La poesía, ese lugar privilegiado de comprensión y justificación

Tú justificas mi existencia:

si no te conozco, no he vivido;

si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Luis Cernuda

La imposibilidad de comunicarnos es un hecho palmario para algunos filósofos que abrazan el escepticismo en su versión radical.  Comprendernos es imposible.  Una de esas esferas la constituye la elección, por ejemplo, de una opción profesional.  Así, para los padres quedará en el misterio las decisiones de sus hijos, en este caso particular, la preferencia de una carrera sobre otra.

Eso no quiere decir que para los propios sujetos la decisión sea fácil.  Ojalá así lo fuera.  La realidad es que las oscilaciones son por lo general la regla en un universo de posibilidades casi infinitas.  Todo esto viene a cuento en un esfuerzo de introspección en el que aún hoy asimilo lo que he sido (a nivel profesional) en busca de dar nuevo sentido a mi trabajo.

Porque hay días de desazón, no se puede negar.  Momentos en los que quizá la frustración se apodera del ánimo y la depresión cobra fuerza.  Tiene que ver, supongo, no solo con las condiciones económicas, sino con lo que pueda significar la labor docente (que es lo mío para los que no me conocen).  Quiero decir, el sentimiento de la insignificancia en una sociedad que aprecia poco el magisterio.

No es el caso, por fortuna, del reconocimiento de los alumnos.  Ellos son más bien el motor y el estímulo que legitiman la vocación de enseñante.  Para ser justos, el trabajo con los jóvenes es un espacio privilegiado que permite el acceso espiritual en un momento de definiciones.  Ser parte de esa arquitectura es una dicha que pocos tienen.  Es todo un lujo.

Hay experiencias diferentes en este ámbito de formación de las conciencias.  Me gusta recordar, por ejemplo, los episodios iniciáticos en la estética literaria.  Como cuando al leer poesía los estudiantes descubren dimensiones desconocidas y asumen no solo el cuidado de las palabras, sino la conducta que los eleva por encima de la vulgaridad de lo ordinario.

Así, la poesía que revela el misterio y gesta lo noble, es también el suelo común que comunica y justifica.  Hace falta quizá esa vía amable y transparente, suave y segura, inocente y atrevida, para vincularnos con lazos respetuosos.  El lugar propicio donde la palabra deviene y tiene un carácter fecundo.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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