Ideas sobre la libertad

El esfuerzo por ser libres no tiene fin.  Es un proyecto abierto lleno de baches sin posibilidad de triunfos definitivos.  Lo recurrente son los yerros, los infinitos accidentes en el que la sabiduría es la autoindulgencia.  Y basta. Habituarse a las mordazas, negándolas en nombre de las utopías.

Ser libres quizá sea el mayor de nuestros objetivos.  Y, sin embargo, nos regalamos, no movidos por la voluntad, sino por los descuidos.  Somos fáciles, presas expuestas con la guardia baja.  Ni siquiera tienen mérito los salteadores que automatizan sus atracos y reditúan a distancia.

Es lo que sucede con las redes sociales que como reloj suizo operan puntuales en el manejo de nuestra atención.  El sistema es perfecto, según las leyes algorítmicas a veces burdas, pero mejores que nuestra exquisitez en la administración del tiempo.  Es como si el sistema digestivo que nos gobierna estuviera atrofiado y se conformara con chatarra.  Así tal cual.

Automatizados, hemos capitulado frente al proyecto de libertad.  Nos dieron gato por liebre, negociar no es lo nuestro, pero disfrutamos los continuos orgasmos solitarios descargados en los “likes” de las aplicaciones.  Nuestro onanismo es de antología.  Y como adolescentes, las hormonas se imponen en un estado de excitación sin fin. Siempre queremos más.

Lo sabemos, pero lo justificamos.  Somos colaboracionistas en el programa de esclavitud personal.  Nos hacemos los listos al insistir en la utilidad de lo digital, Google, Apple, Amazon, Facebook… qué sería el mundo sin la intercomunicación, sin las ventajas de las “big data”.  E integramos más herramientas, diversificamos las esposas y sofisticamos los grilletes. Fingimos libertad, mientras las descargas sensuales inciden simbólicamente en la piel.

Así, poseídos por el hedonismo, entregamos la información que alimenta al ogro vigilante.  Dulces a cambio de datos.  El mercado no es lo nuestro (ya lo he dicho).  Lo que nos pertenece es lo erótico, la sensualidad que nos domina, la arrogancia y la egolatría que nos engolosina imaginándonos el centro del universo.  Sujetos miserables dignos de compasión.

Los asaltantes lo tienen claro, conocen nuestra enfermedad.  Y si no nos dejan morir (porque valemos poco, según su diagnóstico) es porque somos la causa de su fortuna.  La clase de parásitos que con todo, ya sumados y en masa, merecen vivir temporalmente.  El mal necesario mientras haya utilidad.

Sí, hay una decadencia que oscurece el presente y amenaza a la humanidad.  Se necesita, más allá del coraje que reclame lo propio, la conciencia del mal que nos aqueja.  Recalibrar nuestros gustos y abrazar nuevas estéticas, las que derivan del pensamiento, la reflexión y el sentimiento de rebeldía.  Sin eso, seguiremos regodeándonos en la caverna mientras envejecemos vaciados de todo significado que alumbre la verdadera felicidad.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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