
Puede ser que una de las tareas de la educación sea enseñarnos a elegir, a refinar nuestro paladar para atender lo importante y establecer las bases para nuestro desarrollo en las diversas esferas de la vida. Desafortunadamente, no existe un curso ni una clase parecida. Quizá se piense (todo termina en esa suposición) que son los padres los responsables.
Esto tiene sentido especialmente hoy, en una época en que las ofertas cotidianas del mercado y el ruido constante de las redes llaman nuestra atención. Pasamos mucho tiempo eligiendo en un supermercado global de bagatelas, entre espejitos y chiringuitos. Rodeados de productos “plásticos” y basura con los que llenamos nuestras vidas, empujados por la ansiedad del consumo.
Porque también aquí podríamos recurrir, metafóricamente, a la conocida regla de Pareto. Diría que el 80 por ciento de lo que se ofrece en las redes y en los mercados es basura, sucedáneos inútiles desprovistos de valor. El otro 20 por ciento, y quizá menos, cumple su promesa, lo que predispone para la realización personal, según nuestra buena elección.
¿Cómo sustraerse de la chatarra? Aquí es donde la educación, a través de experiencias formadoras, podría habernos ayudado. No a través de discursos, aunque también sirven, sino por medio de vivencias que, apoyadas en la reflexión, orienten nuestras decisiones. Así, probaríamos la amargura del producto falso y dejaríamos en ridículo a los mercanchifles que viven de la ficción.
El resultado sería poderoso. Nos daríamos de baja en páginas dedicadas a lo «fake», detectaríamos las teorías conspirativas de las redes y estaríamos más en guardia contra las manipulaciones ideológicas. Venceríamos a los algoritmos o, al menos, aprenderíamos a manejarlos a nuestro favor. Cerraríamos las puertas a lo fácil, oponiendo un pensamiento basado en el escepticismo. Seríamos guerreros en un ecosistema hecho para la vulgaridad, la ramplonería y lo soso.
Pero el sistema educativo ha fallado y así estamos como estamos. Quizá sea culpa de los curriculistas, muy entretenidos a veces en las competencias para preparar a los estudiantes para el mundo obrero. Su paladar, junto al de los profesores, no ha estado a la altura porque son presa también del sistema que nos gobierna. Las famosas habilidades blandas ocupan un tiempo blando, periférico y marginal que testimonia el escaso valor concedido.
No, no es fácil vencer al Leviatán del mercado ni a nuestra inclinación por los churros. Determinarse con juicio o, mejor, con la medida que nos corresponde requiere condiciones de atleta. Aprender a renunciar desde un tercer ojo (sin que esto suponga un milagro) que nos descubra las maravillas de la elección sabia. Porque, para usar una palabra de Gramsci, se trata de una suerte de «praxis» que nos coloca en un estado casi de gracia. «¡Magari!», dirían los italianos.
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