Profesores y profesión docente

«Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él».

Immanuel Kant

Vivir es recorrer un camino a tientas abierto a posibilidades.  Nunca se sabe, el misterio lo cubre todo en una especie de azar que algunos cumplen con mejor suerte.  En ese escenario, el peso de quienes nos rodean es fundamental y son el mayor condicionante de nuestras venturas y fatalidades.

Uno de esos actores principales son los maestros.  A ellos les corresponde no solo enseñarnos los rudimentos del saber, alfabetizarnos en las letras, las matemáticas y las ciencias naturales, sino humanizarnos a través de la disciplina, la gestión de las emociones y la formación del carácter.

La tarea es descomunal, una actividad de envergadura en la que algunos reprueban por ineptitud, inmadurez y hasta por falta de voluntad.  Así, cuando la sociedad delega con descuido a sus preceptores, expone a las nuevas generaciones a un ambiente que no abona en el desarrollo de la personalidades.  Un mal profesor semeja al médico incapaz que destroza vidas en el ejercicio de su profesión.

Los padres tampoco son finos, muy ocupados en la racionalización del uso del dinero, a veces regatean el salario de los profesores.  Les parece en el fondo que no hay diferencia entre ellos y que al final el producto será siempre igual.  No estiman la educación integral de sus hijos conformándose con la mediocridad que ofrecen las instituciones del sector.  Ellos también son víctimas de la deficiencia del sistema y su mezquindad es la mejor expresión.

Eso hace que la memoria evoque con frecuencia a los buenos maestros, los preceptores que por instruir y educar se constituyeron en arquitectos de espíritus.  Sí, tenían talento para la construcción de proyectos humanos, pero sobre todo la mística traducida en ternura, atención y benevolencia.  Aunque estrictos, sabían corregir sin humillar ni afectar la autoestima.

Como sociedad deberíamos reflexionar más en la función docente, pero sobre todo practicar la prodigalidad con ellos.  Reconocerles, gratificarles y valorarles. Expresar nuestra magnanimidad en todas sus formas, también con un salario decoroso y una estima cordial sincera.

Comenzar con esto significaría una conversión de mentalidad, la renuncia al egoísmo que nos impide ver la necesidad de los otros.  Afirmaría un cambio de horizonte según la lógica capitalista que reduce la realidad a la ventaja y al lucro.  Resituaría la labor docente donde corresponde, en el sitial de honor de los grandes oficios y responsabilidades en una sociedad civilizada.

Adiós profesor. Episodio de «Los años maravillosos».

La loca de la casa

No vivas del pasado, no imagines el futuro, concéntrate en el momento presente

Buda

Divagar es el estado permanente del espíritu movido por la inquietud. Su naturaleza es lo inestable, la energía desbordante suspendida sin anclajes.  Vagabundear es nuestra carta de ciudadanía, el sello humano que nos distancia de lo material y nos abre a lo íntimo.  Con ello, posibilitamos la fantasía abrumados por la gravedad del mundo físico.

Vivir equivale a deambular, como los héroes que desconocen el reposo.  Transitar, en el caso del alma, en un peregrinaje hacia el misterio o, para decirlo como Buenaventura, en un “itinerarium mentis ad Deum”.  El movimiento, explicado de esta manera, sería el efecto de atracción irresistible por parte de lo divino.

Como sea, el razonamiento parte del reconocimiento de la fluidez del espíritu.  La aceptación de que cada uno es portador de una loca, la loca de la casa, según la santa de Ávila, incapacitada en su estado natural de ningún gobierno.  Por ello, la meditación es un acto, si cabe el término, “contra natura”, en virtud de su propensión natural.

Esa conciencia plena, como la llama el Zen, es el resultado violento autoinfligido para disciplinar la mente.  Una tarea que se logra cuando, con el tiempo, se modifica su estructura a fuerza de atención.  Sin práctica continua ni guía, la actividad es un ejercicio somnífero de escaso provecho.

¿Qué hacer cuándo se fracasa en el intento?  Quizá aceptar las limitaciones y figurarse el compromiso como carrera de largo aliento.  Algo así dice el Papa en un texto reciente.

¿Qué hacer entonces en esta sucesión de entusiasmos y abatimientos? Se debe aprender a caminar siempre. El verdadero progreso de la vida espiritual no consiste en multiplicar los éxtasis, sino en el ser capaces de perseverar en tiempos difíciles: camina, camina, camina… Y si estás cansado, detente un poco y vuelve a caminar. Pero con perseverancia”.

La vigilancia tiene sentido, al margen de la vida interior, si la utilizamos para examinar nuestra conducta.  Siempre que nos deshagamos de las rémoras que nos dificultan caminar y comprometen la ternura que debemos a los demás.  En este caso, la distracción que reduce nuestro conocimiento pervierte las relaciones basadas en una mirada enferma, desenfocada y estrábica.

La vida y sus narrativas

Francisco de Goya

No tengo duda de que nuestra vida es un folletón urdido según nuestra sensibilidad estética o quizá solo condicionada por ella.  Lo que procesamos a diario nos lo contamos con palabras suaves tratando de encajar nuestras malas experiencias.  En cumplimiento de la tarea, unas veces somos protagonistas y otras solo actores secundarios.  El guion es nuestro.

Somos los creadores artísticos del drama en el que nos transformamos, conforme conveniencia, en héroes, malvados o príncipes.  El carácter de cada uno y la disposición de ánimo tienen que ver con su resultado.  Los hay muy inclinados a la tragedia, a la sensiblería rosa y hasta al género conspirativo.  La imaginación no tiene límites.

Mucho depende del ingenio.  El vulgar requerirá eventualmente de apoyos: un amigo, un familiar o quizá un psicólogo.  Ellos podrían suministrar marcos interpretativos para ver de nuevas formas lo acaecido.  Si son buenos, los coautores son fundamentales para superar la adversidad y eufemizar el dolor.

El punto es que vivimos en mundos paralelos.  En primer lugar está la realidad, eso que nos pasa derivado de los accidentes de la vida, el contexto o el medio.  Luego se presenta lo que nos figuramos y asumimos simbólicamente.  A diario nos toca trabajar con ese material para producir textos decorosos, a la medida tanto de nuestro gusto como de la necesidad de sobrevivencia.

Vivir es relatar, construir historias, justificarnos.  Adecuar la realidad a través de matices que nos permitan la victoria.  El imperativo es salir indemnes en un mundo estructurado para infligirnos sufrimientos.  Para ello, nada mejor que la imaginación que dispone para la ficción.  El acto performativo ordenado con fines salvíficos.

La hermenéutica es lo nuestro.  Resignificar sin falsear la existencia.  Sin autoengaños ni traiciones.  Evitando la apología narcisista que nos sitúe arrogantes en lo arbitrario.  Reconstruirnos desde valores mínimos que favorezcan la felicidad.  Ese estado en el que caben los otros como personajes no de folletón, sino como actores primarios dispuestos para un clásico.  Vale la pena abrirnos con bondad a esas posibilidades narrativas.

La mano afectuosa de Camus

Albert Camus

Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted”.

Uno de los mayores reconocimientos obtenidos por un profesor es el éxito de sus alumnos.  Es una forma de honrar al preceptor mediante el recibimiento de la corona compartida.  Porque si bien es cierto el vencedor es el producto de su lucha en la arena, y antes en la palestra, nada habría ocurrido sin la intervención del tutor con su acompañamiento y consejo.

Esto que parece de Perogrullo, sin embargo, lo olvidan muchas veces los estudiantes distraídos y más frecuentemente los mezquinos.  Pero no es la regla.  Los espíritus refinados son otra cosa.  Si no, veamos el caso de Camus, el gran filósofo existencialista que vivió comprometido también en la lucha por los pobres y en pleno ejercicio de su dimensión política en la Francia de su siglo.

Hay un hecho que lo encumbra en este tema conforme la carta enviada a su profesor de primaria para agradecer sus enseñanzas.  Y no solo ello, sino la expresión del afecto por su intervención oportuna más allá de la función de burócrata de la enseñanza.  La gratitud al maestro que tocó su alma para alentarlo y devolverle la confianza en sí mismo. 

La carta fue escrita el 19 de noviembre de 1957 pocos días después de recibir el anuncio del reconocimiento como Premio Nobel de Literatura.  El texto, que exhala magnanimidad, dice lo siguiente:

He esperado a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido. Le mando un abrazo de todo corazón”.

Huelga decir que su maestro, Germain Louis, agradeció el detalle de la correspondencia y le retribuyó con otra epístola que engrandece doblemente a Camus.  En ella, el maestro confirma el talento descubierto desde siempre en su pupilo y, todavía más, la humanidad de esa naturaleza portadora de esperanza. Leamos.

¿Quién es Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno! Esas impresiones me las dabas en clase. El pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente. Una respuesta, un gesto, una mirada son ampliamente reveladores. Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo. […]”.

La vida que da sorpresas guarda premios inesperados.  ¡Ay, si pudiéramos ser menos groseros!  Digo, más afectuosos, nobles y pródigos.  Tendríamos por regla el amor y palpitaríamos gozosos llenos de buenos sentimientos.

Un professore

Tema de la serie: Un professore

En el año 2011, Ken Bain, profesor de Historia de los Estados Unidos y célebre por su libro, “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”, exploró las características que definen al buen profesor.  Los siete capítulos son un mapa de ruta orientado a través de preguntas: ¿Qué es lo que saben sobre cómo aprendemos? ¿Cómo preparan las clases? ¿Qué esperan de sus estudiantes? ¿Cómo dirigen la clase? ¿Cómo tratan a sus estudiantes? y ¿Cómo evalúan a sus estudiantes y a sí mismos?

El presidente del Best Teachers Institute se habría ahorrado la fatiga si hubiera visto la serie reciente de la Rai titulada, “Un professore”, propuesta donde se ensayan los fundamentos prácticos de la didáctica según el prisma de sus guionistas.  El argumento del filme dice lo siguiente: “Dante Balestra es un profesor de filosofía que luego de tantos años de ausencia regresa a Roma para ocuparse de su hijo Simone.  Fascinante y fuera de esquemas, el profesor toma una clase en el liceo Leonardo Da Vinci donde aplica su método de enseñanza anticonformista e instaura una relación particular con sus estudiantes, entre ellos Simone. 

No le convence, ¿verdad?  Pues quizá el subtítulo es aún peor: “Tra filosofia e sentimenti”.  Acabemos de una vez, la serie es un churro, la típica comida chatarra dirigida al gran público para su distracción.  Sin embargo, en medio de todo, tiene el mérito de plantear reflexiones puntuales por medio del estudio de los grandes exponentes de la filosofía (una selección de estos):  Sócrates, Barthes, Kant, Platón, Aristóteles, Bruno, Foucault, Debord, Mill, Schopenhauer, Rousseau y Nietzsche. 

La serie no ha pasado desapercibida para la crítica italiana que, al tiempo que ha reconocido el refrito de Merlí, ha saludado la dirección de Alessandro D’Alatri y su elenco, Alessandro Gassmann, Claudia Pandolfi, Nicolas Maupas, Damiano Gavino, Francesca Colucci, Christiane Filangieri, Paolo Conticini, Pia Engleberth y Francesca Cavallin.

El guion destaca el protagonismo del profesor inspirado en una conducta originada por el gusto de la enseñanza.  Lo suyo no es una impostura, el trabajo forzado del asalariado movido por la ganancia.  Ni es el travestismo del que oculta su apariencia, sino la expresión del genio creativo que desarrolla su naturaleza en contextos oportunos para el aprendizaje.

Es un buen profesor porque, al mismo tiempo que renuncia a la tradición escolástica de enseñanza o su equivalente, se centra en la necesidad de los estudiantes para hacerlos crecer según sus propias posibilidades.  Sobresale porque escucha, anima y acompaña.  Dante es tanto maestro que guía, como amigo que empatiza y deja en libertad.

Su fortaleza es reconocer las fibras íntimas que animan a los alumnos y vibrar con sus emociones.  El estado de gracia lo consigue con su cercanía, el diálogo y la participación en sus intereses. Posterior a ello, abonado el terreno, hablar de Foucault, Schopenhauer o Nietzsche, es una tarea con voluntad germinal.  Pareciera fácil, el secreto es ganar el corazón de los chicos, lo demás viene por añadidura.  Esa parece ser la lección del proyecto fílmico.

Elogio del papel

La cosa más espantosa, es una hoja de papel en blanco.

Ernest Hemingway

Una hoja en blanco figura el infinito, es un proyecto silencioso de carácter seminal.  Humilde y sin pretensiones, esconde su valía fingiendo servidumbre.  Confunde su postración, su apariencia fatua y su rostro pálido.  Un folio inerte, llena de dudas también al escritor.

El horizonte de la hoja que asoma intransitable anula al profano, inhibe su potencia y lo vuelve yermo.  Por ello, asume lo infecundo no como responsabilidad propia, sino participada por la esterilidad del papel que lo retrotrae al advertir sus garabatos con tintas imperceptibles.

Una hoja en blanco es una dama que exige tiempo, ternura y paciencia.  No se regala ni se ofrece.  Se sabe pletórica, sin arrogancia; exuberante, con garbo.  Y si es pretenciosa es porque conoce su interior, estima la dádiva reservada a los espíritus pulcros, refinados y exquisitos.

Estéril sí, no germina con el rudo, el superficial o el precoz.  Su sexo es prolongado y agónico.  Pero da sus frutos, todos a la medida del creador.  Mientras eso llega, se deja transgredir, acepta el cortejo y las maneras creativas del arte amatorio.  Huye de lo mojigato en función de lo gestado, la generación de ideas modeladas para el intelecto.

Es una consorte que intimida.  Su vocación singular como vehículo de hazañas y portadora de simbolismos, la encumbran.  Ella es más que el fuego para la humanidad, es el receptáculo del logos, la matriz escogida por los dioses para trastocar el destino.

Sin ella, la arquitectura del mundo estaría fija.  Su ley, el proyecto pétreo gobernado por la maldad.  Contra esa permanencia, una hoja es profecía, anuncio, esperanza.  Representa la fantasía del espíritu libre, autónomo y rebelde.  La apertura que atisba lo divino cuando el relato encarna utopías.

Asumir la potencia humilde de una tabla, una hoja o un papel, no disminuye la primacía de la palabra.   La gloria de ese verbo primigenio (“En el principio era el Verbo…”) es su materialización, su afectación en la fragilidad de esa materia concebida para lo superior.  Aquí estriba su auténtica grandeza.

Carta para Claudia

Querida Claudita, espero que mi carta la encuentre bien y, mi aparente lejanía, rayana en indiferencia, no la haga confundir respecto de mis sentimientos.  No es falta de cariño, solo que no puedo estar tan solícito como usted (y la verdad, cualquier persona en una auténtica relación) quisiera, debido a las responsabilidades que demandan mis compromisos.

Mi afecto por usted jamás ha estado comprometido. ¡Válgame Dios!  Lo atestiguan mis estudiantes que, obligados a mis frecuentes digresiones, han escuchado de “lo nuestro”.  Relatos que despiertan su curiosidad y que, quizá por vagabundería o chisme, me solicitan más amplia información.

He evitado caer en las pruebas, obligado por la virtud.  Cuido las circunstancias porque no quiero exponerla (o exponernos) a la maledicencia de los jóvenes.  Es preciso evitar las conjeturas, derivadas acaso de los silencios o insinuaciones, esparcidas en esas narraciones a veces también cursi.  Está a salvo, mi querida Claudita.

¿Sabe que no me creen los chicos que usted sea real?  Imaginan que les tomo el pelo o que tanto amor sea imposible.  Me confunden porque les he dado referencias concretas de su personalidad, edad, estatura, intereses, manías… una vez incluso les ofrecí su domicilio y profesión.  Nunca he llegado tan lejos.

Ya es famosa, amor mío.  Hemos alcanzado juntos lo que una pareja aspira en una relación de verdad: que uno evoque al otro.  Exactamente así.  He estado en circunstancias en que, por ejemplo, estudiantes ya convertidos en profesionales, de entrada al saludarme me han preguntado por usted: “¿Cómo está ‘su Claudita’?  Imagino que siguen juntos”.  Los muy pícaros no tendrán memoria de la filosofía, pero sí de su existencia.

Si se lo piensa bien, mi buena amada, podríamos escribir un libro sobre “lo nuestro”.  Desde su primera indiferencia, mi tenacidad de conquista, hasta su última capitulación al aceptarme.  Estuve a punto de tirar la toalla, su proverbial resistencia me puso entre las cuerdas.  De no haber sido por mi intuición, esa especie de corazonada que me descubre lo que vale, nada de esto habría sucedido. ¡Y vaya si no estuviera arrepentido!

Por fortuna cada uno tiene su destino y nosotros no nos hemos resistido a él.  Nos ha tocado ser felices sin la fatalidad desventurada de otros.  La compatibilidad de carácter, la aversión a las diferencias y la determinación de estar juntos desde la ficción han sido nuestra fortaleza.  Que nada de esto termine, Claudita.  Celebro su vida conmigo como mi regalo favorito.  Ya le escribiré de nuevo. No me olvide.

Ver como humanos

Ojos claros, serenos, 
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

Gutierre de Cetina

Cuentan que San Juan María Vianney, “el Santo Cura de Ars”, al ver curioso a un campesino rezar por horas frente al Sagrario le preguntó qué hacía tanto tiempo de rodillas.  Éste le contestó: “Yo lo miro y él me mira … eso es todo”.  La anécdota, perteneciente a la hagiografía religiosa, guarda una verdad portentosa: el poder de la mirada.

La Biblia está llena de escenas en donde la mirada ocupa un lugar central para destacar el significado de los relatos.  Refirámonos, por ejemplo, al momento en el que el evangelista narra la conversación de Jesús con el joven rico y el detalle de su afecto expresado en la declaración: “Entonces Jesús, mirándole, le amó”. 

El galileo ve mucho, a veces con amor, otras con ternura y hasta con ira (recordemos cómo vio a la higuera y la maldijo).   En ocasiones mira sin que nos demos cuenta: “Antes de que Felipe te llamara, cuando aún estabas bajo la higuera, ya te había visto”.  Su mirada incluye ocasionalmente a muchos, como cuando el escritor sagrado atestigua: “Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor”.

La avidez de la mirada no se desarrolla progresivamente, aparece en la propia génesis de nuestra vida.  Ver es el acto con el que exploramos el mundo, interpretado según los límites de la inteligencia.  Constituye la expresión primaria de nuestra arrogancia (el pecado de hibris) por el que renunciamos a las mediaciones para acceder a la realidad misma.

La distinción entre mirar y ver permite reconocer la involución de nuestra conducta que, relajada, cede a la decadencia moral.  El cansancio de los ojos se revela en su objeto, la pornografía que retrata lo inmediato y obstaculiza su realización.  De ese modo, la función escrutadora queda envilecida por lo macilento al traicionar la posibilidad de contemplación. 

¿Es viable superar este dictum condenatorio?  Diría que sí, bajo la condición de curar nuestra ceguera, el retorno simbólico a una nueva mirada.  La apertura que opta por visibilizar lo negado. El rechazo de la mirada violenta por la ternura empática y desinteresada.  Mirar desde lo humano es un proyecto que exige compromiso.

Educación en tiempos de pandemia

Muchos hablan del efecto de la pandemia sobre la educación de los jóvenes.  Que si el retraso en las materias, que si las fallas por incumplimiento del programa, que si la falta de talento de los profesores que improvisan…  Todo ha girado principalmente entorno a los contenidos.  ¡Quién diría que prevalecería el intelectualismo en nuestra rancia sociedad!

Así es, somos herederos de una cultura que no solo encumbra el saber, sino también los resultados tangibles como resabio de la lógica industrial.  Interesa el producto, el perno o el tornillo artesanal extraído de las ideas.  Lo demás es poesía, abstracción o ensayo ideológico pernicioso e inútil.

Lo fundamental, dice la pedagogía reciente, consiste en alcanzar “las competencias”.  Para ello, el acto docente concentrado en la mensura, el resultado y la praxis, se ve obligado a capitular en el cultivo del “Esprit de finesse” que quizá considere un lujo, un desperdicio o hasta un afeminamiento contraproducente.

Es la llanura la que inspira la crítica pedagógica que invisibiliza el daño de la pandemia en la educación.  Como si la tragedia se redujera solo a la escasa memorización de saberes, la resolución de problemas matemáticos o la comprensión limitada de la biología o la química.  Es eso y más. 

La catástrofe consiste en la irrelevancia de lo humano sobre el carácter de las generaciones afectadas.  Es la atrofia que comprometerá, más que la incompetencia en el uso de las máquinas y los cálculos, la estructura que conforma la vida.  Con ello, la sociedad, condenada a la barbarie, queda incapacitada para lo que juzgará (en su miope comprensión de la realidad) como refinamientos más bien románticos.

Ese vacío del espíritu, que progresivamente verificamos, se incrementará si no exponemos a los jóvenes a la reflexión crítica, el diálogo y la discusión.  Esas “competencias” toman tiempo, requieren lectura, trabajo en equipo y la guía de profesores hechos de un material superior.  Es un proceso que se gesta gradualmente en condiciones de libertad, apertura y a contracorriente.

El sistema evita ese Élan vital porque a la larga lo compromete.  Sin estética, apuesta por lo irracional, convirtiéndose en una máquina generadora de muerte.  Frente a ello es que debe recuperarse lo humano y esa es la tarea a la que debemos apostar.  Quizá aún tengamos tiempo.  Debemos insistir en esa esperanza.

Historia (y filosofía) de la canción napolitana.

Napoli è la patria della canzone.

Luciano De Crescenzo

Luciano De Crescenzo fue un escritor polifacético que durante algún tiempo estuvo presente en la industria editorial en todo el mundo.  Sus libros, de temas variados, fueron obras de consulta que interesaron tanto por su contenido como por su prosa de fácil acceso para el gran público más allá de las fronteras de Italia.

Con esos antecedentes, el Círculo de Lectura de la Dante Alighieri acometió la empresa de leer el texto, “Ti voglio bene assai. Storia (e filosofia) della canzone napoletana)”.  Un libro en el que el autor se sumerge en una especie de hermenéutica basada en las principales canciones napolitanas.

De ese modo, los estudiantes de italiano interesados en la cultura en todas sus manifestaciones se deleitaron con los clásicos de la tierra de De Crescenzo: ’O sole mio, Torna a Surriento y Santa Lucia luntana.  Se trató de una selección de textos porque el libro introduce también temas como, Era de maggio, ’Osurdato ’nnammurato, Tammurriata nera, Malafemmena… entre otros.

La lectura permitió conocer la sensibilidad poética napolitana vehiculada a través de la música.  La lírica expresa la vida, los intereses, las preocupaciones y los sentimientos anidados en corazones que vibran y cantan los acontecimientos padecidos.  Así lo manifiesta el autor, “vedete, è come se le canzoni fossero dei tamburi emozionali che influenzano il battito del nostro cuore”.

Al tiempo que se comentó el libro, hubo espacio también para la escucha de las canciones.  Che bella cosa è ’na jurnata ’e sole…  “Es una maravilla escuchar el dialecto napolitano, nunca había reparado en esas letras”, afirmó uno de ellos.  Mientras otra estudiante se refirió a la historia de Torna a Surriento, según la cual fue escrita en 1894 por Ernesto De Curtis a consecuencia de una desilusión amorosa.

En esta ocasión el pretexto fue De Crescenzo, pero no ha sido el único.  Desde mayo del año pasado, se han leído textos de Italo Calvino, Alberto Moravia, Gianrico Carofiglio, Stefano Benni y Fabio Geda.  Se aproximan otros autores no menos reconocidos, como Antonio Tabucchi y Claudio Magris. 

La idea ha sido crear un espacio de conversación en el que los estudiantes, además de practicar el idioma, profundicen en la cultura acompañados con profesores de nacionalidad italiana que apoyen la actividad con sus intervenciones.  La mediación ha posibilitado un diálogo de provecho para los participantes.

Hay que subrayar, finalmente, que el éxito del proyecto se debe, además de lo ya mencionado, tanto a la proveniencia de los miembros en materia de formación profesional o escolar (la variedad ha enriquecido el intercambio), como a la unidad en el afecto a Italia y lo que representa material y simbólicamente.

El Círculo de Lectura es solo una expresión del amor de la Dante Alighieri por la lengua y la cultura italiana.  ¿Quiere ser parte nuestra?  Acérquese y comparta nuestra pasión por esa tradición legada al mundo a través del arte, la filosofía, la literatura, la cocina y mucho más.  Lo esperamos.

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