Terremotos

Tremblement de terre”, así le llaman los franceses a los movimientos telúricos que nos espantan y hacen que nos paralicemos sin saber cómo reaccionar.  Tomado literalmente hablamos de terremotos, pero en clave alegórica algunos se refieren a esos momentos fundamentales que nos causan más que miedo, angustia.

Hablamos de experiencias existenciales que nos mueven el piso o circunstancias inesperadas que afectan nuestro sentido de vida.  Son esas noches oscuras, mencionadas por san Juan de la Cruz en la que el alma no encuentra sosiego por las convulsiones del espíritu.  Ya usted sabe a lo que me refiero.

Las sacudidas son habituales en la Biblia, como cuando en los Hechos de los Apóstoles, Dios hizo temblar la tierra estando San Pablo en la cárcel.  El texto dice así:

Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudieron; y al instante todas las puertas se abrieron, y las cadenas de todos se soltaron”.

El Dios cristiano parece tener afición por los sismos para sacar de la indiferencia a los que duermen.  Quizá sea su manera para poner en shock la vida amodorrada, dormida o anestesiada por tanto aburrimiento cotidiano.  Pero no solo para ello, sino quizá para manifestar su gloria e indicar que lo sucedido no es de poca monta.  Un ejemplo clásico es el de la muerte de Cristo narrada por el evangelista Mateo.

Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido se levantaron“.

¿Es un recurso narrativo de los hagiógrafos para llamar la atención?  Probablemente sí.  Los terrae motus (o los movimientos de la tierra, según el latín vulgar), difícilmente dejan impertérritos los espíritus.  Más aún si en la infancia una experiencia de tal magnitud provoca un trauma insuperable en la vida de las personas, como quizá les suceda a muchos en el istmo centroamericano.

Quien quizá mejor comprendió la perspectiva religiosa de los terremotos fue Voltaire, pero para burlarse del optimismo metafísico de Leibniz, en su idea de que este mundo es le meilleur des mondes possibles.  Primero lo evoca en su “Poème sur le désastre de Lisbonne” y más adelante en su “Candide, ou l’Optimisme”.  El infame (es un decir, claro), profana el acontecimiento para afirmar el mal radicado en el mundo: “Il le faut avouer, le mal est sur la terre”.

Como sea, en Guatemala los terremotos son tan ordinarios que ya casi nos acostumbramos.  Y no solo aludimos a la actividad de fallas geológicas, sino a las sacudidas a las que nos exponen a diario los políticos, los empresarios, los banqueros y hasta las experiencias emocionantes derivadas de un amor en ciernes… vaya circunstancias permanentes las nuestras.

La vida amarga

La vida fuera más sencilla si dejáramos de preocuparnos de muchas cosas, la economía, los afectos, la política, los deportes y hasta nuestra apariencia personal, las dietas, el ejercicio y la salud.  Vivimos empeñados en hacer de nuestra vida un suplicio constante, sin darnos cuenta de que nos consumimos en aquello que Sartre llamaba “pasión inútil”.

¿Por qué participamos de semejante experiencia desgastante?  Quizá porque somos demasiado sentientes y vivimos condicionados por esas sensiblerías que cuentan tanto en nuestra conducta.  Al punto que no podemos pensar sino desde ese horizonte sensible.  Como decía Nietzsche, “nuestros pensamientos son las sombras de nuestros sentimientos, siempre más oscuros, más vanos, más sencillos que éstos”.

Se trata la existencia, entonces, en acostumbrarnos a lo que Darío llamaba “el dolor de ser vivo”.  Porque la vida es eso, una especie de fatalidad al experimentar cotidianamente una herida expuesta sin que apenas podamos curar.  Una fatalidad, según el vate nicaragüense, quizá fundada en la enseñanza de Buda, aunque él no la viviera.  Recordemos que el poeta, al decir de Unamuno, más que apasionado era sensual; “sensual y sensitivo”.  Incansable bebedor, testimonió Ricardo Baroja.

Y es que si la vida es sufrimiento tenemos que intentar evitarlo.  No es otra la intención del iluminado al referirse a las Cuatro Nobles Verdades y una de las funciones de las religiones para superar la tristeza en el “lacrimarum valle”, un espacio de padecimientos que debemos soportar estoicamente, esto es, con resignación.

Más profanamente podríamos decir que la industria humana consiste en la vida buena o quizá como diría Victoria Camps, en el gobierno de las emociones.  O sea, aspirar a no dejarse atrapar por el ímpetu del momento, la seducción de instante o el embrujo del ahora, con tal de orientar la vida hacia buen puerto, superando los cantos de sirena con ese carácter probablemente más propio del guerrero.  Camps resume la utopía de la siguiente manera:

Llevar una vida correcta, conducirse bien en la vida, saber discernir, significan no solo tener un intelecto bien amueblado, sino sentir las emociones adecuadas en cada caso. Entre otras cosas, porque, si el sentimiento falta, la norma o el deber se muestran como algo externo a la persona, vinculado a una obligación, pero no como algo interiorizado e íntimamente aceptado como bueno o justo”.

He dicho “utopía” porque aprender a vivir no es fácil.  Somos arrastrados por principios o estructuras personales que, si no nos gobiernan, obstaculizan nuestras decisiones alejándolos del anhelo de una existencia gozosa.  Y nada más difícil que el equilibrio en ese maremágnum de emociones que experimentamos con tan solo respirar.  Es la triste realidad, Darío lo sabía al concluir que “la vida es dura. Amarga y pesa”.

La coprofilia en la era digital

La era digital ha puesto de manifiesto, entre tantas cosas, la producción de basura con la que inundamos el mundo y la fragilidad humana de su consumo.  No somos peor que nuestros antepasados, pero sí quizá más propensos a los deslices como consecuencia del acceso a un universo de bienes al alcance de la mano.

Pongamos por ejemplo el cine.  Creo que nunca ha habido tanta oportunidad como hoy de ver y degustar mucha diversidad cinematográfica.  El acceso fácil a las cámaras, las plataformas y las tecnologías han facilitado la creación de propuestas que no siempre tienen un resultado apegado al arte bello.  El resultado está a la vista, propuestas mediocres, ramplonas y de fácil consumo para un público poco exigente, habituado a la comida chatarra cultural. 

El mismo discurso cabe para el ámbito literario.  Escribir y publicar ya no es facultad de unos pocos genios tocados por las musas.  Hoy se abren blogs, se multiplican las empresas editoriales alternativas y las organizaciones literarias ofrecen apoyos para la edición de textos.  Quien no quiere publicar es porque no quiere.  Infortunadamente, como en el cine, se produce mucha basura en un río de tinta derramada impunemente.

La lista puede continuar, la pintura, la escultura, el performance, la música, la fotografía, la danza, el teatro y un etcétera que dejo a su libre elección y creatividad.  Hay una especie de perversión en las propuestas artísticas derivada a veces de la poca formación de los creadores, pero, sobre todo, creo, de la facilidad de las plataformas digitales que permiten muchas de las aventuras poco ingeniosas.

Por fortuna, y esto es parte de la decadencia a la que me refiero, hay mucha gente dispuesta a consumir la basura pululante del pseudo arte.  Personas conectadas a Netflix, por ejemplo, consumiendo las series fáciles (con la misma fórmula ramplona) de sus productores. Jóvenes vagando por la red, haciendo escala en YouTube entreteniéndose con las chabacanerías de los youtubers en su afán por conseguir “like” para genera ingresos.  Es una historia sin fin.

Sin olvidar, evidentemente, las propuestas de los Instagramer que inundan la red con memes y ocurrencias poco afortunadas en la que muchos jóvenes (y adultos también) quedan enganchados.  Propagando no solo la mediocridad, sino impidiendo el desarrollo de un paladar más sofisticado entre las jóvenes generaciones que crecen a menudo en países con mucha (y poca) abundancia económica.

En consecuencia, la irrupción de la tecnología ha producido lo mejor y lo peor de la humanidad.  Expresa esa tendencia humana fácilmente satisfecha, perezosa y superficial.  La exquisitez no ha sido moneda corriente entre los homínidos.  ¿Hay novedad en ello?  No.  Lo sorprendente quizá sea cómo el desarrollo de la tecnología ha permitido mostrar al desnudo y con desparpajo ese prurito muy nuestro a la coprofilia.  ¿No le parece lamentable?

Nostalgia por l’Ancien Régime

Cuando el CACIF se refiere a que debemos invertir más en el Ministerio Público y establecer planes para que por nosotros mismos superemos la corrupción (porque les preocupa), los agremiados quieren decir que las aguas deben volver a su cauce porque el “experimento CICIG” les ha perjudicado y ha puesto tras las rejas a muchos conocidos y amigos.

Se trata de una invitación al retorno de lo mismo, a la vuelta de “l’Ancien Régime”, período en el que ellos gobernaban a sus anchas a través de dirigentes manipulables para administrar el pecunio público.  O sea, el establecimiento de la corrupción campante y la impunidad sin límites.  No es más que eso lo que hace suspirar a los chicos industriales y comerciales de nuestra Guatemala.

Los señoritos han sido honestos, la CICIG no les ha caído en gracia absolutamente.  Se sienten inseguros y amenazados como pocas veces por plebeyos que súbitamente les han alzado la voz.  Eso es un hito, impensable e intolerable.  Frente a ello, humillados, han derrochado plata para volver a la Guatemala de sus sueños, esa en el que ellos ponen y disponen según su santísima voluntad.

Por ello, las elecciones, en sus planes, son de capital importancia.  Apuestan por un presidente que, si no es de ellos, al menos pueda ser influenciable para volver a los negocios turbios. Y si no, como mínimo, les permita subsidios y ventajas para obtener ganancias sin mayor riesgo, lejos de la prédica de sus centros universitarios donde enseñan exactamente lo contrario.

Para el CACIF no hay otro discurso que el de la ganancia, es su mantra, aunque digan que aman el país y les preocupa la corrupción.  Y nadie dice que el lucro sea malo, lo es sólo cuando se convierte en un absoluto que pervierte lo que toca. Sin responsabilidad social, justicia ni ética.  Vicios que la CICIG para su vergüenza ha dejado al descubierto, sin que apenas hayan podido desmentirlo.

No, señores, la cólera ciudadana no es por envidia, la mayoría de los columnistas no somos marxistas-leninistas, no nos interesa la lucha de clases ni la división de Guatemala, no destilamos odio ni venganza por sus cagadales patrios, pero sí somos conscientes que sus opiniones y decisiones jamás van encaminadas al bien del país.  El más humilde de los guatemaltecos sabe que el CACIF es un grupúsculo organizado que defiende únicamente el derecho de su nariz, la ganancia y el capital puro y duro sin escrúpulo, límites ni moral.

¿Generalizaciones?  Concedido.  Puede que sea injusto no reconocer la labor de algunos, pero la tendencia es tan generalizada que apenas hay espacio para celebrar la bondad peregrina de los que en verdad hacen país y generan riqueza lejos del amparo de las arcas del Estado.  Y sí, claro, que sea Dios el que no haga llover fuego al encontrar un solo justo entre nuestros oligarcas.  A nosotros nos toca, lejos de la ubérrima misericordia divina, enfrentarlos para que no continúen conspirando contra Guatemala.

Impúdicos

El problema de involucrarse en el universo de nuestra política consiste en la facilidad de transgredir.  Alguno me dirá que existe la posibilidad de salir invicto de semejante aventura ética.  Lo acepto.  Sin embargo, esto no disminuye el alto riesgo de los osados en ese tipo de experiencia extrema.  Sí, existe la probabilidad de que se den excepciones, pero es solo eso, casos aislados.

No creo que algunos se corrompan por maldad congénita, sino por un contexto (arcas abiertas, le dicen) en el que todo está dado para pequeños o grandes deslices.  Ya sabe, viáticos, nepotismos, mordidas, timos… el sistema facilita muchas triquiñuelas en las que escapar es tarea de titanes.  Sin olvidar los malévolos consejeros que muy prestos, como galgos, esperan vigilantes la presa.

Es que además vivimos tiempos adversos.  La cultura premia al osado, al aventurero y audaz.  Se considera tonto al que, teniendo oportunidades de enriquecimiento veloz, las deja pasar.  “No seas tonto, por algo Dios te puso en ese puesto. Es ahora o nunca”.  Ya ve cómo hasta la deficiente formación cristiana nos puede afectar sin que apenas nos demos cuenta. Retorciendo lo retorcible para autojustificar la perversión.

Todo conspira y estimula el latrocinio y los abusos.  Cómo sustraerse cuando la televisión (Netflix y demás) abren el apetito de consumo.  Los modelos de éxito son esas personas que gastan a mansalva, viajan y disfrutan de la vida con mujeres hermosas.  Gozan de reputación y tienen poder. Son respetables y viven en un mundo de comida abundante y experiencia opípara.  Los entiendo.  Cuán difícil es ser incorruptible en plena era de la posverdad.

Porque, además, la filosofía ha abierto un horizonte donde casi todo (¿o todo?) es virtualmente posible.  Ya no hay dioses que opriman con esas anacrónicas “tablas de la ley”, “decálogos” o sistema de normas rígidas.  La humanidad vive días de madurez -así se dice- lejos de antiguallas religiosas.  Somos libres y capaces de actuar según nuestros propios códigos, sin que la clerecía nos adoctrine y controle nuestras conciencias.

Ya ve cómo todo abona.  Estamos expuestos a una especie de ley moral que nos lleva por caminos de maldad.  Más aún cuando la mayor parte de quienes se involucran en política son ya de moral viciada.  Hombres y mujeres inescrupulosos con el objetivo claro y manifiesto de enriquecerse, robar y transgredir “sin tantita pena”.  Ya no “asesinos por naturaleza” como se llamaba aquella famosa película de Oliver Stone, “Natural Born Killers”, sino “capos congénitos”, desviados, perversos, hijos legítimos del mismísimo Belcebú.

Sí, no es fácil no transgredir en el estercolero político.  La mierda es demasiado rebosante y maloliente para no ser afectado por la inmundicia.  Aún así nos invitan a votarlos en las elecciones.  Algo así como “ven, no seas malo, llénate un poco de caca. Confía en mí”.  Qué audacia la nuestra al asistir a un acto tan impúdico.  Y ya viene infortunadamente ese día.

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