Acojonados

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Mantener la calma es un valor cuyo mercado es creciente en nuestros días.  La industria se aprovecha tanto del nerviosismo congénito de la naturaleza humana como del fatalismo acendrado de los espíritus.  Por ello, lo importante es ofrecernos tranquilidad, la promesa de garantizarnos el equilibrio que nos permita vivir.

De esa cuenta, los espejitos de los supermercados o las tiendas virtuales de fácil acceso nos acosan con aplicaciones, aromáticos, lecturas de cartas astrales, entre tantas otras cosas.  Sin olvidar las ventas de seguros y las infinitas triquiñuelas de los bancos con sus tarjetas de crédito.  El ingenio no conoce límites.

Prueba de ello, son los cuarteles en que se han convertido los complejos habitacionales.  Esos feudos contemporáneos, muy civilizados, son mini Estados para los que se necesita salvoconducto para el acceso.  Así, cual frontera centroamericana, hay que soportar largas colas antes de obtener el permiso de ingreso en ese territorio convertido en poco menos que un búnker.

Plebeyos y patricios coinciden en aspiraciones.  Cumplen su deseo de sentirse aparte, lejos de la chusma, en un estado de presumible seguridad.  Porque la tendencia a sentirnos diferentes es otra tara milenaria que hay que afirmar simbólica y materialmente.  Si limitamos la libre circulación en nuestras residencias es también por el pedigrí ostentado, el linaje, la sangre.  Ya se ve que nos falta un perno en la cabeza.

Esa complejidad expresada en poses palaciegas, aunque ridículas, son parte de nuestro mundo.  Y sí, también revela temores arcanos, el pavor de ser engullidos por una fiera o sentirnos desvalidos en una sociedad que premia la fanfarronería.  Actuar diferente no es opción para una mayoría que busca escapularios o rinde pleitesía al poderoso para sentirse seguro.

Ya le digo, somos una tribu acojonada y sin arrestos, acomplejada y disminuida.  Eso explica el odio acumulado, el rencor a flor de piel siempre dispuesto a descargarlo contra el débil: la secretaria, nuestro hijo o quien atiende la ventanilla.  Enanos de espíritus, miserables, llenos de maldad, falseando el objetivo de nuestra ira.

Publicado por Eduardo Blandón

Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo.

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