Esperar sin desesperar

No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.

Santa Teresa de Jesús

Es posible que la vida se cifre en la espera, no en la esperanza de la que escribiré otro día. Me refiero a la acción, por ejemplo, del viajero que en la estación espera el autobús o la llegada del taxi. ¡Cuánto nos toca esperar!  Todo parece ser un entrenamiento constante para no sucumbir desesperados.

Hay espíritus más habituados a la espera, sujetos apertrechados de paciencia que no necesitan rosario en mano o largas caminatas en corredores.  Simplemente hay personas biológicamente diseñadas para ello.  “Ya llegará”, dicen con frescura.  Parecen Budas extraños en un mundo que los aprecia por raros.

Lo habitual es la urgencia, el paso ligero, el “hic et nunc”.  No hay cabida para los tiempos.  Nuestra cultura vive presurosa intuyendo la fragilidad de las horas.  Humanidad líquida, según lo sugerido por Bauman.  Incapacitados para el sosiego que nos permita el disfrute de la conquista de lo esperado.

Hay excepciones, por supuesto.  Yo mismo gocé del momento en que luego de mucho esperar, le arranqué un te quiero a mi padre en su lecho de muerte.  Lo había esperado tanto que al escucharlo no lo podía creer, ya había capitulado cuando a última hora, luego de decirle, “te amo”, me respondió: “yo también te amo, hijo”.  Murió a los pocos días y hasta hoy no dejo de celebrar esa larga espera.

Si no desesperamos puede que la dicha nos alcance, pero no hay garantías.  Debemos aprender a encajar la ausencia de lo esperado porque es parte de la vida, por el absurdo, porque no nos gobierna la lógica.  Y es más fácil decirlo que asumirlo.  Nada frustra más que la promesa no cumplida.  Es difícil eso de “No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera”.

Por ello debemos ser cautos con las promesas.  Despiertan anhelos, alientan la espera, cambian la tesitura en lo “ya, pero todavía no”.  Hay mucha crueldad en quien se hace esperar, y no me refiero solo en el plano de las emociones, sino también en lo prosaico.  Como cuando la burocracia no cumple los plazos o el mecánico posterga irresponsable la entrega de su producto.  Todo tiene tintes diabólicos.

Me pregunto si Dante se habrá recordado de ellos para un sitial especial en el infierno. Esperaría que sí.  Aunque ese deseo malvado nos puede incluir.  Seguro que más de una vez hemos sido también los verdugos infames de largas esperas, prolongados sufrimientos calculados para vengar daños imaginados (o reales) en una sensibilidad a veces enferma.   ¡Cómo podemos ser tan horrorosos!

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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