La era de lo mínimo

Tengo un proveedor de películas que se toma en serio su oficio. Me refiero a su vocación en ventas, a su trato amable y su sonrisa impecable y seductora. Lo suyo es hacerme creer que sus películas son para mí, algo así como si el productor y el director se hubieran unido para crearme un filme a la carta. Es encantador y a veces condesciendo, sé, sin embargo, el valor de sus productos.

El cine, si lo juzgo desde su espacio comercial, ha desmejorado. Lo sé por los churros que me ofrece: contenidos de acción, dramas sentimentales, de terror y de humor ligero. La decadencia hecha realidad. Encontrar propuestas diferentes solo es posible a fuerza de escarbar, meter la nariz y doblarse las mangas. Acción que debe aderezarse con tiempo y paciencia. Actividad minera que eventualmente rinde sus frutos.

Usted creerá que esto sucede en el bajo mundo que frecuento. En parte sí, aunque le diré que a veces sé ponerme también exquisito. Como cuando visito tiendas especializadas de libros de segunda mano o acepto invitaciones a conferencias en universidades. Y no vaya a creer, sin embargo, que doy saltos cualitativos, ojalá lo fuera. También la universidad sufre el paso del tiempo, el caos y la entropía. Lo supe recientemente en una conferencia con expertos donde hablaron de inteligencia artificial.

Reculamos. Pareciera que los expertos o disminuyen su saber para alcanzar a la mayoría o ellos mismos menguaron abrumados por la realidad. Es el tiempo del locuaz, del impostor y del sabihondo. Vivimos la época de las simplificaciones y la era de lo mínimo. Lo que vale es el artificio, el equilibrismo y la dialéctica vacía. La dictadura del mucho ruido y pocas nueces. Sí, el gobierno del flatus vocis.

Es que también las universidades han perdido pedigrí: los títulos, los reconocimientos, los créditos. Período de anomalías, diría Kuhn. Ojalá lo fuese. Es más un invierno, el glacial que nos recuerda que no hay ley del progreso. El recuerdo de que lo humano es más una ficción o, en el mejor de los casos, una conquista excepcional. ¿No habrá sido ese el sentido del buen Jeremías en aquella famosa cita?

Salgo al campo: muertos a espada;

entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;

tanto el profeta como el sacerdote

vagan sin sentido por el país.

Ya se ve que mi proveedor de películas es tan actor como todos. Menos, eso sí, que los que comprenden el guion y con alevosía se esfuerzan en humillarnos con sus mentiras. Aquí hay perversión, alevosía, ventaja y voluntad de dominio. Habilidad taurina que se solaza con la estocada. Son Brutos cada vez más numerosos en el mundo.


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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