
La experiencia humana, entre otras cosas, es un scroleo constante e inevitable. Transitamos descartando, viendo o medio viendo para pasar a otras actividades. Sería imposible concentrarnos y elegirlo todo, porque es un rasgo de nuestra finitud. A veces se elige; luego es necesario pasar, atendiendo a lo que para cada uno tiene significado.
Además, la distracción es una constante. No reparamos, vamos en automático. Se planea según la fuerza de los vientos; nos dejamos llevar. La inconsciencia es lo nuestro; en ocasiones ni nos damos cuenta de las heridas infligidas en ese vuelo sin control, a merced de los caprichos de otros o de las circunstancias a las que solo nos adaptamos.
Ese scroleo es una suerte de ansiedad existencial. Como cuando asistimos a un banquete e ignoramos qué pedir por la mirada presurosa y nerviosa a todos los platos. El espíritu, sobrecogido ante tanto milagro, se determina por lo primero sin considerar lo que sacrifica por la prisa, por la falta de foco, por la necesidad díscola de elegir.
Pasar páginas con carácter de urgencia es también inmadurez. Una forma de impaciencia propia de quienes no han cultivado suficientemente la atención. El cultivo de cualidades que, más allá de lo que rinde beneficios o produce frutos visibles, permite reconocer valores a veces desapercibidos a los ojos.
Con todo, hay casos extraños en el otro extremo, lejos de la virtud deseada. Se trataría de quienes viven desde la hipersensibilidad y lo escrutan todo. Aquellos incapaces del mínimo scroleo, enganchados a acontecimientos de los que no pueden escapar: un amor, una ofensa, unas palabras. Aquí la permanencia es un vicio que impide la esperanza por falta de perspectivas más amplias.
Como en todo, parte de aprender a vivir es situarnos en el medio virtuoso. Aprender a sopesar las experiencias, a disfrutar los momentos y a gozar de lo bueno que nos pasa. Sentir la dicha sin prisa, como un regalo al que estamos llamados a dejarnos invadir con plenitud. Experimentarnos merecedores de un estado del que quizá otros estén privados.
No, el scroleo no lo hemos inventado en la era de la hiperconexión. San Agustín, ya en el siglo V, sentía la fuerza de esa condición que deja pasar todo, viviendo la emoción de lo transitorio, la vida sensible. Reconocía que ese carácter podía impedir ver la huella de Dios en el mundo. Así lo dejó escrito en su Timeo Dominum transeuntem: «Temo que Cristo pase». «¿Pero por qué temes al Señor?». «Temo no darme cuenta de que es Cristo y dejar que pase de largo».
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