Proscritos

Ciudad, Hombre, Persona, Solo, Ventana

El sentido de extrañamiento es cada vez más extendido entre las personas.  Hablo del sentimiento de percibirse ajeno a este mundo, como quien es extranjero o se siente inadaptado.  La ciencia y la tecnología van tan de prisa que los anclajes con la realidad son cada vez más escasos.  Quizá por eso cueste tanto empatizar y considerar a los otros.

El diálogo resulta imposible incluso por desinterés, porque se capitula desde el inicio.  Sobrepasados, queda el silencio autoimpuesto, la aridez aceptada que, sin embargo, lastima.  Y como hay que sobrevivir, la posibilidad es el aislamiento, la búsqueda de subterfugios en libros, televisión o juegos.  Es lo que hay.

La ciencia no nos ha preparado para ser felices, todo lo contrario, su lógica ha transcurrido a nuestro margen.  Peor aún, conspira contra lo humano, nos aniquila con sus dientes.  Primero nos sustituyó en las fábricas, luego robó nuestro espíritu y ahora nos ha paralizado.  Ni siquiera quedan utopías, relatos escatológicos que nos den esperanza de algo mejor.

Estamos solos, expuestos a todo.  Hemos pasado de la convicción de ser súper hombres, dueños de la creación y centros del universo, a ser poco menos que una mota arrastrada por el viento, sin propósito.  Presa ahora de corpúsculos capaces de exterminarnos y acabar con lo que queda de la humanidad.  Qué más da si ya estábamos muertos.

De nada nos ha servido los avances de la medicina en su afán de prolongar la vida si no entendemos su significado.  Naufragamos.  Hemos perdido el mapa que aseguraba el puerto porque la cartografía es antigua.  Y no sabemos qué hacer.  Miramos el entorno, lo interpretamos, pero con un lenguaje arcano, inútil para ser entendidos.  Solo los animales parecen tomarnos en serio.

El perro siente nuestra confusión, observa y, sin saber qué hacer, nos mueve la cola.  Hace carantoñas para distraernos, intuye que el juego puede favorecernos.  De lejos el gato también espera su turno para frotarnos y demostrarnos, según su estilo, que aún ellos, huraños y desconfiados, tienen una palabra de alivio en la soledad.

Hay desolación en la sociedad.  El suelo yermo está contaminado, sus frutos son amargos.  Ese paisaje nos es ajeno, está muy lejos del paraíso prometido y que aún anhelamos nostálgicos.  La pregunta es si todavía podemos detener el tren o si lo bajamos para volver a pie.  Me temo que ninguna opción es posible y quizá demuestre que ya todo está perdido.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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