La huella y la diferencia

Hace un par de días, durante una presentación de libros, afirmé la continuidad en la obra del escritor homenajeado. Dije que en ella no solo había un tema recurrente, sino también una intencionalidad persistente, nacida —según yo— de una sensibilidad que atraviesa sus libros como una suerte de leitmotiv con el que entona sus creaciones. Una idea, por lo demás, escasamente original.

Aunque, si se piensa bien, la repetición en los seres humanos es casi un dato biológico, una configuración fija —«esencias», dirían algunos— que, como un sello, nos marca para toda la vida. Tan es así que la novedad no sería sino la reinterpretación de un guion, en un escenario que apenas permite unas cuantas versiones de nosotros mismos.

Somos algo así como «refritos» de conductas predecibles. Un sistema diseñado para no acontecer. «Mónadas», mecanismos predeterminados para el cumplimiento de un telos que no nos concierne. Humanos, demasiado humanos, desprovistos de la facultad de reinventarnos según nuestro arbitrio.

Esa condición hace del cambio un milagro, una suerte de transustanciación difícil de explicar. Y, sin embargo, su posibilidad se vuelve real cuando se resiste y se crea; cuando la conciencia, al rebelarse, se diseña y proyecta sin un fin previo que la guíe o la determine. Esta es, quizá, la verdadera vocación humana: la afirmación cotidiana de la diferencia, expresada en el lenguaje, esa morada privilegiada del ser conforme a la sugerencia de Heidegger.

Ese devenir, convertido en imperativo moral, no acontece, sin embargo, como un salto cualitativo absoluto. Lo humano es también eso: el resabio, el fango y el olor de una vida modelada por la experiencia. Así, nuestro cambio, cuando acontece, lleva el signo de la paradoja: esos movimientos del espíritu que en ocasiones hacen de nosotros bestias o ángeles, para recordar la conocida advertencia de Pascal.

Puede que el autor del Génesis bíblico lo captara bien cuando muestra que Dios reconoce la identidad de Adán y Eva a pesar de su desobediencia. Su nueva condición de «caídos», producto de una elección libre, no borró radicalmente el rostro creado a imagen del propio Dios. De igual manera, aunque el arte permita formas de transgresión o la crítica devele lo oculto, permanece una huella que, con poco esfuerzo, puede reconocerse.


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Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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