Cartas de amor

Escribir una carta enamorada, no la funcional o la dirigida con fines de gestión, sino la realizada para el intercambio de sentimientos, es algo poco habitual en nuestros tiempos.  Su protocolo: sentarse, tomar la pluma y registrar las emociones en papel, es algo absolutamente en desuso.  Pero hubo una época en que la normalidad se imponía y el ridículo era más bien lo contrario.

Una nota para expresar los sentimientos constituía una especie de ensimismamiento en el que se exploraba lo íntimo y lo sedimentado era el oro decidido a enviarse para declarar lo que se sentía.  El receptor (o la princesa que recibía el opúsculo o tratado, según la intensidad y la habilidad del afectado por las emociones) lo leía en un estado mágico que hacía trascender las palabras al elevarlas a un estado a su manera metafísico.

Así, la declaración que traslucía el texto adquiría un rango que lo ubicaba en un estrado de incuestionable valor.  Su nivel lo caracterizaba la capacidad con que se resumía el cataclismo interior, una vivencia ambivalente en el que el dolor se compensaba con la evocación revestida de palabras.

Tanto embelesamiento corría el riesgo de lo rosa, la palabrería, los lugares comunes y lo melifluo.  Un romanticismo vacuo que falseaba los sentimientos o lo desdibujaba a falta de una construcción más exquisita, capaz de pronunciar la idea correcta o más bien ingeniosa.  Con todo, hasta lo cursi afectaba al amado que dispensaba al rudo de su impericia literaria y sentido de lo estético.

Las cartas de amor, su contenido, versaban sobre lo mismo: la ausencia del amado, los recuerdos memorables, los temores imaginarios, los proyectos compartidos, las insinuaciones y muchos te quiero que buscaban réplicas o se conformaban con su impunidad.  El escritor amoroso era presa de pasiones incontenibles que desembocaban en la escritura profusa, reiterativa y tautológica, redundante y circular, cíclica y obsesiva.

Lo que no impedía que la amada los releyera, hallando significados escondidos que imaginaba en su trance.  A veces los memorizaba y llegaba a gustar la prosa que sabía deficiente, pero incendiaria.  Reconocía la audacia del bárbaro que en la enfermedad superaba su vulgaridad.  Lo pensaba sudoroso, incómodo, quizá abochornado en esa práctica que le resultaba ajena, pero que enfrentaba como púgil de categoría inferior.

Las cartas de amor eran perlas, objetos sagrados de devoción privada.  Y si hoy se escriben pocas es porque se ha perdido la fe, por falta de curadores que las valoren.  Quizá haya relación entre la vulgaridad de nuestros tiempos y el hábito de expresar los sentimientos.  Habrá que considerar dicha pérdida como una especie de catástrofe con los efectos de deshumanización a la que nos vemos abocados.

Jaime Sabines

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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