No nos han decepcionado

“Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral, sino criminal y abominable.”

Cicerón
Alejandro Giammattei 

Creo que muchos en Guatemala ya no nos desilusionan nuestros gobernantes.  No sucede porque nunca hemos tenido esperanza de ellos, sabemos por experiencia, por sus antecedentes, la calaña a la que pertenecen.  Así, ver las ejecutorias del amargado presidente, el latrocinio del Congreso y el contubernio del sistema de justicia con la corrupción, es siempre más de lo mismo.

¿Que hay excepciones?  Claro que sí, nimias, singulares y laudatorias, pero el resto es pura cloaca.  Vertedero pestilente en donde el sector privado (me refiero a las mafias oligarcas, muchos de ellos asociados al CACIF) no hace la diferencia, todo lo contrario: se adaptan al sistema para ser parte del expolio.  Lo nuestro es podredumbre del más alto nivel.

Consecuencia del fracaso del Estado es precisamente su inoperancia.  ¿Se ha fijado que casi nada -o nada más bien- funciona?  El sistema de salud es miserable, enfermo y comatoso también por el concurso de los sindicatos que son un lastre por velar solo por sus intereses.  Igual discurso pasa por la educación, la vivienda… y todo lo que tenga que ver con el bienestar de los guatemaltecos.  Francamente estamos desamparados.

Por ello es que ocupamos puestos indecorosos cuando se trata de mediciones de desarrollo.  No le atinamos casi a nada (me refiero a los actores políticos), con notas perdedoras hasta en no dejar morir de hambre a nuestros niños.  O sea, campeones en desnutrición, migración, inseguridad, robo, cinismo y también por tener un pseudo estadista impresentable.  ¿Hay alguno que pueda presumir a esa piltrafa moral?

Menos mal no está solo porque en personalidades despreciables sí somos ostentosos.  Están bien distribuidos en el Estado, en el Tribunal Supremo Electoral, el Congreso de la República, el Ministerio de Educación y, como no, en el Ministerio Público.  Sea honesto, ¿Se siente representado por muchos de esos personajes que por acción u omisión condescienden con la corrupción?  Estoy seguro de que no.

Por eso le decía, este gobierno ha acudido puntualmente a lo suyo.  No sorprende, ya les advertíamos.  ¿O usted no conocía al fanfarrón que nos gobierna?  ¿Ignoraba a los diputados? ¿Estaban ocultos para usted los mafiosos del sistema de justicia?  En Guatemala no caben los milagros porque son muy profanos sus actores, además no tienen el gusto ni el tiempo para disimularlo.

Con todo ello no cabe la decepción, como le decía.  No nos han desilusionado porque estábamos bien enterados de su maldad.  Sin duda es un drama.  No es grato reconocer que vamos a la deriva, que somos un Estado fracasado y que no tenemos alternativas.  Es desagradable pensar que la vida está en otra parte, en otros lugares donde si bien la materia humana es la misma, hay un modelo social y político distinto, mejor, humano, ese necesario para florecer y hasta para ser felices.

Pedagogía crítica

Las críticas no serán agradables, pero son necesarias.

Winston Churchill

Uno de los resultados de la educación debería ser la disposición y el ánimo a la crítica.  El ejercicio del distanciamiento a discursos, instituidos por grupos de interés.  En cambio, a veces la escuela no es sino una especie de adiestramiento o formación para el silencio, la adaptación y el conformismo.  De eso debemos escapar y hacer de la suspicacia la actitud primordial de los ciudadanos.

Debemos popularizarla, hacer entender que vivimos en el reino de la mentira y que, en consecuencia, tiene muchísimo sentido eso de que “no todo lo que brilla es oro”.  Sí, porque la verdad es un bien escaso y el dolo es parte de nuestra constitución natural.  Lo es en la vida privada y más aún en la pública.  Por ello, por principio tenemos que reconocer la patraña de los políticos, los empresarios asociados y los predicadores de esquina, entre otros.

No digo que debamos vivir en la angustia de la incertidumbre pidiendo pruebas a cada momento, a nuestra pareja, hijos y amigos.  No vaya a ser que me endose su infelicidad por el desasosiego en la búsqueda constante de evidencias.  Hay una fe básica que debemos a los que amamos, ¡por favor!  Me refiero más bien al ámbito, por ejemplo, del conocimiento, del espacio público político y hasta del mercado.

En este último es fundamental no dejarse sorprender por los mercachifles que quisieran vendernos espejitos.  Ya lo debería saber, la industria que intenta extraer nuestro dinero a base de ventas sin sentido es enorme.  Es un sistema increíble que se cuela en todos los lugares de nuestra vida a través de la radio, la televisión, internet y los medios de comunicación en general.  Así, es fácil la compra de lo superfluo por no estar despiertos.

Créame, se necesita un poco de iluminación, estar en guardia frente a los timadores del mercado.  Sospechar de esas “críticas literarias” y “reviews tecnológicos” que, organizados y al unísono cuando sale un producto, quieren inducirnos a la compra. Muchos son trampositos que venden “aguas milagrosas” a sabiendas que engañan a los compradores por pura avidez de lucro.

El ejercicio crítico no es decorativo, cultivarlo (incluso por deporte o “metódicamente” al mejor estilo Cartesiano) puede librarnos de problemas y, en última instancia, salvarnos la vida.  Cuando el buen Jesús dijo que debíamos ser como niños, dudo que se refiriera a ser ingenuos o cándidos.  Lo fundamental más bien es ser, según el horizonte cristiano, “astutos como serpientes”.

La pedagogía tradicional que adormece las conciencias debe ser superada.  Insistir en la ilusión del mundo, la codicia de la humanidad y nuestra inclinación malsana a la credibilidad.  Formar sujetos dispuestos al pensamiento, expertos en el descubrimiento de supercherías, clarividentes de imposturas, habilitados a no tragarnos sapos, fundamentalmente siempre listos contra los banqueros, los políticos y los mafiosos agremiados (el CACIF, por ejemplo).

Escorias

El vulgarmente llamado estadista o político es un sujeto cuyas decisiones están condicionadas por intereses personales.

Adam Smith

Uno estaría tentado a decir que los demonios andan sueltos en el país, pero luego me recuerdo que nunca han estado en permanente reposo… y se me pasa.  Lo nuestro son las convulsiones constantes generadas por la actividad febril de los movidos por el dinero y la codicia.  Lo novedoso quizá sean los actores, que al aumentar, aparecen como hongos en todos los espacios.

Es impropio generalizar, sin embargo a veces se tiende a creer que la picardía ha tocado nuestras fibras. Efectivamente los pícaros parecen multiplicarse porque uno los adivina donde menos se lo imagina. Quiero decir, antes se sabía que la corrupción reinaba entre los policías, los políticos y los jueces venales, con contadas dignas excepciones, pero hoy los ve también entre los médicos, los arquitectos, ingenieros, los profesores y, asústese, también entre curas y pastores.

Alguno me ha dicho que la corrupción que ahora está a ojos vistas siempre ha existido, “lo que sucede hoy se debe al acceso masivo de la información gracias a la tecnología”, me explicó un amigo.  No deja de tener razón, aunque suelo insistir en que los latrocinios del pasado estaban concentrados en los que manejaban el cotarro en las altas esferas del poder: los Borgias, los Romanov y los Borbones, por ejemplo. 

Cierto, había excepciones, como los grupos delincuenciales asociados a la mafia.  Pero era eso, un fenómeno no convencional revisitado aún hoy por la literatura que no deja de observar con fascinación sus códigos morales, modos de operación y estructura.  Los Alcapones eran más bien raros.  Todo lo contrario con lo que sucede ahora.

La percepción generalizada es que con la tecnología, que ha favorecido la información, se ha multiplicado el hampa.  Y claro, no lo sentiríamos demasiado si viviéramos en otros contextos, en Suecia, Finlandia, Alemania o Reino Unido, pero entre nosotros es demasiado doloroso.  Está a la vista: desnutrición, pobreza, desempleo y servicios básicos sin posibilidades de acceso.

Mientras la población muere de hambre o en las puertas de los hospitales, los corruptos llenan sus arcas, en busca ya no solo de garantizar su futuro, sino el de las propias generaciones.  ¿Y qué decir del sentido de la vergüenza?  Nunca como hoy ha habido tanto inescrupuloso y sujetos con exceso de bajeza moral. La mayor parte, de cuello blanco, semi ilustrados y hasta con suficiente formación cristiana.

Son delincuentes que viven en permanente contradicción, desbordados por la avidez del poder y el dinero.  Su religiosidad ridícula la exponen con sus posiciones homófobas y doble discurso moral.  Estos sujetos, ¡qué miserables que son!, no conocen sino el expolio, el odio y la violencia, aderezado con un rostro angélico y dulce.  Son la escoria de la humanidad… y están por todas partes.

Celebrar la vida

Si el buen Dios me lo permite próximamente estaré celebrando mi natalicio por enésima vez.  Son muchos años los ya vividos desde que mi madre me alumbró en una fecha inexacta, (hay todo un chirmol sobre el dato correcto), que me iguala en circunstancias a los antiguos, digamos Séneca, sin que comparta el desinterés estoico y no me afecte la incertidumbre de algo tan elemental.

Ya me dirá alguno que representa ventaja.  Y no deja de tener razón.  Desde que tengo memoria celebro en días distintos mis cumpleaños.  ¿Por qué?  Ese es otro tema: me he pasado más de cincuenta años dando esa explicación que ahora me ahorraré por aburrida y para compartir con usted dosis de incertidumbre.

Como en todo, el pastel tiene su guinda.  He nacido en fechas en que si me fío del testimonio de mis padres pertenezco a un signo del zodíaco, pero si me atengo al registro ya la suerte es distinta.  ¡Maldición!  Ni siquiera puedo conocer mi destino, mi pareja ideal, la razón de la volubilidad de mi carácter ni el número perfecto para comprar la lotería.  Aquí sí la providencia no pudo manifestarse más perversa.

¿Eres Tauro o Géminis?”, ha sido la pregunta recurrente.  “Lo que tú quieras”, respondo, “lo que te convenga.  Si la carta astral dice que para ti el hombre ideal es un toro, pues lo soy.  Escógelo, no tengo problema, soy versátil, no tengas pena”.  Por lo general me ha funcionado, sin saber la razón exacta de la coincidencia o porque quizá de un día para otro la definición no es tan fuerte como si se tratara de grandes plazos. 

La imprecisión de mi nacimiento (mis padres siempre me pidieron perdón por el micro descuido) permitió que mi hermano se empeñara en repetirme que había sido recogido en un basurero.  “Efectivamente, sancionaba con bastante coherencia, eso demuestra tu origen espurio”.   No lo decía así, pero casi.  Luego de ello pasaba a enlistar nuestras diferencias: “Es claro, concluía, tú no eres de la familia”.

Al inicio me afectaba, pero luego llegué a celebrar esas diferencias.  Además, la llegada de mi hermana, ausente de toda esa discusión, hizo que hasta me olvidara de mi naturaleza advenediza.  Para ese entonces ya tenía carta de naturalización y me sentía (seguro que por efecto del tiempo) incardinado en la familia.

Los accidentes compartidos son parte de la historia y, como le digo, muy pronto estaré de manteles largos.  Me hago viejo, y aunque mis amigos me dan ánimo diciéndome que la prueba de mi juventud es que no formo parte del grupo de mayor riesgo contra el coronavirus (vaya consuelo), lo verdaderamente cierto es que he vivido bastante.  Gracias por acompañarme en este viaje y compartir conmigo la vida desde este espacio periodístico.

La pedagogía de la vida

Todo puede reducirse quizá a la educación.  De ella dependemos para sobrevivir o, más aún, para tomarle gusto a la vida.  A veces, sin embargo, no reparamos en su valor y damos clausurado el itinerario cuando salimos de las aulas.  Tal vez pensemos que sea suficiente por sentirnos mayores, por razón de pereza, frecuentemente por inconsciencia.

En esto los padres no hacemos demasiado y la escuela no cumple su deber.  Insiste poco en hacernos caer en la cuenta de que la formación es para siempre, que nunca acaba y que, en consecuencia, el proceso de aprendizaje debe ser constante.  Y no me refiero solo al imperativo de cultivar nuestras habilidades profesionales, sino (y sobre todo) a la atención de nuestro desarrollo personal.

Porque hay algunos muy preocupados sacando cursos, perfeccionando sus destrezas, actualizándose para estar a la altura de las ofertas de trabajo.  ¡Genial!  También son modelos de vida, demuestran la nobleza de su espíritu.  Esa ocupación, no obstante, es solo parte del empeño general.  Además de ese interés, hay que disponerse para crecer como personas, insistir en mejorar el carácter, ejercer la crítica de uno mismo y tomar decisiones en la modificación de nuestra conducta.

No nos hacemos un gran favor (tampoco a la sociedad) exponiendo al mundo nuestras competencias profesionales, siendo pigmeos humanos: envidiosos, egoístas, chismosos, inconstantes, volubles, amargados, arrogantes, celosos… y siga usted la lista.  Vaya que no es fácil construirnos, superar esas tendencias tan naturales (¿Quién puede arrojar la primera piedra?).  La bondad y la virtud no se da por generación espontánea, es necesario intentarlo a diario.

Como mucho de lo que escribo (tome nota, por favor), no lo hago pensando en los demás (muy al estilo farisaico), más bien lo expreso para mí.  Ya sabe, a fuerza de escribirlo quizá autoconvencerme de la necesidad de cambiar mis malos hábitos, de entender la vida y retomar el camino de la bondad que juzgo lo único que da sentido y tiene un valor fundamental.  Así, esta moralina es personal y, si por accidente le sirve, mejor aún.

Hay que cambiar de chip, modificar la idea de que la educación es un proceso puntual para extenderla a lo largo y ancho de la existencia.  Superar el principio aquel de que nuestro carácter queda determinado en los primeros cinco años sin que nada podamos hacer después.  Juzgarnos cambiantes, creer en la posibilidad de crecimiento, soñarnos mejores.  Sentir que la felicidad se libra en ese frente cotidiano, sin subestimar la importancia de lo periférico: el dinero, la profesión y las muchas distracciones de la vida.

El Papa y la excomunión a las mafias

La mafia está acostumbrada a recibir privilegios por doquier.  La Iglesia no podía ser la excepción.  Lo sabe bien el Papa Francisco que públicamente ha decidido poner fin al acceso de los capos a las tripas del Vaticano.  No es fácil porque por mucho tiempo las transacciones sospechosas, la compra de curas y los favores a las iglesias particulares han estado a la orden del día, pero su Santidad parece no querer transigir más.

Para ello, ayer se anunció la conformación de una comisión “ad hoc” para excomulgarlos.  Dejó la papa caliente al Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral del Vaticano y estará conformada por juristas y expertos laicos y religiosos para estudiar la manera de despojarlos de cualquier viso de comunión eclesial. 

Cualquiera diría que a las mafias les viene del norte la decisión de Francisco, pero, por paradójico que sea, no es así.  Las organizaciones criminales son también piadosas, practican la liturgia y tienen sus ritos populares.  Se dice, por ejemplo, que la ‘‘Ndrangheta venera a San Miguel Arcángel y celebra su gran reunión anual en el santuario de la Virgen de Polsi.  El diario El País dice que “la Camorra controló durante mucho tiempo parroquias y diócesis que permitieron bodas, bautizos y todo tipo de ceremonias con una elevada porosidad entre la estética religiosa y la criminal.  No es extraño tampoco que muchas procesiones en el sur se detengan en la puerta del capo de turno para mostrar su respeto”.

De esa cuenta, la excomunión apunta al corazón de los mafiosos cuya conciencia es tan oscura como los negocios que hicieron con el banco Ambrosiano.  Porque, según se sabe, el vínculo entre religión y grupúsculos al margen de la ley está más que demostrado.  Hay tanta afinidad entre las organizaciones: liturgias, disciplina, ritos, conductas, estructuras y jerarquías, entre tantos otros elementos compartidos, que su diferenciación puede ser en extremo complicada.

Al Papa argentino, sin embargo, parece no temblarle el pulso para firmar la expulsión de la mafia italiana de la Iglesia: los de las regiones de Sicilia (la Cosa Nostra), Nápoles (la Camorra) o Puglia (la Sacra Corona Unita).  Desde el 2014 los tiene en la mira, cuando declaró en Calabria que “La ‘Ndrangheta es la adoración del mal, el desprecio del bien común.  Tiene que ser combatida, alejada. Nos lo piden nuestros hijos, nuestros jóvenes. Y la Iglesia tiene que ayudar. Los mafiosos no están en comunión con Dios. Están excomulgados”.

Bien hace el Papa separándose de los mafiosos, impidiéndoles la comunión con la Iglesia.  Pero su tarea debe continuar con la purga en su interior.  Y ya lo hace, recordemos el caso de la condena y dimisión del Cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de Washington y una de las figuras más prominentes de la iglesia en los Estados Unidos.  El prelado estaba al nivel de los capos, amante del poder, el sexo y la buena vida.  Su castigo, aunque tarde, es una muestra de los aires de renovación del catolicismo romano.

Compulsiones

Todos hablan de compulsiones, pero ¿sabes realmente lo que son? - La Mente  es Maravillosa

La racionalidad a menudo es un supuesto que nuestros actos desmienten.  Me refiero, por ejemplo, a esa conducta ciega que nos lleva a comprar por impulso, sin lógica ni sentido.  Justo como cuando compramos libros sin necesitarlo, porque está de moda, por la portada “cool”, porque somos intelectuales.  Fue lo que me reprochó un día mi hijo en la caja de la librería: ¿Para qué los compras, si he visto varios que ni los has abierto? 

Ya lo había pensado (a esta edad es muy difícil no enterarse de los propios vicios), pero en ocasiones es difícil frenarse.  Es como cuando el amante de las juergas se jura en una resaca descomunal no volver a beber ni salir con los amigotes.  Es inútil, ya sabemos que es una mentirilla fuera de todo cumplimiento.  En el caso de los libros, uno se autoengaña porque en el fuero interno se promete más autodisciplina, decisión para robar horas al sueño o hasta renunciar a entretenimientos (atender los videos tontos de YouTube o ver series de Netflix, si fuera el caso). 

Por lo demás, yo tengo (y no me creo el único) una colección de compras inútiles que a menudo me echan en cara mis hijos, pero que no producen en mí el menor remordimiento.  Tengo a la vista, por ejemplo, mi guitarra.  La compré hace veinte años y la he usado unas tres veces.  Fue una adquisición nostálgica que me ligaba a mis años monacales.  “¿Por qué no comprarla si puedo alabar a Dios en mis momentos de meditación?”, me dije.  Tonto de mí, apenas rasqué las cuerdas pocas veces y, peor aún, nunca hice meditación. 

Ojalá nuestra guía fuera el pensamiento lógico, sin embargo no sucede sino en contadas ocasiones.  El absurdo es lo nuestro.  La demencia y el olvido.  Pienso, en otra muestra singular, en la caja fuerte en forma de libro que compré para guardar mi ingente capital (producto de mi oficio docente y asesorías abundantes que tengo que rechazar).  Incluso perdí la llave, lo más que llegué a guardar fueron cinco dólares y unos doscientos córdobas.  Hoy luce casi nueva entre mis libros, sin que la use porque la llave está desaparecida.

Podría continuar narrándole mis compulsiones absurdas, pero temo su juicio inclemente y la pérdida de su afecto -si es que todavía lo preservo-.  Mejor cuénteme usted las incontables ocasiones en que se ha dejado gobernar por las emociones y la sumisión de la razón a esos impulsos ciegos.  Reconocerlo nos humaniza y hasta produce consuelo.

Le diré algo.  Si bien exorciza compartir la experiencia no crea que es suficiente para abandonar las inclinaciones referidas.  Me he prometido, en mi empeño por lo mal sano, comprar una trompeta.  Quiero volver a mis andanzas de adolescente en que formé parte de un grupo y tocábamos melodías más bien profanas que religiosas.  Hoy sí, me he dicho, me aplicaré mucho aunque vuelva locos a los vecinos con el repertorio de jazz que ya tengo para interpretar.  Ojalá no falle en esta ocasión.

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