La difícil libertad

El 15 de septiembre suele ser el día en que puntualmente se habla de la libertad. Si bien es una palabra vulgarizada por el significado variado, antojadizo y manipulable, en el fondo expresa nuestro anhelo profundo por ser autónomos, el ideal de imponernos a nosotros mismos la propia ley.

La paradoja, sin embargo, consiste en que, aunque sea una meta, el objetivo al que idealmente aspiramos, la verdad es que los hechos dicen lo contrario. La evidencia demuestra más bien que fácilmente nos dejamos llevar por la vida y nos entregamos a los distintos caprichos impuestos: las costumbres, las ideologías, los hábitos y un etcétera bastante amplio.

Todo lo cual demostraría una suerte de doble discurso. Por una parte, el reclamo constante que quisiéramos convertir en imperativo moral; por otra, el abandono de nuestro proyecto personal a los caprichos externos e internos, sin ninguna expresión de autogestión o actitud crítica. Esto último es lo que se impone en términos prácticos.

El drama, así me lo parece, es increíble porque, aunque pareciera que la libertad como voluntad de autodeterminación es una convicción generalizada, la verdad es que nos dejamos gobernar. Unas veces en materia sentimental, otras en lo económico y muchas veces en lo social y, por supuesto, en lo político. El caso es que, ya sea por pereza, ignorancia o volubilidad de carácter, son otros quienes toman las decisiones por nosotros.

Hoy aún más porque, por ejemplo, hay muchos que entregan su arbitrio a la inteligencia artificial. Dejan que los algoritmos y, más allá de ellos, las modas que aparecen en las redes sociales configuren sus decisiones a través de las técnicas de la mercadotecnia o las astucias de la psicología al servicio de las ventas, volviéndonos de esta manera presa fácil de los intereses de otros.

Siendo sinceros, la vocación a la libertad pareciera que no es lo nuestro. Todo lo contrario, el entreguismo es casi la ley, nuestro ADN, el móvil inconsciente de nuestras acciones. Como si capitular fuera nuestra tarjeta de presentación en los espacios que ocupamos, estado del que las sanguijuelas saben sacar provecho en busca de parasitar a costa de nuestra molicie.

El 15 de septiembre es momento de reflexionar sobre nosotros mismos. Quizá convenga, sin aspavientos, mostrar signos de rebeldía. Pequeños actos que, aunque no provoquen una revolución, nos ayuden a comprender el valor de la autonomía, de ser artífices de nosotros mismos, arrebatándoles a otros el capricho con el que imponen sus intereses, la mayoría de ellos malsanos. Ya se ve que es, quizá desde Nietzsche, un proyecto para «superhombres».


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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