La universidad de la vida o el gran teatro

Así como la vida, de manera figurada, puede plantearse como un inmenso campo de batalla en el que nos toca el papel de soldados, podemos imaginarla también como una gran universidad en la que somos evaluados constantemente con el riesgo de ser reprobados o promovidos, según nuestros hábitos.

La diferencia estriba en que los exámenes frecuentes no solo llegan sin previo aviso, sino que su contenido a veces es insuperable por cierta crueldad de la suerte.  Es como si las pruebas hubiesen sido diseñadas por una mente perversa empecinada en nuestro fracaso. Así, los yerros más que episódicos son la constante en esta palestra cósmica.

Fracasamos bastante, pero la imaginación nos hace creer que son experiencias de aprendizaje.  Nos autoengañamos para no naufragar.  Curamos las heridas y nos damos consuelo.  Suponemos al docente como el que quiere el bien porque al humanizarlo afirmamos que dada su bondad, los errores son más bien nuestros.  Todo bastante racionalizado para la próxima vapuleada.

Sí, más que una universidad es un cuadrilátero.  El ring al que no podemos escapar porque tanto el sparring como nuestro oponente son superiores.  Raramente se tira la toalla oportunamente.  No queda sino encajar los golpes y profesar un estoicismo forzado.  Asumir que es lo que nos ha tocado, fingiéndonos héroes por la nobleza de nuestra conducta.

Y si a veces salimos indemnes es por pura fortuna.  Quizá le vamos tomando el pulso a la realidad o hasta idealizamos la comprensión de su lógica (como que la tuviera).  Aquí la ficción toma el poder inyectándonos positivismos falsos, esos que nos hacen pensar en un paraíso postrero en donde el fracaso y el mal serán redimidos con nosotros a la cabeza.

Perdemos guerras que ni siquiera causamos.  Somos suspendidos sin posibilidad de defensa.  Hay una sentencia inapelable que nos condena.  Pero hay que ser felices, nos dicen.  Aprender a nadar y no dejarse morir.  En todo caso hacerlo con gallardía, temple y coraje.  Incluso con elegancia, dicen los estetas, esto es, ser todos unos artistas en el escenario, coquetos y glamurosos.

Quizá tengan razón los que dicen que sólo el arte nos salvará.  La inconciencia de quien no se toma en serio porque de lo que se trata sea de actuar.  Suponer un gran teatro en el que lo lúdico sea la realidad y el sufrimiento solo parte de un guion.  Sentirnos orgullosos de nuestro protagonismo dado que somos parte de una opera magna a la que hemos sido invitados por un maestro sin igual.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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