Repensar el pasado

El carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico.

Nietzsche

Los estudiosos de la fenomenología de la religión suelen hablar de la antropomorfización de Dios, esto es, nuestra manía atributiva de carácter humano a la divinidad.  Normal, diría yo, la relación con el inefable nos conduce a estas definiciones atrevidas y, por supuesto, inexactas.

Salvando las distancias, no es diferente lo que hacemos con los animales. El otro día, por ejemplo, el veterinario, dándome el diagnóstico de mi gata enferma (una niña recién adoptada de quien me enamoré a primera vista), me dijo que su conducta tímida y arisca se debía a un trauma sufrido por abandono.

El psicólogo gatuno me hizo ver que lo más probable era que Luna había sufrido abusos y que lo que convenía era llenarla de cariño para recuperar su confianza.  “Es recuperable”, insistió, me dio palmadas en la espalda y animó mi esfuerzo para hacer de ella una chica sociable y a la postre feliz.

Más allá de lo simpático del episodio fue pensar, para mí, en el peso del pasado en nuestras vidas.  En el universo simbólico asumido por efecto de lo acontecido.  La idea de que nuestro proyecto personal está marcado por la carga lastrada a veces sin querer, ignorándolo.  Y se convierte en condicionamiento que nos impide o favorece la ventura.

Las malas experiencias del pasado, más aún las de la infancia, no importa que hayan sido reales o imaginarias, pequeñas o grandes, son el primer (y a veces el fundamental) límite a vencer.  Y habitualmente no hay quien nos ayude, estamos solos frente a una montaña que amilana.  Tienen suerte los que la escalan por fuerza propia.

Es meritorio el esfuerzo de los valientes porque implica dosis de sabiduría, escucha atenta y determinación.  Quizá sea el producto de una apertura de personalidades receptivas.  Esos que al leer, escuchar un consejo o ver situaciones ajenas, se examinan y se apropian de su condición fallida para corregir el mal estructural que amenaza su vida dichosa.

El resultado es la madurez no la perfección.  Si algo caracteriza al pasado es su omnipresencia, la sedimentación constante que condiciona el futuro.   Nunca hay conquista absoluta, sino victorias parciales de una batalla sin fin.  Así, el equilibrio es frágil y solo prepara para nuevos conflictos internos.

No creo que esta narrativa se adapte a la condición de Luna, dudo que tenga conciencia del pasado tormentoso referido por el veterinario.  Por si acaso, la abrazo y la mimo, juego con ella y la beso, quiero pensar que mi afecto la transforme en gata plena.  Puede que la acción nos haga bien a ambos en la búsqueda por una mejor fortuna.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: