Sobre la privacidad de nuestros datos

Cámara Cctv Blanca 2 Montada En Poste Negro Bajo Un Cielo Azul Claro

Hace ya bastante tiempo tuve un amigo que regularmente me contaba, más aún si mediaban experiencias etílicas, las conflictivas relaciones que tenía con su esposa, siempre celosa por lo que consideraba su propiedad.  Como mi paciencia era, cada vez menos, bíblica, lo escuchaba mientras consumíamos como jovenzuelos irresponsables lo que nos traía el mesero sin ordenárselo. 

De todas sus desventuras recuerdo la que me refirió sobre la furia de su cónyuge al quedar en paños menores con la ventana abierta.  “¿Quieres que te vea nuestra vecina?”, le reclamó.  Razón suficiente para que se librara una batalla (otra) a las que nunca pudo acostumbrarse. Así, partió de su casa un día sin que, hasta ahora, que yo sepa, haya regresado.

Cuento la historia, no por razones chismográficas, sino para establecer el celo a la privacidad que demostramos a veces circunstancialmente.  Las del vecino quisquilloso que no permite el estacionamiento frente a su casa o la de los cascarrabias que se molestan por los presuntos daños a su jardín por la cagada de un perro, por ejemplo.  Aceptémoslo: somos medio dementes cuando se trata de afirmar lo propio.

Lástima que no siempre.  En materia de navegación por las redes somos tolerantes “in extremis”.  Sabemos, claro que sí, que Facebook, Instagram, WhatsApp y Google (toda la compañía Alphabet en general: YouTube, Android, Nest… et al.) saquean nuestro datos para comercializarlos, sin embargo, lo ignoramos porque, según nuestra sabiduría de tontuelos, “no tenemos nada que ocultar”. 

Si fuéramos consecuentes con ese celo por lo que nos pertenece, ni siquiera usáramos celulares con sistema operativo Android, borraríamos el buscador de Google, pondríamos restricciones a nuestra navegación y hasta demandaríamos a Mark Zuckerberg.  No más cagadas de perro en nuestro jardín ni carros invadiendo la propiedad frente a nuestro hogar.  Pero no sucede así por un doble rasero extraño que marca nuestro carácter.

Nos revienta el extraño del semáforo que limpia nuestro carro sucio, pero somos indulgentes por daños que no percibimos.  Imaginamos que no somos blanco de vigilancia y si lo somos nada nos va a pasar.  Abrigamos sentimientos mágicos creyendo que la providencia nos cuida de los algoritmos malévolos de las redes sociales.  Dios es el antivirus que necesitamos contra los malos informáticos.

Ya es tiempo que seamos serios y despertemos de la fantasía.  Cuidemos nuestra información, no permitamos que la usen con fines de lucro o con intenciones de manipulación y control.  Sí, no seamos impúdicos en nuestro afán exhibicionista con los vecinos, pero, sobre todo, tengamos control sobre los datos que pueden usar las compañías o los gobiernos a veces para hacernos daño… también a nuestros hijos.

Un frente común contra la delincuencia de cuello blanco

Delitos de cuello blanco requieren investigadores de cuello blanco |  www.inmediaciones.org

Los delincuentes que quieren incrustarse en la estructura del Estado son bribones que no pueden medirse según los parámetros de una persona media.  En primer lugar, por la falta de escrúpulos, la avaricia ilimitada y el disfrute de la adrenalina cuando es expuesto y perseguido, pero sobre todo por la audacia que lo lleva a un estilo de vida siempre en la cuerda floja.  El hombre vulgar (porque suele tener poca exquisitez y desarrollo intelectual del buen vivir) a la postre se pierde en la miseria de sus propensiones insanas.

Su ruina es un peregrinaje seguro, apodíctico y certero, pero no piensa en ello imponiéndose a sí mismo una ceguera ficticia.  Estas mujeres, las hay también, no lo olvide (las evidencias las muestra con claridad) dan muestra de un pensamiento superior para la maldad.  Sus cálculos y maniobras los ubican (a los delincuentes en general, esto no es problema de género) en una categoría de “genios del mal”.

Pertenecen a la tradición de los más abominables corruptos de la historia.  Tienen linaje: Ramsés IX, Demóstenes, los Borja, Luis XIV y más recientemente, Fujimori, Marcos, Duvalier, Suharto y Arnoldo Alemán, entre tantos otros.  Son audaces, fríos, de proceder desvergonzado, con un carácter laborioso, siempre en busca de oportunidades que conquista mediante el cálculo.

Su juego es el habitual.  Confía en la pasividad de la ciudadanía.  Reconoce las infinitas distracciones de la comunidad política empeñada en actividades personales, el trabajo, la familia y el ocio.  El activo cobra fuerza (tienen suerte) gracias al individualismo de nuestra época que impide el trabajo común y la solidaridad.  Por si fuera poco, el aparato global tiene seducidas las mentes en las redes sociales, el consumismo y la vida en las pantallas. 

Esta especie de zombis mundializados son presa fácil para los corruptos.  Basta un tuit, por ejemplo, para hacer tendencia y cambiar casi el decurso de la historia.  Los delincuentes sacan partido, además, de la fragilidad moral contemporánea. Así, su vocación fecal, corrompe lo que toca imponiendo un ambiente pútrido que pareciera justificar el vicio (si la corrupción no es excepción, ¿dónde está “el pecado”?).

Estos políticos que desean apropiarse del Estado (los nuestros, los corruptos de los tres poderes) apenas se distinguen de los asesinos en serie.  Ya me dirá que no son unos Jeffrey Dahmer, “El carnicero de Milwaukee”, o un Ted Bundy, psicópatas, necrofílicos y caníbales, pero tienen parentesco.  Matan muy suavemente (los banqueros no son diferentes) permitiendo la desigualdad que genera el subdesarrollo en vivienda, educación y bienestar para todos, la desnutrición y la muerte en los hospitales por falta de atención. 

Contra estas personalidades psicóticas solo cabe un frente común.  Unirnos para impedir, por ejemplo, el acceso de Moto a la impunidad.  Enjuiciar a los protagonistas de las fuerzas oscuras del poder.  Denunciar a los epígonos del mal y la perversidad. Impedir la participación política de los ladrones.  Poner tras las rejas al criminal.  No hay otra opción, lo demás es autoengaño, ingenuidad o ignorancia supina.

Corrupción sistémica

Más allá de De Vido: la oportunidad de enfrentar la corrupción sistémica -  Buena Vibra

La corrupción no es novedad en nuestro país.  Desde el inicio de la llamada era democrática, los políticos de turno no han dejado de pellizcar el erario nacional para lucrar a escondidas y con disimulo dando rienda suelta a sus ambiciones personales.  De esa cuenta, la ciudadanía ha visto desfilar a estafadores de todos los colores sin que apenas el sistema lo haya evitado.

Ha sido peor.  El propio aparato ha involucionado para adaptarse al egoísmo de sus protagonistas.  Así, en lugar de transitar hacia una estructura garantista del desarrollo y la paz social, los líderes criollos, desde el más humilde profesional hasta el más sofisticado empresario de cuello blanco -los banqueros en primer lugar-, han procurado un modelo de estafa en contra de los intereses nacionales.

Evidentemente no se puede generalizar, pero las excepciones han sido tan puntuales que la tentación de elevar a carácter de ley la voluntad de saqueo es casi insuperable.  Nuestro infortunio está a la vista: la gestación casi definida de la corrupción sistémica.  El triunfo de lo que muy amablemente se ha dado en llamar “el pacto de corruptos” es casi un hecho.  Lo prueban los últimos actos que han llevado al innombrable juez Moto a una posición de beneficio para el latrocinio sin obstáculos.

El descaro es la novedad de nuestros actores políticos.  Ya decíamos que el asalto a los recursos de la nación no es noticia, lo “original” consiste en la desfachatez.  En el pasado había pizcas de vergüenza, atisbos de escrúpulos, sentimientos que hacían esconder un poco la moral laxa producto de una voracidad sin límites.   Hoy el vicio se ha convertido en signo de nuestros tiempos y la moda ha entrado hasta en las iglesias.

También los pastores conspiran contra el Estado y las iglesias operan como empresas que blanquean fondos.  Pero este es otro tema.  Lo importante es subrayar la miseria moral en la que hemos caído en un horizonte que solo puede hundirnos más.  Referirnos a ello, no es para entristecernos o darnos golpes de pecho, para desahogarnos, sino para que la conciencia mueva nuestra voluntad por mejores senderos.

Es una forma de llamar su atención, en primer lugar, para sienta la pestilencia del ambiente moral pútrido.  Sí, cabe la posibilidad de que se haya habituado a la inmundicia.  Luego, para moverlo a la indignación y la proposición.  Para no dejarlo en la poltronería o en la falsa ilusión de una providencia que no vendrá en nuestro auxilio.  En fin, para que haga lo propio con su conducta.  El esfuerzo último para que no se contamine ni intoxique a sus hijos con los patrones de nuestra “incivilización”.

Lo llamo a la esperanza, algo tenemos que hacer con la caca producida en los tres poderes del Estado.  Pensemos en ello y pongamos manos a la obra.

Biden y el reto de corregir el rumbo

Joe Biden es el nuevo presidente electo de EE.UU. | Voice of America -  Spanish

El cambio de gobierno en los Estados Unidos altera positivamente la política interna de ese país y corrige el rumbo en materia distinta de relaciones multilaterales afectadas por el gobierno de Donald Trump.  No se trata de creer en revoluciones en la nueva dinámica que encabeza Joe Biden, pero sí de alteraciones a partir de una manera diversa de concebir la realidad.

No se necesita un sexto sentido para comprender la diferencia de ambos puntos de vista, basta decir que mientras el pasado gobernante operaba según nacionalismos y xenofobia, con políticas excluyentes y acciones violentas, según la ocasión, el actual presidente mantiene un discurso más abierto, con disposición al diálogo, sin que prive en él divisionismos y posiciones de odio.

Son narrativas claramente diferenciadas y opuestas que los norteamericanos han empezado a sentir.  Más allá de la pluralidad del equipo de trabajo del líder demócrata, se hallan los énfasis en temas tan importantes como el plan de reforma migratoria y la lucha contra el cambio climático.  Sin olvidar, claro, el paquete de medidas que genera para afrontar la crisis económica por la pandemia.

El recién electo presidente se enfrenta con desafíos de todo tipo.  Se juega su prestigio y no puede fallar.  Los ciudadanos americanos, aún los de oposición, esperan equivocarse en su crítica para obtener una mejor posición que los saque de la crisis sentida.  Son conscientes de que su suerte está unida a la de Biden y, a su pesar, desean esos aciertos que mantengan sus privilegios.

El resto de los países del mundo, los que conforman Europa y América Latina, por ejemplo, sienten alivio con el relevo presidencial.  Hacía ratos que Trump se había vuelto insoportable.  No solo por el trato humillante contra políticos y ciudadanos de todas las latitudes, México y Centroamérica fueron ofendidos reiteradamente, sino por el retiro en tratados mundiales fundamentales desde el multilateralismo practicado en el pasado.

Con Trump, los Estados Unidos se aisló.  Su “America First”, los sacó de los grandes consensos mundiales cuyo propósito era la cooperación en la resolución de problemas globales. El rosario es numeroso: El “Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica”, el “Acuerdo de París contra el cambio climático”, el retiro de la Unesco, el “Pacto Mundial de la ONU sobre Migración y Refugiados”, el “Acuerdo nuclear con Irán”, entre otros.

Joe Biden está llamado a recomponer el descalabro dejado por el Republicano saliente.  Tendrá que generar confianza, pacificar la violencia de la oposición radical y demostrar efectividad en sus políticas.  El ciudadano debe persuadirse por los hechos de que el rumbo estaba equivocado y que la posibilidad de más y mejores oportunidades es real mediante un relato en donde cabe la diferencia.

La nueva movida de Mark Zuckerberg

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El revuelo causado por la nueva política a la que nos obliga WhatsApp al cambiar los términos de privacidad es un llamado por enésima vez a vigilar nuestros derechos y a reclamar a las grandes empresas que no lucren con nuestra información reduciéndonos a objetos de consumo con la que erigen sus emporios financieros.

El problema es que las redes sociales en general son cada vez más puntos de ventas donde se ofrecen productos de consumo en virtud de la atención que les prestamos durante nuestras jornadas diarias.  Es un intercambio que al parecer no hemos comprendido del todo: Facebook, por ejemplo, nos ofrece un espacio “gratuito” de esparcimiento donde compartimos fotos e información propia a cambio de las utilidades que obtiene a través de la venta de publicidad a empresas que se promocionan en esa espacio virtual.

Desde esa perspectiva es que la empresa de Zuckerberg con la nueva política, que estamos obligados a aceptar si queremos seguir usando WhatsApp, desea compartir los datos de los usuarios de la aplicación con el resto de los servicios de Facebook.  Es una gestión con la que se mejoraría el perfil de los usuarios con propósitos de apuntalar las utilidades a través de las ventas.

Al CEO de Facebook, en consecuencia, no le interesa tanto nuestras conversaciones privadas como el registro que dejamos que pueda orientar nuestras preferencias para la oferta de productos.  Los datos que dejamos, contenidas también en nuestras fotos, son el oro para seguir vendiendo y aumentando sus ya ingentes ingresos.  Por eso es que el acceso a la red es solo en apariencia “gratis” porque al final nuestros datos personales son su petróleo.

Pero mientras en esta parte del hemisferio somos demasiado generosos con las empresas que lucran con nuestra información, Europa tiene políticas más restrictivas.  Así, en este caso particular de WhatsApp la nueva idea de Zuckerberg no les aplica.  Tanto Europa como Reino Unido impiden que la aplicación de mensajería intercambie información con Facebook.

En resumen, los chats siguen estando a salvo para todos.  Facebook no puede leer lo que escribimos pues WhatsApp utiliza el cifrado de extremo a extremo.  El tema es el uso de los datos que vamos dejando al utilizar la aplicación de mensajería instantánea compartida ahora con Facebook, según nuestra pretendida anuencia dada la amenaza de expulsión, con fines de mejorar sus campañas publicitarias para ganar más dinero.

Debemos ser conscientes del costo de usar las redes de la compañía que agrupa Instagram, Facebook, Messenger y WhatsApp.  Reconocer que no es un espacio inocente donde compartir fotos y datos personales.   Mark Zuckerberg quiere seguir afinando los algoritmos para determinar nuestros perfiles y de ese modo vendernos, controlarnos y dirigirnos.  Se trata también, a más largo plazo, de influir en las decisiones y manipularnos a mansalva.

¿Victimistas?

El victimismo fascista | ctxt.es

Hay todo un aparato en funcionamiento cuya finalidad es que nada cambie.  Intelectuales al servicio de la clase dominante, formando parte de la industria del espectáculo y de comunidades “científicas”, para hacer creer a la sociedad que el capitalismo es justo y que no hay alternativa mejor.  Esa es la razón por la que existe la homogenización del pensamiento.

No es casual, por ello, que la mayoría compartamos los mismos gustos y tengamos las mismas preferencias en el cine, la literatura, el arte, la moda, la tecnología, la cocina y… también la política.  Escapar de “las tendencias” es virtualmente imposible porque las ideas, a fuerza de repetirlas en la televisión y encontrarlas en la red, las asumimos para normalizarlas y volverlas costumbres.

De ese modo, nunca ha sido tan complicado el ejercicio herético porque nada lo procura.  Ser inteligente, dice la ciencia construida por ellos, es aprender a adaptarse.  En consecuencia, desde esa perspectiva, hay que asimilar los infortunios e injusticias porque es más de sabios.  Luchar y quejarse, insisten, es rebelarse frente a ese destino que resulta incambiable.

De ahí que autores como Ryan Holiday sean los maestros contemporáneos que enseñen a sufrir cual estoicos del siglo XXI.  Su “The Daily Stoic Journal: 366 Days of Writing and Reflection on the Art of Living”, es un éxito editorial que conforma la conciencia de la nación estadounidense y procura también entre nosotros el arte de la resignación “cristiana”.

Es un cristianismo secularizado, un pensamiento arropado con las ideas de Séneca, Marco Aurelio y Epicteto que proponen Holiday y Pigliucci, entre tantos otros, para “vivir una vida moderna”.  Extendida la pedagogía, todo lo que suene a protesta o disconformidad con el sistema cae dentro del ámbito de lo estúpido, del inadaptado que es un quejica que no sabe cómo vivir.

Por ese motivo, según ese marco “filosófico”, políticos como Macron critican a los franceses porque mucho se quejan.  Son “victimistas”, asegura, inconformes de las bondades del sistema que deberían agradecer.   El exbanquero y actual presidente de la República Francesa olvida el desempleo, la desigualdad y la pobreza de su país.  Y claro, cuando se vive como faraón es fácil enseñar la resignación y las buenas costumbres a la ciudadanía que se gobierna.

Para resumir, más allá de la observación del político que vive lejos de nuestra realidad, asumamos lo nuestro y pongámonos en guardia en contra del pensamiento único que nos adoctrina desde los diversos aparatos en funcionamiento.  Ejerzamos la crítica y evitemos la propagación de ideologías apaciguadoras que permitan el saqueo de unos pocos que viven a cuerpo de rey.  Seamos más listos y opongámonos con nuestras propias armas.

Sociedades enfermas

Existe una conexión entre el arte, la creatividad y la locura? – Jóvenes  Construyendo

“Las sociedades hoy no están enfermas solo del virus, sino que adolecen todo un desacople social”.  Jean-Luc Nancy

Puede que tenga sentido afirmar que las sociedades son semejantes a cuerpos humanos sujetos al tiempo.  Y si no es así, al menos es un modelo explicativo de lo que les acontece circunstancialmente.  Las comunidades se enferman, sufren paroxismo, ansiedad o paralización, sienten frustración y hasta desánimo.  Quizá haya sociedades que en la desesperación se vuelvan dementes -sin culpa-, solo porque no saben reaccionar en contextos particulares.

Venezuela es un caso paradigmático.  Chávez no llega al poder solo en virtud de las capacidades propias, sino por el cansancio de una ciudadanía que hastiada en su momento buscó alternativas.  ¿Los venezolanos expresaron inmadurez o son menos sensatos que los habitantes de Suecia?  No lo creo.  Que Maduro sea el presidente ahora es una casualidad derivada de la decepción por el vicio de los gobernantes del pasado. 

Ya antes había ocurrido en la Alemania del Fürer, cuando los germanos apoyaron masivamente al caudillo.  La locura ciudadana es solo un factor que ayuda a entender el ascenso de sus dictadores, no la causa única.   Aunque, en mi opinión, es una variable importante sin cuyo respaldo Hitler, por ejemplo, no habría pintado en la historia del país al que nos referimos.

Es la misma demencia de los millones de ciudadanos que votaron por Trump y aúpan todavía cual oligofrénicos.  No se explica de otra manera.  El hechizo (digámoslo más suavemente) no les permite ver al impresentable, al corrupto, al político de baja catadura que vendería a su madre con tal de permanecer en el poder para satisfacer sus malas inclinaciones y apetitos vulgares.  Tienen ceguera, perdieron el sentido del gusto, no tienen clase.  Desesperados, abrazaron la indecencia.

No tienen culpa.  La alternativa no es esencialmente superior.  Ha sido la clase política la que ha enfermado a las comunidades, su vector.  Es difícil sustraerse a ese virus que causa estrabismo y ausencia de gusto.  Ya no se distingue ni se sabe catar.  Así, da igual elegir entre Salvini, Berlusconi o Conte.  La inoculación nos vuelve ordinarios, por ello celebramos al bravucón, al impertinente y hasta al asesino.

¿Recuerda cómo aplaudimos al matón de Chilpancingo?  Nosotros, qué duda cabe, no somos la excepción.  No se puede explicar de otra forma nuestro mal gusto experimentado por personajes como Morales o Giammattei, por ejemplo.  O que estemos a punto de determinarnos por un Mynor Moto o un Estuardo Gálvez.  ¡Qué mal nos vemos!  Sí que estamos enfermos.

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