La paradoja contemporánea del crecimiento

Por mucho tiempo, “crecer” ha sido la meta en muchos ámbitos de la vida. Tanto en el vocabulario de los padres como en el económico y el intelectual, funcionaba como una suerte de aspiración irrenunciable, el imperativo moral al que se sometía la voluntad. Y cuando no sucedía, también en las relaciones amorosas, se rompían las promesas porque “contigo siento que no crezco”.

Aunque el sentido de la palabra es el mismo, su predicado ha tenido objetos distintos. En la Edad Media, “crecer”, con toda seguridad, estaba más relacionado con la experiencia trascendente. Esto es, a más vida de oración y experiencia religiosa, mayor crecimiento en la vocación a la que Dios había llamado a la feligresía o al creyente. La divinidad era la medida de todas las cosas.

A partir del Renacimiento, los humanistas empiezan a secularizar esa visión “mística”. Así, el modelo de crecimiento tuvo que ver con el desarrollo de las virtudes humanas. A mayor libertad, autonomía, capacidad de discernimiento, éxito económico y poder, mayor progreso personal. Por ello surge también un nuevo tipo de aristocracia menos relacionada con “la pureza de sangre” que con el esfuerzo propio.

Con el paso del tiempo, ese interés parece transformado por el tránsito y la gestación epocal. Crecer, sí, pero por medio de prótesis que ayuden a caminar. Vivimos hoy la pasión por los atajos: odiamos andar por su incomodidad, pero sobre todo porque llevamos prisa. La vida es, también, disputa, competencia, el sentido de la rivalidad propia de gladiadores expertos en pocas cosas: espada y escudo, nada más.

Lo nuestro es la paradoja de sujetos con ciertos refinamientos, pero fundamentalmente bárbaros. Individuos a los que la reflexión les parece una baratija, despreciada sin rubor, con petulancia, creyéndose esa “crème de la crème”, ignorando su baja catadura incluso en el sentir.

Ese horizonte que dejó atrás a la comunidad y el afán por lo humano —la voluntad de crecer potencializando sus facultades, según la vieja sugerencia aristotélico-tomista— cedió primero a las máquinas y ahora a la tecnología y a los algoritmos. El resultado no puede ser peor: la paradoja en donde crecer es decrecer.

Así, a más IA, por ejemplo, menos capacidad de síntesis y discernimiento. Los modelos de lenguaje inducen el pensamiento, domesticando la voluntad a través de una configuración intelectual simple. No es casual, por ello, el resurgimiento del maniqueísmo antiguo y la deriva polarizante, manipulados desde lo básico.

La condena es pavorosa, ya no solo por la imposibilidad de hablar o de escribir —aislados en el vacío, ocupando el tiempo en juegos e imágenes—, sino por la desgracia provocada a las próximas generaciones. Eco hablaba de que éramos “enanos en hombros de gigantes”; lo nuestro será el legado de pigmeos. Tenemos suerte en no darnos cuenta de ello: este es el signo de la nueva civilización en el siglo XXI.


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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