuronas, ejercitarlas, comprender el mundo desde la diferencia.  Vitaminar la mente, creer en nosotros mismos y salir al campo a guerrear.  Convencernos de que podemos ser distintos, siempre tiernos, delicados y amorosos. Con voluntad de perdón y ánimo benevolente.

Precisamos de una estética renovada que nos humanice. Lo bello como restitución de lo que nos pertenece.  El artificio que nos devuelva la dignidad.  Quizá esa sea la tarea, recuperar el sentido artístico en un esfuerzo por cambiar la vida: el rostro, la imagen, las formas, pero sobre todo, lo más profundo de nuestra alma.

Evanescentes

Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra son los sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos.

Zygmunt Bauman

Vivimos tiempos descafeinados, una época en el que casi todo es y no es a la vez: el amor, el trabajo, las amistades.  Ya no solo por la ausencia de las bases o la arena movediza que la sostiene, sino por la calidad de los sujetos más preocupados por la fachada y lo cosmético que por el carácter.  Mucho de la empresa humana carece de peso y flota arrastrado por el viento.

Quizá eso explique las fluctuaciones diarias en las que aparecemos desconocidos cada mañana.  Somos identidades en crisis en un viaje fragoroso.  Sin muelles, solo queda navegar privados de relaciones.  Estamos perdidos aun con brújulas, aplicaciones y cartografías en un mundo que no tiene sabor.

El espejo nos confunde con su reflejo.  Lo fantasmal y grotesco, sin embargo, no deriva del instrumento que trasluce fiel la imagen, sino del sentimiento que provoca, la desproporción entre lo que pensamos ser y lo que somos en verdad.  Nos molesta el arbitrio de la vida en el que figuramos con trazos burdos.

Somos efectivamente íconos, figuras trazadas con urgencia por nosotros mismos.  Sin estética, nuestro artificio ha sido imperfecto, un boceto desalineado, inútil hasta para reír.  Habría sido importante al menos ser graciosos, pero lo desabrido nos constituye con ese humor a menudo fácil.

Al carecer de peso, operamos siempre desde lo provisorio.  Acometemos empresas derrotados, desanimados y sin provisiones.  Damos un sí, imaginando escenarios alternos.  No somos consistentes, ni fiables, sino vaporosos, evanescentes y leves.  El eterno acomodaticio que ha hecho de lo dúctil su mejor cualidad.

Ser mejores requiere cambios.  Subvertir el lenguaje que nos limita con su lógica implacable.  Construir cimientos de bondad, ternura y amor hacia los demás.  Reconocernos como somos, sin pactar con nuestros vicios, trabajando en un proyecto de crecimiento comprometido.  Quizá ese empeño sea germen de un rostro distinto, más humano… agradable.

El camino del silencio

Aquel que no entiende tus silencios, lo más seguro es que tampoco entienda tus palabras.

Elbert Hubbard

Hay que asumir el silencio como espacio vital, no como reducto en momentos incómodos, sino como prevención.  Abrazarlo reconociendo su valor: el estado de crecimiento que condiciona lo que toca, la paz compartida y necesitada por los que amamos.  En situaciones de ansiedad, en el mundo presuroso, el silencio es bálsamo para el que sufre.

Callar a veces es una forma de protesta.  Señalar las falencias con afecto, confiando al tiempo las posibilidades de cambio.  Es dar una oportunidad porque se cree en la humanidad, por la valía de una historia, por indulgencia, pero sobre todo por un sentimiento.  Hacer silencio es aceptar las caídas sin juicios ni tribunales que recriminen a quien se ama.

El espacio que impone apagar la voz es presencia, la forma pertinaz que acompaña en la prueba.  Significa participar desde lo íntimo, en medio del caos, cuando se hacen reformas.  No es privación, es vigilia constante que sostiene un proyecto común ratificado más allá de las emociones.

Afirmar los sentimientos excede las convenciones del mundo físico.  Es reinventar momentos desde la distancia. Aprender a separarse, ofrecer la distención, re imaginarse para crecer y madurar.  Necesitarse de modos diferentes, encontrar imperativos que urjan afectos en escenarios distintos.  Potenciar las relaciones en ausencia de lo sensible.

El silencio es esperanza, genera vida, comporta novedad.  Es un ecosistema radical que dilata en su dialéctica de lo negativo.  Su lógica no siempre es comprensible porque al separar y poner entre paréntesis hace que gobierne el azar.  No hay certidumbre en la narrativa de lo ausente.

Transitar esa inseguridad es prueba de afecto.  Consiste en re andar sendas e inaugurar caminos.  Lo suyo es el premio a la autonomía, el regalo de la libertad, el obsequio devenido en perla.  Ese don, fruto de la espera, es el triunfo de la vida, la gratificación a una apuesta ciega y absurda.

Un plazo, en consecuencia, oxigena, llena de aliento y reanima.  Supera la tregua del que se aleja dudoso y espera milagros.  Saber esperar no interrumpe.  Como en la música, es esa nota que conforma la melodía en una pieza que, aunque imperfecta, la ejecutan juntos.  Nada sobra en esa sinfonía cuando se comprende la obra total.

Más que palabras.  La comunicación interrumpida

Las emociones no expresadas nunca mueren. Están enterradas vivas y aparecerán más tarde de la peor manera.

Sigmund Freud

El éxito en la vida profesional depende de muchas circunstancias y excede las fórmulas encontradas en los libros de autoayuda.  Nosotros mismos simplificamos nuestros aciertos y le damos el cariz conveniente, a menudo el estado en el que somos héroes sin que la participación de los demás (o la fortuna) hayan significado demasiado.

Como sea, una habilidad importante para alcanzar y, más aún, mantener ese éxito es la comunicación.  Esta competencia, desarrollada muy escasamente en los pensa de estudios, facilita el trabajo en equipo y permite una base común para el establecimiento de lazos mínimos de comprensión.  

Aunque hay excepciones, no nacemos con esos dotes de comunicadores.  A las condiciones personales expresadas en timidez, debe agregarse el factor cultural que nos hace lucir egoístas o nos encierra en un individualismo que compromete la apertura hacia los otros.  Y aunque debemos evitar el drama, es triste cómo la falta de esa inteligencia emocional nos expone también a la infelicidad.

A veces no solo es no decir, sino disimular nuestras intenciones.  Jugar con frases cortas para que los demás adivinen el sentido de las proposiciones.  Dejar expresiones incompletas, disfrazar o escamotear lo que se quiere sin que medie necesariamente la mala voluntad.  Es solo un acto reiterativo que no nos permite avanzar ni ser a la postre felices.

Esa especie de economía de la comunicación, en la que quizá internamente se considere un despilfarro las explicaciones, frustra a los interlocutores en un trabajo intuitivo condenado al fracaso: es imposible acertar en todo.  El juego adivinatorio, maquiavélico en ocasiones, casi nunca ofrece buenos resultados, aunque el menor damnificado sea quien maneja la información.

Me he referido al fracaso de la escuela en la formación de esa competencia, pero hay que insistir también en nuestra condición natural.  Puede que incluso la manía sea un vicio, la voluntad perversa de manipulación o hasta la maldad por ridiculizar a los otros.  No hay que excluir el intento de desprecio, la inclinación malsana de sentirnos superiores frente a los que se subestima y no se reconoce. 

De cualquier forma, cerrarnos a los demás no es redituable.  Es una batalla innecesaria en la que continuamente saldremos heridos, maltrechos y con la reputación afectada.  ¿Y las victorias?  Siempre serán pírricas.  Lo inteligente es ser generosos, extender lazos, hablar, decir lo que se siente, con sencillez y sin artificios.  No parece difícil, pero ya ve cómo a veces nos complicamos y somos así, un poco retorcidos, maniáticos, bobos.

Las redes, el ruido y el desamor

Toda la vida en las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación.

Guy Debord

Hay mucho ruido en el ambiente y cada vez es peor.  Las noticias, las redes sociales, la música, el cine, el streaming, el cotilleo de las calles… nada parece detenerlo.  Todos parecen empeñados en captar nuestra atención en función de vendernos productos porque somos mercancías en un mercado que se nos cuela.  El mundo se convirtió en plaza pública.

El efecto son los nervios, la sensación de no estar al día, la pesadumbre de estar fuera por la incapacidad de nuestro lenguaje, por estar excluidos de lo que está de moda.  Basta una semana de ausencia para sentirse extraterrestre, no se sabe el avance de la guerra de Ucrania y menos aún el último golpe criminal de los ladrones que nos gobiernan.  Así de cruel puede ser nuestro mini retiro.

Es una cultura diseñada para la distracción porque decidimos que es la cura contra la vida.  Vivir duele, por ello es mejor transitarla con audífonos, hay que llenarlo todo.  El profiláctico debe aplicarse en dosis continua, en la cocina, en el estudio, en el patio, por las calles y en el carro.  Nunca deben faltar las suscripciones que nos mantengan ocupados: Netflix, Spotify, YouTube… todo se vale con tal fin.

En esas condiciones olvidamos lo esencial, amarnos, reencontrarnos y cuidarnos mutuamente.  WhatsApp no nos ha hecho mejores, no somos más tiernos con el advenimiento de las redes sociales.  Al contrario, sirven para todo menos para estar presentes.  Ni siquiera podemos decir te amo porque no lo sentimos, estamos ausentes, todo es distancia en el mundo interconectado.

También a los jóvenes les ha afectado, más allá de las dificultades hasta para hablar (ya no digamos para expresar sus sentimientos), les cuesta mantener la atención.  Viven el nomadismo radical, son gobernados por el impulso de la dopamina que los esclaviza a la vagabundería sin fin.  La situación se ha salido de nuestras manos.

La conspirafilia puede hacer pensar que la realidad es parte del ardid de la industria del espectáculo o el triunfo de la ideología del mercado, pero me temo que es algo más.  También se debe a la fragilidad de nuestro carácter, la tendencia humana por lo frívolo, la determinación por lo fácil.  Todo ha coincidido en la configuración de una personalidad débil, expuesta y manipulable en detrimento de lo humano.

No somos conscientes de ello, pero es esa dispersión o el ruido constante, como le llamé al inicio, parte de las causas de nuestra infelicidad.  ¿Cómo serlo si no nos amamos?  No nos llamamos, nos tocamos ni afectamos. Somos prescindibles, hemos sido cambiados por las redes, las noticias y los presuntos amigos (innumerables) de Facebook, Instagram y nuestros seguidores de Twitter y TikTok.  Todo cabe ahí, menos nosotros.

Elogio de los años

Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar y viejos autores para leer.

Francis Bacon

He sentido admiración por mis mayores casi desde toda la vida.  Es un fervor natural que sin esfuerzo me lleva a considerarlos en un estado eminente aunque a veces no sea necesariamente así.  Doy por descontado, quizá sin apenas pensarlo, que la experiencia de los años los pone en un estrado del que yo no participo.

Guardo en mi memoria, por ejemplo, la llegada a mi colegio de un intelectual anciano (de repente tenía 60 años, pero yo estaba en tercer grado y tenía ocho años), cuyo nombre era Eloy Canales.  En mi pueblo era celebérrimo, así nos lo presentaron y así lucía -ya sabe, el cliché de siempre-: enjuto, encorvado y de finos modales.  El clásico porte de un Diógenes apenas más sofisticado.

Todavía recuerdo al viejo apasionado.  El erudito que tocó mi espíritu en una visita de treinta minutos.  ¿Cómo es posible?  Un misterio.  Quizá por disposición natural o hasta el prurito irracional de quien concede virtudes donde no las hay.  Claro, siempre parto de la fe gratuita que me hace suponer madurez en el juicio de mis mayores.

La veneración ha tenido sus réditos o al menos eso creo.  Primero por el amor suscitado por la conducta, luego, por su efecto mimético.  Evidentemente no me refiero a la asunción de actitudes vetustas, sino al derivado producido por la vivencia de experiencias, la clarividencia de los años y la sabiduría destilada por el tiempo.

Una cultura demuestra su exquisitez cuando respeta a sus mayores y, su barbarie, cuando los desprecia.  Esta atrofia quizá provenga tanto de una enfermedad congénita del espíritu, una falla orgánica que entorpece el sentimiento, como del hábito adquirido, según la fragilidad de una naturaleza perversa.  El resultado siempre es el mismo, la vulgaridad del que opera desde la estupidez.

Amar a nuestros mayores, ya no digo solo respetarlos, pasa por el reconocimiento de lo que son, una especie de soldados en retiro todavía en guardia.  El testimonio de la lucha constante, el carácter del que no se doblega, el asceta que lucha apenas con esperanza.  Cierto es que hay de todo tipo y es un atrevimiento romantizarlos, pero veo una constante que es la que nos debe llevar a la veneración referida.

Hace muchos años recibí un premio inmerecido, para algunos expresión de mi infortunio, al ser enviado a una residencia de “retirados” de la vida religiosa.  Viví dos años de fantasía compartiendo mis días con esos hombres de antaño que me compartían su vida de emociones.  Lo mío, un jovenzuelo de 25 años era escucharlos, animarlos y consentirlos desde mi función de administrador de la casa.  Algo habrá tenido de hermosa esa temporada que aún recuerdo nostálgico a los que ahora ya no están.  Eran viejos maravillosos.

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